Mi Sistema Encantador - Capítulo 503
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Capítulo 503: El retumbar del nuevo comienzo 1
Caín entró en el vestuario con Lexi y Diana. Estiró un poco los brazos.
—Maestro, ¿adónde piensa ir? —preguntó Lexi mientras se frotaba el trasero con suavidad.
Caín se giró hacia ella—. Al mercado de la ciudad. Compraré algo de ropa y visitaré a Dolrig. Puede que también me pase por el gremio a ver cómo les va.
Diana se sentó en el banco y le lanzó a Caín una mirada preocupada. —¿Puedo preguntar algo?
—Adelante.
—¿Hay algún problema con las chicas? Normalmente, no vienes a buscarnos con tanta facilidad.
—Ah, nada de eso. Vosotras lo pedisteis y, como podía cumplirlo, lo hice —respondió Caín, y entonces la extraña idea volvió a su mente.
—¿Alguna de vosotras está particularmente ligada a Chauntea?
Las dos se le quedaron mirando con expresión confusa. Lexi sonrió y se le acercó. —Vengo de una familia de granjeros, así que la veneramos bastante.
Diana la miró con cara de preocupación—. A mí no me va mucho… De hecho, para empezar, no me importa demasiado el tema de la religión…
Caín sonrió y miró fijamente a Diana—. Tengo un experimento, ¿te gustaría participar en él? —dijo mientras se acercaba a ella.
—Ahora mismo, debería ser capaz de conceder hechizos a la gente. Pero… tienen que venerarme hasta cierto punto. Sé que funcionará, pero quiero saber cuál es el mínimo indispensable de veneración para conseguirlo. Marina también participa, así que no estarás sola.
Tanto Diana como Lexi le lanzaron una mirada extraña—. ¿Lo dices en serio?
—Sí, puede ser algo tan pequeño como decir mi nombre de vez en cuando, hasta una adoración activa y con sacrificios.
—Sí… tendré que pensármelo —respondió Diana, sin saber qué hacer.
Después de eso, Caín fue a la cocina a comer algo.
La cocina estaba tal y como la recordaba. Elise, de pie junto a la encimera, preparaba el desayuno. Buscó algunas verduras, pero no encontró ninguna.
—Elise… —Ella dio un respingo en cuanto oyó su voz. El huevo que tenía en la mano salió volando como un pájaro por la cocina antes de quedar suspendido en el aire.
Elise miró hacia atrás. Allí estaba Caín. Lo reconoció, pero era más alto y más corpulento. Levantó un dedo y el huevo empezó a orbitar a su alrededor como una luna.
Suspiró aliviada; todo el entrenamiento que había hecho para no gritar había dado sus frutos. De lo contrario, podría haberle gritado.
—Me ha asustado, Maestro Caín. ¿No podría haberme avisado? —dijo, tocándose suavemente el pecho mientras suspiraba aliviada.
Caín se sentó con cuidado en una de las sillas y la miró fijamente por un momento. —Perdona, pensé que te darías cuenta. Después de todo, no intentaba esconderme —respondió, señalando las verduras que acababa de revolver.
—Entonces probablemente fue culpa mía, estamos acostumbradas a que las sirvientas anden por aquí, así que… —Elise pensó que era solo otra sirvienta haciendo su trabajo; no esperaba que él estuviera allí.
—¿Tienes algo para mí de comer? ¿Lo que sea?
Elise se giró hacia la encimera y le sirvió una gran taza de leche caliente. Cogió dos huevos y lo miró fijamente, gesticulando con los dedos. —Dame ese.
Caín le devolvió el huevo, ella lo cogió y cascó los tres en una sartén con un poco de cecina y lonchas de carne.
Mientras dejaba que se cocinara, cogió dos hogazas de pan del armario y las puso en la parrilla de carbón para que se tostaran un poco.
¡Golpe! Dejó todo en la mesa para él con una sonrisa. —Esto es todo lo que puedo hacer rápido ahora, que aproveche.
Caín se lo tragó todo felizmente; se habría conformado con zanahorias y agua, pero esto era increíble.
Caín se levantó después de terminar de comer y salió con su báculo en la mano, con destino al centro de la ciudad.
Caminaba por la calle apoyado en su báculo como un anciano. Caín miró a su alrededor.
