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¡MILF de Nivel SSS y sus Hijas Yandere, las Quiero a Todas! - Capítulo 271

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  3. Capítulo 271 - Capítulo 271: Siempre te das cuenta
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Capítulo 271: Siempre te das cuenta

No pasó mucho tiempo antes de que el resto de la gente se diera cuenta de quién había aparecido en el cielo.

En el momento en que Mika pronunció el nombre «Nadia», una ola de entendimiento se extendió como la pólvora entre la multitud reunida.

—E-Espera, ¿es ella…? —jadeó alguien desde el fondo.

—¡Es ella! ¡De verdad es ella! —gritó otro.

Y entonces llegó la explosión de esperanza.

—¡¡LADY NADIA!!

—¡¡LA DONCELLA CELESTIAL!!

—¡¡EL ÁNGEL DE BATALLA DE LA DESTRUCCIÓN ABSOLUTA ESTÁ AQUÍ!!

—¡¡VAMOS, CARAJOOOO!!

—¡ESTAMOS SALVADOS! ¡ESTÁ AQUÍ, DE VERDAD ESTÁ AQUÍ!

Era como ver a condenados a los que, de repente, se les concedía la salvación.

El pánico se convirtió en júbilo. Las lágrimas se convirtieron en vítores. La desesperación en sus ojos se desvaneció, reemplazada por un asombro estremecedor y un alivio incontenible.

No era solo su poder puro lo que le infundía fe a la gente.

Nadia —no, la Doncella Celestial— era más que una salvadora en el campo de batalla. Era el escudo del pueblo.

Aquella que se había mantenido firme en la encrucijada de la política y la guerra, la que se aseguraba de que la Federación no se sobrepasara y de que los poderes superiores nunca utilizaran a la gente corriente como peones.

Era una leyenda. Una guerrera. Una diplomática. Un ángel guardián con forma de mujer.

La multitud seguía llamándola por los nombres que le habían dado a lo largo de los años:

«La Valquiria de Quemadura Helada».

«La Guardiana de Meteoros».

«La Portadora de Paz».

…y muchos más.

Pero, por encima de todo, era su Nadia. La protectora de los desvalidos. La única persona que todos, hasta los niños, creían que vendría cuando más la necesitaran.

¿Y quién era la que gritaba más fuerte de todos los presentes?

Fauna.

Estaba prácticamente saltando en el sitio, agitando los brazos mientras le gritaba al cielo con ojos centelleantes.

—¡¡NADIA!! ¡¡NADIAAAA!! ¡ESTOY AQUÍ! ¡AMIGA, POR AQUÍIIII!

Agitaba ambas manos como una niña que llama a su mejor amiga en un festival, echando por la borda por completo su digna imagen de sacerdotisa.

—¡VEN AQUÍ! ¡¡VEN CONMIGO!! ¡SOY YO, FAUNAAA!

Mika no pudo evitar sonreír ante la escena. El entusiasmo de Fauna era contagioso, y era adorable, como ver a una madre intentando llamar la atención de una hija a la que no ha visto en años.

Y Nadia… de alguna manera, a pesar de estar tan alto en el cielo, en medio de la rugiente ventisca y los ecos atronadores de los impactos de meteoros, la oyó.

Y, como respuesta, dio un solo golpe de muñeca, despachando con indiferencia a los gólems restantes con otra tanda de meteoros resplandecientes que crearon cráteres en la tierra. Y entonces…

Se lanzó en picado.

Un rayo de luz rasgó los cielos y, en respuesta, los ojos de Fauna centellearon de alegría mientras se preparaba para el abrazo de su vida.

—¡SÍ! ¡SÍ! ¡YA VIENE! —chilló—. ¡VA A…!

Pero…

En un borrón, Nadia pasó volando justo a su lado.

Fauna parpadeó, conmocionada, mientras una ráfaga de viento le echaba la capa hacia atrás.

—¿Eh…?

Y entonces, para asombro de todos, Nadia no se detuvo hasta que se estrelló directamente contra Mika.

—¡Huy…!

Antes de que pudiera siquiera prepararse, Nadia lo envolvió en un apretado abrazo, levantándolo por completo del suelo y haciéndolo girar en el aire como si fueran bailarines que se reencontraban tras años de separación.

Sus brazos se cerraron a su alrededor como anillas de acero. Firmes, fuertes, pero sin aplastarlo. Le hizo dar dos vueltas antes de descender lentamente, todavía abrazándolo con fuerza.

