Mi padrastro, mi deseo - Capítulo 22
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22: CAPÍTULO 22.
Mi esposa dejó nuestro dormitorio.
22: CAPÍTULO 22.
Mi esposa dejó nuestro dormitorio.
Knox
Pude ver el destello de sorpresa brillar en sus ojos.
Claramente mi pregunta la pone nerviosa.
El silencio se alarga entre nosotros hasta que, de repente, se echa a reír.
—Vamos, Knox.
No seas ridículo —dice en voz alta—.
¿Cómo puedes hacerme una pregunta así?
La miro fijamente, con la espalda apoyada en el cabecero.
—Dijiste que te importa una mierda que sea tu marido.
—Deberías entender que no lo decía en ese sentido —intenta explicar.
—Claro —me río secamente, aunque no hay nada gracioso en lo que ha dicho.
—¿Sabes qué?
No voy a quedarme aquí para tener esta discusión sin sentido contigo —espeta, con el rostro contraído por la ira.
La observo moverse por nuestro dormitorio mientras abre el armario de un tirón y saca su ropa de dormir.
Luego abre la puerta y sale furiosa del dormitorio.
Deja la puerta entreabierta.
Exhalo profundamente.
¿Por qué siento que empezamos a distanciarnos?
No consigo identificarlo, pero algo va mal, sin duda.
Gina y yo llevamos un tiempo casados sin ningún problema, hasta hoy.
Me froto la sien como para aliviar el dolor sordo que empieza a acumularse.
Supongo que todas las parejas tienen sus peores días.
Sintiendo que el agotamiento me invade, me tumbo bocarriba, con la mirada fija en el techo blanco.
No podía dormir, no dejaba de dar vueltas en la cama.
Intento todos los trucos que recuerdo, pero parece que cuanto más me esfuerzo, más difícil se vuelve.
Rindiéndome por completo, me levanto de la cama y salgo del dormitorio.
Atravieso el pasillo en dirección a la sala de estar.
En el momento en que paso por delante de la habitación de Emma, me doy cuenta de que una luz parpadea a través de la fina rendija junto a las bisagras.
También oigo sonidos que provienen de la habitación.
Me detengo un momento, mirando fijamente la puerta.
¿No está dormida?
¿Está su madre ahí con ella?
Improbable.
Hay suficientes habitaciones en la casa, podría haberse dormido en cualquiera de ellas.
Curioso por saber qué ocurre tras la puerta cerrada, estiro la mano para alcanzar el pomo.
—Knox —llama una voz suave.
Mi mano se congela sobre el pomo de la puerta y mis hombros se tensan.
Me doy la vuelta bruscamente y veo a Emma.
—Emma —exhalo, recorriéndola con la mirada.
Lleva un pijama de flores que se pierde en su figura.
El calor se agita en mi interior.
Sorprendentemente, me encuentro deseando que llevara puesto aquel sexi camisón de la otra noche.
«Basta, Knox».
Se cruza de brazos y el pequeño movimiento atrae mi mirada hacia su pecho generoso, pero me obligo a apartar la vista.
—¿Qué haces aquí?
—pregunta, con la mirada fija en mi rostro, demasiado asustada para dejarla vagar.
—Vine a ver cómo estabas —respondo.
—Como puedes ver, estoy bien —su voz tiene un matiz frío.
Tras su mirada, puedo ver el dolor que acecha.
De repente, la culpa me corroe por dentro.
Sé que intenta parecer fuerte después de lo que le pasó.
Asiento suavemente con la cabeza.
—¿Y cómo está tu brazo?
—pregunto, haciendo un gesto hacia él.
Ella baja la vista brevemente antes de volver a mirarme.
—No siento ningún dolor.
—Bien.
Intento disculparme con ella, pero la lengua se me pega al paladar.
Durante un momento nos quedamos allí, mirándonos el uno al otro.
Ella es la primera en romper el contacto visual.
—No te entretengo más.
Me aparto para dejarle paso y luego me dirijo a la sala de estar.
Cojo el mando y me acomodo en el sofá.
Empiezo a cambiar de canal.
Son más de las 12 de la noche.
Finalmente me decido por una película al azar y empiezo a verla.
Mi mente no deja de divagar, ya que en lo único que puedo pensar es en Emma.
No puedo evitar preguntarme cuál sería la reacción de Gina si algo malo le hubiera pasado a su hija.
«Eso no va a pasar.
Pienso actuar con cautela».
De repente, oigo pasos que se acercan y, cuando miro en esa dirección, veo a Emma bajando las escaleras.
Sostiene una bandeja.
La sorpresa destella en mis ojos.
Pronto, está de pie cerca de mí.
—Necesito compañía —dice—.
¿Puedo acompañarte?
—Sí.
Sí —respondo, haciéndole un sitio para que se siente conmigo en el sofá.
Pone la bandeja, que contiene dos vasos de leche y un plato lleno de galletas de chocolate, sobre la mesa.
Y luego me entrega un vaso.
—Toma esto.
He leído en alguna parte que la leche ayuda a dormir.
—¿En serio?
—Envuelvo el vaso con los dedos; el calor del cristal se filtra en mi palma.
Sus ojos brillan, me sonríe.
—Sí.
Sé que te cuesta dormir.
Mientras doy un sorbo al vaso, mis cejas se arquean con sorpresa.
Dejo el vaso.
—¿Cómo lo sabías?
—pregunto, prestándole toda mi atención.
Se coloca un mechón de pelo suelto detrás de la oreja.
—Deberías estar descansando después de un largo día, pero estás viendo la TV.
El ambiente se aligera a nuestro alrededor mientras la observo hablar, disfrutando de cada segundo.
—Eso no significa nada.
Por lo que sabes, podría estar viéndola solo por entretenimiento.
Echa la cabeza hacia atrás y suelta una carcajada.
Sus ojos brillaban divertidos.
Me da un golpecito juguetón en el brazo.
—Simplemente no quieres admitirlo —dice radiante.
—Me has pillado en esa —suspiré juguetonamente, levantando las manos en una falsa rendición.
Bajo las manos.
—Tienes razón, me cuesta dormir.
Coge una galleta y le da un mordisco, masticando suavemente.
—Tenía razón, después de todo.
No eres el único.
A mí también me cuesta dormir —su voz se apaga en un tono triste—.
No puedo superar lo que me pasó.
Se me oprime el pecho, una oleada de tristeza me invade.
Me inclino hacia ella en el sofá, mis manos tiemblan ligeramente mientras las acerco a su cara.
Mi dedo retira las migas de galleta de la comisura de sus labios.
—¡¿Qué estáis haciendo vosotros dos?!
La voz cortante de Gina rasga el momento y nos separamos al instante.
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