Mi Pareja: Mis Posesivos Gemelos Alfas - Capítulo 77
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77: Capítulo 77 77: Capítulo 77 —Creí que nunca lo preguntarías —resopló la voz—.
Puedes llamarme Silver.
—La voz de mi cabeza tiene nombre —asentí—.
Esto es genial.
—Míralo de esta forma, estamos mejorando —dijo la voz con tono alegre.
—¿Mejorando?
—me mofé—.
Más bien descendiendo a la locura.
—Oye, te acompañaré en el viaje —sonrió Silver—.
Será divertido.
—Sabes, no esperaba que la voz de mi cabeza fuera tan malditamente optimista —puse los ojos en blanco.
—Acostúmbrate, Sofía —me reprendió Silver—.
He venido para quedarme.
—Genial —mascullé, sin entusiasmo.
Sebastian me miró por el rabillo del ojo, con evidente preocupación en su mirada.
—¿Te encuentras bien, Sofía?
—preguntó, con el tono lleno de inquietud.
—Sip —dije, marcando bien la pe—.
Solo hablaba con las voces de mi cabeza.
No estaba segura de por qué había dicho eso, pero no me importaba.
Esta semana había sido una para la historia.
Estaba casi segura de que había tenido la peor semana de la historia.
Agredida, asustada, abandonada, utilizada.
Y a partir de aquí solo iría a peor.
Me vería obligada a vivir con Sebastian, por suerte solo hasta el viernes.
Podía soportarlo, me dije.
Una semana evitando el instituto y a Sebastian como a la peste…
sería divertido.
Sebastian pareció desconcertado, pero una pequeña sonrisa se formó en su rostro.
—¿Y qué dicen las voces?
—preguntó, alzando una ceja.
—¿No te preocupa que esté oyendo voces?
—me mofé.
No podía empezar a entender a este hombre.
Aparece en mi vida de la nada e intenta adoptar el papel de padre, solo para desconcertarme por completo.
La mirada en sus ojos era casi cómica, no es que me importara su sentido del humor.
Sebastian se encogió de hombros.
—Todos oímos voces a veces.
Es importante prestar atención a lo que dicen.
—La voz de mi cabeza dice que no presto atención —puse los ojos en blanco—.
Cree que lo sabe todo y se niega a callarse.
Y ahora sueno como una completa demente.
—No creo que suenes como una demente —se encogió de hombros Sebastian, con tono relajado.
—Como si fuera a fiarme de tu juicio —refunfuñé por lo bajo.
Lo primero que tenía que hacer una vez que me instalara en otro sitio era buscar un terapeuta.
Y posiblemente alguna medicación fuerte.
Sebastian me dejó en casa y me recordó que estuviera lista por la mañana.
Empacar mis pertenencias fue fácil; solo me llevó una hora.
Todos mis artículos de aseo cabían en una bolsa pequeña, y mi ropa encajaba bien en una maleta pequeña.
El resto eran solo cosillas, y todo cupo perfectamente en mi mochila.
Casi deseé haber tardado más en empacar, para darle a mi mente un respiro de pensar en cualquier cosa.
Silver se negaba rotundamente a callarse, insistiendo en que ya había guardado silencio durante demasiado tiempo.
Yo me negaba a escuchar, buscando desesperadamente la forma de volver a levantar aquel muro de ladrillos.
Era casi imposible.
El muro de ladrillos estaba en ruinas y nada de lo que hacía podía repararlo.
Para cuando me di por vencida, era tarde por la noche y tenía una migraña horrible.
—Ves, si me escucharas, no te dolería la cabeza —se encogió de hombros Silver.
—Es culpa tuya que me duela la cabeza —hice una mueca.
—Oh, no, no vas a echarme la culpa de esto —negó Silver con la cabeza—.
Si tan solo me escucharas, para empezar no tendrías dolor de cabeza.
—¿Por qué iba a escucharte?
—espeté—.
Eres una voz en mi cabeza.
¿Qué tan sensatos son tus consejos?
—Confío en mis habilidades —se encogió de hombros Silver—.
Lo primero que tienes que hacer es dejar de evitar a Ethan y a Kieran.
—Eso no va a pasar —negué con la cabeza—.
Dentro de una semana, ya no importarán.
—Ves, ahí es donde te equivocas —dijo Silver—.
