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Mi Sistema Sinvergüenza - Capítulo 470

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Capítulo 470: Hábitos reproductivos y planes de batalla

Salí de la ducha, arrastrando vapor como una conciencia culpable hecha manifiesta.

El espejo se había empañado por completo, transformándose en un lienzo blanco y vacío que no reflejaba nada.

Bien.

No necesitaba especialmente enfrentarme a mi propia cara en este momento.

Quedaban sesenta y ocho horas para lo de Reyna.

Sesenta y ocho horas para idear de algún modo una estrategia que no resultara en mi muerte inmediata y espectacular frente a toda la población de la Academia, retransmitida en directo para el entretenimiento de cada reclutador de gremio y sádico del profesorado en esta isla olvidada de Dios.

—El Maestro huele bastante mejor ahora.

Poco faltó para que saliera disparado de mi propia piel.

Maki estaba encaramada en la encimera del baño como si fuera la dueña del lugar, con las piernas colgando por el borde con la confianza despreocupada de un gato que nunca ha oído la palabra «límites».

En su forma humana, naturalmente. Todavía sin llevar nada más que mi sudadera ancha, que al parecer se había apropiado como pijama permanente. Sus piernas desnudas se balanceaban ociosamente, y noté con una punzada de exasperación que, una vez más, había decidido que la ropa interior era una sugerencia en lugar de una obligación.

—¿Pero cómo cojones has entrado aquí?

—La puerta. —Señaló la puerta del baño, cerrada —y supuestamente con llave—, con el aire de alguien que explica física básica a un niño—. Tiene un picaporte. Un invento humano muy práctico. Lo apruebo.

—Esa puerta la cerré con llave. Específicamente. Con intención.

—Las cerraduras son meras sugerencias amables para los que no tienen talento. —Saltó de la encimera con gracia felina y se acercó a mí con pasos sigilosos sobre sus pies descalzos. Sus ojos dorados brillaron con esa clase de malicia particular que significaba que estaba a punto de decir algo que me envejecería diez años.

—El Maestro está nervioso. Su ritmo cardiaco está significativamente elevado por encima de su nivel base. Los niveles de cortisol están positivamente gritando a través del techo metafórico. Muy detectable.

—Estoy bien.

—El Maestro es un mentiroso. —Me dio un golpecito en el pecho con un dedo de uña afilada, justo sobre mi corazón—. Menos mal que mentir figura de forma destacada en el conjunto de habilidades registradas del Maestro. Muy útil para un cabronazo. Apruebo esta trayectoria profesional.

Agarré una toalla del toallero quizá con más fuerza de la estrictamente necesaria y me la enrollé en la cintura en lo que esperaba desesperadamente que fuera un gesto para poner fin a la conversación.

—Tienes que volver a transformarte y regresar a mi habitación inmediatamente antes de que alguien te vea así y tenga que explicar por qué hay una mujer desnuda en mi baño.

—¿Por qué tendría el Maestro que dar explicaciones? Soomin ya sabe que existo y ha aceptado esta realidad. La posesiva de morado lo sabe y ha dejado muy clara su contrariedad territorial. La princesa de hielo lo sabe y parece no inmutarse por mi presencia.

Maki fue enumerando con los dedos con la precisión metódica de alguien que presenta pruebas.

—La sanadora de azul descubrirá la verdad pronto; su capacidad de observación está mejorando. Y la zorra de las cadenas ya sospecha que algo interesante está pasando en la habitación del Maestro por la noche.

—No llames zorra a Akari.

—¡Pero es que lo es, objetivamente! —La sonrisa de Maki se volvió absolutamente perversa, todo dientes afilados y deleite depredador—. Puedo olerlo en ella. Las feromonas no mienten. Desea mucho al Maestro. Casi tan desesperadamente como la de morado, aunque con una complejidad emocional considerablemente menor y una intención física inmediata significativamente mayor.

—No voy a tener esta conversación contigo. Ni ahora. Ni nunca.

—¿Por qué no? Soy el familiar del Maestro. Es, literalmente, mi función designada estar al tanto de los hábitos de cría y los patrones de expansión territorial del Maestro.

Literalmente me atraganté con el aire.

—¿Mis qué?

