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Mi Pareja: Mis Posesivos Gemelos Alfas - Capítulo 123

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123: Capítulo 123 123: Capítulo 123 La escalera daba varias vueltas antes de terminar en el segundo piso.

Un pasillo ancho y bien iluminado se extendía ante nosotras, flanqueado por varias habitaciones.

A través de los grandes ventanales a cada lado del corredor, pude ver salas de entrenamiento con suelo de espuma.

Nos dirigimos a la única habitación desocupada, o casi desocupada.

Un hombre que nunca había visto estaba de pie en el centro.

Rondaba los sesenta, pero estaba en una forma impecable.

Su camiseta apenas ocultaba su complexión musculosa.

Su pelo corto era gris con un toque de blanco.

—Bienvenidas, chicas —retumbó su voz ronca, sobresaltándome.

Se giró para saludarnos y se me cortó la respiración.

Su rostro anguloso me resultaba familiar, y sus ojos, de un azul intenso casi blanco, eran el reflejo de uno de los míos y de Sebastian.

—¿Somos…

somos familia?

—fruncí el ceño al ver una versión ligeramente alterada del rostro de Sebastian.

—Qué avispada —se rio, con una carcajada estruendosa muy diferente al Sebastian que yo conocía—.

Claro que sí.

Soy el hermano de tu abuelo.

—¿Mi abuelo?

—asentí, momentáneamente sin palabras.

La sorpresa me quitó el filtro y me encontré hablando sin pensar—.

Williams dice que era un cabrón.

Hizo una pausa y me miró a los ojos antes de responder.

—Mmm, sí, era un cabrón —asintió, esbozando una amplia sonrisa—.

El humor en nuestra familia parece saltarse una o dos generaciones.

—A Sebastian se la saltó, ¿no?

—pregunté con sequedad, incapaz de mantener la seriedad mientras el hombre estallaba en carcajadas.

—Ojalá te hubiera conocido antes.

Me llamo Chad —sonrió mientras su risa se apagaba—.

Bueno, he oído que necesitas algo de entrenamiento.

¿No se suponía que los lobos blancos erais todopoderosos?

—Yo no diría todopoderosos —me encogí de hombros—.

Además, aprender a pelear nunca le ha hecho daño a nadie.

—Tienes razón —asintió, caminando hacia el frente de la sala—.

Muy bien, poneos a estirar y empezamos en diez minutos.

—Retiro lo dicho.

Aprender a pelear sí que le ha hecho daño a gente…

sobre todo a mí —gemí, tumbada boca arriba en el suelo de espuma.

El sujetador deportivo y los leggings que llevaba estaban húmedos de sudor, y juraría que había un charco alrededor de mi cuerpo tembloroso.

Kat yacía a mi lado, con la cabeza apoyada en la mano.

—No pensaba que fueras de las que se rinden, Luna —arrulló, dedicándome una sonrisa.

—Oh, no me rindo —negué con la cabeza—.

¿Quejarme?

Muchísimo.

—Lo admito, lo tienes crudo —asintió—.

Los lobos empezamos a entrenar a una edad muy temprana.

Tu vida humana ha hecho que estés totalmente fuera de forma.

—No me lo recuerdes —gemí, negándome a moverme de mi cómodo sitio en la colchoneta.

Los músculos de mis piernas palpitaban y dolían, al igual que el resto de mi cuerpo.

Habíamos entrenado durante casi tres horas, y luego Chad nos mandó al piso de abajo a levantar pesas.

Nos volvimos a reunir en el segundo piso para discutir el plan de mañana.

El único consuelo del entrenamiento de hoy era que mi falta de coordinación parecía haberse remediado por completo.

Ya no tropezaba con mis propios pies y podía bloquear un puñetazo bastante bien después de algunos intentos fallidos.

Tenía que reconocérselo a Kat: pegaba unos buenos puñetazos.

—Oh, hola, Alfa —la voz de Kat estaba llena de risa contenida.

—Veo que el entrenamiento ha ido bien —la risa de Ethan me hizo ponerme de pie de un salto, alisándome el pelo alborotado.

Ethan llevaba una sencilla camiseta negra que se ceñía a cada deliciosa curva y hendidura de su cuerpo.