Luego, apartando un poco el rostro, su expresión permaneció perfectamente indescifrable: fría, inexpresiva, como siempre.

Y con esa misma voz distante, casi robótica, dijo:

—Te he echado de menos, Mika… De verdad que te he echado de menos.

Cualquier otro habría parpadeado ante la contradicción.

Unas palabras tan cálidas pronunciadas con una voz tan impávida.

Pero Mika la conocía demasiado bien.

La conocía. Sabía que detrás de aquella expresión impasible había un corazón que intentaba —que luchaba— por expresarse.

Y así, sonrió con dulzura, con voz cálida mientras la volvía a rodear con sus brazos.

—Yo también te he echado de menos, Nadia —susurró—. De verdad que te he echado de menos.

Por un breve instante, sus ojos relucieron. Su mirada carmesí tembló, sus dedos lo aferraron con más fuerza y sus labios se crisparon… solo un poco.

El fantasma más tenue de una sonrisa intentó formarse, aunque no llegó a aflorar del todo.

«Sigue siendo la misma Nadia de siempre», pensó Mika con cariño.

Entonces ladeó la cabeza y la estudió más de cerca.

—¿Oh? Parece que has cambiado un poco de estilo —dijo con naturalidad.

Ella parpadeó, sorprendida. —¿Te has dado cuenta?

—Claro que sí —respondió él—. Normalmente te peinas con la raya a la izquierda, pero hoy la llevas a la derecha. Te sienta bien.

Hubo una pausa. Antes de que…

—… Gracias —dijo ella con sencillez. Luego, casi con vergüenza, añadió—: Yo también pensaba que era un gran cambio. Estaba segura de que todos en la agencia se darían cuenta. Incluso entré despacio esta mañana para asegurarme de que lo vieran.

Mika enarcó las cejas. —¿Nadie dijo nada?

—No —dijo ella, bajando la mirada ligeramente—. Ni un solo cumplido. Esperé todo el día…

No hizo un puchero —Nadia no era de las que hacían pucheros—, pero su silencio lo dijo todo. Fue un raro momento de vulnerabilidad. Uno que Mika reconoció al instante.

Pero entonces volvió a mirarlo, y algo… se ablandó en ella.

—Pero tú siempre te das cuenta —murmuró—. Incluso cuando nadie más lo hace. Ya sea un cambio en mis sentimientos o un nuevo peinado… tú siempre lo ves primero.

Y sin esperar, lo abrazó de nuevo.

Esta vez con más fuerza.

Como si él fuera lo único cálido en un mundo completamente helado; y Mika, a su vez, la abrazó con calidez, dejando que su barbilla descansara ligeramente sobre la cabeza de ella.

Para todos los demás, Nadia era la personificación del hielo y la contención… Pero Mika sabía que no era así.

Estaba llena de emociones; desbordante, de hecho.

Emociones tan intensas que la abrumaban, emociones que se había entrenado a sí misma para enterrar bajo la piel por miedo a perder el control.

Años de represión, disciplina y soledad la habían convertido en una fortaleza de compostura…, pero Mika siempre había tenido la llave de sus puertas.

Y en ese abrazo, pudo sentirlo. El afecto. El anhelo. La alegría silenciosa y sin palabras.

Pero entonces…

¡Olf! ¡Olf!

Mika parpadeó. —¿…Nadia, acabas de olerme?

Ella se apartó, con el rostro indescifrable como siempre, pero ahora sus ojos brillaban con una extraña intriga.

—Yelena no mentía —dijo con ese mismo tono monocorde, como si recitara una observación científica—. De verdad hueles a una bola de sol. Como a ropa limpia calentada por la luz de la mañana.

—¿Qué…? —Mika soltó una risa desconcertada—. ¿Una bola de sol?

Nadia no pareció oírle; de repente, levantó las manos y le acunó el rostro, con los pulgares presionando suavemente el borde de su mandíbula, ladeándole la cabeza como si estuviera inspeccionando un precioso artefacto.

—Tu rostro… —murmuró—. Ha cambiado. La mandíbula más afilada. Una ligera sombra bajo los pómulos. Te has vuelto más… guapo.

Entrecerró los ojos, solo un poco.

—También te has dejado crecer el pelo. Unos 4,5 centímetros más largo que la última vez que te vi. Has empezado a dejarlo suelto en lugar de recogértelo.

—Te queda bien —dijo con sencillez—. Muy bien.