La calle de la ciudad estaba algo vacía; solo oía un leve silbido procedente del interior de las casas.
Los mercaderes acababan de empezar a montar sus puestos y a limpiar frente a las tiendas, así que comprar ropa tendría que esperar unos minutos.
Después de caminar un poco, Caín divisó el pozo que solía usar para colarse en la mansión de William con Daraku en el pasado. Parecía haber sido renovado y arreglado. A su lado había un cartel que decía: [Pozo de la Esperanza].
Decidió ir a ver a Dolrig primero; ese hombre ya debería estar despierto y trabajando.
Cuando llegó a la puerta, pudo oír el martillo golpeando el acero.
—Quiero un clavo, solo uno. ¿Puedes hacérmelo nuevo? —gritó Caín desde fuera.
—¡Tengo uno al rojo vivo, métetelo por el culo y vete a la mierda! —gritó Dolrig desde dentro. ¡BANG! Algo se estrelló contra la puerta.
—¿Y dónde lo guardas? —preguntó Caín con una sonrisa.
¡Golpe! ¡Golpe! ¡Golpe! ¡BAM! Dolrig abrió la puerta de un puñetazo. Usó unas tenazas de metal para agarrar la pica al rojo vivo clavada en la puerta. —¡Aquí la tienes, idiota!
—¿Cómo estás, Dolrig?
—Estaba bien hasta que apareciste. Hacía siglos que no sabía de ti, cabroncete. Has cambiado un poco —dijo Dolrig mientras escudriñaba a Caín.
—Es una larga historia, he venido a ver cómo estabas.
—Entra, pues. Lo hablamos con una copa —dijo Dolrig mientras entraba, y Caín lo siguió.
La forja estaba más ajetreada de lo que recordaba; había espadas y escudos por todas partes. El olor a carbón y acero impregnaba el lugar.
—¿El trabajo va bien? —preguntó Caín.
Dolrig miró a su alrededor—. Qué va, peor. Ahora no tengo ni tiempo para descansar. Gracias a un cabrón que usó mi trabajo para salvar a toda la ciudad y luego se dedicó a apalizar a todo el mundo como si fuera el dueño del cotarro.
Caín se rio entre dientes—. De nada, espero que mejore.
Dolrig se giró hacia Caín—. ¿Y cómo coño has acabado así, bastardo? ¿Por fin has decidido parecerte a tu padre?
Caín lo explicó lentamente, de la forma más sencilla que pudo. Dolrig escuchaba con cara de desinterés, pero con una sonrisa en el rostro.
—Ya veo… Ya que eres tan hábil, ¿te importaría hacerme un pequeño favor? —preguntó Dolrig.
Caín lo miró perplejo.
Dolrig se levantó y fue a la parte de atrás, trayendo un martillo destartalado. —Esta nena no está muy bien. ¿La recuerdas?
Era el martillo que había encantado para que trabajara con él. Quién diría que lo había usado tanto.
—Con lo bien que va el negocio, deberías haber podido permitirte uno… —Caín se le quedó mirando—. ¿Hay algo que te preocupe? —La mente de Caín pensó al instante en bandidos que lo extorsionaban o algo parecido.
—Sí… —Dolrig parecía preocupado—. Dos cabronas me llevan arrastrando de un lado para otro desde hace dos semanas —suspiró—. Nos casamos pronto —dijo.
Caín sonrió. Por fin había encontrado pareja. Bueno, dos. Es el mejor herrero de la ciudad, así que es normal que las mujeres se peleen por él.
—Felicidades, pero no les grites. ¿Entendido? —Caín sonrió, pensando ya en qué regalarles.
—¿Gritar? Una de ellas es tan malhablada como yo, no le tiene respeto a nadie. La otra es un poco reservada; ambos acordamos no decir palabrotas delante de ella —dijo Dolrig sonriendo, feliz, con el rostro iluminado de alegría.
Caín usó [Telequinesis] para atraer hacia él el martillo de repuesto de Dolrig. Con un movimiento de dedos, encantó ambos martillos con un hechizo más poderoso y se los entregó.
—Felicidades, no te olvides de enviarme una invitación. Si necesitas cualquier cosa, solo tienes que pedirla.
—Lo tendré en cuenta.
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