Mi querida y mis gemelos, quédate conmigo - Capítulo 62
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- Capítulo 62 - 62 Chapter 62 Una razón suficiente
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62: Chapter 62 Una razón suficiente 62: Chapter 62 Una razón suficiente La voz de Bruce vino desde el otro extremo del teléfono y parecía casi un susurro que iba directo a su oído.
Esto no hizo más que recordarle a Ashley lo que ocurrió aquella noche y de pronto no pudo evitar que toda su cara se ruborizara.
Sin embargo, la voz del hombre al otro lado del teléfono no podía distraerla más.
Había un asunto pendiente qué tratar.
Mientras más lo pensaba no podía creer que lo que él había dicho era posible.
¿Cómo podría?
Ella no tenía recuerdo alguno sobre ello, no recordaba haberle pedido tal cosa.
Luego de unos segundos se animó a preguntar: “¿Estás seguro de que dije eso?”, y aunque realmente no quería continuó con la siguiente, “¿Cómo pude haberte pedido algo así?” Aunque esta última parecía estar más dirigida a ella misma que a él.
Cuanto más lo pensaba, nada cobraba sentido.
“No recuerdo haber estado tan ebria ese día.
Debí haber estado loca en ese momento para haber dicho algo así, no lo puedo creer”, continuó.
La respuesta no esperó mucho: “¿Estás dudando de lo que digo?”, la pregunta sonó más a un reproche que a otra cosa.
“¿De verdad crees que te mentiría?
¿Por qué inventaría yo algo así?”, siguió cuestionando.
Todas estas preguntas la dejaron sin palabras, no podía replicarlas.
En efecto, lo dicho por él tenía sentido.
Si ella no le hubiese hecho ese pedido, ¿por qué él mencionaría algo así?
Más aún, ¿por qué se inventaría todo eso?
Por qué tendría él la necesidad de hacer algo así, y también era cierto que no parecía algo que él haría.
Y aunque ella no quería aceptar que este tipo de pedido haya salido de su propia boca, estaba más convencida de que había sido ella misma la que había dicho todas estas tonterías, que no eran más que los efectos del alcohol en su cerebro.
Era más factible que esa sea la realidad y no que Bruce le estuviera mintiendo.
Se sintió un poco culpable por haberlo acusado de esa manera y finalmente le contestó: “Eso no es lo que he querido decir.
La verdad es que sí bebí demasiado ese día.
Yo…
yo voy a ir a recoger a Annie ahora mismo”, dijo sin poder evitar tartamudear.
Después de decir ello colgó la llamada, no quería decir más por el momento.
Su mente estaba llena de pensamientos contrariados, confundida por cosas que ella no recordaba haber hecho.
Mientras estaba sentada contemplando lo sucedido, el conductor se dirigió al Garden Villa lo más rápido posible y no tardaron mucho en llegar.
Ya estaba oscureciendo cuando entró a la casa.
El dueño de casa y los dos niños estaban en la sala de estar.
Al verla venir, el primero en correr y abrazar sus piernas fue el pequeño niño.
Ashley acarició su diminuta cabeza y le dijo: “Hola, Jayden.
Siempre tienes que cuidar tus manos, no las vuelvas a herir otra vez, ¿está bien?
Dime, ¿aún sientes dolor?”
El niño negó con un movimiento de cabeza mientras la miraba con ojos llenos de nada más que afecto.
Afortunadamente, se había recuperado de forma rápida, e incluso le habían retirado el yeso sin ningún problema.
Sin embargo, el médico de igual forma le había advertido que sea más cuidadoso con sus manos.
De pronto el cocinero ingresó a la sala de estar, al parecer venía de servir los platos en el comedor.
Cuando se percató de su presencia, no pudo evitar sonreírle mientras le anunciaba: “Señorita Woods, ha llegado justo a tiempo.
Los platos ya están servidos para la cena”.
En definitiva, la suerte no estaba de su lado el día de hoy.
