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Mi sistema poco útil en naruto(Versión español) - Capítulo 434

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  4. Capítulo 434 - 434 Capítulo 431 Viaje
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434: Capítulo 431: Viaje.

434: Capítulo 431: Viaje.

El viento mueve las hojas secas frente a la cabaña abandonada cuando Yuu cierra su bolso y lo ajusta al hombro.

No piensa demasiado en lo que deja atrás.

La familiaridad del pescador y su hijo, la calma del muelle, el silencio sin preguntas… nada de eso puede importarle por mucho tiempo.

El pueblo está dormido, excepto por las olas que nunca parecen detenerse.

El muelle está oscuro, pero Yuu escucha pasos suaves.

No hostiles.

No tensos.

Al acercarse, ve que es el adolescente —el hijo del pescador— que camina arrastrando una red vieja, probablemente para dejarla secar antes del amanecer.

El chico se detiene cuando lo ve.

—Te vas —dice, sin necesitar confirmación.

—Sí.

Silencio breve.

Aunque lo esperaba, al ver la apariencia de Yuu, todavía se sorprende un poco.

—Ya veo, que tengas suerte en tu buen viaje, en todo caso.

—La necesitaré, gracias.

El chico asiente, y por un momento parece que va a volver a caminar.

Pero no lo hace.

Se queda ahí, con la red colgando del hombro y las manos aún húmedas de trabajar.

—Supongo que también podría darte esto, para tu viaje.

Extiende una pequeña bolsa envuelta en tela de red.

Huele a ahumado.

Yuu la toma sin hacer gesto alguno.

—Gracias.

—No es gran cosa, solo… comida para el camino —dice el chico, como disculpándose por adelantado.

Yuu podría decir que no hace falta, o que no tiene por qué molestarse.

Pero el chico no parece alguien que haga cosas por obligación.

Así que simplemente asiente.

—Lo aprecio.

El adolescente baja la vista hacia el muelle, como si buscara algo que no está ahí.

—Supongo que no volverás —murmura.

Yuu piensa en eso un segundo.

Solo en la probabilidad real.

—Probablemente no.

El chico acepta la respuesta con una naturalidad sorprendente.

Nada de sentimentalismos.

Nada de “entonces cuídate” o “vuelve cuando quieras”.

—Bueno —dice, y acomoda la red sobre su hombro—.

Igual… fue bueno tenerte por aquí.

Es tan sincero como breve.

Yuu no responde de inmediato.

Mira al muchacho, a sus ojos claros, a esa expresión tranquila que le resulta extrañamente conocida de una forma que no entiende.

Pero lo deja así.

No es algo que necesite resolver ahora.

—Cuídense —dice finalmente.

El adolescente hace un gesto pequeño con la cabeza.

Nada más.

El muelle queda atrás.

El sonido de la red arrastrándose desaparece antes de que Yuu llegue al camino de tierra.

Yuu camina tranquilamente mientras piensa.

El plan es simple; ahora que ha decidido quedarse más tiempo en el pasado, puede trazar su próximo plan, primeramente para ir al país de la nube; bien podría ir directamente por mar y evitarse todos los inconvenientes de hacerlo por tierra.

Para ello, primeramente necesita moverse al pueblo grande más cercano, que no está muy lejos, solo a unas horas caminando para él.

Después, lo siguiente sería tomar algún barco disponible que vaya hacia ese lugar tan lejano.

‘Espero tener suerte’.

El amanecer apenas insinúa luz cuando Yuu se interna entre los árboles.

El aire es frío pero estable.

Los pájaros tardan en despertar.

Todo tiene ese ritmo lento y distante que solo existe en lugares donde no pasa nada importante.

A él le viene bien.

Camina durante horas.

Es perfecto en cierto sentido.

El terreno comienza a abrirse hacia la tarde.

La línea del mar vuelve a aparecer, gris y tranquila, y el sonido de voces humanas empieza a mezclarse con el viento.

El siguiente pueblo costero no es tan silencioso como el anterior.

Hay más movimiento, más olor a pescado fresco, más barcas amarradas en los muelles.

Y, sobre todo, más ruido.

No un ruido insoportable, solo actividad normal.

Yuu no se complica la vida y se pone a buscar un barco directamente.

En la entrada del muelle, un hombre con una lista y un lápiz corto grita nombres que nadie oye realmente.

—Barco al este, salida en una hora.

Los que viajan, hagan fila.

Los que cargan, apúrense, que la marea no espera.

Yuu se acerca sin prisa.

La fila es corta: comerciantes, un par de pescadores que viajan por intercambio, un anciano que carga más equipaje del que debería.

El encargado lo ve llegar y alza una ceja.

—¿Destino?

—Costa sur del País del Rayo —responde Yuu, sin dudar.

El hombre apunta el dato sin cuestionarlo.

—Hay cupo.

Treinta minutos para zarpar.

Yuu asiente y paga.

No hay preguntas adicionales.

