Mi padrastro, mi deseo - Capítulo 111
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Capítulo 111: CAPÍTULO 111: Sus labios alrededor de mi gruesa polla
Knox
Estoy sentado detrás de mi escritorio, con el pecho tan oprimido que me duele respirar. La imagen no se me va de la cabeza. La boca de Ethan sobre la de ella, su suave risa justo después.
Mis dedos se clavan en los reposabrazos hasta que el cuero cruje.
—Emma —digo con voz baja y peligrosa—. ¿Dejaste que te besara?
Está de pie frente a mi escritorio, retorciéndose los dedos. Por un segundo parece nerviosa. Luego, levanta la vista hacia mí. Hay una chispa de desafío en sus ojos que hace que mi verga se crispe incluso a través de la ira.
—No era mi intención besarlo —dijo—. Estaba contenta de verlo y…—
—Dejaste que te pusiera sus sucias manos encima —la interrumpo. Mi voz suena áspera, teñida de furia.
Ella levanta la barbilla. —No es como si te debiera una explicación. Yo no me quejo cuando te acuestas con mi madre, ¿o sí? Puedo estar con quien yo quiera. No hay nada que puedas hacer al respecto.
Sus palabras me golpean como una bofetada. Me levanto de la silla tan rápido que retrocede y choca contra la pared. —¿En serio, Emma? Ya veo.
La rabia recorre mis venas, no solo hacia ella, sino también hacia mí mismo.
Escuché a Gina. Me suplicó que readmitiera al chico, no paró de hablar de su potencial, de su talento, de lo bueno que sería para el equipo. Cedí porque quería hacerla feliz. Y ahora tengo un asiento en primera fila para ver cómo intenta quitarme lo que es mío.
No. Eso no va a pasar.
Cruzo la oficina en tres largas zancadas y echo el pestillo de la puerta. El clic resuena con fuerza en la silenciosa habitación. Me vuelvo hacia ella.
Emma no se ha movido. Su respiración es ahora más rápida. Sus ojos me siguen mientras camino lentamente detrás de ella.
Me detengo justo a su espalda. Mis manos se deslizan alrededor de su cintura y la sujetan con fuerza, pegándola por completo a mí. Jadea suavemente cuando siente lo duro que ya estoy.
Me inclino hacia su oído. Mi voz se convierte en un susurro oscuro.
—Te voy a castigar por ser una niña tan mala. —Aprieto mi agarre—. Ahora, arrodíllate para papá.
Se estremece contra mí. Por un segundo no se mueve. Luego, lentamente, se arrodilla en el suelo.
La rodeo para ponerme frente a ella. Me mira con esos ojos muy abiertos, en parte desafiantes, en parte necesitados. Es jodidamente hermoso.
—Las manos a la espalda —ordeno.
Obedece al instante, cruzando las muñecas en la parte baja de su espalda.
—Buena chica. —Me agacho y le agarro la barbilla, inclinando su cara hacia arriba—. ¿Crees que puedes dejar que otro hombre toque lo que es mío e irte sin consecuencias?
—No era mi intención…
Presiono mi pulgar contra sus labios, silenciándola. —No hablas a menos que yo te lo diga. ¿Entendido?
Asiente una vez.
Le suelto la barbilla y me desabrocho el cinturón. El metal tintinea. Saco el cuero con un movimiento suave y lo enrollo alrededor de sus muñecas, atándolas con fuerza, pero sin crueldad. Ella prueba el agarre y un pequeño gimoteo se le escapa cuando se da cuenta de que no puede soltarse.
Me acerco más. Mi verga se tensa contra mis pantalones, justo a la altura de sus ojos.
—Abre —digo.
Sus labios se entreabren. Deslizo mi pulgar dentro, dejando que su lengua se enrosque a su alrededor. Luego lo saco y lo reemplazo con dos dedos, empujando más adentro hasta que tiene una leve arcada.
—Eso es —murmuro—. Demuéstrale a papá lo arrepentida que estás.
Retiro mis dedos y me abro la bragueta. Mi verga salta fuera, gruesa y pesada. Una gota de líquido preseminal ya brilla en la punta.
—Métetela en la boca. Despacio.
Se inclina hacia delante, sus labios envolviendo el glande. Su lengua lame la abertura y gruño en lo profundo de mi garganta. Me introduce más, sus mejillas se ahuecan mientras succiona. Entrelazo mis dedos en su pelo, guiando su ritmo.
—Más profundo —gruño.
Lo intenta. Su garganta se aprieta a mi alrededor. Las lágrimas se acumulan en las comisuras de sus ojos, pero no se detiene. Nunca se detiene cuando la presiono así.
Me retiro de repente. Ella boquea en busca de aire, con los labios brillantes e hinchados.
—Levántate.
Se levanta sobre piernas temblorosas. La hago girar, la inclino sobre el escritorio y le separo los pies de una patada. Sus manos atadas se presionan contra la parte baja de su espalda. Le subo la falda hasta la cintura de un tirón y le rasgo las bragas hasta los muslos.
—Mírate —digo, deslizando dos dedos entre sus pliegues—. Ya estás jodidamente mojada. Te gusta que te castiguen, ¿verdad?
Gime, empujando las caderas hacia atrás contra mi mano.
Le doy una fuerte nalgada en el culo. El sonido restalla en la habitación. Ella grita.
—Contéstame.
—Sí, papá —susurra.
Le abofeteo la otra nalga. Más fuerte. Su piel florece rosada bajo mi palma.
