Mi Sistema Sinvergüenza - Capítulo 380
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Capítulo 380: Una princesa es un mal aislante
Avanzamos penosamente por el túnel durante lo que parecieron horas. Mis zapatos chapoteaban a cada paso, todavía empapados por nuestra aventura en el río.
Quienquiera que hubiese diseñado este lugar tenía un retorcido sentido del humor; el túnel se curvaba y retorcía como si fueran intestinos, sin dejarnos ver con claridad lo que nos esperaba más adelante.
—¿Estás aguantando bien, Princesa? —le pregunté, echándole un vistazo a Celeste, que empezaba a quedarse rezagada.
—Estoy bien —dijo, pero su voz había perdido parte de su refinamiento real. Su cabello blanco plateado le colgaba en mechones húmedos y, a pesar de sus esfuerzos por secar nuestra ropa, el frío se nos había calado hasta los huesos.
—Claro que sí. Y yo soy el hada de los dientes.
Me lanzó una mirada fulminante que podría haber congelado el mismísimo infierno. —No recuerdo haberte pedido que te preocuparas por mí.
—Menos mal que lo hago gratis, entonces.
El túnel se ensanchó hasta formar una pequeña cámara con tres caminos. Me detuve y me pasé una mano por el pelo, frustrado. —Genial. Más decisiones.
Celeste se tambaleó ligeramente a mi lado. Fingí no darme cuenta de lo pálida que se había puesto ni de cómo se apoyaba en la pared para mantener el equilibrio. La Princesa de Hielo tenía sus límites, después de todo.
—Tomemos un descanso —dije, intentando que sonara casual—. Necesito revisar una cosa.
No protestó, lo que me dijo todo lo que necesitaba saber sobre su verdadero estado.
Examiné los tres túneles. El de la izquierda tenía una ligera pendiente ascendente y parecía más seco. El del medio seguía recto, con las mismas paredes húmedas que habíamos estado recorriendo. El túnel de la derecha descendía en pendiente y de él provenía una corriente de aire frío.
—Ir hacia arriba suele ser bueno —mascullé, enfilando hacia el pasadizo de la izquierda.
Tras unos cuarenta y cinco metros, el túnel se abría a una pequeña caverna. Era más o menos circular, de unos seis metros de diámetro, con un techo alto que se perdía en la oscuridad. Y lo más importante: estaba seca y tenía paredes de piedra lisa que serían fáciles de defender.
—¡Bingo! —anuncié—. Alojamiento de cinco estrellas para idiotas abandonados.
Celeste logró esbozar una débil sonrisa al entrar detrás de mí. —No está… mal del todo.
—Todo un elogio, viniendo de Su Alteza. —Empecé a examinar el espacio con más cuidado—. Solo una entrada, techo alto para la ventilación por si encendemos un fuego y… —golpeé las paredes con mi bate— piedra maciza por todas partes. El mejor Airbnb en toda esta dimensión infernal.
Volví a mirar a Celeste, que se había deslizado por la pared hasta sentarse en el suelo. Tenía los ojos entrecerrados y el agotamiento marcado en el rostro.
—Eh, no te me desmayes todavía —dije, arrodillándome a su lado—. Primero tenemos que entrar en calor.
—Solo estoy descansando la vista —masculló.
—Claro, y yo estoy pensando en dedicarme al ballet.
Reuní lo que pude de nuestro alrededor: unas cuantas raíces secas que se habían abierto paso por las grietas del techo, algunas manchas de un hongo extraño que parecía inflamable y el mango de madera del cuchillo roto de Juan que llevaba en el bolsillo. No era mucho, pero tendría que bastar.
Lo coloqué todo en el centro de la estancia y activé a Ember. El cálido resplandor de mi palma sentó de maravilla tras horas en la fría humedad. El hongo prendió rápidamente, desatando llamas de tonos morados que desprendían más calor de lo que su tamaño sugería.
—Eso es… peculiar —comentó Celeste, observando el danzante fuego morado.
—A estas alturas, me sorprendería más lo normal.
Alimenté las llamas con más hongos, creando una hoguera de un tamaño decente. —Y ahora viene la parte incómoda.
Ella enarcó una ceja. —¿A qué te refieres?
—Nuestra ropa sigue mojada. Tenemos que secarla.
Sus ojos se abrieron un poco más. —Sugieres que nos quitemos la ropa.
—No por diversión, Princesa. Por supervivencia —dije, manteniendo un tono práctico—. Entrenamiento básico de supervivencia. Ropa mojada en ambientes fríos equivale a hipotermia. Hipotermia equivale a muerte.
Una expresión de conflicto cruzó su rostro. Casi podía ver la batalla entre su esmerada educación y la necesidad práctica librándose en tiempo real.
—Está bien —dijo al fin—. Date la vuelta.
Solté un bufido. —¿En serio? Nos enfrentamos a la posesión de nuestra alma por un antiguo monstruo vegetal, ¿y te preocupa la modestia?
—Date. La. Vuelta.
Puse los ojos en blanco, pero obedecí, escuchando el susurro de la tela a mi espalda. Aproveché para quitarme la ropa hasta quedarme en calzoncillos y la extendí cerca del fuego.
—Ya puedes girarte —dijo al cabo de un minuto.
Cuando me giré, mi cerebro hizo cortocircuito durante un segundo.
Había visto a mujeres guapas antes. Joder, Natalia podía parar el tráfico con solo caminar por la calle. Pero Celeste era algo completamente distinto.
Estaba sentada con las rodillas pegadas al pecho y los brazos rodeándolas en una postura defensiva que no lograba ocultar sus increíbles curvas. Su ropa interior era sencilla pero de aspecto caro, de un azul pálido que combinaba a la perfección con sus ojos, porque, por supuesto, alguien como ella tendría conjuntos a juego. Su piel brillaba a la luz del fuego, tan pálida que era casi luminiscente.
Pero lo que de verdad me pilló desprevenido fue lo vulnerable que parecía. La intocable Princesa de Hielo, heredera del legado de los Vance, acurrucada y semidesnuda en una cueva con un tipo que su hermana, desde luego, no aprobaría.
—Sácame una foto, te durará más —dijo, pero a su voz le faltaba su mordacidad habitual.
Me di cuenta de que me la había quedado mirando y me senté rápidamente al otro lado del fuego. —Perdón. Solo me ha sorprendido que lleves ropa interior. Me imaginaba que los de vuestra clase os materializabais completamente vestidos cada mañana.
Ella puso los ojos en blanco, pero no pudo ocultar una sonrisa. —Y yo que suponía que dormías con la misma ropa durante semanas seguidas.
—Solo cuando me siento elegante.
Nos quedamos sentados en silencio un rato, viendo cómo nuestra ropa soltaba vapor junto al fuego morado. La cueva se había caldeado considerablemente, pero aún podía ver que Celeste tenía la piel de gallina en los brazos.
—Sigues teniendo frío —señalé.
—Estoy bien.
—Claro, por eso estás tiritando.
—Suelo tener frío. Es por mi Aspecto…
—Eso no significa que debas morir congelada por pura cabezonería. —Suspiré y me senté a su lado del fuego—. Calor corporal. Táctica de supervivencia básica número dos.
Se puso rígida en cuanto me senté a su lado.
—¿Qué haces?
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