Mi Pareja: Mis Posesivos Gemelos Alfas - Capítulo 129
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129: Capítulo 129 129: Capítulo 129 El interior de la cabaña encajaba perfectamente con el exterior.
Parecía sacada de uno de esos programas de televisión de reformas que a Kat le encantaba ver.
A juzgar por la cocina con sus hornos superpuestos, su frigorífico con pantalla táctil y su zona de minibar, era sin duda una cabaña de lujo.
El interior tenía tonos tierra, sobre todo marrones y algunos tonos diferentes de rojo.
El sofá modular del centro de la cabaña era lo bastante grande como para una familia entera, y la pantalla plana de la pared del fondo era la más grande que había visto en mi vida.
Había cojines mullidos en el sofá y resistí el impulso de tirarme sobre ellos, feliz de hundirme en el suave material.
Me quedé embobada mirando la chimenea de ladrillo y la repisa tallada a mano que había sobre ella, y sonreí al ver unas cuantas fotos enmarcadas de los gemelos y sus padres.
Parecían la familia perfecta y, por una vez, no sentí ninguna punzada de dolor en el pecho.
Me alegraba que los gemelos tuvieran esta vida increíble, que estuvieran rodeados de gente que los quería y respetaba.
El hecho de que yo hubiera tenido una infancia de mierda no significaba que se la deseara a nadie más.
Ethan y Kieran posaban delante de sus padres con unas sonrisas de suficiencia en sus rostros, lo que me hizo preguntarme en qué se habrían metido antes de hacer las fotos.
Sus padres compartían una mirada en una de las fotos, una que me decía que sabían exactamente en qué se habían metido Ethan y Kieran.
Era tonto y un poco cursi, pero cursi de una manera que lo hacía más sentimental.
Ethan se aclaró la garganta y, cuando me di la vuelta, los dos estaban a solo unos metros.
Ambos tenían el ceño fruncido al sorprenderme mirando las fotos de su familia.
—Nunca podremos entender por lo que pasaste, viviendo con Lauren y Darren, pero no tendrás que volver a pasar por eso nunca más —dijo Ethan.
—Nunca te faltará de nada y no tendrás que volver a vivir en un tugurio como ese.
Tendrás todo lo que necesites —continuó Kieran, con una mirada de igual sinceridad en su rostro rudo.
Era increíblemente seductor tener a dos hombres fuertes que sentían debilidad por mí.
Solo yo podía verlos así, vulnerables e íntimos.
En sus emociones, podía saborear el agudo regusto a culpa y sabía que ambos se castigaban por cómo me habían tratado.
No podía echarles ni un ápice de culpa.
Había mantenido en secreto el trato que recibía, pensando que no había nadie que pudiera ayudarme, que a nadie le importaba.
Incluso mantuve en secreto todo el asunto de Jessy.
No tenía ni idea del mundo secreto que vivía bajo el mío y, en todo caso, me arrepentía de no haber hablado antes.
Su torbellino de emociones hizo que se me saltaran las lágrimas, y parpadeé furiosamente para reprimirlas.
Nunca me ha gustado llorar delante de los demás, por muy cómoda que me sintiera con esa persona.
Llorar te hace vulnerable de una forma que me incomoda.
Al confundir mi repentino arrebato de lágrimas, los gemelos se revolvieron inquietos.
Solté una risa ahogada.
Ninguno de los dos sabía cómo tratar a una mujer que lloraba; los ponía nerviosos.
Dos guerreros imponentes, doblegados por su emotiva pareja.
—No…, no llores, cariño —refunfuñó Kieran, con sus oscuras cejas muy fruncidas.
Me metí entre sus brazos, con una sonrisa oculta en el rostro mientras robaba su calor y sus olores.
—No queríamos disgustarte —intervino Ethan, apartándome los mechones de pelo de la cara con su áspera mano.
—No me habéis disgustado —solté una risita.
Me limpié rápidamente la lágrima rebelde que había logrado escapar de mi ojo.
Una vez que estuve segura de que no quedaba rastro de lágrimas en mi mirada, alcé la vista hacia mis dos hermosos compañeros—.
Soy muy afortunada de teneros a los dos.
No quiero que os culpéis.
Nada de esto es culpa vuestra.
Lo mantuve en secreto porque no creía que nadie pudiera ayudarme.
—Podríamos haberte dicho la verdad, muñeca —negó Ethan con la cabeza, sus labios fruncidos con una determinación que solo hizo que lo atrajera más hacia mí—.
Podríamos haberte dicho la verdad y haberle puesto fin a todo.
—Si me hubierais dicho la verdad, habría huido igualmente.
Sobre todo si me hubierais presionado para que me fuera con vosotros —les dije con sinceridad—.
No estaba preparada para la verdad.
Creo que…
creo que Sebastian me hizo un favor al decírmelo.
Necesitaba decidir por mí misma lo que quería, y vosotros dos me dejasteis hacerlo.
Me disteis la opción de elegir.
Es más de lo que nadie ha hecho nunca por mí.
Me quedé abrazada a ellos hasta que el amargo filo de su culpa se desvaneció.
Nunca desaparecería por completo, de eso estaba segura.
Una parte de ellos, por pequeña que fuera, siempre se culparía por el trato que recibí.