Jessy no va a volver a hacerte daño, no si te quedas con ellos.
—Jessy me hizo daño porque estaba con ellos —fruncí el ceño—.
No voy a arriesgarme otra vez.
Casi me violan.
La próxima vez no tendré tanta suerte.
—La próxima vez, Jessy no tendrá tanta suerte —gruñó Silver como un animal salvaje—.
¡No me tenías la primera vez, no del todo, al menos!
—Problema resuelto.
No habrá una próxima vez —espeté—.
No quiero matar a nadie y no quiero tener nada que ver con Ethan y Kieran.
—Mientes —la voz de Silver fue un susurro silencioso mientras mis párpados se agitaban, arrastrándome a un sueño profundo.
Como era habitual últimamente, la mañana llegó demasiado pronto.
La luz del sol entraba a raudales en mi dormitorio, haciendo que mis ojos cansados dolieran miserablemente.
Un suave golpe sonó en mi puerta, y esperé a que Lauren entrara.
Por extraño que pareciera, podía olerla.
Olía a perfume desvanecido y a gel de ducha.
Ambos aromas eran fuertes en mi nariz, pero no abrumadores.
—Tu…
Sebastian va a estar aquí en unos minutos —dijo Lauren en voz alta, sin molestarse en entrar en mi habitación.
Silver se enfadó dentro de los confines de mi cabeza, y el impulso de arremeter contra Lauren apareció de la nada.
Algo que hizo o dijo cabreó a Silver.
Cielos, sonaba más loca que nunca.
Lauren había hecho enfadar a la voz de mi cabeza…
que llamen a una ambulancia y me den una medicación fuerte.
—Entonces, ¿eso es todo?
—espeté—.
¿Se acabó el numerito de la madre cariñosa?
Mi voz no sonaba como la mía; era más áspera y mucho más furiosa de lo que yo jamás podría conseguir.
Sentí que estaba cediendo las riendas, entregándoselas a Silver solo por un momento.
Los ojos de un azul desvaído de Lauren se entrecerraron al mirarme, y entró en mi dormitorio con aires de superioridad.
Silver quería reír; esa mujer no era superior a nadie.
—No sé qué estás insinuando —espetó Lauren, con palabras que goteaban veneno—.
Nada de esto habría pasado si no hubieras llamado a la maldita trabajadora social.
—Estoy insinuando que eres una madre terrible a la que solo le importan las cosas cuando la benefician —gruñó Silver, y vi cómo los ojos de Lauren se abrían de par en par.
Mi voz sonaba hostil, más hostil de lo que yo podría lograr por mi cuenta.
Si las miradas matasen, Lauren ya estaría en el suelo.
La boca de Lauren se abría y cerraba como un pez fuera del agua.
Estaba completamente fuera de su elemento.
Nunca antes le había hablado así, nunca había provocado una reacción en ella.
Sabía que la tenía acorralada.
No podía negar lo que yo había dicho, porque ambas sabíamos que era verdad.
Lauren no era una narcisista incapaz de admitir sus errores; simplemente era una persona terrible que tomaba decisiones aún peores.
Me levanté de la cama, con Silver en control de mis movimientos.
Era como pasar al asiento del copiloto de un coche, siendo el coche mi cuerpo.
Silver se acercó a Lauren y ella retrocedió como respuesta.
Silver siguió avanzando hasta que Lauren se encontró justo fuera de nuestro dormitorio.
—Eso me parecía —se rio Silver, con una risa llena de malicia reprimida—.
Pásatelo bien con tu marido, Lauren.
Os merecéis el uno al otro.
Silver cerró la puerta del dormitorio de un portazo con una fuerza increíble, y me sorprendió que la puerta no se hubiera destrozado en el proceso.
Sabía que Lauren estaba a solo un par de centímetros de ser golpeada por la puerta; probablemente sintió la ráfaga de viento azotarle la cara.
Silver me devolvió el control y finalmente me di cuenta de que había estado temblando de rabia.
—Relájate —dijo Silver, como si hablara consigo misma—.
Todavía no.
Ahora no es el momento.
—¿Problemas de ira?
—alcé una ceja hacia ella.
—Tú también tendrías problemas de ira si estuvieras atrapada con una chica humana que nunca dice lo que piensa —espetó Silver en mi cabeza.
—Touché —asentí, agarrando mis maletas.
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