¡MILF de Nivel SSS y sus Hijas Yandere, las Quiero a Todas! - Capítulo 178
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- Capítulo 178 - 178 Algo pasa entre ustedes dos
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178: Algo pasa entre ustedes dos 178: Algo pasa entre ustedes dos Las clases habían terminado hacía horas y Mika estaba de vuelta en lo que ahora consideraba su hogar: la casa de Yelena y Charlotte.
Las lámparas estaban encendidas, el olor a comida cociéndose a fuego lento llegaba desde la cocina y toda la atmósfera tenía esa relajada comodidad del anochecer.
Estaba desparramado en el sofá de una forma casi despreocupada, con un brazo extendido mientras el televisor murmuraba de fondo.
Charlotte había reclamado su sitio, acurrucada contra él, tan cómoda como un gato en su cojín favorito.
Tenía la mano de él aprisionada entre sus pechos, aferrándose a ella con posesividad mientras un montón de rotuladores de colores descansaba sobre la mesita de centro.
De vez en cuando, cogía uno y garabateaba directamente sobre la piel de él, sonriendo mientras dibujaba caricaturas tontas, flores e incluso un torpe intento de su cara.
Para ella, la mano de él era un lienzo, y estaba disfrutando enormemente.
Mika, sin embargo, no prestaba atención ni a la tele ni a los garabatos infantiles.
Su mirada se desviaba constantemente más allá de la pantalla parpadeante, hacia la cocina.
Yelena estaba allí, con su delantal, concentrada en cortar verduras, moviéndose con una precisión experta.
Parecía ocupada, pero de vez en cuando, echaba un vistazo por encima del hombro, solo por un instante.
Y cada vez que sus ojos se cruzaban por accidente con los de Mika, ella se sobresaltaba como si la hubieran pillado haciendo algo prohibido, apartando la vista rápidamente y afanándose con la comida como si esta exigiera toda su atención.
Él soltó un leve suspiro.
«Ha estado así desde que volví».
Cuando entró por la puerta ese mismo día, había pensado en atraer a Yelena directamente a sus brazos, colmarla del afecto que tanto ansiaba darle.
Desde que había cruzado esa línea con ella, no podía dejar de desear más: su voz, su tacto, su calidez.
Pero en lugar del cálido abrazo y el beso en la frente que esperaba, ella había retrocedido dando un traspié, como si la hubiera asustado un fantasma, y su saludo fue torpe y nervioso.
Cuando él dio un paso hacia ella, Yelena se apartó, como si no pudiera soportar su cercanía.
Todo el día había transcurrido así: ella sobresaltándose ante cada interacción, con el rostro sonrojado, la mirada esquiva, siempre pareciendo ocupada.
Era obvio que se había dado cuenta de algo, que quizá se lo había admitido a sí misma, pero que aún no podía aceptarlo.
Estaba sumida en el pánico, actuando con torpeza, ahogándose en sus propios pensamientos.
Pero a Mika no le importaba.
De hecho, estaba complacido.
Era mejor que la indiferencia.
Si lo hubiera tratado exactamente igual que siempre —con calma, de forma maternal, distante—, ese habría sido el peor de los resultados.
Habría significado que ella había hecho a un lado sus sentimientos, que los había enterrado, y él no tendría ninguna forma de llegar a ella.
¿Pero de esta manera?
Cada mirada, cada sonrojo, cada paso torpe demostraba que estaba afectada.
Las semillas que él había plantado estaban creciendo.
Lenta, pero inexorablemente, ella estaba cayendo.
Esbozó una leve sonrisa de satisfacción, con la mirada fija en las caderas de ella mientras esta cogía una olla.
«Ahora está nerviosa, pero es cuestión de tiempo.
Ya cederá.
Y cuando lo haga, será completamente mía».
Pero no era el único que se había dado cuenta.
—Mika… —dijo Charlotte de repente, sin dejar de garabatear en la mano de él.
Inclinó el rostro hacia él, con una expresión suave pero curiosa—.
¿No crees que Mamá está rara hoy?
Eso hizo que él bajara la mirada hacia ella rápidamente.
—¿A qué te refieres?
—preguntó, forzando un tono de voz casual, casi displicente—.
No se ve diferente.
Actúa como siempre.
Pero Charlotte negó con la cabeza, terca como siempre.
—No, de verdad.
Mamá está rara hoy.
—Echó un vistazo hacia la cocina, donde Yelena estaba de espaldas, con los hombros rígidos mientras removía una olla.
Él se quedó inmóvil.
—¿A qué te refieres?
Charlotte ladeó la cabeza, y su suave mejilla rozó el pecho de él mientras hacía un puchero.
