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Mi Pareja: Mis Posesivos Gemelos Alfas - Capítulo 89

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89: Capítulo 89 89: Capítulo 89 Resistiendo el intenso impulso de comprar uno de cada cosa, pedí un muffin de arándanos y algo llamado garra de oso.

Me acomodé en uno de los relucientes reservados, con los asientos de rayas rosas y blancas que brillaban alegremente.

La panadería parecía completamente nueva, desde los brillantes reservados hasta los grandes hornos que se asomaban por encima del mostrador.

No pude evitar observar en silencio al dúo que atendía el mostrador.

Estaba claro que eran familia, muy probablemente hermano y hermana.

Ambos tenían el mismo tono de pelo rubio arena y los mismos labios carnosos y sensuales.

La chica era delgada, con curvas en los lugares adecuados, y parecía fuera de lugar en la panadería.

Habría esperado verla en la portada de una revista, no trabajando en una panadería.

Los dos corrían del mostrador al horno, a la bandeja de preparación, a la caja registradora, cada uno un torbellino de energía y determinación mientras yo seguía observando en silencio.

Hacía tiempo que me había terminado el muffin y la garra de oso, y me limpiaba la dulzura de los dedos con una servilleta.

El gentío acabó por disiparse, y la gente salía de la panadería en grandes grupos.

Una vez que los dos hermanos ya no estaban desbordados de clientes, me acerqué a la caja.

—¿Qué necesitabas, cariño?

—El chico se giró, y sus ojos eran de un sorprendente tono azul.

Por un segundo, el corazón me dio un vuelco en el pecho.

La palabra «cariño» rebotaba en mi cabeza, pero era otra voz la que la pronunciaba.

—Yo…

—tartamudeé, perdiendo el hilo de mis pensamientos mientras la imagen de dos rostros atractivos aparecía en mi memoria—.

¿Los dueños de este lugar están contratando?

—Somos los dueños, chica.

—La chica rubia salió de la trastienda, con una mancha de harina en la camisa.

Tenía las mejillas sonrojadas de tanto correr por la panadería, pero ni un pelo se le había salido de su sitio.

Un rubor se extendió por mis mejillas, tiñendo mi piel mientras miraba a la chica.

Parecían de mi edad, probablemente unos años mayores que yo.

Ambos parecían bastante jóvenes para ser dueños de una panadería.

—Nuestros padres tienen un par de tiendas en esta misma calle.

Mi hermana quería abrir una panadería.

En aquel entonces, era incapaz de hacer galletas sin quemarlas.

—El chico rio por lo bajo, lanzándole una mirada divertida a su hermana.

—La última vez que lo comprobé, tú tampoco podías.

—La chica sacó la lengua, lanzándole a su hermano una mirada severa—.

Casi quemas la tienda la última vez que lo intentaste.

—Se me da mejor la caja.

—El chico me sonrió ampliamente, encogiéndose de hombros con indiferencia.

—Me vendría bien otra pastelera.

—La chica resopló, frunciéndole el ceño a su hermano—.

¿Sabes hornear?

—Para nada.

—Negué con la cabeza, con la cara ardiéndome más que nunca.

La idea de ponerme a hornear no se me había pasado por la cabeza.

Me había dejado arrullar y seducir por el aroma de los dulces, sin pensar en lo que mi trabajo allí implicaría en realidad.

La chica frunció el ceño.

—Dame tu número de teléfono y te llamaré si necesitamos otro empleado.

—En realidad no tengo teléfono.

—Solté una risita triste.

La conversación iba mal, como muchos de mis intentos de hoy—.

Me alojo en el motel de la esquina.

Estaré allí los próximos dos días.

—¿El motel?

—La chica frunció el ceño, limpiándose un poco de harina de la mejilla.

Algo brilló en sus ojos claros, algo parecido a la preocupación—.

¿Qué harás dentro de dos días?

—No estoy segura.

—Me encogí de hombros, con los labios apretados en una línea tensa—.

Probablemente me quede otra noche si no encuentro trabajo.

Los labios carnosos de la chica se curvaron en un gesto de desaprobación.

Ella y su hermano cruzaron las miradas, manteniendo una conversación silenciosa entre ellos.

—Ya sabes mi respuesta.

—El chico se encogió de hombros, cogiendo un trapo y una botella de espray de debajo de la caja—.

Si eso me mantiene fuera de la cocina, estoy totalmente a favor.

—¿Puedes estar aquí mañana?

—La chica se volvió hacia mí, sus ojos recorriendo las facciones de mi cara—.

¿Una hora antes de abrir?

—Puedo estar aquí cuando me necesites.

—Asentí con entusiasmo.

El nudo que se me había estado formando en el estómago se convirtió en mariposas, y la expectación inundó mis venas.

—Estate aquí a las seis.

Puedes ayudarme a abrir y tendré un poco de tiempo para enseñarte lo básico.

