Mi padrastro, mi deseo - Capítulo 50
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- Capítulo 50 - 50 CAPÍTULO 50 Enfrentamiento con mi madre
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50: CAPÍTULO 50 Enfrentamiento con mi madre.
50: CAPÍTULO 50 Enfrentamiento con mi madre.
Emma
Me incorporo de golpe en la cama y el miedo me hace un nudo en el estómago.
Siento el intenso latido de mi corazón contra mi caja torácica.
La puerta está ligeramente entreabierta, y cada palabra de su discusión en el piso de abajo se filtra en mi habitación.
—¡Ni de coña!
—oigo a Knox rebatir su exigencia—.
Gina, no puedes decirme a quién contratar o despedir.
—Por supuesto que harás lo que te he dicho —espeta mi madre—.
¡No va a trabajar para ti!
Una oleada de tristeza me inunda mientras intento procesar todo lo que está sucediendo.
«¿Por qué no quiere que trabaje para Knox?
Creía que era lo que siempre había querido».
Saco las piernas de la cama y mis pies rozan las baldosas frías.
Sus voces se alzan en una mezcla de rabia y frustración, aumentando el latido en mi sien hasta convertirlo en un dolor punzante.
Todavía me siento débil por los efectos de lo que bebí anoche en la discoteca con Luke.
Ponerme en pie es una lucha, respiro con dificultad y hago una mueca de dolor.
Me mantengo erguida, me tambaleo hasta la puerta y la cierro de un portazo.
Mi pecho no para de subir y bajar, y el sudor perla mi frente mientras me dejo caer contra la puerta.
Su discusión se convierte en un sonido ahogado contra la dura superficie de la puerta.
Mis hombros se hunden por la angustia punzante de que mi madre me niegue una gran oportunidad.
Siento que el estómago se me retuerce de dolor.
Mis manos vuelan hacia mi abdomen y me lo agarro, doblándome mientras un gemido forzado se escapa de mis labios.
El dolor en mi estómago empeora, como si mis intestinos se estuvieran anudando entre sí.
Mis rodillas flaquean y caigo al suelo frío, jadeando en busca de aire.
Las lágrimas se acumulan en mis ojos.
Ni siquiera sé qué me está pasando.
Ni siquiera puedo pedir ayuda porque a mi madre, que se supone que me quiere, solo le preocupan sus propios intereses.
El estómago se me revuelve y las náuseas crecen en mi interior.
Aprieto los dientes con fuerza, reuniendo hasta la última gota de fuerza que me queda.
Luego lucho por ponerme en pie, tambaleándome al principio antes de correr hacia el baño.
Apenas llego al lavabo cuando tengo una arcada y vomito.
El estómago me da otro vuelco y sigo vomitando hasta que parece que se me van a salir los intestinos por la boca.
Respirando con dificultad, abro el grifo y cojo agua para enjuagarme la boca.
La muevo dentro de la boca antes de escupirla.
Agarrada a ambos lados del lavabo, mi pecho sube y baja mientras empiezo a sentir que el martilleo en mi cabeza remite hasta convertirse en un dolor sordo.
Siento el estómago tan vacío que el repentino rugido de mis tripas lo empeora.
Me enderezo y mi reflejo me devuelve la mirada.
Mis ojos se abren como platos por la sorpresa al ver mi reflejo.
Tengo un aspecto horrible, parezco un adefesio.
Regueros negros de rímel me recorren la cara, dándome un aspecto digno de la noche de Halloween.
Mi pelo rubio es un desastre total, como si un huracán acabara de pasar por él.
Los mechones están enredados y me costará un esfuerzo extra alisarlos.
Mi cara pálida tampoco ayuda; podría pasar fácilmente por una muñeca poseída en una película de terror.
—¡Joder!
¡Qué demonios!
—murmuro con incredulidad mientras me paso los dedos por el pelo enmarañado.
Mi mirada se endurece.
«¿Qué me dio a beber exactamente ese imbécil?».
¡No puede una chica divertirse sin que la tomen como objetivo!
Los recuerdos de lo que Luke intentó hacerme me inundan la mente.
Recuerdo a sus amigos entrando en la habitación para aprovecharse de mí.
Aprieto el puño con fuerza, deseando poder estrellárselo con ganas en la cara.
Espero que se pase el resto de su miserable vida en la cárcel.
Intento recordar otros sucesos de la noche.
Sé que alguien entró corriendo justo a tiempo para salvarme.
Estaba demasiado desorientada para recordar quién era.
Suelto un profundo suspiro, luego me quito la ropa y entro en la ducha.
La advertencia de Knox todavía resuena en mis oídos.
Necesito este trabajo, nadie me detendrá, ni siquiera mi madre.
Los chorros de agua caliente golpean mi piel, extendiendo el calor por cada poro y revitalizándome.
Empiezo a sentirme mejor y una oleada de energía me recorre.
En poco tiempo, salgo con una toalla envuelta en mi cuerpo mojado.
Con otra toalla, me seco a toquecitos antes de coger el secador para secarme el pelo.
Armada con mi cepillo plano, lo paso con esfuerzo por mi pelo hasta que cae suavemente sobre mis hombros.
Rápidamente, cojo un vestido cruzado estampado del armario y me lo pongo.
Después de prepararme para el trabajo, cojo el bolso y camino hacia la puerta.
Los tacones bajos de mis zapatos repiquetean suavemente contra el suelo.
Con la mano en el pomo de latón, respiro hondo, preparándome para el enfrentamiento entre Knox y mi madre.
Esos dos ni siquiera se soportan.
Me pregunto por qué están casados.
Bueno, no es asunto mío.
Con cuidado, abro la puerta y salgo.
Sorprendentemente, la casa está en silencio.
Me encojo de hombros antes de bajar las escaleras.
Con pasos cuidadosos, contengo la respiración, temerosa de que mis pisadas provoquen otro brutal enfrentamiento entre ellos.
Ninguno de los dos está en el salón.
Tomándolo como una buena señal, me apresuro a la cocina.
Ya me muero de hambre.
Llego a la cocina y se me hace la boca agua por el delicioso aroma que hay en el aire.
Parece que alguien ha preparado el desayuno.
Debe de haber sido Knox.
Mi madre preferiría caerse muerta antes que cocinar.
No es que sepa cocinar, de todas formas.
Dejando mi bolso en la isla de la cocina, saco un plato del escurridor y me sirvo una porción considerable.
Mis dientes se hunden en el beicon y, mientras mastico suavemente, el intenso sabor ahumado explota en mi lengua.
Mis ojos se cierran y un gemido silencioso se me escapa.
Esto sabe increíblemente bien.
Oigo el leve crujido de la puerta, pero no le hago caso, demasiado concentrada en la comida que tengo delante.
—Para empezar, creo que eres una pequeña zorra manipuladora… ¡y lo sabes!
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