—No te hagas el tonto.
Está rara.
Muy rara.
Señaló con la cabeza en dirección a la cocina.
—Cuando llegamos a casa, la vi.
¿Recuerdas que Mamá solía correr directa a ti para abrazarte cuando volvíamos del colegio de pequeños?
A veces hasta me ignoraba a mí con tal de abrazarte a ti primero… Pero hoy, estuvo a punto de hacerlo y se detuvo.
—Fue como si se hubiera quedado helada y, en lugar de eso, hubiera retrocedido.
Te saludó como si fueras un desconocido, no Mika.
A Mika le temblaron los labios antes de encogerse levemente de hombros.
—A lo mejor solo me está tratando como a un adulto.
Ya no como a un niño.
—Tonterías —resopló Charlotte, sin creérselo, apretando la mano de él contra su pecho—.
Aunque fueras mayor que ella, Mamá te seguiría tratando como a su niño pequeño.
Ella es así.
Le encanta agobiarte con mimos.
—Negó con la cabeza con firmeza.
Se inclinó más cerca y bajó la voz.
—No es solo eso.
Le he visto la cara antes.
Cada vez que le hablabas, se ponía toda colorada, como si estuviera avergonzada.
¡Ni siquiera podía mirarte, Mika!
Apartaba la vista como si fueras peligroso o algo así.
—Y cuando intenté hablar con ella, se sobresaltaba cada vez que decía tu nombre, como si estuviera con los nervios de punta.
Charlotte levantó la barbilla, señalando discretamente hacia la cocina.
—Y mira ahora.
Estamos aquí acurrucados y, normalmente, Mamá nunca lo permitiría.
Vendría aquí mismo, te abrazaría y me haría moverme a un lado.
No se perdería una oportunidad como esa… ¿Pero hoy?
Se esconde en la cocina.
Charlotte se apretó más contra él, bajando la voz en tono de conspiración.
—Está claro que algo va mal.
Y tú sabes lo que es.
Mika se puso rígido, con la expresión oculta tras una pequeña sonrisa.
«Mocosa astuta.
Lo está pillando».
La verdad era que Mika tenía toda la intención de revelar su relación con Yelena en algún momento; sería esencial si quería construir el harén que había imaginado.
Pero primero, necesitaba conquistar su corazón por completo, hacerla suya sin ninguna duda o vacilación.
Si Charlotte lo descubría demasiado pronto, todo podría complicarse.
Así que, mientras Charlotte lo acosaba con su mirada aguda y suspicaz, Mika decidió desviar la atención.
Una sonrisa ladina se dibujó en sus labios.
—¿En serio?
Pues aunque lo digas, la verdad es que no me he dado cuenta —se inclinó hacia ella, con voz baja y juguetona—.
Pero, en lugar de solo hacer suposiciones, quizá deberíamos preguntárselo a la propia Yelena.
Si crees que me está evitando, ¿por qué no le preguntamos si es verdad?
Charlotte parpadeó, sorprendida.
—¿Preguntarle a Mamá directamente?
—¿Por qué no?
—Mika dirigió la mirada hacia la cocina y levantó la voz—.
¡Yelena!
¿Puedes venir un momento?
Tu hija tiene una pregunta para ti.
El golpeteo del cuchillo contra la tabla de cortar cesó de repente.
Yelena se puso rígida y sus hombros se tensaron.
Se giró lo justo para que su mirada se cruzara con la de Mika, e inmediatamente desvió la vista, fingiendo estar atareada con la olla en el fuego.
—Estoy ocupada —respondió ella, con la voz más tensa de lo que pretendía—.
Pregúntame desde ahí.
Puedo oírte.
Mika rio por lo bajo, y su sonrisa de satisfacción se ensanchó.
—No, esta es importante —su tono era suave, pero con un matiz de tranquila autoridad que hizo que a Yelena se le oprimiera el pecho—.
Sería mejor que te lo preguntara en persona.
Así que ven.
Yelena se quedó helada.
Odiaba cómo le latía el corazón al oír esa voz, cómo la mirada de él parecía inmovilizarla incluso desde el otro lado de la habitación.
Sentía que cada paso que diera hacia él haría añicos el frágil control que le quedaba.
Pero tanto Mika como Charlotte la estaban mirando, expectantes, a la espera.
Si se resistía, si actuaba de forma demasiado extraña, Charlotte se daría cuenta, y eso era algo que no podía permitir.
Dejó el cuchillo con un chasquido seco y se acercó, cruzándose de brazos al detenerse junto al sofá.
—Está bien.
Pero daos prisa —dijo con rigidez—.
El guiso está en el fuego.
No quiero que se queme.