La imagen hizo que se me hiciera la boca agua y, por un breve instante, tuve todo tipo de pensamientos indecorosos.

Me pasé la lengua por el labio inferior mientras me preguntaba si me dejaría recorrer los músculos de su cuerpo con algo más que mis dedos.

A juzgar por el brillo de sus ojos, estaría más que encantado de dejarme hacer lo que quisiera.

—Bueno, os veré a las dos mañana, a primera hora —rio Chad entre dientes, dándome una palmada en la espalda—.

Ha sido un placer conocerte al fin, Sofía.

—Igualmente, Chad —le devolví la sonrisa, sintiendo esa opresión familiar en el corazón mientras sus emociones se registraban en mi interior.

Chad estaba genuinamente feliz de conocerme, y ya podía sentir el cariño que me tenía.

Seguía pareciéndome increíble que, en el momento en que dejé atrás mi vida humana, por fin hubiera encontrado a mi familia.

Ethan, Kieran, Kat, incluso los padres de los gemelos…

ellos eran mi familia.

Chad se fue con un último saludo, y yo miré la deslumbrante sonrisa de mi pareja.

—Tengo que decir que me gusta este look —ronroneó Ethan, atrayéndome a sus brazos.

Hundió el rostro en el hueco de mi cuello sudoroso e inspiró—.

Mmm, hueles bien.

—Huelo a sudor —resoplé, mirándolo con una ceja enarcada.

—A mí me parece que hueles delicioso —sonrió con suficiencia, mordisqueando su carnoso labio inferior.

Se acercó más y mi corazón se aceleró en respuesta—.

Me pregunto si sabrás tan bien como hueles.

Un fuerte escalofrío me recorrió cuando la lengua de Ethan salió disparada y rozó el lóbulo de mi oreja.

En el momento en que su lengua tocó mi piel, sus emociones estallaron, liberándose del dique que las había contenido.

—Bueno, creo que esa es mi señal para irme —Kat se aclaró la garganta.

De alguna manera, consiguió mantener la cara seria, pero no pudo ocultar el brillo pícaro de sus ojos.

Justo cuando abría la puerta para marcharse, gritó a sus espaldas—: ¡Ah, por si os lo preguntabais, esa puerta de ahí lleva a un salón muy grande y espacioso!

¡Nos vemos mañana, Sofía!

—No es que sea muy sutil, ¿verdad?

—resopló Ethan, pero las emociones oscuras y pesadas que irradiaba no habían cesado en lo más mínimo.

Eran zarcillos de un deseo denso que se enroscaban en mis piernas y acariciaban mis muslos.

Amenazaban con arrastrarme a sus profundidades, y me di cuenta de que estaba perdiendo la motivación para luchar contra ellos.

El dolor de mis extremidades quedó olvidado mientras permanecía envuelta en los brazos de Ethan.

—Quizá…

quizá deberíamos volver a la casa —sugerí sin aliento, tragando saliva con dificultad cuando los labios de Ethan se torcieron en una sonrisa de suficiencia.

—¿No estabas dolorida, muñeca?

—arrulló, dedicándome una sonrisa pícara que hizo que mis entrañas se revolvieran—.

Parecías bastante hecha polvo ahí en el suelo.

Mis piernas se contrajeron involuntariamente y un calor abrasador se extendió hasta mi centro.

Miré a Ethan con los ojos entrecerrados, manteniendo la voz baja y seductora.

—Puedo con lo que me eches, Ethan —ronroneé, dejando que mis dedos juguetearan con el borde de su camiseta.

Mis palabras y caricias surtieron el efecto deseado, pues mi espalda golpeó contra la pared de espejo.

Su aliento caliente abanicó mi rostro, y mi cabeza se echó hacia atrás mientras sus labios recorrían mi mandíbula.

Deslumbrantes chispas danzaron por mi piel, haciendo que mi centro se contrajera dolorosamente.

El intenso deseo de Ethan se mezcló con el mío hasta que no pude separar nuestras emociones.

Lo único que sabía era que lo deseaba a él, cada glorioso centímetro de él, hasta que no solo nuestras emociones se fusionaran, sino también nosotros.

El dolor que sentía comenzó en mi centro, pero no hizo más que crecer a medida que sus labios bajaban y sus besos se volvían más ardientes.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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