Mi pareja predestinada puede quedarse con ella - Capítulo 71
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71: Una y otra vez 71: Una y otra vez Violeta
Otra sarta de rugidos y vítores resonó desde el patio.
El lobo gris finalmente inmovilizó al otro.
Entonces, el lobo marrón se quedó quieto tras unos cuantos intentos de quitarse al otro lobo de encima.
El lobo gris lo soltó de inmediato y ambos volvieron a su forma humana.
Un hombre y una mujer, respirando con dificultad, ambos sonriendo a pesar de sus heridas y cuerpos ensangrentados.
Se agarraron de los antebrazos e intercambiaron palabras que no pude oír.
—El primer combate de la noche —intervino Darnel, con tono complacido—.
Habrá unos cuantos más antes de que acabe.
—Entrecerró los ojos mientras la comisura de sus labios se curvaba en una rápida sonrisa que lo hacía parecer demasiado feliz—.
Has elegido una buena noche para unirte a nosotros, Violeta.
Forcé una sonrisa débil, pero mis manos temblaban bajo la mesa.
Sus palabras sonaron como una amenaza.
A mi alrededor, la conversación se reanudó.
Ana dijo algo sobre tener que revisar el inventario mañana.
Meribel se rio de un chiste de alguien.
Los otros lobos en la mesa debatían quién ganaría el siguiente combate.
Normal.
Esto era normal para ellos.
Pero para mí, fue como si acabara de vislumbrar su mundo salvaje y todo el camino que me quedaba por recorrer.
Me puse de pie y unas cuantas cabezas se giraron para mirarme.
—No has comido —dijo Ana, mirando mi plato vacío antes de volver a mirarme.
—La verdad es que no me apetece comer —mascullé, esforzándome por no mirar a los demás en la mesa.
Ana, titubeante, se hizo a un lado, dejándome espacio para salir.
—¿Ya te vas?
—gritó Darnel en tono de burla.
—Cállate —le espetó Ana, volviendo a sentarse.
Hice una pequeña reverencia a la mesa y salí del abarrotado salón, ignorando las miradas fijas que me seguían.
Llegar a mi habitación fue relativamente sencillo y, para cuando estuve allí, la cabeza me martilleaba.
Me senté al borde de la cama y hundí la cara entre las manos, quedándome quieta en la oscuridad mientras la frustración se apoderaba de mí.
¿Para qué estaba intentando siquiera hacerme más fuerte?
«¡Basta!»
Me enderecé de golpe, dándome una bofetada en las mejillas.
Dejé que el escozor me mordiera la piel, disipando los pensamientos negativos que empezaban a consumirme.
Empezaba a odiar este lugar, pero necesitaba controlarme.
Me enfrentaría a esto dondequiera que fuera.
Necesitaba hacerme más fuerte.
Me dejé caer de espaldas en la cama.
Los fuertes vítores en la distancia interrumpían mi paz de vez en cuando, devolviendo mis pensamientos a la escena que había presenciado.
Darnel…, Corin…, todos esos lobos.
No iba a dejar que se salieran con la suya.
[ – ]
El sueño me fue esquivo esa noche.
Hice algunos de los ejercicios que Kael me había enseñado.
Aunque me había recomendado descansar en los intervalos, no lo hice.
Seguí hasta que mi cuerpo ya no pudo más.
Tullida en el suelo, con los músculos gritando e incapaz de hacer nada más, me concentré después en mi sicigía y, por la mañana, ya había encontrado una forma de usarla para aliviar la molestia en mis músculos doloridos.
Ila había regresado tarde esa noche, mucho después de que la mayor parte del asentamiento se hubiera relajado.
Y por la mañana, se había marchado de nuevo para atender asuntos importantes en la ciudad, no sin antes, a modo de disculpa, asignarme a Meribel como profesora para ese día.
La mayoría de los otros lobos ya se habían ido a pasar el día fuera; muchos de ellos, a entrenar en el bosque.
Los campos de entrenamiento del asentamiento se sentían extrañamente vacíos sin ellos, y eso alivió un poco mi tensión.
Meribel me llevó a una zona de entrenamiento más pequeña detrás de uno de los edificios exteriores y, bajo el sol de la mañana, descubrí lo buena profesora que era, de formas que no me esperaba.
Me enseñó algunos conceptos básicos: cómo colocarme, distribuir mi peso y muchas otras cosas que Kael ya me había señalado.
Después, me mostró varias técnicas: bloqueos, desvíos, golpes básicos, y me hizo repetirlas una y otra vez hasta que los movimientos me parecieron un poco menos extraños.
Aunque todavía estaban lejos de ser naturales.
Fue por la tarde cuando finalmente me hizo probar las técnicas contra ella.
Quería que de verdad intentara golpearla, que pusiera en práctica lo que me había enseñado.
Ella no atacaría; lo único que haría sería defenderse.
No me contuve.
O, al menos, eso intenté.
Meribel se movió.
Y con cada cosa que intentaba hacer, ella era más rápida, más fuerte, y se aprovechaba de cada punto débil que dejaba al descubierto.
Además de señalar ciertos momentos en los que podría haber muerto si hubiera sido una batalla real.
Habría usado mis habilidades de todos modos, pero sin ellas… tenía razón.
Lo intentamos de nuevo.
Y otra vez.
Y otra vez.
Y seguía sin poder tocarla.
Seguía sus movimientos.
Veía exactamente lo que hacía, cómo me esquivaba y dónde contraatacaba.
Pero era incapaz de seguirle el ritmo.
El abismo entre saber qué hacer y aplicarlo de verdad contra un oponente real era tan vasto y aleccionador que me dejó confundida y frustrada.
Durante todo el día, continuó enseñándome y haciéndome poner en práctica lo que me enseñaba.
Pero con cada intento fallido de asestarle siquiera un golpe, me convencía cada vez más de algo que ya sospechaba, pero que no había querido admitir.
Meribel se estaba conteniendo.
Para cuando cayó la noche y más lobos regresaron al asentamiento, Meribel lo había dejado por zanjado.
Yo estaba agotada, amoratada por mi propia torpeza y dolorosamente consciente de lo mucho que me quedaba por recorrer.
Ni una sola vez conseguí sorprenderla o pillarla desprevenida, y en lo único que podía pensar era en lo mucho peor que me iría contra alguien que no se contuviera.
—¿Pero qué clase de aguante tienes?
Estaba levantándome del suelo cuando su susurro me pilló desprevenida.
Levanté la vista hacia ella.
—¿Qué?
Un ligero ceño fruncido cruzó su rostro.
—¿No te has dado cuenta de que no has comido nada en todo el día?
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