Mi Novia Sobrenatural Me Consiente Demasiado - Capítulo 394
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Capítulo 394: Nuevo Asher Parte 4
Pasaron los años.
Panteón y Asher habían estabilizado su poder en la cima absoluta del Rango SSS+.
Con el tiempo llegó la maestría, y con la maestría, una comprensión más profunda.
Sus habilidades evolucionaron, refinándose hasta convertirse en fuerzas capaces de dar forma —o de hacer añicos— a mundos enteros.
De vez en cuando, desafiaban a R., llevando sus límites al extremo en cada encuentro.
Pero sin importar lo lejos que hubieran llegado, el resultado siempre era el mismo: la derrota.
Aun así, con cada batalla, lo sentían: progreso.
«Ya somos demasiado poderosos…, pero sigo sin ver ninguna posibilidad de que le ganemos a ese monstruo».
Asher permanecía en silencio a su lado, con la mirada baja. No discutió.
Fuera de este reino carcelario, serían invencibles.
La conquista habría sido trivial, como cortar papel con una cuchilla forjada con estrellas.
—Quizá… quizá de verdad necesitemos una Ley para derrotarlo —dijo finalmente Asher, con voz baja e insegura.
Panteón gruñó, y de sus fosas nasales brotó humo. «Lo sé, mocoso…, lo sé. Pero ni con esa maldita pista que nos dio hemos podido descifrarlo».
Ambos suspiraron. No era como si no lo hubieran intentado.
En este reino —esta prisión atemporal—, entrenar era todo lo que tenían.
Cada día era una batalla contra el estancamiento, una guerra contra la futilidad.
Y, sin embargo, la verdad seguía ahí. Si ni siquiera Panteón, que había vivido incontables eras, podía desbloquear una Ley…
… ¿cómo podía Asher, un alma todavía joven en comparación, esperar desentrañar un misterio tan profundo?
Su viaje había sido meteórico, sí; de no ser nada a convertirse en un ser de fuerza cósmica.
Pero una Ley no se obtenía solo con poder.
—Le estáis dando demasiadas vueltas —resonó la voz con despreocupación.
R. apareció.
Ni Asher ni Panteón se movieron. Lo habían sentido mucho antes de que llegara, pero ya no se molestaban en reaccionar.
Hacía tiempo que su relación se había transformado en algo extraño: no eran exactamente aliados, ni tampoco enemigos. Era algo más parecido a… un aprendizaje informal.
Si es que a que un lunático divino jugueteara con ellos se le podía llamar aprender.
La expresión de R era indescifrable, como de costumbre. Su aura cambiaba con su humor: en un momento era fría y opresiva; al siguiente, irritantemente relajada.
—¿Puedes decirnos… qué experimentaste para obtener tu Ley?
Por una vez, R no respondió de inmediato.
—Bueno…, es vergonzoso, la verdad. Solía matar y comerme a la gente por diversión. Una y otra vez. Sin motivo. Sin remordimientos. Simplemente… porque podía —se encogió de hombros, estirándose con pereza.
—Antes de darme cuenta, no solo estaba destruyendo cosas: me estaba convirtiendo en la destrucción. Dejó de ser una elección. Se convirtió en instinto. En naturaleza.
—Y entonces ocurrió. La Ley de Destrucción Absoluta —hizo una pausa, con los ojos brillando tenuemente—… se me ofreció. Como si hubiera estado observando. Esperando.
—Así que sí. Se podría decir que me gustaba tanto romper cosas que la realidad captó el mensaje y me dio las llaves.
Panteón hizo una mueca.
Asher bajó la vista, preocupado.
—¿Eso es todo? —preguntó Asher en voz baja—. ¿Obtuviste una Ley porque disfrutabas matando y destruyendo cosas?
R ladeó la cabeza. —No. La obtuve porque me volví fiel a lo que realmente era. Sin contenerme. Sin vergüenza. Sin fingir.
