Mi sistema poco útil en naruto(Versión español) - Capítulo 433
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- Capítulo 433 - 433 Capítulo 430 La aldea donde nadie mira al cielo2
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433: Capítulo 430: La aldea donde nadie mira al cielo(2).
433: Capítulo 430: La aldea donde nadie mira al cielo(2).
—¿En serio?
—murmura, sin emoción, sin sorpresa, solo constatando un hecho.
Una ola pequeña le golpea el talón.
Un gesto casi… irritante.
Como si el mar quisiera recordarle que la naturaleza no está obligada a darle finales épicos.
Yuu baja la mirada hacia el agua y luego hacia el horizonte.
El berserker dentro de él tarda un segundo más en apagarse, reticente.
La energía vuelve a asentarse en sus músculos, en sus huesos, como un fuego guardado bajo las brasas.
—Supongo que gané —dice finalmente, con un suspiro—.
Aunque no sé si debería sentirme satisfecho o estafado.
La brisa marina no responde.
Pero tampoco hace falta.
Su cuerpo, sus sentidos, el eco del corte todavía expandiéndose bajo el agua… todo confirma lo mismo.
La pelea terminó.
Aunque la historia se sintiera como si hubiera querido otra cosa.
———- La aldea lo recibe sin recibirlo.
No hay luces prendidas.
No hay gente curiosa.
No hay nadie esperando su regreso.
Las puertas cerradas hablan de miedo, pero también de costumbre.
Aquí la gente aprendió hace mucho que lo mejor es guardar silencio y seguir viviendo.
Luchar no es parte de su identidad.
Sobrevivir sí.
Y en su propia forma, Yuu entiende eso.
Cuando entra a la cabaña abandonada, lo primero que le llega es el olor: madera vieja, humedad y un leve rastro de sal que parece meterse en todo.
No es agradable, pero es honesto.
Nada intenta ser más de lo que es.
Se sacude el agua de los brazos.
Se sienta en la cama improvisada.
Su vida, últimamente, es una secuencia de lugares temporales.
Mira el techo.
El agujero deja ver una sola estrella.
Antes, cuando era más niño, hubiera pedido deseos al verla.
La brisa fría se cuela por la madera.
Hace que cierre los ojos.
—Mañana… —dice, sin saber a quién le habla— …mañana sigo.
Cierra los ojos, y por primera vez en semanas, no piensa en enemigos, ni en técnicas, ni en misiones.
La noche avanza.
Yuu duerme.
No profundamente, pero duerme.
Afuera, la aldea continúa ignorando el cielo, tal vez porque hace mucho aprendieron que mirar arriba no cambia nada.
Pero Yuu… Yuu sueña con horizontes que aún no ha visto.
———- A la mañana siguiente, Yuu se despierta con el sonido de gaviotas y el olor a madera húmeda.
Se incorpora sin prisa, estira el cuello hasta que cruje y se sacude el polvo del futón.
Tiene sueño, tiene hambre, y tiene arena por todos lados.
Nada fuera de lo habitual.
Sale de la cabaña y empieza a caminar hacia el pueblo.
El clima está indeciso: nubes arriba, claridad abajo.
La gente ya está moviéndose entre puestos, cajas, redes y conversaciones que se parecen demasiado entre sí.
Yuu avanza por la calle principal.
El pueblo ya está despierto: voces bajas, redes húmedas, olor a sal y pan.
Pero hoy hay un tono distinto en las conversaciones.
Más ligero.
Más suelto.
Un par de pescadores hablan junto al muelle.
No hacen fiesta ni nada parecido, pero uno comenta: —Tres barcas salieron al amanecer y ninguna tuvo que dar la vuelta.
—¿De verdad?
—responde el otro, sorprendido pero tranquilo—.
¿Entonces esa cosa…?
No terminan la frase.
En esta aldea nadie dice la palabra “monstruo” si no es necesario.
Yuu sigue caminando, sin intervenir.
Le basta con escucharlo una vez para saber que el cambio ya se está extendiendo.
Al doblar hacia la tienda, ve un puesto que no estaba ayer: Una mesa vieja, hielo derritiéndose, peces grandes acomodados sin mucho orden.
Un pescador y un adolescente a su lado.
El chico —quince o dieciséis— afila un cuchillo sin prestar atención a nada más.
Parece parte del puesto, como si hubiera nacido ahí.
El pescador levanta la mano.
—Buenos días, joven.
¿Buscas pescado fresco?
Yuu responde tarde porque algo en el rostro del hombre lo hace detenerse.
La mandíbula.
La mirada tranquila.
La sonrisa que solo usa un ojo.
Luego mira al chico.
La postura.
El modo en que agarra el cuchillo.
Una familiaridad que no sabe de dónde viene.
—Solo estoy viendo —dice.
El adolescente levanta la mirada por un instante.