Mika se recostó perezosamente, observándola, sin que su sonrisa de satisfacción desapareciera.
—No tardaremos mucho —hizo un gesto hacia Charlotte—.
Es solo que tu hija, aquí presente…, cree que estás actuando de forma extraña.
Dice que me has estado evitando.
Que me tratas como si fuera una amenaza o algo por el estilo.
Yo le he dicho que no me lo parece, pero ella insiste.
Así que…—
Sus ojos brillaron con complicidad.
—¿Es verdad lo que dice?
¿O solo se lo está imaginando?
Al oír sus palabras, un escalofrío recorrió el cuerpo de Yelena.
La pregunta que tanto temía había quedado al descubierto delante de los dos.
Por un momento, su máscara se resquebrajó, su orgullosa postura flaqueó y sus ojos reflejaron pánico.
Pero entonces vio la carita expectante de Charlotte mirándola, y supo que cualquier vacilación la delataría.
Charlotte podía ser una boba a veces, pero en momentos como ese, era muy perspicaz.
Así que Yelena enderezó la espalda, forzó una sonrisa fría y resopló con desdén.
—¡Hmpf!
Como si este pequeño mocoso pudiera hacerme sentir amenazada —su voz sonaba con un orgullo forzado—.
Soy la Doncella de la Espada.
La que salvó el mundo.
La gente me admira allá donde voy.
¿Por qué iba yo, de entre toda la gente, a tenerle miedo a un diablillo molesto como Mika?
—Le lanzó una mirada desafiante, ocultando la agitación de su pecho—.
Sigue siendo el mismo niño al que siempre he chinchar por diversión.
Charlotte ladeó la cabeza, todavía sin estar segura.
Así era como hablaba su madre normalmente, pero algo en su tono parecía demasiado forzado.
Aun así, insistió.
—Entonces, ¿por qué actúas de forma diferente, Mamá?
Estás distinta.
Ayer lo estabas abrazando, acurrucando y besando como siempre.
Pero hoy ni siquiera te acercas a él.
Mantienes las distancias, Mamá.
Es obvio.
A Yelena le tembló el rostro.
Reprimió el impulso de hacer una mueca y apartar la mirada.
—¿Eso?
—dijo rápidamente, aferrándose a la excusa que le vino a la mente—.
No es nada.
Es que tía Nadia se supone que me llamará más tarde por algo importante, y ya sabes cómo es.
Cada favor que pide es un fastidio.
—He estado preocupada pensando en lo que me va a pedir.
Eso es todo.
He tenido la cabeza en otra parte.
Le dio un ligero toque a su hija en la frente, forzando una sonrisa juguetona.
—No le des más vueltas.
No es por Mika.
Es el mismo Mika de siempre y eso no va a cambiar a corto plazo.
Mika se recostó, divertido, observando cómo la mentira fluía de sus labios con tanta suavidad.
Era buena.
Desesperada, pero buena.
Charlotte parpadeó, mirándolos a los dos, y luego soltó un largo suspiro de alivio.
—Sí… a lo mejor le estaba dando demasiadas vueltas.
Quizá no es nada.
Yelena exhaló en silencio, de forma casi inaudible, invadida por el alivio.
Pero cuando su mirada se cruzó por accidente con la de Mika, la intensidad con la que él la miraba, como si lo supiera todo, la abrasó.
Sus mejillas ardieron al instante, y apartó la vista rápidamente, fingiendo ajustarse el pelo.
Y entonces, toda la cara de Charlotte se iluminó, como si no pudiera esperar a compartir un escándalo.
—¡Oh, Mamá, no te vas a creer lo que ha hecho Mika hoy!
—exclamó con entusiasmo, dando saltitos en su sitio—.
Si te lo cuento, te vas a enfadar tanto que lo echarás de casa… ¡Así de grave fue!
Mika se puso rígido y la miró con los ojos entornados.
—Charlotte… —su voz adquirió un tono peligrosamente bajo—.
Cállate.
A nadie le gustan los chivatos.
—La atrajo más hacia él, apretando su agarre en la cintura de ella.
Pero la mirada de Yelena se agudizó al instante.
—Mika —espetó—.
No amenaces a mi hija delante de mí.
—Se inclinó y su tono se volvió severo—.
Charlotte, ¿qué ha pasado?
Venga, cuéntame qué ha hecho Mika en el colegio ahora… Te juro que como haya hecho que más estudiantes coman más caca…—.
—¡No, Mamá!
¡No es eso!
Charlotte se zafó del agarre de Mika, sonriendo con picardía como si estuviera a punto de delatarlo por pura diversión.
—¿Recuerdas el almuerzo tan grande que le preparaste?