El anonimato es más fácil cuando nadie está preocupado por ninjas, monstruos o rumores extraños.

Mientras espera, se sienta en un borde del muelle.

Observa las barcas moviéndose como hojas grandes flotando sobre el agua.

Nada majestuoso.

Nada dramático.

Solo barcos cumpliendo su rutina.

Abre la bolsa que el chico le había dado.

Dentro hay pescado ahumado y un pequeño pan duro.

Comida sencilla.

Comida real.

La prueba.

Sabe a humo, a sal, a trabajo temprano.

Le sienta bien.

El barco anuncia la salida con un grito.

Yuu se levanta, ajusta el bolso y camina hacia la rampa.

No mira atrás.

No porque tenga motivos para evitarlo, sino porque no hay nada que requiera ese gesto.

Solo otro lugar más en la lista de sitios donde pasó sin dejar marca.

Cuando sube a la cubierta, el cielo está despejado.

La marea sube.

El barco se prepara.

Yuu se apoya contra la baranda mientras la costa comienza a alejarse.

Lo espera un viaje tranquilo —ojalá— y un país montañoso donde vive un monstruo en piel humana, aunque aún jiven.

Pero no es un encuentro de destinos ni nada parecido.

Solo trabajo.

Y, con suerte, un inicio silencioso.

El barco avanza.

Yuu cierra los ojos un segundo y deja que el viento cambie.

El viaje comenzó.

—— El vaivén del barco se vuelve más constante a medida que se alejan de la costa.

La superficie del mar es amplia, casi uniforme, y el sonido de la madera crujiendo bajo los pies marca un ritmo lento que parece sincronizarse con la respiración de Yuu.

No hay mucho que hacer a bordo.

La tripulación trabaja sin prestarle atención; los pasajeros hablan entre ellos o simplemente se acomodan donde pueden, esperando que el viaje no se prolongue demasiado.

Yuu se recuesta cerca de una de las cuerdas principales, donde el olor a sal se mezcla con el de algas secas.

No duerme, pero tampoco mantiene una vigilancia intensa.

Está en ese punto intermedio donde la conciencia flota, el cuerpo descansa y la mente piensa justo lo necesario.

El mar es tranquilo.

Mucho más de lo que debería.

Un par de marineros comentan algo a media voz mientras ajustan una vela.

—¿Te has fijado?

Desde hace semanas no hay reportes del monstruo —dice uno.

—Ya, es raro —responde el otro—.

Ni un solo barco mordido, ni una red rota… Hasta los viejos pescadores lo notaron.

—Mejor para nosotros, supongo.

—Mejor para todos.

Yuu no interviene.

Simplemente escucha.

No siente orgullo.

No siente satisfacción.

Solo registra el hecho, como todo lo demás.

El barco avanza.

Las horas se vuelven días.

Dos, luego tres.

El clima se mantiene estable y el viaje transcurre sin sobresaltos.

Se detienen una vez en una isla pequeña para abastecer agua y revisar el casco, pero nadie baja a explorar; no es ese tipo de parada.

Las noches son frías.

Las mañanas claras.

Los mediodías largos.

Yuu pasa el tiempo alimentándose de forma sencilla, descansando cuando puede y mirando el horizonte más de lo que mira a las personas.

No porque esté inquieto, sino porque es ahí donde puede pensar sin obstáculos.

Una tarde, cuando el sol comienza a teñir el agua de naranja, el capitán eleva la voz desde el timón: —¡Tierra a la vista!

Costa sur del País del Rayo.

Llegamos con marea temprana.

Los pasajeros se aproximan a las barandas.

Algunos suspiran aliviados.

Otros solo observan.

A lo lejos, la silueta montañosa de Kaminari no Kuni se levanta como una muralla natural.

Picos irregulares, nubes bajas y un relieve que parece desafiar a cualquiera que quiera internarse demasiado.

Yuu se ajusta el bolso.

No siente emoción, ansiedad, ni apuro.

El barco desacelera al entrar a la zona de muelles.

Los pescadores locales observan desde las plataformas mientras los marineros atan cuerdas y organizan la descarga.

—Fin del viaje —anuncia el encargado que antes le vendió el pasaje.

Yuu baja por la rampa sin mirar a nadie.

El aire es distinto: más seco, más eléctrico.

Un viento que baja desde las montañas raspa suavemente la piel.

Caminando entre los muelles, mezcla de pescadores, comerciantes y viajeros, Yuu toma una sola dirección: hacia tierra firme, hacia los caminos que suben, hacia la región donde tarde o temprano tendría que acercarse lo suficiente para encontrar al tercer Raikage joven.

Yuu avanza.

El viaje continúa.

El camino hacia la Aldea Oculta de la Nube no es directo.

No existe una ruta turística ni un cartel señalando “Kumogakure, por aquí”.

Lo que hay son senderos rurales, caminos de montaña y aldeas que viven más de criar cabras que de guerrear.

Yuu se adentra por uno de esos caminos sin pensarlo demasiado.