“¿Disculpe?”, preguntó un poco atónita con lo que había escuchado por parte del cocinero.
No hacía falta que lo pensara mucho, iba a rechazar la invitación, más que nada por vergüenza.
“Muchas gracias, pero no nos será posible quedarnos.
En realidad, vine solo para recoger a Annie y llevarla a casa”.
Trató de dar unos pasos hacia donde estaba la niña, esperando tener suerte al menos esta vez.
“Ashley, ya que estás aquí, toma asiento y cenemos juntos”, escuchó decir al dueño de casa, que estaba sentado en el sofá.
Después de decir ello, cerró el libro que tenía en su mano, se levantó del donde estaba y dio unos pasos para acercarse a ella.
Annie, que estaba a su costado, asintió con la cabeza y le dijo: “Mami, tengo hambre”.
Se sentía acorralada y no tuvo más remedio que aceptar la invitación.
Mucho más allá de parecer grosera, sabía que no podía rechazar otra invitación.
Si lo hacía era probable que ellos pensaran que huía de la compañía que se le ofrecía en esta casa.
Su propósito era evitar que confirmaran que en realidad la compañía aquí sí le afectaba.
“Mami, ¡van a servir pescado agridulce!
Cuando tío Bruce me preguntó qué quería de cenar le dije que ese era tu plato favorito y le pidió al chef que lo hiciera especialmente para ti”, dijo la pequeña con tanto entusiasmo que no dejaba de parpadear.
Todas estas atenciones hicieron que se sintiera aún más incómoda, pero trató que esto no se notara en su rostro.
Le dio una pequeña sonrisa a su hija para no acabar con su entusiasmo, a pesar de todo, no era culpa suya.
Luego, dirigió su mirada a Bruce y le dijo: “Gracias”.
Sin embargo, la respuesta del dueño de la casa la sorprendió.
Pensó que iba a contestarle algo con cortesía, pero este solo contestó con un “está bien”, su rostro indescifrable.
Minutos después todos se dirigieron al comedor donde se sentaron en la mesa que en efecto ya estaba servida con tazones y platos llenos de comida.
En una de las sillas estaba sentado Bruce, palillos en la mano y a punto de coger un poco de comida con ellos, cuando sintió de pronto que una pequeña mano cogía la suya para evitar que continuara.
Miró hacia abajo y se percató que era una de las manos de Jayden que empezó a jalar su manga, mientras que en la otra sostenía un cuaderno de dibujos que tenía escrito algo.
“Dar comida”.
El padre del niño no tuvo más remedio que poner la comida nuevamente en el tazón.
Y a pesar de lo realizado por su padre, el niño se puso más ansioso y volvió a jalar su manga mientras su mirada se dirigía a Ashley.
Fue en ese momento, que él se dio cuenta que es lo que realmente su hijo le estaba pidiendo.
La comida no era para él sino para su invitada.
Definitivamente, este sí que era un buen niño, pensó su padre.
Tenía que cumplir el pedido de su hijo a como dé lugar, pero antes tenía que pensarlo un poco.
Quería acercarse a su invitada sin que ella lo notara a primera, para evitar que lo rechace.
Pero el tiempo apremia y tenía que ser rápido.
Dirigió su mirada hacia donde estaba ella y vio que comía con tranquilidad solo viendo a su plato y a nada más.
Con los palillos cogió un trozo del estofado de pescado en salsa marrón y lo puso en el plato de su invitada.
Ella, que ya se había percatado de lo sucedido, solo atinó a mirar la mano que estaba frente suyo.
Pero tan pronto como pudo levantar su cabeza pudo observar los ojos del dueño de casa, que no transmitían nada más que tranquilidad, como si nada de lo que estuviera haciendo fuese algo del otro mundo.
El gesto desde luego la sorprendió y no dudó en decirle: “Gracias, pero puedo hacerlo yo misma, no tienes que molestarte de esa manera”.
