Mi padrastro, mi deseo - Capítulo 86
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Capítulo 86: CAPÍTULO 86: Perdóname, bebé.
Knox
La forma en que se tensa en mis brazos me hace enarcar una ceja, casi hasta la raíz del pelo.
Su vacilación me preocupa. ¿Y si solo me estoy imaginando cosas y ni siquiera ha oído mi pregunta?
Decidí intentarlo una última vez. Hundí los dedos en su pelo mientras yacía sobre mi pecho, con nuestros alientos mezclándose.
—Bebé, he hecho una pregunta.
—Mmm, ¿qué has dicho? Lo siento, no estaba prestando atención.
Me reí entre dientes y deslicé la mano por la piel suave de su espalda. Está agotadísima después de haber hecho el amor. Presiono mis labios contra su pelo, inhalando el aroma floral.
Aunque la habitación tiene el olor almizclado del sexo. Tenerla en mi habitación, tumbada en mi cama, hace que se me contraiga la polla.
Quiero otra ronda de sexo salvaje con ella, pero primero necesito dejar algo claro. Quiero que nuestra relación, demonios, si es que se puede llamar así, tenga unos términos claros, sin que ella monte berrinches.
Estoy listo para ser su papá en la cama, mandar la prudencia al diablo y follármela cuando me dé la gana.
—Quiero oírte decir que me has perdonado —mascullé—. Quiero saber que no volverás a mencionar a Monica y que te olvidarás por completo de ella.
Levanta la cabeza, con las manos en mi pecho, nuestros cuerpos desnudos y sudorosos presionándose el uno contra el otro.
Sus pestañas se agitan suavemente mientras me mira. El brillo apacible de su rostro desaparece, dando paso a una expresión sonrojada. Aunque parece estar seria.
—Knox —dice en voz baja, pero puedo sentir el matiz de inquietud en su tono.
Contengo la respiración y siento como si mi corazón hubiera olvidado cómo latir con la constancia que debería.
Me incorporé, pero su mano permaneció en mi pecho. Apoyé la espalda en el cabecero y la miré fijamente. Mi mano cayó de su espalda.
—Sí. Te escucho —digo.
—Yo… yo de verdad quiero estar contigo, pero no puedo seguir.
Mi corazón se hizo añicos. Entrecierro los ojos, con la ira enroscándose, ardiente, a mi alrededor.
—¿Que no puedes seguir con qué? —digo secamente, con la sangre hirviéndome, porque ya sé lo que está diciendo, pero en algún rincón de mi maldita mente espero que no sea lo que estoy pensando.
Aparta la mirada, mordiéndose el labio inferior. —No puedo fingir que Monica no existe. Tengo miedo… No puedo estar contigo.
Sus palabras me golpean como un rayo y la rabia me nubla los sentidos. Intenta tocarme, pero una mirada gélida y cortante por mi parte la deja helada.
Me levanto de la cama a rastras, cojo los pantalones y me los pongo.
—No lo decía en ese sentido, nosotros…
—Basta —rugí, con la mandíbula apretada por la ira—. No soy estúpido, Emma. Ya capté el mensaje, no me deseas tanto como yo a ti.
Cojo la camisa que está sobre la mesita de noche, la que había arrojado en el ardor de la pasión.
Después de ponérmela, voy con paso furioso hacia la puerta y la abro de un tirón. —Fue divertido mientras duró, lárgate.
La conmoción en sus ojos es evidente, la incredulidad la atraviesa. Abre la boca para hablar, pero las palabras le fallan.
El corazón me late con fuerza, lucho por contenerme para no ir hasta la cama y echarla a patadas de mi habitación.
Mis dedos siguen aferrados al pomo frío, con la puerta abierta. —Odio tener que repetir mis palabras, vete.
Todo rastro de amabilidad se desvanece como una voluta de humo. Y su mirada se endurece con desafío.
Con la barbilla en alto, bajó los pies de la cama y los plantó en el suelo.
Empezó a recoger sus cosas esparcidas por ahí. Luego se puso sus braguitas de encaje rosa, que se ceñían perfectamente a su culo.
Tragué saliva con dificultad, la lujuria hacía que se me abultara la polla. Dios. Mis ojos recorren su cuerpo, deteniéndose en sus pechos.
Sigo furioso, pero el deseo de rodearla con mis brazos y chupar esos melones golpea más fuerte que cualquier otra cosa.
Emma va a ser mi muerte. Por fuera, estoy furioso, sí, intento parecer enfadado, pero por dentro, quiero ponerla a cuatro patas y follármela con fuerza de pie.
Diferentes posturas en las que pienso follármela se reproducen en mi cabeza como una película.
Emma se pasa la ropa por la cabeza, cortando la visión de sus pechos. Aprieto tanto la mandíbula que, si aplicara más presión, podría acabar desdentado antes de envejecer.
Sale furiosa de mi habitación y cierro la puerta de un portazo.
Me paso los dedos por el pelo, suspirando profundamente.
Nada duele más que ser rechazado como un cachorrito callejero, enfermo y desvalido, suplicando amor.
No me quiere, de acuerdo. Haré que se arrepienta hasta que vuelva corriendo a mis brazos. Y cuando eso ocurra, será bajo mis condiciones.
Me dejo caer en la cama, que rebota por mi peso. Me tumbo boca arriba, mirando al techo.
Mi vida últimamente ha sido un desastre: primero Gina, luego Monica y sus tejemanejes, y ahora Emma se ha llevado la palma.
Solo deseo a una mujer, a Emma. Pero ella se está esforzando mucho por terminar con lo nuestro.
Si Emma cree que voy a dejar que me folle y me deseche como un trozo de papel higiénico usado, está muy equivocada.
Debería ser yo quien decida cuándo se acaba, no al revés. Sé lo que intenta hacer: evitar ser mía por completo, pero usarme para su placer cuando le conviene.
Nadie se mete conmigo.
Esa noche, oí a Gina gritarle a Emma que fuera a la cocina.
Ella no cocina, así que me pregunto a qué viene tanto alboroto.
Arrastro el culo fuera de la cama y salgo de mi habitación. Me dirijo a la cocina.
La puerta está entreabierta; Emma y Gina están de espaldas a mí, pero mis ojos se detienen en el culo redondo de Emma.
Como si sintiera mi presencia, Gina se da la vuelta bruscamente y me ve de pie en el umbral.
—Cariño —me sonrió.
Aparto la mirada rápidamente y la fijo en mi esposa. Asombrado por su repentina amabilidad, le devuelvo la sonrisa como si estuviéramos perfectamente bien, sin problemas.
Emma no se da la vuelta; su espalda está rígida como un palo. Sé que me está ignorando.
Entro en la cocina, rodeo a Gina con mis brazos cuando se gira hacia mí. Tomo sus labios, montando un gran espectáculo al besarla.
Cuando dejamos de besarnos, abrazo a Gina. Emma nos echa un vistazo a hurtadillas y pillo su mirada.
—Te he echado de menos, bebé —digo, plantándole un beso en el cuello a Gina mientras Emma me fulmina con la mirada como si fuera a explotar si sigo con mi demostración de afecto hacia Gina.
Gina me abraza con fuerza y yo la aprieto contra mí.
Enfadada, Emma me hace una peineta.
Una sonrisa fría se dibuja en mis labios y, con Gina ajena a la tensa atmósfera, le devuelvo la peineta a Emma.
La mirada en los ojos de Emma lo dice todo. Respiraba con dificultad, con la ira ardiendo en sus ojos.
Aún no he desatado las armas de mi arsenal y ya se está alterando.
¿Qué pasará cuando le demuestre quién manda aquí?
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