—Hábitos de cría. Rituales de apareamiento. Programación reproductiva y protocolos de selección de pareja. —Ladeó la cabeza, y una confusión genuina parpadeó en sus facciones—. ¿Es que el Maestro es estúpido? Tenía la impresión de que los humanos poseían al menos una comprensión rudimentaria de la biología básica de los mamíferos.

—Entiendo la biología perfectamente, gracias.

—Entonces, ¿por qué el Maestro sigue depositando su material genético dentro de cinco hembras diferentes sin reclamar apropiadamente a ninguna de ellas según los protocolos estándar de dominancia territorial? Es muy ineficiente. Lo desapruebo.

Unos golpes en la puerta me salvaron de tener que formular una respuesta a esa pesadilla absoluta de pregunta.

La voz de Natalia se filtró a través de la madera, cortante y suspicaz, de esa manera que significaba que sabía exactamente qué clase de caos estaba ocurriendo probablemente al otro lado.

—Satori. Reunión de estrategia de emergencia abajo en diez minutos. No llegues tarde.

—Ahora mismo voy —grité, lanzándole a Maki una mirada que comunicaba claramente: «transfórmate ahora mismo o voy a buscar un pulverizador».

—¿Está ese gato sarnoso ahí contigo otra vez?

Maki se transformó antes de que pudiera siquiera intentar construir una mentira creíble, condensándose en una elegante bola negra de pelo e inocencia. Se sentó modosita en la encimera, con sus dos colas moviéndose con perfecto desdén felino; la viva imagen de una mascota bien educada.

—Solo Bartolomé y yo, pasando un rato de calidad juntos.

Un largo y suspicaz silencio se extendió desde el otro lado de la puerta.

Luego, el sonido de unos pasos que se alejaban por el pasillo, cada uno de ellos irradiando un escepticismo palpable.

Esperé hasta que dejé de oírla, contando en silencio hasta treinta solo para estar absolutamente seguro de que no estaba al acecho justo al otro lado.

—Eso ha estado demasiado puto cerca.

Maki volvió a transformarse con un contoneo de satisfacción, claramente orgullosa de su actuación.

—La de morado es extremadamente posesiva con la atención y el tiempo del Maestro. Me gusta. Tiene unos instintos territoriales excelentes. Muy gatunos. La apruebo como posible selección de pareja principal.

—No es mi pareja. Es territorial porque tenemos una dinámica de relación complicada.

—También lo es esta. —Los ojos de Maki brillaron como oro fundido bajo la luz fluorescente del baño—. Pero estoy dispuesta a compartir la atención y las oportunidades de cría del Maestro porque el Maestro ha demostrado ser digno de que se pelee por él. Esto es un gran elogio. El Maestro debería sentirse honrado.

—No vas a pelear con nadie. Nunca. Es una orden directa.

—Aún. —Sonrió con demasiados dientes—. El Maestro ha dicho «aún». Esto implica una autorización futura. Recordaré esta conversación con fines legales.

Se transformó de nuevo sin que se lo pidieran, convirtiéndose en la inocente gata negra antes de que pudiera discutir más.

Un progreso, técnicamente.

Me vestí en un tiempo récord, poniéndome la primera ropa que encontré que estuviera limpia y fuera funcional. Unos pantalones de chándal negros que de alguna manera habían sobrevivido a los últimos tres días de entrenamiento brutal. Una sudadera gris con capucha que a estas alturas era más un objeto de consuelo que una declaración de moda. Zapatos que no se desmoronarían si necesitara correr para salvar mi vida, lo que parecía cada vez más probable.

La gata me siguió escaleras abajo con ambas colas moviéndose en perfecta sincronía, irradiando una satisfecha arrogancia.

La sala común estaba absolutamente abarrotada de gente.

Al parecer, todos habían vuelto de su salida vespertina para comprar provisiones, transformando el espacio en un caos controlado que, de alguna manera, aún no se había convertido en violencia real.

Rafael estaba despatarrado en el sofá principal junto a Marco y Malachi, discutiendo ya sobre algo que probablemente acabaría en daños a la propiedad más tarde. Jaime estaba haciendo flexiones en la esquina porque, por supuesto que lo estaba; el hombre trataba cada superficie disponible como un posible equipo de entrenamiento. Juan estaba apoyado contra la pared, consiguiendo de alguna manera dormir de pie por pura fuerza de voluntad y determinación para evitar participar en actividades de grupo.