No dice nada, pero lo observa como si también notara algo fuera de lugar.
El pescador toma un pez grande del balde.
—Este es del amanecer —explica—.
Mi hijo lo vio antes que yo.
Tiene buen ojo para estas cosas.
El chico se encoge de hombros.
Nada de modestia ni orgullo.
Solo lo acepta.
—Se ve bien —dice Yuu.
El hombre lo mira con curiosidad.
—Parece que tienes una pregunta en la punta de la lengua.
Yuu niega.
—No.
Solo me recordaron a alguien.
El pescador sonríe.
—Pasa más de lo que crees.
Al final, los rostros se repiten.
Yuu no añade nada.
Entra a la tienda como pensaba desde el principio.
Los días siguientes pasan sin que nada extraordinario ocurra.
Ningún agente de Raíz llega al pueblo.
Nadie lo sigue.
Nadie pregunta por él.
El silencio se vuelve costumbre.
Yuu no hace nada especial: camina por las calles, compra comida simple, observa el mar sin intención alguna de darle sentido.
No entrena mucho.
No medita en técnicas nuevas.
Solo… vive.
Algo que hacía tiempo no se permitía.
Cada mañana, el pueblo se despierta con el mismo sonido de redes arrastrando madera.
Yuu se acerca al muelle casi sin pensarlo.
Y ahí siempre está el pescador.
—Ah, joven Yuu, otra vez dando vueltas —comenta el hombre con una sonrisa cansada.
—Es lo único que sé hacer ahora mismo —responde él.
El pescador se ríe, pero no con burla.
Más bien con ese humor simple de la gente que ya ha visto suficientes amaneceres.
El adolescente —el hijo— suele estar un poco más atrás, remendando redes o limpiando cuchillos.
No habla mucho.
A veces ni siquiera mira a Yuu.
Pero cuando lo hace, hay una especie de reconocimiento… como si cada día lo observara un poco más de cerca.
Un día, el pescador le ofrece un trozo de pescado recién ahumado.
—Prueba.
No es nada del otro mundo, pero llena.
Yuu lo acepta.
Mastica.
Asiente.
—Está bueno.
—No me halagues —dice el hombre, aunque sonríe igual—.
Si dices eso, voy a tener que invitarte más seguido.
Y mi hijo ya come como tres adultos.
El chico levanta la vista apenas.
—No como tanto —murmura.
Yuu lo mira.
Ese gesto simple, esa pequeña defensa sin importancia, le activa la misma sensación de familiaridad vaga.
No incómoda, solo… curiosa.
Pero no pregunta nada.
Durante esos días, el clima se mantiene igual: nubes altas, sol tibio, brisa salada.
Cada tanto, los pescadores comentan que el mar está “tranquilo”, y que “desde hace días no pasa nada raro”.
Nadie relaciona eso con Yuu.
Nadie pregunta demasiado.
Es la clase de pueblo donde la gente sabe que es mejor no armar historias cuando la vida, por fin, se comporta.
Yuu, por su parte, encuentra una rutina ligera.
Ayuda al pescador a mover cajas.
A veces conversa con el hijo sobre cosas simples: nudos, mareas, herramientas.
No hablan de jutsus, ni de monstruos, ni de clanes.
Nada que suene a guerra.
Por primera vez en mucho tiempo, sus días no giran alrededor de la fuerza o el peligro.
Solo pasan.
Y eso le resulta… extraño.
Pero no desagradable.
Después de una semana, Yuu empieza a sentir que, quizá, puede quedarse un poco más.
No porque confíe.
No porque tenga un propósito.
Sino porque aquí, por unos días, existe un tipo de silencio que no lo presiona desde dentro.
Un silencio que no pesa.
Un silencio que simplemente… está.
———————— Yuu terminó quedándose en el pueblo varios días.
Al principio fue solo para evitar a los ANBU y dar tiempo a que la naturaleza —o Raíz— lo ubicara si es que realmente podía hacerlo.
Pero conforme pasaron las horas, la decisión adquirió otra forma: necesitaba prepararse antes de viajar al País del Rayo.
No era cualquier lugar… ahí vivía, joven y en pleno ascenso, el futuro Tercer Raikage, uno de los monstruos humanos más fuertes que la historia en el mundo shinobi.
Al parecer, tendría que quedarse un poco más para adelantar sus eventos con el tercer Raikage.
Aun así, el ambiente en el pequeño pueblo costero era sorprendentemente tranquilo.
Cada mañana, los pescadores salían al mar con una seguridad nueva, casi irreconocible.
El rumor ya se había esparcido: “El monstruo del mar ya no aparece.” Nadie sabía por qué.
Nadie sabía cómo.
Solo murmuraban teorías: que migró, que otra bestia mayor lo ahuyentó, que algún ninja de paso lo derrotó.
Yuu, obviamente, no dijo nada.
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