—Ah, por cierto. Deberíais daros prisa. El tiempo funciona de forma diferente aquí, claro…, pero ¿quién sabe?
—Un año aquí dentro podría ser mil millones de años ahí fuera.
Las palabras de R calaron hondo. Y no para bien.
El rostro de Asher palideció.
«Mis esposas…»
«¿Y si han pasado eones ahí fuera?»
«¿Y si han envejecido, guardado luto, se han convertido en polvo… mientras esperaban?»
Sus rodillas casi cedieron bajo el peso de un miedo demasiado inmenso para expresarlo con palabras.
Panteón, al sentir que algo iba mal, dio un paso al frente sin dudarlo.
La mano con garras del dragón se posó con firmeza sobre el hombro de Asher.
—¿Qué pasa? —retumbó Panteón, entrecerrando los ojos.
Asher no habló. Solo podía sentir la creciente oleada de impotencia y culpa.
En algún lugar, a sus espaldas, R seguía observando. Sonriendo con malicia.
Entonces —como la niebla en la brisa—, se desvaneció.
—¿Qué estoy haciendo aquí? —susurró, pero en su mente sonó como un grito.
La rabia le subió por la garganta. No contra Panteón. No contra R.
Contra sí mismo.
Su aura cósmica se resquebrajó y estalló a su alrededor en pulsos caóticos: inestable, salvaje, un reflejo de sus emociones.
«Nada de esto tenía que pasar…»
Todo lo que podía sentir era el creciente horror de que quizá ya fuera demasiado tarde.
«¿Y si ya no están?»
Lanzó un rugido; no de poder, sino de pena, ira y el tipo de dolor que ningún entrenamiento podría acallar jamás.
El mismísimo suelo bajo sus pies se partió y se hizo añicos, incapaz de contener su poder.
—Tengo que salir de aquí.
—¡Tengo que protegerlas. Cueste lo que cueste!
Su dolor se convirtió en propósito. Sus cicatrices, en escrituras sagradas.
Y cada paso que había dado, por muy quebrado que estuviera, marchaba ahora al unísono hacia una única verdad: este nunca podría ser el final de su historia. Era solo el principio.
Su pecho empezó a brillar.
Un pulso de luz —blanca, y luego dorada— se onduló bajo su piel como un segundo latido.
Los ojos de Panteón se clavaron en él. «… ¿Qué te está pasando?»
El cielo sobre ellos se deformó, el espacio se retorcía como agua alrededor de su cuerpo.
—Ahora lo entiendo… Todo este tiempo, más que nada, solo quería proteger a quienes amo.
—Mi Ley es…
¡BUUUUUM!
La fuerza de su voluntad —pura, sin filtros y forjada en los fuegos del amor y la desesperación— estalló hacia fuera.
Antes de que Panteón pudiera siquiera reaccionar, el mundo a su alrededor detonó con una explosión de luz.
Panteón salió despedido a kilómetros de distancia, su cuerpo se estrelló contra montañas de huesos como si fueran de cristal.
Y, sin embargo…, mientras caía por la oscura expansión, no estaba enfadado. Estaba maravillado.
—¿Qué… es esto? —murmuró, con los ojos muy abiertos al detenerse, mientras sus garras se hundían en el suelo destrozado.
Desde el corazón de la presencia de Asher, un pilar dorado de luz surgió hacia arriba, cegador, perforando los cielos de este reino atemporal.
No era solo magia. Era la intención hecha manifiesta.
Era una declaración.
Una declaración de independencia… al universo mismo.
—Así que… por fin lo ha conseguido —dijo R, de pie junto al dragón con una sonrisa de satisfacción.
«¿Cómo es posible?»
R solo sonrió, con esa sonrisa exasperante y sabelotodo.
—Sinceramente, podría haberlo hecho antes. La fuerza ya la tenía. Solo necesitaba un empujón.
«Entonces, ¿qué hay de mí?»
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