Isabelle estaba encaramada en el reposabrazos como una reina observando a su caótica corte, leyendo algo en su tableta con el tipo de intensidad concentrada que sugería o una investigación importante o novelas románticas de muy baja estofa. Lo más probable era que fueran ambas cosas a la vez.

Hikari dio un respingo en cuanto me vio, toda su cara iluminándose con esa energía de golden retriever que era, de alguna manera, a la vez entrañable y aterradora.

—¡Satori! ¡Estás vivo! ¡Has sobrevivido! ¡Akari dijo que luchaste contra una Hidra-Liche solo con un bate de béisbol y pura audacia!

—Fue un martes normal y corriente —dije, intentando restar importancia al absurdo.

—¡Eso es increíblemente genial! —Me agarró del brazo con fuerza suficiente para casi dislocarme el hombro, su agarre como acero entusiasta—. ¡Tienes que enseñarme a luchar contra abominaciones no muertas gigantes de múltiples cabezas! ¡Por favor, por favor, por favor!

—Quizá más tarde. Cuando no esté a punto de morir en tres días.

—¿Lo prometes?

—Claro. Por supuesto. Podemos programar tus clases de lucha contra monstruos justo después de mi funeral.

Me apretó en lo que probablemente pensó que era un abrazo amistoso, pero que se sintió más como ser comprimido en una prensa hidráulica. Mis costillas crujieron ominosamente. Luego me soltó y volvió al sofá de un salto, aparentemente satisfecha con este acuerdo.

Emi salió de la cocina con comida suficiente para alimentar a un pequeño ejército o a un estudiante universitario especialmente estresado. Tortitas. Huevos revueltos. Beicon. Tostadas. Rösti de patatas. Tres tipos diferentes de mermelada. Claramente había vuelto a cocinar por estrés, lo que significaba que su ansiedad por el miércoles había alcanzado niveles críticos.

—¡Satori! ¡Tienes que comer inmediatamente! —Me endosó un plato a rebosar con el tipo de energía maternal agresiva que no admitía discusión—. ¡Apenas comiste nada ayer!

—Sí comí. Aquel sándwich fue perfectamente adecuado.

—¡Un simple sándwich no constituye una nutrición adecuada para alguien que está a punto de luchar contra un prodigio de Rango A!

Skylar se materializó a mi codo como si la hubiera invocado el olor a drama y a desayuno.

—Ha estado cocinando desde las seis de la mañana —me informó con su característico tono inexpresivo.

—Apenas son las ocho.

—Exacto. —Skylar robó un trozo de beicon directamente de mi plato sin el menor remordimiento—. Algunas personas procesan la ansiedad existencial a través de la música o la meditación. Emi la procesa a través de la producción agresiva de carbohidratos. Todos lo sobrellevamos a nuestra manera.

Celeste estaba sentada en la mesa del comedor con Noah de pie, como un centinela, detrás de su silla, silencioso y vigilante como siempre. Mónica ocupaba la esquina susurrándole algo a Ferdinand que implicaba muchos gestos con las manos y expresiones de preocupación. Akari holgazaneaba en el sofá de dos plazas, limándose las uñas con una estudiada despreocupación que no ocultaba del todo la tensión de sus hombros.

Natalia estaba de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados, observándome con esos intensos ojos morados que parecían ver a través de cada defensa que intentaba construir. Los mechones blancos de su pelo captaban la luz de la mañana, haciéndola parecer a la vez etérea y peligrosa.

Crucé la habitación hasta su posición, abriéndome paso entre la gente y las conversaciones.

—Hola.

—Hola a ti también. —Se giró ligeramente, sin mirarme de frente, pero reconociendo mi presencia—. Anoche tiraste del gacha. No intentes negarlo.

—¿Cómo demonios lo sabías?

—Tienes esa mirada específica. La que pones cuando has hecho algo monumentalmente imprudente y estás esperando a ver si te explota catastróficamente en la cara. —Su mano encontró la mía, sus dedos entrelazándose con practicada facilidad—. Estoy aprendiendo a reconocer tus gestos.

—Salió bien. En su mayor parte. Aún no ha habido explosiones.

—Esta vez salió bien. —Su agarre se tensó una fracción—. La próxima vez me preguntarás antes de hacer una estupidez.

—¿Para que puedas disuadirme?

