¡MILF de Nivel SSS y sus Hijas Yandere, las Quiero a Todas! - Capítulo 116
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- Capítulo 116 - 116 Pase lo que pase nada cambiará entre nosotros
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116: Pase lo que pase, nada cambiará entre nosotros 116: Pase lo que pase, nada cambiará entre nosotros Mika se recostó lentamente, con los ojos entrecerrados y una expresión de nostalgia que suavizaba su rostro.
Durante unos segundos no respondió, simplemente dejó que el silencio se alargara como si estuviera rebuscando en su pasado.
Finalmente, con una exhalación silenciosa, asintió.
—…Supongo que probablemente cuando tenía diez años —admitió, en un tono casual, casi reflexivo.
Los ojos de Yelena se abrieron de par en par, conmocionada.
—¡¿Diez años?!
—soltó, con la voz quebrada por la incredulidad—.
¿Tanto tiempo?
No me digas que… ¿te fijaste en mí desde entonces?
Él soltó una risita débil y arrepentida y volvió a asentir.
—Sí.
Lo hice.
Su cara ardió con más intensidad y su corazón martilleaba contra su pecho como si quisiera escapar.
Pero antes de que pudiera si quiera procesar esa revelación, la voz de Mika continuó, tranquila, casi burlona en la forma en que desarrollaba el falso recuerdo.
—Lo recuerdo claramente.
Estábamos junto a una piscina, en vacaciones de verano, creo.
Yo estaba tumbado en una de las sillas, con las gafas de sol puestas, medio dormido, sin prestarle atención a nadie.
Solo disfrutando del día.
Y entonces…
Sus ojos se encontraron con los de ella, brillantes.
—Vi a alguien.
Alguien que salía del agua con una figura tan absolutamente impecable, tan perfectamente formada, que me dejó sin aliento.
Todo mi cuerpo se tensó.
Me quedé con la boca abierta, literalmente.
Y… mis gafas de sol se cayeron directamente de mi cara.
Yelena ahogó un grito, y todo su cuerpo se sacudió como si se hubiera quemado.
—¡M-Mika…!
—tartamudeó, ya sonrojándose intensamente, porque sabía exactamente por dónde iba.
—Pensé para mis adentros… —Mika se rio suavemente, negando con la cabeza ante el recuerdo—.
«¿Quién demonios es esta mujer?».
Ese cuerpo era tan impresionante que exigía atención.
Tan sexi, tan proporcionado, que incluso hizo que alguien como yo, que no estaba interesado en las mujeres a esa edad, despertara algo en lo más profundo de mi ser.
Y entonces… —su sonrisa se ensanchó ligeramente, afilada y cómplice—.
…me di cuenta de quién era.
Tú.
La misma mujer que me había ayudado a ponerme el bañador un momento antes… Mi propia madre.
Yelena casi se desplomó, llevándose una mano a la frente mientras jadeaba en busca de aire.
—Oh, Dios mío… —susurró, horrorizada—.
…n-no puedes estar hablando en serio.
Pero él solo se inclinó más cerca, sin inmutarse, con la mirada firme.
—Esa fue la primera vez que me di cuenta, Yelena.
De que tu figura no era solo bonita.
Era… la perfección.
Y nunca lo olvidé, ya que tu cuerpo fue probablemente lo que activó mi pubertad.
Al oír este hecho horroroso pero excitante, su pecho se agitó.
—¡M-Mika…!
—volvió a tartamudear, agarrándose el pecho como si estuviera a punto de desmayarse—.
Esta conversación es demasiado, no puedo… no puedo…
Quería saltar ella misma a la piscina, sumergir todo su cuerpo en agua helada y no volver a salir hasta que su sonrojo desapareciera.
Aun así, a pesar del torbellino en su pecho, una pregunta le quemaba en los labios.
La forzó a salir, débil y temblorosa.
—P-Pero, Mika… ¿no te sentiste… extraño?
¿No sentiste que estaba mal después de darte cuenta de que era yo?
¿No te molestó mirar a tu propia madre de esa manera?
Es… no es normal.
No está bien.
¿No te afectó después?… ¿Para nada?
Lo miró fijamente, con los ojos muy abiertos, suplicando por algún tipo de negación.
Pero Mika se limitó a negar con la cabeza sin dudarlo.
Su respuesta fue rápida, firme y tranquila:
—No.
En absoluto.
Se le cortó la respiración.
—¿Q-Qué…?
—Claro, en ese momento, sí, me quedé de piedra —se recostó, encogiéndose de hombros ligeramente—.
Fue… raro, por un segundo.
Darme cuenta de que eras tú, la mujer que me preparaba el almuerzo todos los días.
Por supuesto, dudé.
Al principio no sabía cómo tomármelo.
—Pero luego lo pensé… y, en realidad, ¿cuál era el problema?
Solo significaba que tenías un cuerpo digno de admiración… Eso es todo.
Nada más, nada menos.
—Y una vez que lo acepté, seguí adelante.
Seguí tratándote igual.
Nunca dejé que cambiara la forma en que te veía… cómo actuaba contigo.
Ni una sola vez.
Yelena lo miró, atónita.
—…¿De verdad?
¿Nada cambió en absoluto?
¿Ningún sentimiento diferente enterrado en el fondo?
¿Ningún… pensamiento persistente?
Mika volvió a negar con la cabeza, con firmeza.
—No.
En absoluto.
Te vi de la misma manera que siempre.
Deberías saberlo mejor que nadie, Yelena.
¿Alguna vez te he tratado de forma diferente?
Se quedó helada.