Te levantaste temprano solo para él.
¿Te esmeraste con todos sus platos favoritos?
Yelena frunció el ceño.
—¿Sí?
¿Qué pasa con eso?
La sonrisa de Charlotte se ensanchó.
—La cosa es que no se lo comió todo.
Lo vendió.
Lo subastó entre un montón de estudiantes del colegio.
¿Y sabes por cuánto?…
¡Seis cifras, Mamá!
¡Seis cifras!
Se echó hacia atrás con aire de suficiencia, observando la expresión de Mika.
—Eso es lo que pagaron por el almuerzo que le preparaste.
—¿QUÉ?
—La voz de Yelena se quebró por la furia.
Abrió los ojos como platos, extendió la mano y agarró a Mika de la oreja, tirando con fuerza—.
¡Mocoso insolente!
—¡Espera…!
¡Yelena, espera!
—Mika hizo una mueca de dolor, intentando liberarse.
—¡Puse todo mi corazón en ese almuerzo!
—lo regañó furiosamente, tirando con más fuerza—.
¡Lo planeé todo la noche anterior!
¡Me desvié de mi camino para comprar ingredientes frescos, tus favoritos!
—Estuve todo el día pensando en lo feliz que te haría comértelo, ¿y en lugar de eso lo vendes como si nada?
¿Has vendido mi comida como si fuera un… producto de usar y tirar?
Sus ojos echaban chispas mientras le retorcía la oreja sin piedad.
—¿Cómo has podido?
¿Tan poco valor tiene mi comida como para que la vendas sin más?
Mika se quejó, intentando sujetarle la muñeca.
—¡Ay, ay, no, no es así!
¡Escucha!
¡No lo vendí todo!
¡Me comí la mayor parte con un amigo!
¡Solo puse a la venta unos trozos de pollo frito, solo unos pocos!
Pero no esperaba que el precio subiera tanto; esos niños ricos y mimados siguieron pujando como locos.
¡No pude evitarlo!
Yelena tiró con más fuerza.
—¿Esa es tu excusa?
—¡Espera!
¡Eso no es todo!
—Mika le sujetó la mano rápidamente, suavizando el tono—.
No me quedé con el dinero.
Ni una sola moneda.
Lo doné todo a un refugio de animales local.
Para perros y gatitos abandonados.
Hasta el último céntimo fue para ellos.
Eso hizo que Yelena se detuviera.
Su agarre se aflojó y su mirada se suavizó un poco.
—¿…De verdad?
—Sí —dijo Mika con seriedad, sosteniéndole la mirada—.
Me sentí culpable, ¿vale?
No quería sacar provecho de tu comida, así que lo convertí en algo bueno.
Yelena dudó y finalmente le soltó la oreja con un bufido.
—Está bien.
Si ha sido para una organización benéfica de animales, lo dejaré pasar por esta vez.
—Entornó los ojos, de nuevo severa—.
Pero escúchame bien, jovencito.
Como vuelvas a hacer algo así, como vuelvas a vender mi comida, no volveré a cocinar para ti… Nunca más.
Mika se quedó helado, con una expresión de horror en el rostro.
Inclinó la cabeza de inmediato y dijo con voz solemne: —Todo menos eso.
Yelena, tu comida es una de las razones por las que sigo vivo.
Sin ella, moriré.
Una sonrisa de orgullo asomó a sus labios mientras se enderezaba.
—Bien.
Entonces lo entiendes.
—Dicho esto, se dio la vuelta hacia la cocina, alejándose con la cabeza bien alta.
Al ver que había logrado meter a Mika en un lío, Charlotte soltó una risita y volvió a acurrucarse contra él.
—Creo que al final Mamá está bien, Mika, porque ha reaccionado como lo haría normalmente.
De verdad que debo de haberle estado dando demasiadas vueltas.
—Lo miró, avergonzada—.
Y lo siento, Mika, por dudar de ti y decir que me mentías, es que me he confundido por un momento.
Mika, sin embargo, no respondió.
Su mirada estaba fija en ella, afilada y pesada.
De inmediato, Charlotte sintió un vuelco en el estómago y un escalofrío le recorrió la espalda.
Conocía esa mirada.
Lo había traicionado, se había chivado, y Mika no era de los que perdonaban una traición, especialmente si se trataba de chivarse a Yelena.
Tragó saliva, su sonrisa juguetona vaciló mientras susurraba con nerviosismo: —¿Mika…?
Pero él se limitó a sonreír con frialdad, decidiendo en su fuero interno «castigar» a Charlotte y hacer que Yelena lo presenciara todo, para así provocar que los sentimientos ocultos de ella afloraran con más descaro…
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