—Para poder estar físicamente presente cuando inevitablemente salga mal y tenga que salvarte el culo. —Hizo una pausa, y algo más suave parpadeó en sus facciones—. Otra vez.

Le apreté la mano, pasando el pulgar por sus nudillos.

El momento se hizo añicos cuando Braxton entró con el aspecto de la muerte recalentada y servida en un plato de papel. Carmen lo seguía dos pasos por detrás con su petaca ya abierta y medio vacía a pesar de lo temprano que era.

—Muy bien, escuchadme de una puta vez —anunció Braxton, su voz grave cortando las diversas conversaciones—. El torneo empieza oficialmente en cuatro semanas. Son veintiocho días para que dejéis de ser una vergüenza andante para mi historial de enseñanza y la reputación de este gremio.

—Actualmente estamos en el primer puesto —señaló Rafael con su característica defensa agresiva.

—Estás en primer lugar puramente por accidente y caos institucional. Los Centinelas tropezaron porque Julian está demasiado ocupado siendo un sociópata obsesionado con el control como para liderar de verdad. Las Víboras se lo están tomando con calma a propósito porque están jugando a largo plazo. A los Atacantes genuinamente no les importan las clasificaciones. Y los Fantasmas solo esperan pacientemente a que todos ustedes se pongan cómodos y se confíen para poder devorarlos vivos en la arena cuando de verdad importe.

—No nos confiaremos.

—Bien. Excelente. Porque Reyna Cabana está a punto de hacer que cada uno de ustedes se sienta extraordinariamente incómodo de maneras que ni siquiera pueden empezar a imaginar —Braxton sacó su maltrecha tableta, navegando por las pantallas con la eficiencia de alguien que había dado este informe demasiadas veces—. Presentó un desafío formal a través de los canales oficiales de la Academia. Arena Crisol. Miércoles a las 18:00 horas. Toda la población de la Academia estará mirando. Cada instructor. Cada administrador. Cada reclutador de gremio que se encuentre actualmente en esta isla. Será un completo espectáculo de mierda.

La habitación se quedó en absoluto silencio.

Los dedos de Jacob se congelaron a medio teclear en su teclado.

Los ojos de Juan realmente se abrieron.

Incluso Maki dejó de ronronear, lo cual era legítimamente preocupante.

—Es una trampa obvia —dijo Isabelle con el tipo de distanciamiento clínico que provenía de años de análisis táctico—. Está usando la estructura del duelo formal como una tapadera legítima para exponer lo que sea que Satori esté ocultando activamente del registro oficial. Esto es una operación de recopilación de inteligencia disfrazada de venganza personal.

—Obviamente es una jodida trampa —Braxton encendió su omnipresente cigarrillo con practicada facilidad—. Precisamente por eso todos ustedes van a ayudarlo a no morir espectacularmente en una transmisión en vivo.

—¿Cómo? —la voz de Natalia se había vuelto gélida—. Reyna ha estado recibiendo entrenamiento profesional de Rango S desde que tenía cinco años. Tiene acceso a entrenadores de nivel olímpico. Equipamiento personalizado de grado profesional. Patrocinio corporativo. Y su Aspecto está diseñado específicamente para contrarrestar de forma contundente a luchadores de corto alcance como Satori.

—Entonces no debería pelear a corta distancia. Problema resuelto.

—Un consejo increíblemente útil, Profesor. Una innovación táctica verdaderamente revolucionaria.

La sonrisa de Braxton era absolutamente salvaje.

—Tienen tres días para resolver los detalles. Úsenlos sabiamente e intenten no matarse accidentalmente entre ustedes durante el entrenamiento —me señaló directamente con el tipo de concentración que hizo gritar a mis instintos de supervivencia—. Tú. Mi despacho. Ahora mismo. Esta conversación se tiene en privado.

Fantástico.

Lo seguí por el pasillo hasta su legendario desastre de despacho, pasando por encima de pilas de papeleo y lo que parecían ser envases de comida para llevar de varias semanas. Cerró la puerta detrás de nosotros con un cuidado deliberado, luego la cerró con llave con un clic audible que disparó mi paranoia de inmediato.

Luego se giró para mirarme con una expresión que nunca antes le había visto: seria, calculadora y completamente desprovista de su habitual encanto perezoso.

—No eres lo que pareces, chico.

No era una pregunta. Una declaración de un hecho observado.