—Voy a embestir dentro de ti con una sola estocada brutal. —Me alineo y la embisto con una sola estocada brutal.
Grita mi nombre. No le doy tiempo a acostumbrarse. La follo con fuerza, en profundidad, cada embestida la empuja hacia delante contra el escritorio. Los papeles se esparcen. Un bolígrafo rueda por el suelo.
—Me perteneces —gruño, agarrando sus caderas con tanta fuerza que sé que dejaré marcas—. Dilo.
—Te pertenezco —jadea.
—Otra vez.
—Te pertenezco… ¡papá!
Froto su clítoris con rápidos círculos. Tiembla, sus muslos se sacuden. Siento cómo empieza a contraerse a mi alrededor.
—Todavía no —gruño con rabia. Me salgo por completo.
Gimotea de frustración.
La embisto de nuevo, abriéndole bien las piernas. Esta vez voy despacio, agónicamente despacio, observando su cara cada vez que llego al fondo.
—Mírame —ordeno.
Sus ojos se clavan en los míos. Están vidriosos, desesperados.
—Suplica.
—Por favor —suspira—. Por favor, déjame correrme. Lo siento, no dejaré que me vuelva a tocar. Lo juro. Por favor, papá.
Aumento la velocidad. Embisto más fuerte y más profundo. Mi pulgar encuentra su clítoris de nuevo.
—Córrete —ordeno—. Córrete por toda mi verga como una buena chica.
Se rompe. Su espalda se arquea y se despega de la superficie del escritorio. Un grito ahogado brota de su garganta mientras se contrae a mi alrededor.
He llegado al límite de mi autocontrol. La penetro profundamente mientras suelto mi corrida con fuertes gruñidos que llenan todo su ser.
Respiramos juntos durante un largo rato, cubiertos de sudor y con el corazón latiendo salvajemente.
Me inclino y esta vez la beso suavemente.
—Eres completamente mía —digo.
Ella asiente con la cabeza mientras sus ojos se suavizan. —Tuya.
Salgo de ella y le arreglo la ropa. Luego le desato las manos.
Marcas rojas rodean sus muñecas. Le paso la mano por la piel afectada, aplicando una suave presión.
—¿Mejor? —pregunto.
Ella sonríe. —Mucho mejor.
Le beso la frente. —No más besos de Ethan. ¿Entendido?
Asiente de nuevo. —Sí, papá.
—Todavía no he terminado, bebé —gruño en voz baja en su oído—. Papá está lejos de haber terminado.
Meto la mano en el cajón inferior de mi escritorio, donde guardo cosas de las que ella todavía no sabe nada, y saco el consolador de silicona, grueso y negro, que compré justo para momentos como este.
Sus ojos se abren como platos cuando lo ve.
—Knox… —Habla con una voz que tiembla entre el miedo y el deseo.
—Silencio. —La pongo boca abajo de nuevo, con el pecho presionado contra el escritorio y el culo en pompa.
—Mira qué codicioso es este coño —mascullo—. Todavía goteando mi corrida y ya pidiendo más.
Presiono la gruesa cabeza del consolador contra su entrada. Ella se tensa. Empiezo a introducirlo lentamente.
Suelta un jadeo seguido de un largo gemido entrecortado que no cesa hasta que está completamente llena.
—Joder, es demasiado grande —se queja.
—Puedes soportarlo —digo, con voz áspera—. Vas a tragarte cada puto centímetro mientras yo miro.
Empiezo a embestir, con estocadas largas y profundas que producen sonidos húmedos y obscenos cada vez que salgo.
Su cuerpo se aferra al consolador como si quisiera atraerlo más adentro. Lo angulo para que las estrías rocen su punto G.
—Oh, Dios. Knox, por favor…
Le doy una nalgada con gran fuerza. —¿Por favor, qué, zorra?
—Más fuerte —solloza—. Fóllame más fuerte con eso.
Le doy lo que quiere. El consolador entra en su cuerpo a gran velocidad y con embestidas violentas.
Su cuerpo se desliza hacia adelante sobre el escritorio. Los papeles vuelan por el aire. Sus gemidos se transforman en urgentes gritos agudos.
De su coño gotea mi corrida y su propio jugo lubricante, que le corre por los muslos.
—Te encanta esto, ¿verdad? —gruño, inclinándome sobre su espalda—. Te encanta que te rellenen como a un juguetito sucio mientras te veo deshacerte.
—Sí. Sí, papá. Me… encanta.
Meto la mano por debajo de ella y le pellizco el clítoris entre los dedos, haciéndolo rodar rápidamente. Grita mientras su espalda se arquea y su coño se aprieta con tanta fuerza alrededor del consolador.
—Vuelve a correrte —ordeno—. Córrete por toda esta verga gorda mientras mi corrida todavía se escapa de ti.
Se hace añicos. Su cuerpo empieza a temblar sin control. Mi mano se empapa con el chorro de su jugo, que se extiende por la superficie del escritorio.
Saco el consolador y la follo sin piedad.
Entonces, suenan tres golpes secos en la puerta.
Nos quedamos helados.
Mi corazón martillea contra mi pecho mientras Emma me mira con los ojos desorbitados, su boca formando un jadeo silencioso.
Mi mano se cierra con fuerza sobre su boca.
—Silencio —susurro contra su oído—. Ni un puto ruido.
Otro golpe.
Sonrío con suficiencia contra su cuello.
Sea quien sea… puede esperar.
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