Sus labios se separaron ligeramente.
Y entonces, lentamente, negó con la cabeza.
—No… no lo has hecho.
Esa constatación la ablandó.
Tenía razón.
Mika siempre había sido el mismo, burlón, mordaz, descarado… pero nunca la había tratado con vacilación, o con alguna intención oculta.
Esa coherencia la inundó como una ola de alivio, y exhaló pesadamente, agarrándose el pecho como si liberara una carga que no se había dado cuenta de que llevaba.
—…Ya veo.
Ahora lo entiendo.
Mika también vio el alivio instalarse en su rostro, y sus labios se curvaron… Bien.
Se estaba estabilizando de nuevo.
Pero también sabía que no podía dejarlo así.
Tenía que sellar el momento, atraparla por completo.
Así que bajó la mirada brevemente, y su sonrisa se desvaneció en algo más suave, más vacilante.
—Pero la verdad es que… —murmuró, con la voz teñida de algo casi lastimero—.
…en aquel entonces, realmente no le di mucha importancia.
Lo ignoré.
Fue solo… como cuando un niño piensa que la mamá de su amigo está buena.
O cuando alguien admite que su profesora es atractiva.
—…Raro, sí.
Pero inofensivo.
Nunca me importó lo suficiente como para pensar en ello.
Pero ahora…
Dejó la frase en el aire, negando con la cabeza con una risa débil, bajando la mirada al suelo.
—…Ahora que lo digo en voz alta, me doy cuenta de lo extraño que suena.
De lo inapropiado que debe ser para ti oírlo de mí.
Y tal vez… tal vez fui demasiado lejos.
—Solo quería animarte, Yelena.
Quería que te sintieras bien contigo misma de nuevo.
Pero en vez de eso… —suspiró, inclinando la cabeza—.
…en vez de eso, probablemente solo he hecho que todo sea más incómodo entre nosotros.
Lo siento… L-lo siento por eso.
El tono de su voz, la pena silenciosa, la culpa que pesaba en cada palabra, la estremecieron.
Los ojos de Yelena se abrieron de par en par, y su corazón se encogió dolorosamente.
Hacía solo unos momentos, él había sido audaz, implacable, elogiándola con tanta naturalidad que la hacía sentir como si se estuviera asfixiando.
Pero ahora, ahora era él quien parecía pequeño, digno de lástima, como si se arrepintiera de todo.
Se estaba culpando a sí mismo.
Por ella.
Por haberse esforzado en decir cosas que nadie más se atrevería a decir, solo para levantarle el ánimo.
Y no había forma de que pudiera contenerse cuando él se veía tan lastimero en ese momento.
—¡Oh no, cariño!
¡No, no, no!
Yelena estalló, sus brazos lo envolvieron de repente, atrayéndolo con fuerza contra su pecho.
Hundió la cabeza de él en su abrazo, sujetándolo como si necesitara protegerlo de su propia culpa.
—Ni se te ocurra sentirte mal.
No me siento incómoda.
Para nada.
Lo que dijiste no está mal, no está mal en lo más mínimo.
—Yelena…
—Chist —le acarició la nuca, abrazándolo con más fuerza—.
Lo aprecio.
Todo.
¿Me entiendes?
Sé lo vergonzoso que debe haber sido para ti decir eso… Sé lo incómodo que debería sentirse.
—Pero aun así lo dijiste, por mí.
Y eso significa el mundo, Mika.
¿Entiendes?… Significa todo para mí.
Su voz se quebró por la calidez, por la sinceridad.
Se apartó lo justo para mirarle a la cara, con una sonrisa temblorosa y los ojos brillantes.
—En serio, Mika.
Estoy tan agradecida.
Tan agradecida de haber criado a un chico tan encantador que se preocupa tanto por su madre que está dispuesto a desnudar su corazón, a decir lo que nadie más diría, solo para consolarme.
—…Así que, gracias, Mika.
De verdad, gracias.
Mika inclinó la cabeza hacia arriba, con sus ojos grandes y brillantes, atrapado en su abrazo.
—…¿De verdad?
¿No estás… incómoda en absoluto?
¿No crees que dije algo extraño?
Ella le dedicó una tierna sonrisa, negando con la cabeza.
—No.
En absoluto, querido.
Fue extraño por un segundo, sí… pero luego me di cuenta.
No lo decías por malicia.
No lo decías para cruzar una línea… Lo decías porque te preocupas por mí.
—Porque querías que me sintiera mejor… Y por eso, no podría estar más feliz.
Tengo mucha suerte de tenerte.
Entonces, con una risa suave, se inclinó y le dio un tierno beso en la frente.
—Mika, mi dulce niño… Estoy tan feliz de tenerte en mi vida.
Mika parpadeó mirándola, sus labios se crisparon antes de que soltara un largo suspiro de alivio.
—Gracias a Dios… por un segundo, pensé que había dicho demasiado.
Pensé que iba a arruinar las cosas entre nosotros.
Pero Yelena solo negó con la cabeza con firmeza, abrazándolo de nuevo con fuerza.
—Nunca.
No importa lo que digas, Mika, nada cambiará entre nosotros.
Siempre será igual.
Siempre.
Y mientras ella lo sostenía tiernamente contra su pecho, Mika sonrió bajo su abrazo, una sonrisa suave, cálida… y astuta.
Porque en ese momento, lo supo.
Su objetivo se había cumplido.
Había desarmado sus dudas, roto sus defensas, y ahora… ahora estaba listo para aprovecharse al máximo y ser tan descarado como fuera posible…
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