Mi padrastro, mi deseo - Capítulo 19
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- Capítulo 19 - 19 CAPÍTULO 19 Está a punto de apretar el gatillo
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19: CAPÍTULO 19: Está a punto de apretar el gatillo.
19: CAPÍTULO 19: Está a punto de apretar el gatillo.
Emma
La sangre se me va del rostro, mi respiración se vuelve pesada mientras mi pecho sube y baja.
El pánico me nubla los sentidos.
No puede ser.
Guardé el archivo antes de bajar a por agua, pero no hay ni una sola palabra en él, solo una página en blanco que me mira fijamente.
Mis esfuerzos y mi tiempo han sido un desperdicio, todo se ha esfumado como una bocanada de humo.
Se me forma un nudo duro en la garganta y trago con dificultad.
Las lágrimas me escuecen en los ojos y luego caen por mis mejillas.
Acabo de perder todas las palabras que había tecleado antes, veinte páginas, y han desaparecido como si nunca las hubiera escrito.
El aire entra a la fuerza en mis pulmones con jadeos de rabia.
Un escalofrío me recorre la espalda.
¿Cómo empiezo de cero?
Con una fecha límite pendiendo de un hilo.
Las lágrimas me nublan la vista, el portátil que tengo delante se vuelve borroso, como si fuera un espejismo.
Juntando las palmas de las manos, cierro mis ojos llorosos.
—Que sea un sueño.
No puedo soportar esto.
Es demasiado para mí.
Rompo a llorar, con el corazón hinchado de dolor.
Mis hombros tiemblan bajo el peso de mis sollozos.
En ese momento de tranquila tristeza, sentí un suave golpecito en el hombro.
Mi cuerpo se tensa y ahogo un grito.
—Emma.
Rápidamente, llevo una mano temblorosa a mi cara, me seco los ojos con el dorso de las manos y luego uso mi pañuelo para limpiar la mucosidad que gotea de mi nariz.
Antes de que pudiera recomponerme, Knox estaba de pie justo delante de mí.
—¿Estás bien?
—Sí.
Sí.
Estoy bien —.
Mantengo la mirada baja, evitando encontrarme con la suya.
Me toma la barbilla, incitándome a encontrarme con sus ojos.
Su tacto es tan cálido y tierno en mi rostro.
Me encuentro mirando sus ojos grises.
Su mirada se suaviza, atrayéndome como un imán.
En ese momento, no pude contenerme más.
Rompí a llorar de nuevo.
Se acerca más, atrayéndome hacia él hasta que mi frente descansa sobre su estómago.
Sus manos me frotan la espalda para reconfortarme en silencio.
—¿Qué ha pasado?
Tras unos segundos, me aparto con suavidad, mirando fijamente esos magnéticos ojos grises.
—Perdí los archivos que estaba tecleando, las veinte páginas enteras se han ido.
Se ríe suavemente.
—Deja que eche un vistazo.
Sin dudar un instante, me pongo de pie y me hago a un lado.
Se sienta en mi silla, se arremanga hasta los codos, revelando un brazo musculoso cubierto de tatuajes oscuros.
Mis dedos ansiaban tocarle el brazo, saber qué se sentía, pero impido que mis pensamientos divaguen.
Tengo asuntos más urgentes entre manos.
Sus delgados dedos vuelan sobre el teclado con rápidos movimientos, dejándome hipnotizada por su fluidez.
Pongo los ojos en blanco ante mis absurdos pensamientos.
Me regaño a mí misma.
¿Qué tiene de hipnótico un hombre tecleando?
Bueno, ese hombre es Knox.
Todo lo que hace provoca que lo desee con locura.
Se vuelve hacia mí.
—Mira, he recuperado el archivo.
Mis ojos se abren como platos con incredulidad mientras miro la pantalla.
Se desplaza por el documento, mostrándomelo todo.
—M-muchas gracias —me tiembla la voz—.
¿Cómo lo has hecho?
—Solo unos cuantos trucos, nada difícil —.
Se levanta lentamente.
En cuanto se aleja de la silla, le lanzo los brazos al cuello en un fuerte abrazo.
Llevaba tiempo deseando hacer esto.
—No sé cómo agradecértelo.
Se pone rígido en mis brazos y aparta mis manos con suavidad.
—Vuelve al trabajo, Emma —dice en un tono gélido y me fulmina con la mirada.
La ternura de hace un momento se ha desvanecido sin dejar rastro.
Se me congela la sonrisa en la cara.
—S-sí.
Por supuesto —tartamudeo, yendo a toda prisa a mi asiento.
Vuelve a su despacho y cierra la puerta tras de sí.
Vuelvo a mi portátil, tecleando tan rápido como puedo.
Lo ocurrido en los últimos minutos me lleva a una conclusión: no me levantaré de mi escritorio ni para el almuerzo ni por ningún otro motivo.
Paso las páginas y sigo tecleando, al menos estoy haciendo un progreso increíble.
Espero terminar antes de la hora de cierre.
Esa tarde, la puerta a mi espalda se abre con un crujido y Knox sale de su despacho, con su maletín en la mano.
Se para junto a mi escritorio y levanto la cabeza de golpe.
—No te vayas hasta que hayas terminado —dice en un tono autoritario.
Se me hace un nudo en el estómago.
—Por favor, déjame seguir mañana —suplico—.
Ya he tecleado cincuenta páginas.
—Vuelve al trabajo, Emma.
—Estás siendo demasiado duro conmigo.
Déjame ir, por favor —se me quiebra la voz, con los ojos llenos de lágrimas.
Su fría mirada me atraviesa y, sin tener en cuenta mi súplica, sale furioso, dejándome atrás.
Sus pasos se desvanecen en el aire y el silencio a mi alrededor se vuelve asfixiante.
Contengo las lágrimas.
Puedo oír el leve sonido de las risas de otros empleados mientras se dirigen al aparcamiento.
El sonido de los neumáticos de los coches chirriando, los pasos y los portazos llenan mis oídos.
Miro el portátil.
No hay forma de que termine a tiempo.
La idea de quedarme en este enorme edificio me da escalofríos.
El silencio vuelve a llenar el enorme edificio.
Mi mirada se desvía hacia mi reloj de pulsera.
Apenas pasan cinco minutos de las diez.
No puedo quedarme, tendré que coger el toro por los cuernos.
Apago el portátil y meto los archivos en el bolso.
Luego cojo el bolso y salgo.
No dejaré que Knox gane esta vez.
Salgo a la calle, el aire frío es cortante.
Me aprieto más la chaqueta para entrar en calor.
De pie, junto a la carretera, espero a que aparezca un taxi.
Parece que se me ha acabado la suerte, porque ninguno parece venir en mi dirección.
Un profundo suspiro se escapa de mis labios.
Estoy en este lío porque se me ha estropeado el coche.
La calle se estaba quedando desierta, la única opción era llegar a la estación de tren y coger el siguiente que fuera en mi dirección.
Por suerte, todavía tengo mi MetroCard conmigo.
La calle está casi desierta, lo que me deja una sensación de pavor.
Justo cuando estoy a punto de dar un paso, una figura encapuchada se cruza en mi camino.
—¡Alto ahí, señorita!
Me quedo helada, la aprensión me invade.
Mis ojos se mueven de un lado a otro, buscando la ayuda de alguien.
Entonces, con un movimiento rápido, saca una pistola y me apunta directamente.
Sus dedos están a punto de apretar el gatillo.
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