“No ha sido una iniciativa mía, en realidad Jayden me ha pedido que te ayude”, dijo él con un tono que era más natural que otra cosa.
Todo parecía que en realidad la idea había sido suya y no de su hijo, pero no había forma de saber eso a ciencia cierta.
Solo quedaba confiar en su palabra.
Para ser honestos, sí parecía venir de cualquiera de ellos.
Ambos eran personas cariñosas y preocupadas por naturaleza.
Cuando alguien escuchaba o veía a padre e hijo juntos pensaban que la relación entre ellos era buena y que eran una familia tanto feliz como armoniosa.
Es cierto que ya había comido con ambos antes, pero esto se debía porque al niño le gustaban más los platos que ella preparaba que los que cocinaban en casa.
Sin embargo, después de lo sucedido antes de ayer, a ella le inquietaba seguir teniendo este tipo de reuniones con el papá del niño.
Lo que ella no sabía en realidad es que todo esto lo había planeado él a propósito.
El encuentro de esa noche le había dejado ciertos sinsabores y esta era su forma de hacer algo al respecto.
Cuando se despidieron ese día, ella le había dicho que ambos eran adultos y que no había razón alguna para tomar en serio lo que acababa de pasar entre ellos.
Pero esto no había agradado a Bruce en absoluto, escuchar esas palabras lo habían hecho sentir infeliz.
Y mientras más pensaba en ello, más sentía como si ella lo hubiera abandonado.
“Así que no te importa, ¿verdad?
Veamos cuán lejos es que puedes llegar”, pensó mientras trataba de recomponer su ya lastimado ego.
Iba a encontrar una forma de demostrar que en realidad a ella sí le importaba lo que había sucedido.
Durante la comida, los dos pequeños comían tan lento, que parecía que lo hacían a propósito.
Ya habían pasado dos horas, pero aún seguían en la mesa sin que ninguno de ellos terminara su plato.
Todo esto hacía que crecieran sus sospechas sobre si la demora de los niños era adrede y decidió hacer algo al respecto.
Cuando por fin, a insistencia de su madre, la niña tomó la última cucharada de arroz del tazón se pudo dar como finalizada la cena, y por ende la presencia de ambas en esta casa.
Ashley no quería esperar un minuto más, alzó su muñeca para poder revisar la hora en su reloj y para su sorpresa se dio cuenta que eran ya más de las diez de la noche.
No podía creer que había pasado el tiempo tan rápido.
Se dirigió a su hija: “Annie, ¿dónde está tu mochila?
Alista todas tus cosas para irnos a casa”.
Su hija la miró y parpadeó rápidamente mientras le preguntaba: “Mami, ¿no nos íbamos a quedar aquí desde hoy?”
Al escuchar esto, su cara se ruborizó.
“¿Cómo podríamos hacer eso, Annie?
Anda, ve y busca tu mochila, debemos ir a casa”, le contestó un poco nerviosa.
En definitiva hoy no tenía suerte y al parecer tampoco su hija estaba de su lado.
“Ashley, ya es tarde.
No hay buses ni taxis que pasen a esta hora”.
Escuchó que el dueño de casa decía desde la sala, a donde se había dirigido después de terminar la cena.
“Es más, temprano pedí que limpiaran las habitaciones de huéspedes para que puedan quedarse”, continuó.
En cuanto terminó de hablar, Annie comenzó a saltar de alegría y se dirigió al otro niño: “Hermano Jayden, vamos a jugar al trampolín”, y luego de decir esto ambos pequeños subieron las escaleras abandonando a sus padres en el primer piso.
“Oye, Annie…”, trató de impedir que su hija subiera las escaleras.
Al ver que no tuvo éxito, volteó y miró a Bruce.
“Muchas gracias, pero no podemos quedarnos.
Vine a tu casa para recoger a Annie.
Sé que estás muy ocupado, así que no quiero molestarte más.
Ya hiciste bastante recogiéndola hoy por mí”, le dijo casi disculpándose por lo sucedido.
