Mi padrastro, mi deseo - Capítulo 89
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Capítulo 89: CAPÍTULO 89 Dedeada bajo la mesa.
Emma
Apenas cruzo la puerta de entrada cuando ya estoy quitándome los tacones y subiendo corriendo las escaleras. La falda se me pega a los muslos, húmeda e irritante, un recordatorio incesante de lo que ocurrió en su despacho. La forma en que me apretó contra el escritorio, dejándome sentir todo el grueso de su bulto a través de los pantalones. No me corrí. Se aseguró de ello. Simplemente me dejó anhelante, chorreando y humillada.
Por fin estoy en casa, después de que Knox me diera órdenes como si fuera un animal. Qué imbécil.
La puerta de mi habitación se cierra de golpe a mis espaldas. Me quito la blusa por la cabeza, con los dedos torpes forcejeando con la cremallera de la falda. Cae amontonada a mis pies. Cuando la puerta se abre de par en par de nuevo, estoy casi desnuda, a excepción de mi sujetador y esas bragas rosas empapadas.
Knox.
Entra, cierra la puerta de un portazo y echa el cerrojo. Sus ojos me recorren; estoy medio vestida, con la respiración agitada, la piel sonrojada y en shock por verlo. Parece furioso, con una mirada lujuriosa que me quema.
—No tienes derecho a huir de mí —dice, con voz grave, oscura y amenazadora—. Ni en el trabajo. Ni aquí.
Retrocedo hasta que mis pantorrillas chocan contra los pies de la cama. —Sal de aquí. Mamá podría llegar a casa en cualquier momento.
Se acerca acechante. —Todavía no ha llegado. —Con un movimiento rápido, me agarra la muñeca y me hace girar hasta que mi espalda se estrella contra la pared. El impacto me deja sin aliento.
—Cállate. —Su boca se estampa contra la mía. Duro y brutal. Lo empujo en el pecho, pero es inútil; es sólido e inamovible. Su lengua se abre paso entre mis labios, posesiva, castigadora.
La muerdo. Él gruñe y, con una mano, me inmoviliza ambas muñecas por encima de la cabeza.
—¿Crees que puedes irte sin más? —masculla contra mi garganta, sus dientes rozando mi piel caliente.
—¿Después de que me dejaras sentir lo jodidamente húmeda que estabas?
Mis caderas se mueven hacia delante por instinto. Mi cuerpo me traiciona. —Estás casado con mi madre, imbécil.
Se ríe, una risa oscura y cruel. —Y tú estás chorreando por su marido. —Su mano se desliza con libertad entre mis piernas, ahuecando mi sexo sobre el encaje. Suelto un jadeo. Sus dedos presionan, me frotan. —Esto me dice que eso no te importa, ahora mismo.
Gimo. Odio la razón que tiene.
Me arrastra hasta la cama, me empuja y me tumba bocarriba. Se sube sobre mí, con una rodilla entre mis muslos para abrirlos. Su peso me inmoviliza. Duro, impaciente, presionándome con firmeza desde debajo de sus pantalones. Puedo sentirlo, duro, frotando su erección contra mi centro por debajo de sus pantalones.
—Suplica —ordena, con los labios rozándome la oreja—. Suplícale a Papá que te deje correrte.
—Vete a la mierda —siseo, pero, aun así, mis caderas se alzan para encontrarlo.
Suelta una risita, grave y gutural. Se restriega más fuerte y más rápido. Mis uñas se clavan en sus hombros. Estoy tan cerca, jodidamente cerca, cuando unas llantas crujen en la entrada.
El coche de Mamá.
Knox se detiene una fracción de segundo. Entonces su mano cubre mi boca.
—Silencio —susurra, con los ojos fijos en los míos—. Un ruido más y lo sabrá todo.
El corazón me martillea en las costillas. Asiento frenéticamente. Él no deja de moverse, sigue balanceándose sobre mí. Su polla se frota contra mis bragas mojadas, la fricción es alucinante. Me muerdo el interior de la mejilla para no gemir.
Su mano permanece firme sobre mis labios, su pulgar acariciándome la mejilla casi con ternura mientras me lleva de nuevo justo al borde del clímax.
La puerta de entrada se abre en el piso de abajo.
La voz de Mamá llega desde abajo. —¿Knox? ¿Emma? He pedido la cena
Los ojos de Knox se oscurecen. Se inclina, con la boca en mi oído. —Vas a sentarte frente a ella con mi corrida en tus bragas si no te portas bien.
Cierro los ojos con fuerza. Las lágrimas me humedecen los ojos, pero no de miedo. Sino de las ganas que tengo de que termine esto.
Finalmente se levanta y se recoloca con el ceño fruncido. —Arréglate la ropa. Baja y sonríe.
Me levanto a toda prisa, con las piernas temblando. Me subo la falda y me abotono la blusa con dedos temblorosos. La imagen que me devuelve el espejo es de labios hinchados, mejillas sonrojadas y ojos vidriosos. Parezco como si me hubieran follado. Siento que casi lo han hecho.
Abajo, Mamá está poniendo los recipientes de comida sobre la mesa, tarareando. Knox ya está allí, apoyado en la encimera, de lo más tranquilo. Como si no acabara de tenerme la mano sobre la boca mientras me apretaba contra mi cama, restregándose contra mí.
—¡Cariño! —Mamá sonríe radiante en cuanto me ve—. Ahí estás. Temía que te perdieras la cena.
Fuerzo una sonrisa. —Ya estoy aquí.
Nos sentamos. Knox frente a mí. Mamá en la cabecera. La mesa parece demasiado pequeña. Aprieto los muslos bajo la mesa.
Mamá parlotea sobre el drama de algún cliente. Knox asiente, le sonríe y coge la salsa de soja. Su otra mano va bajo la mesa.
Sus dedos me rozan la rodilla.
Me sobresalto. Mi tenedor cae con estrépito sobre el plato.
—¿Estás bien, cariño? —pregunta Mamá.
—Bien —toso—. Hace… calor aquí dentro.
La mano de Knox sube por mi muslo. Por debajo del dobladillo de mi falda. Su pulgar acaricia la cara interna de mi muslo, dibujando lentos círculos. Agarro el borde de la mesa con tanta fuerza que mis nudillos se ponen blancos.
Está hablando con Mamá sobre planes de la oficina. Riendo de algo que ella dice. Mientras, sus dedos se acercan lentamente al lugar donde sigo empapada y jadeante, y siento que me va a dejar sin aliento.
Desliza un dedo por debajo de la cinturilla de mis bragas y tira ligeramente.
Me muerdo el labio hasta que saboreo la sangre. Mamá se levanta a por servilletas. En el momento en que le da la espalda, Knox se inclina hacia delante, con la voz convertida en un susurro.
—Te vas a correr esta noche —murmura—. En mis dedos. En mi lengua. En mi polla. Y quiero que lo hagas en silencio. Porque ahora eres mía. ¡Te guste o no!
Mamá se da la vuelta. Knox ya ha retirado la mano, como si no hubiera pasado nada.
Miro mi plato, intacto, pero mi cuerpo está gritando.
Mi cuerpo se estremece, todavía lo deseo, pero tengo miedo de que esto no dure.
Bajo la mesa, mis piernas se separan, solo un poco.
No. No puedo seguir así, no con mi madre justo ahí.
Siempre he querido a Knox para mí. Debería estar feliz de que por fin estoy consiguiendo lo que quiero, pero, en lugar de eso, siento que me estoy hundiendo en un pozo de mierda.
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