Mi padrastro, mi deseo - Capítulo 32
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32: CAPÍTULO 32 ¿Y qué hay de tu exnovio?
32: CAPÍTULO 32 ¿Y qué hay de tu exnovio?
Knox
La observo sin poder evitarlo mientras camina hacia el porche.
La redondez de su culo y el sensual vaivén de sus caderas hacen que se me haga la boca agua.
La punzada en mi polla hace que se me corte la respiración, y el sudor me resbala por la sien.
Perdido en el seductor contoneo de sus caderas, me quedo con la boca abierta, casi babeando ante la vista de su culo.
—¡Contrólate, Knox!
—digo entre dientes.
Necesito toda mi fuerza de voluntad para apartar la mirada de su tentador trasero.
Resoplo y me hundo en el mullido asiento de cuero, respirando con dificultad.
Entonces cierro los ojos de golpe, calmando mi respiración hasta alcanzar un ritmo lento y constante.
No pueden pillarme mirándole el culo a mi hijastra.
Vivo en una enorme mansión blanca con setos bajos, lo suficientemente altos como para separar la entrada de la mansión de la calle.
Por suerte, es un barrio tranquilo, sin dramas innecesarios.
Pero eso no significa que no haya vecinos cotillas espiando a través de sus cortinas.
Mis ojos recorren las otras mansiones cercanas.
Nada parece fuera de lugar.
Un profundo suspiro se escapa de mis labios, tendré que tener más cuidado de ahora en adelante.
La presión en mi polla empieza a aliviarse.
Muevo la muñeca para mirar la hora.
Un ceño fruncido aparece en mi cara.
Entonces golpeo el claxon y, en un instante, la puerta se abre de golpe y Emma sale corriendo.
Sube al coche, con el bolso y una bolsa de papel en la mano.
Al sentarse en el coche, la falda se le sube, dejando al descubierto sus muslos cremosos.
El calor me sube por el cuello, se me seca la boca.
Ni siquiera sabe el efecto que me provoca.
Instintivamente, se la baja y me dedica una sonrisa, cálida y alegre.
Sus ojos brillan de alegría mientras me mira con esos ojos de color miel.
No me importaría perderme en esos ojos todo el día.
Mis labios se estiran en una sonrisa.
Su pelo rubio le cae sobre la cara mientras devuelve la mirada a la puerta y la cierra de un portazo.
Me arden los dedos por la imperiosa necesidad de apartarle los mechones y recogérselos.
Para poder verle bien la cara.
Su mirada vuelve a mi rostro y rápidamente cierro la boca de golpe y desvío la vista.
Meto las llaves en el contacto, arranco el coche y me voy.
Los edificios pasan borrosos mientras conduzco por la carretera despejada.
Por el rabillo del ojo la veo mirar el móvil, sonriendo.
Le lanzo una mirada de reojo antes de concentrarme en la carretera.
—¿Un nuevo interés amoroso?
Levanta la cabeza de golpe y me mira con los ojos muy abiertos por el asombro.
—¿Qué?
Me aclaro la garganta bruscamente.
—¿Es un nuevo amante?
Estás sonriéndole al móvil, ¿o sigues con Zach?
Zach.
El pardillo con el que la veo no se la merece.
Ella ríe, colocándose un mechón de pelo suelto detrás de la oreja.
—Ahora mismo no estoy saliendo con nadie.
Ese anuncio alivia el nudo que tengo en el estómago.
No quiero a otro hombre cerca de ella.
Ese coño cremoso y rosado es mío para tomarlo.
La línea entre la moral y la depravación se ha desdibujado hace tiempo, dejando solo matices de lujuria pecaminosa por mi hijastra.
Me meto en otro carril, uniéndome al flujo de coches que aceleran.
—¿En serio?
¿Y qué hay de Zach?
—Ah.
Rompí con él —dice—.
Simplemente me cansé de tenerlo cerca.
Asintiendo lentamente, me pregunto si dice la verdad sobre estar cansada de él.
Bueno, no me preocupa.
Mientras no esté saliendo con nadie más, por mí está bien.
La mayoría de las mujeres jóvenes de su edad no pueden aguantar con un hombre mucho tiempo.
Su afán por probar cosas nuevas es insaciable.
Tendría orgasmos más que de sobra si fuera mi novia.
Mis labios esbozan una sonrisa sucia.
Echo un vistazo rápido a esos muslos cremosos, preguntándome cuál será su postura sexual favorita y cómo le gusta que la follen.
¿A cuatro patas o la vaquera?
¿Le gusta duro o suave?
He visto el fuego y el anhelo en sus ojos.
No creo que a mi chica le guste suave.
«¿Tu chica?
Cuidado, Knox».
Me río entre dientes.
Bueno, a mí me va la marcha dura.
—Pareces divertido —comenta.
—Sí.
Acabo de acordarme de un chiste.
—Ah.
—Sí.
—Sonrío mientras me concentro en la carretera.
Pronto llego a la empresa en un tiempo récord.
Me detengo en el aparcamiento.
Bajo la ventanilla, mis ojos recorren el aparcamiento casi lleno.
El coche de Gina no está aquí.
¿Dónde podrá estar?
Como si Emma hubiera oído mis pensamientos, pregunta: —No creo que esté aquí.
—Sus ojos escanean el aparcamiento.
Me quito el cinturón de seguridad.
—No te preocupes.
Tu madre no tardará en llegar.
Suspira profundamente, luego abre la puerta para salir, pero duda un segundo.
Entonces vuelve a sentarse en el coche, de cara a mí.
Me entrega una bolsa de papel marrón.
—Toma, quiero que te quedes esto.
Es mi forma de darte las gracias por llevarme.
Sin palabras por un segundo, parpadeo rápidamente.
Vaya.
Este pequeño gesto de amabilidad me calienta el corazón.
Siempre he sido yo el que da.
Ella es la primera que me regala algo.
Cojo la bolsa de papel, sonriendo.
—Ah, veamos qué hay dentro.
—Abro la bolsa y veo una tarrina de yogur dentro de la bolsa de papel marrón.
La sonrisa en mi cara se ensancha en mis labios.
Me encuentro con su mirada alegre.
—Gracias.
Disfrutaré cada lametazo.
Nos echamos a reír y entonces ella sale del coche.
Me quedo atrás, reflexionando sobre la conexión entre nosotros y lo fácil que fue hablar con ella.
Me levanta el ánimo.
Salgo del coche y entro en el imponente rascacielos que tengo delante.
Entro en mi despacho y me siento, después de dejar el maletín sobre la mesa.
Es hora de ponerse serios.
Saco el portátil de la bolsa y lo enciendo.
Todo va sobre ruedas hasta que hago clic por error en una carpeta que había guardado hace noches.
Algo que no debería estar viendo en la oficina.
Un escalofrío me recorre la espalda mientras se carga la primera imagen, y entonces la veo.
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