La tierra es dura, rojiza, y se vuelve más empinada conforme avanza.

Los árboles son más altos, más gruesos, y el viento sopla entre ellos con un silbido constante.

No es un viaje peligroso, solo largo.

Y eso a él le basta.

Las primeras horas pasan sin sobresaltos.

Yuu mantiene el paso de un caminante normal: ni demasiado lento, ni tan rápido como podría ser.

A veces, incluso se detiene para no destacar.

Al mediodía llega a un pequeño puesto improvisado: una mesa, dos bancos y un anciano que vende agua y nueces tostadas en bolsas de tela.

—Viaje largo, muchacho —dice el viejo, sin levantar demasiado la voz.

Yuu compra un poco de agua.

Nada más.

—¿También vas hacia las montañas?

—pregunta el anciano mientras guarda las monedas.

—Sí —responde Yuu, sin adornos.

—Entonces avanza mientras aún haya luz.

Las nubes bajan rápido por esta zona.

Consejo útil… y probablemente sincero.

Yuu asiente y continúa.

La tarde cae despacio.

El camino se vuelve más estrecho y las piedras crujen bajo sus zapatos.

En algunos puntos, la bruma baja como un telón suave que transforma el paisaje en siluetas.

No es densa, pero sí incómoda.

Pasa junto a un par de chozas aisladas.

Gente que vive lejos de todo, pero que no parece temer a los extraños.

Un niño lo mira desde una ventana mientras juega con un trozo de madera tallado como si fuera un kunai.

—Forastero —saluda a la madre desde la puerta.

Yuu levanta la mano apenas, un saludo neutro.

Ella sonríe.

Él sigue.

No necesita involucrarse.

Al anochecer llega a una pequeña aldea de montaña, apenas diez casas conectadas por un camino de tierra bien mantenido.

No hay ninjas.

No hay guardias.

Solo humo saliendo de chimeneas y perros bostezando en las entradas.

En la posada local, una mujer sirve comida caliente a quien la pague.

Yuu deja unas monedas, se sienta en silencio y come un plato simple: caldo de pescado, arroz, un poco de raíz hervida.

Comida de gente normal.

Esa normalidad se siente extrañamente cómoda.

Cuando finalmente se acuesta en un futón sencillo, escucha el viento golpeando la madera de la ventana.

Nada más.

Ningún ruido extraño.

‘A decir verdad, se siente muy extraño; estas últimas semanas, desde que salí de Konoha, he vivido como una persona normal’.

La intensidad de su entrenamiento incluso bajó mientras estaba en el barco, ya que no podía simplemente entrenar ahí en medio de todos.

‘Ahora la pregunta es cómo me voy a acercar a mi objetivo; se supone que solo soy un civil, los ninjas tan destacados como ellos no deberían interactuar mucho con civiles…’ Aunque tal vez haya un camino, se supone que esta es una nación de guerreros, ¿no?

De repente, una idea se formó en la cabeza de Yuu.

‘Esto es algo muy arriesgado… pero si funciona, habré solucionado gran parte de mis problemas’.

Un día de camino ya quedó atrás.

Mañana será otro.

Y después, otro más.

Hasta que llegue.

A la mañana siguiente, se despierta antes del amanecer.

La ventana vibra con un viento más fuerte que el del día anterior.

El olor a leña quemada se cuela en la habitación desde las casas vecinas.

Yuu se incorpora, recoge sus cosas y sale de la posada.

La aldea sigue dormida, salvo por la mujer que barre su puerta con un movimiento mecánico.

—¿Vas de salida a la montaña?

—pregunta sin levantar la mirada.

—Sí.

—Buen día para caminar.

No tan buen día para trabajar —comenta, viendo las nubes bajas sobre las montañas—.

Pero así es aquí.

Yuu asiente.

Nada más.

Toma el sendero que se interna entre las rocas, ahora más empinado, más húmedo.

Caminos que no están pensados para viajeros casuales… pero sí para la gente del País del Rayo.

Cada paso lo acerca, lentamente, a su objetivo.

No a través de estrategias ninja, ni de infiltración directa.

Sino a través de la vida cotidiana.

Una vida simple.

Una fachada sólida.

Una que nadie sospecharía.

El aire se vuelve más frío.

Los árboles más escasos.

La tierra más oscura.

Yuu ajusta el bolso en su espalda y continúa.

————— Ya han pasado los días mientras Yuu vagaba por el territorio del país de la nube.

Finalmente, llegó a su aldea principal.

Al llegar a su aldea principal, lo primero que hizo fue intentar integrarse con los habitantes, pues por cómo vestía y actuaba, estaba clarísimo que era extranjero; al menos había que bajar eso.

————— ‘Realmente es un lugar curioso; la gente acá en su mayoría está militarizada y se nota bastante por su vestimenta y forma de vida, jaja’.

En estos días Yuu no estuvo de vago y finalmente encontró lo que estaba buscando.

Yuu miró hacia arriba, donde había un cartel que decía: Arena de combate.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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