—La chica asintió, con una sonrisa asomando por la comisura de sus labios—.

Soy Bia, y este es mi molesto hermano Bryan.

Por un momento, dudé sobre qué nombre darles.

Mentir seguía remordiéndome la conciencia, pero no me atrevía a revelar mi verdadero nombre.

La idea de que Sebastian me encontrara y me arrastrara de vuelta me atormentaba.

—Sarah —dije, forzando una sonrisa al mirar a los dos hermanos.

—Bueno, Sarah, no soy ni la mitad de molesto de lo que Bia dice —sonrió Bryan, mostrando una dentadura reluciente.

Una sonrisa así, en otro tiempo, habría provocado un enjambre de mariposas en mi estómago.

En su lugar, una extraña sensación de vacío creció en mi pecho, una fría ráfaga de viento arremolinándose en el vacío de mi interior.

—Esperemos que tengas algo de maña, Sarah.

—Bia me dedicó una sonrisa tranquila—.

No necesito otro cajero.

Bryan ya ha cubierto ese puesto.

Si puedes trabajar duro y hornear algo comestible, tendrás trabajo.

—Lo haré lo mejor que pueda —prometí, mientras una sonrisa esperanzada se extendía por mi rostro.

Disfruté el resto de la tarde paseando por las demás tiendas del pueblo.

Aunque una pequeña cafetería me llamaba, resistí la tentación.

Tenía suficiente dinero para mantenerme durante unas semanas, pero no podía arriesgarme a agotar mis fondos.

Me hice una promesa silenciosa: si conseguía este trabajo en la panadería, me daría un capricho en la cafetería y pediría lo que quisiera.

Cuando el sol empezó a ponerse, regresé sin prisa al sórdido motel.

El colchón de muelles deformado me llamaba, la fina colcha me invitaba a acurrucarme bajo ella.

Aunque había dormido plácidamente, dos rostros angustiados se arremolinaban en mis sueños.

Tardé media hora en poner la alarma en el reloj cutre que había en el motel.

Me levanté de la cama de un salto a las 5:30 de la mañana, con los rostros de Ethan y Kieran aún frescos en mi mente.

Si no se habían dado cuenta de mi ausencia, lo harían hoy.

Tenía un turno en el restaurante más tarde, uno al que sin duda faltaría.

Me arranqué de la cama del motel, poniéndome en pie a trompicones con una sonrisa ansiosa.

No tenía ni la menor idea de repostería, pero Bia estaba dispuesta a dejarme intentarlo.

Me puse unos vaqueros y una camiseta descolorida, esperando que me prestara un uniforme.

Me metí una barrita de granola en la boca, con el olor a repostería fresca aún persistiendo en mi mente.

Llegué a la panadería quince minutos antes, esperando fuera mientras luchaba contra el fresco de la mañana.

El sol empezaba a salir, proyectando una luz cremosa sobre las tiendas y por la acera.

El cielo se iluminaba con tonos azules, naranjas y amarillos.

Cinco minutos antes de las seis, un reluciente coche plateado se detuvo a un lado de la calle.

Bia ya llevaba el uniforme y bajaba de un salto de su coche con el bolso en la mano.

—¿Dónde está tu hermano?

—No pude evitar preguntar.

Me cubrí los puños con las mangas largas de la camiseta para calentarme las manos.

—Vendrá cuando abramos.

—Bia resopló—.

Sacarlo de la cama temprano es un suplicio.

Vivimos en apartamentos separados y odio tener que sacarlo a rastras.

Incluso mientras cerraba la puerta del coche, el olor a bollería emanaba del interior.

Me pregunté si el olor la seguía a todas partes, haciendo que oliera a muffin recién horneado a todas horas.

Se me ocurrían cosas peores a las que oler, y no me importaría llevar conmigo el aroma de un glaseado espeso y azúcar moreno.

Bia abrió la puerta principal y encendió las luces; los reservados rosas y blancos brillaban alegremente.

—Bryan limpió la tienda anoche, así que podemos centrarnos en prepararlo todo para la hora punta de la mañana —dijo Bia por encima del hombro, haciéndome un gesto para que la siguiera.

Mis ojos recorrieron cada superficie de la cocina.

Cada brillante artilugio de metal caía bajo mi mirada.

A los enormes hornos les seguían la gran nevera y el congelador.

Un surtido de mangas pasteleras reposaba sobre la mesa de preparación de metal en el centro de la sala.

—Voy a ir hablando sobre la marcha.

Sigue lo que hago lo mejor que puedas.

—Bia resopló, mientras sacaba un gran recipiente de masa de una de las muchas neveras—.

Intenta seguirme el ritmo, y si tienes alguna pregunta, no dudes en hacerla.

Apartando los rostros persistentes de Ethan y Kieran, seguí a Bia de cerca.

Los olores y las vistas de la panadería me ayudaron a distraerme, a desviar mi atención del agujero negro que tenía en el pecho.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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