—Nadie es lo que parece. Es básicamente la condición humana.

—No me vengas con putos jueguecitos —se sentó en el borde de su escritorio desordenado, el humo del cigarrillo enroscándose alrededor de sus rasgos afilados—. Llevo quince años haciendo este trabajo en concreto. Sé exactamente qué aspecto tiene cuando alguien esconde un poder significativo. Puedo olerlo.

—Todo el mundo esconde su poder hasta cierto punto. Es una estrategia básica de supervivencia.

—No como tú —dio una larga calada, sin apartar los ojos de los míos—. Te moviste considerablemente más rápido contra esa Hidra-Liche de lo que tus estadísticas registradas oficialmente deberían permitir físicamente. Absorbiste los golpes de Rafael esta mañana como si fueran suaves caricias en lugar de ataques que deberían haber roto huesos. Y los datos de tu grabadora de combate de la Puerta del Arboreto muestran habilidades que no coinciden ni remotamente con la clasificación de tu Aspecto registrado.

Mierda. Joder. Maldita sea.

—¿Qué es exactamente lo que quiere de mí, Profesor?

—La verdad estaría bien por una vez. Un concepto novedoso, lo sé.

—No puedo darle eso. Aún no. Quizá nunca.

—Entonces dame algo con lo que pueda trabajar de verdad —se inclinó hacia delante, con los codos en las rodillas—. Porque ahora mismo, tengo a un estudiante supuestamente de Rango C preparándose para luchar contra una prodigio de Rango A reconocida internacionalmente delante de cada instructor, administrador, representante del VHC y reclutador de gremio corporativo actualmente destinado en esta isla. Transmisión en vivo. Registro permanente. Y si pierdes estrepitosamente —lo que la probabilidad estadística sugiere que es extremadamente probable—, se reflejará catastróficamente en mí, mis métodos de enseñanza y la credibilidad de todo este gremio.

—No perderé estrepitosamente. Es una promesa.

—Suenas notablemente seguro para alguien que debería estar cagándose de miedo ahora mismo.

—No estoy seguro. Soy clínicamente delirante. Hay una diferencia importante.

De hecho, se rio de eso: un ladrido genuino de diversión sorprendida que transformó toda su cara.

—Al menos eres brutalmente honesto sobre tu propio estado mental —apagó su cigarrillo en un cenicero rebosante—. Bien. Guarda tus secretos por ahora. Pero entiende esta verdad fundamental. Reyna no es solo buena. Es mejor que buena. Ha sido preparada sistemáticamente para el estatus de Rango S desde antes de que aprendieras a caminar. Entrenamiento profesional. Respaldo corporativo. Gestión de medios. Y lucha como alguien que literalmente nunca ha experimentado la derrota.

—Todo el mundo pierde al final. Es matemáticamente inevitable.

—Ella no —se puso de pie, estirándose con crujidos audibles—. Tiene diecisiete victorias y cero derrotas en combates oficialmente sancionados. Ochenta y tres victorias y cero derrotas en combates de entrenamiento grabados. Y ni siquiera la han derribado nunca. Ni una sola vez. Jamás.

Los números impactaban de otra manera al decirlos así en voz alta.

—Entonces, ¿cuál es su consejo táctico real aquí, Profesor?

—Haz trampas —abrió la puerta sin ninguna ceremonia—. Hazlo mejor que ella. Porque ten por seguro que las hará. Ha sido entrenada por profesionales que escribieron el libro sobre cómo explotar los vacíos legales.

Salí, con la mente ya repasando a toda velocidad las posibilidades.

De vuelta en la sala común, todos esperaban con diversos grados de preocupación obvia y pánico mal disimulado.

Natalia me agarró del brazo en el preciso instante en que reaparecí, con una fuerza suficiente como para dejar marcas.

—¿Qué te dijo? Exactamente. Palabra por palabra si es posible.

—Que hiciera trampas de forma más efectiva.

—En realidad es un consejo táctico excelente.

—¿Tú crees?

—Lo sé —me arrastró con fuerza hacia el sofá, prácticamente sentándome a la fuerza—. Come. Ahora. Luego entrenaremos hasta que físicamente ya no puedas moverte más.

—Apenas puedo moverme ahora mismo. Me duele todo.

—Entonces te haremos moverte mejor mediante el sufrimiento aplicado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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