“Que se queden no es un problema en absoluto”, le respondió.
El dueño de casa estaba parado frente a un elegante estante lleno de antigüedades, del cual cogió un jade que sostuvo en su mano mientras le dijo en un tono calmado: “La verdad es que he estado libre en estos últimos días.
Además, ¿no dijiste que querías que ellos pasaran más tiempo juntos?
Tengo tiempo de sobra para llevarlos y recogerlos de la escuela”.
“Te lo agradezco, pero en verdad aún sigo pensando que lo mejor es que nosotras nos vayamos a casa”, le contestó con un tono de finalidad.
Esperaba que esto lo convenciera y dejara de persuadirla.
“Ashley, yo nunca dejo de cumplir con las promesas que hago”, dijo él.
Luego de una pequeña pausa, giró su cuerpo completamente hacia ella y mientras la miraba le dijo: “Así como cumpliré con lo que te había prometido”.
“Bruce, no es necesario.
Ese día yo bebí de más y no estaba sobria cuando te lo pedí.
El alcohol me hizo decir todas esas tonterías, si hubiese estado sobria no te habría pedido nada de eso.
Y también creo que no es apropiado que Annie y yo vivamos aquí”, trató de razonar con él.
Pero de pronto se sintió muy enojada por todo el asunto: “Mira, ambos dormimos juntos de mutuo acuerdo, no te preocupes por ello.
No te estoy pidiendo que te hagas responsable por ello.
Aun así, no entiendo por qué me siento culpable.
¡Está claro que yo también tengo mucho que perder!”
“Esa noche me dijiste que no te preocupaba en absoluto lo que había pasado.
Que no había necesidad de tomarlo en serio”, dijo él.
Y de pronto preguntó: “¿Qué tiene de malo que se queden aquí por unos días como la semana pasada?
Dime con sinceridad, ¿o es que hay algo más que te preocupa?”
Al escuchar esa pregunta, ella no supo cómo contestar, vaciló un momento y dijo: “Yo…
Mira, no es eso lo que realmente me preocupa.
Creo que tú más que nadie debería saber por qué creo que no es conveniente que mi hija y yo pasemos mucho tiempo aquí”.
No pudo evitar fruncir el ceño y después de unos segundos le dijo: “Te vas a casar pronto, ¿no es cierto?
Si nosotras nos quedamos aquí, si vivimos aquí podríamos causar muchos malentendidos”, y estas palabras fueron las más sinceras que había dicho en toda la noche.
En realidad, su compromiso fue la razón principal por la cual le había dicho a él que no se preocupara por lo que había pasado entre ellos.
Todos en la empresa tenían conocimiento de que Bruce estaba a punto de casarse y no quería causar un incidente, mucho menos ofender a Celia.
“¿Es solo el compromiso lo que te preocupa?”, preguntó él finalmente.
“Dime, ¿en verdad no crees que esa sea una razón más que suficiente?”, le contestó aunque fue más una pregunta.
Al ver la expresión indiferente en su rostro, se quedó desconcertada y reiteró: “Está más que claro que no es apropiado que Annie y yo vivamos aquí, espero que puedas entenderlo”.
Por unos minutos, el dueño de casa aparentaba estar pensando en lo que ella había dicho.
Y ella esperaba haberlo convencido.
Esta era su última carta, no tenía más argumentos y estaba muy cansada.
Solo quería tomar de la mano a su hija e irse a casa a olvidar este desastroso día.
Sin más, dio dos pasos certeros hacia donde ella estaba situada y con una reveladora sonrisa le dijo con una voz tan profunda pero a la vez tan baja que parecía más bien un susurro al oído: “Dime, esto no es un malentendido ¿no es verdad?”
Cuando pronunció la palabra ‘malentendido’ la enfatizó de tal manera como si su único propósito era el de hacerle recordar algo.
Algo que por el momento ella no tenía idea qué era.
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