Lo único que importaba era que yo les recordara la verdad.
No tuvieron nada que ver en cómo me trataron, pero sí en mi salvación.
La vida humana que había llevado estaba plagada de peligros, andando constantemente de puntillas cerca de Lauren y Darren, esperando el día en que Darren se saliera con la suya.
Esta vida, aunque es igual de peligrosa, es hermosa.
Ninguna vida es perfecta, pero son los defectos de la gente que quieres los que la hacen más auténtica, los que hacen que merezca la pena vivirla.
—Aunque no me opondría a tenerte en nuestros brazos todo el día, creo que deberías echar un vistazo al dormitorio —murmuró Ethan, y su risa me hizo cosquillas en la oreja y me estremeció—.
La segunda parte de tu regalo está ahí dentro.
Al mirarlo a los ojos, no pude confundir el destello de hambre que persistía en aquellos orbes oscuros.
Ese mismo destello se reflejaba en los ojos de Kieran, pero sabía que estaban siendo pacientes.
—Arriba, al fondo del pasillo.
Es la primera puerta a la izquierda —intervino Kieran, dándome un suave empujón—.
Tendremos la cena lista para cuando bajes.
—¿Tenéis algún defecto?
—resoplé, deteniéndome a mitad de la escalera.
Ambos enarcaron una ceja oscura en mi dirección, y sentí un revoloteo en mi interior ante las sonrisas idénticas que se formaron en sus rostros—.
¿Cocinar y limpiar?
Soy una Luna con mucha suerte.
—En realidad, vamos a pedir pizza —rio Ethan, mostrándome una sonrisa de oreja a oreja—.
Dejaremos lo de cocinar para mañana.
—Voy a tener que darle las gracias a vuestra madre alguna vez —me reí por lo bajo, sacándoles la lengua a los dos—.
Os crio muy bien.
—Por favor, no lo hagas —gimió Ethan.
Los gemelos compartieron una mirada incrédula entre ellos antes de volverse hacia mí—.
Nos lo restregará por la cara para siempre.
—Será mejor que subas, cariño.
Tu regalo no apreciará que lo hagas esperar tanto —dijo Kieran en voz alta, entrando con aire despreocupado en la cocina.
Mientras la confusión se apoderaba de mi rostro, no recibí más explicación que una sonrisa inocente, que resultaba bastante graciosa en la cara de Kieran.
Deambulé por los grandes pasillos hasta que encontré la habitación que buscaba.
Al colarme en el dormitorio, me topé con el denso olor a canela y hojas.
—Oh, vaya —arrullé, murmurando para Silver y para mí—.
¿Crees que podemos convencerlos de que se muden aquí?
—Tienes mi voto —se encogió de hombros Silver—.
Un bosque enorme rodeando la cabaña, genial para correr.
El dormitorio principal era una enorme habitación rectangular con paredes granates y suelos de madera oscura.
La cama con dosel se asentaba sobre una plataforma elevada con unos cuantos escalones a un lado.
Sábanas y fundas de almohada de seda negra junto con un edredón de piel.
Sabía que en cuanto me acurrucara en esa cama, me quedaría dormida en cuestión de segundos.
Por suerte, la cama era más grande que la mayoría, y sabía que los tres cabríamos perfectamente.
Debajo de la cama había una alfombra de pelo largo y mullida.
Contra la pared del fondo había un bar completamente surtido, con innumerables decantadores con tapones de cristal.
Una chimenea idéntica sobresalía de la otra pared, esta libre de fotos familiares y adornos.
En la pared de la izquierda había un par de puertas dobles que, según descubrí, daban a un cuarto de baño igual de inmaculado.
Me acerqué a la última puerta del dormitorio, la abrí y me quedé mirando un vestidor.
El vestidor era más grande que mi dormitorio en casa de Lauren y Darren, y estaba completamente surtido de ropa tanto de hombre como de mujer.
Mientras pasaba los dedos por las perchas que abarcaban el armario, me puse rígida cuando algo susurró detrás de mí.
A pesar de haber entrenado durante una semana entera, todavía no había puesto en práctica lo que había aprendido.
Me avergüenza decir que suspendí esta prueba.
Un par de manos me agarraron los hombros por detrás, y me giré con la boca abierta para encontrarme con Kat.
El grito de película de terror que salió de mi boca fue uno que siempre recordaré, uno que me haría sonrojar terriblemente.
No es que no supiera defenderme, pero no soy ninguna guerrera entrenada.
No tengo instintos afinados que me digan que ataque primero y pregunte después.
Además, ¿quién espera de verdad que le ataquen en un vestidor?
Yo no, desde luego.
Mi mano voló a mi pecho mientras mi estómago sentía un cosquilleo de sorpresa.
Siempre había odiado la sensación que se tiene cuando alguien te asusta de un salto.
Demasiados encontronazos con Darren como para que la sensación me pareciera divertida, pero no culpé a Kat por ello.
—¡Qué demonios, Sofía!
—gritó Kat, con las manos levantadas en señal de exasperación.
Tenía la cara un poco sonrosada y su pelo de fuego se le estaba saliendo de la coleta en la que lo llevaba recogido.
Sus ojos verdes con motas marrones estaban muy abiertos mientras mi grito ensordecedor se detenía con un gorgoteo.
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