Después, bajó un poco la mirada, recorriendo su figura.

—E incluso a través de la ropa, puedo notarlo. Has estado entrenando. Tu postura es mejor. Los hombros más anchos. La masa muscular ha aumentado ligeramente.

Dijo antes de dedicarle una mirada sutil pero tierna:

—Has crecido bastante, Mika… Me alegro de que no hayas estado descuidando tu cuerpo viviendo solo.

—Como para arriesgarme —sonrió Mika—. Conozco a cinco mujeres que tirarían mi puerta abajo y me harían comer a la fuerza si me quedara demasiado delgado. Créeme, prefiero mantenerme sano a lidiar con ese jaleo.

Ante aquello, las aletas de la nariz de Nadia se dilataron ligeramente; solo un pequeño espasmo.

Para cualquiera, habría parecido que estaba a punto de estornudar.

Pero Mika lo reconoció al instante.

Esa era su risa.

—Te estás riendo, ¿a que sí? —sonrió él con complicidad.

—No lo hago —su expresión permaneció impasible.

—Que sí lo haces.

Sus labios se crisparon, delatando el más mínimo atisbo de diversión antes de decir: —Quizás… un poco.

Pero justo cuando iba a hablar de nuevo, un débil gemido les llegó desde abajo.

—¡Mmm!~ ¡Mmmm!~ ¡Mmmmmm!~

Era un sonido suave, lastimero, como el de un cachorro abandonado bajo la lluvia.

Ambos se volvieron hacia el ruido y allí, de pie en el suelo nevado, estaba Fauna, mirándolos con los ojos como platos, llorosos, y un puchero tembloroso.

Tenía los ojos caídos y parecía genuinamente desconsolada; su expresión gritaba traición.

Al ver esta lastimosa escena, Nadia exhaló en voz baja, y el más leve suspiro de resignación se escapó de sus labios.

—Parece que… —murmuró—… hay una persona más a la que tengo que abrazar.

Descendieron flotando suavemente, aterrizando en medio de la nieve antes de que Nadia soltara a Mika y se volviera hacia la mujer malhumorada.

E inmediatamente, Fauna hinchó los mofletes, con lágrimas amenazando con derramarse mientras daba una patada al suelo.

—¡M-Me has abandonado! —sollozó con un tono quebrado, casi infantil—. ¡Me has abandonado y te has ido con Mika! ¡Estaba esperando que me abrazaras! ¡P-Pero has pasado volando por mi lado! ¡Ya no te importo!

Su voz se quebró a mitad de la última frase, convirtiéndose en un lloriqueo. La escena era tan inesperadamente adorable que varios voluntarios cercanos se quedaron paralizados de confusión, sin saber si reír o entrar en pánico.

Pero Nadia, por otro lado, no dijo nada. Simplemente dio un paso adelante y envolvió a Fauna en un abrazo suave pero firme.

—Lo siento, Fauna —dijo en voz baja—. Ha pasado mucho tiempo desde que vi a Mika. Y es que… no he podido evitarlo.

—Aun así me has abandonado —sorbió Fauna contra su hombro.

—Lo sé —replicó Nadia, todavía abrazándola—. Pero tengo algo que quizá te compense.

Fauna se apartó al instante, con los ojos muy abiertos y centelleantes.

—¿De verdad? ¿Qué es? ¡¿Qué es?!

De su abrigo, Nadia sacó una cajita blanca cuidadosamente atada con una cinta. El dulce aroma del chocolate se esparció por el aire cuando la abrió un poco. Dentro había galletas recién horneadas y bañadas en chocolate.

—Fui al sector de Feldoma hace unos días —explicó Nadia, su voz monocorde portando ahora una leve calidez—. Recordé cuánto te gustaban. Así que te traje algunas.

El aura resplandeciente de Fauna regresó al instante.

—¡¿Tú… me has traído galletas?! ¡¿Las que tienen doble cobertura de chocolate y virutas de azúcar dorado?! ¡¡Nadia, eres la mejor!!

Estaba a punto de abalanzarse sobre la caja cuando, de repente, Nadia levantó una mano y dijo con firmeza.

—Quieta, Fauna… Quédate ahí y no te muevas.

El tono era autoritario, casi como el que se usaría con una mascota muy excitable.

Cecilia, que observaba desde cerca, parpadeó.

—No se quedará quieta como un perro…, ¿verdad?

Pero, para su total incredulidad, Fauna se quedó helada al instante: espalda recta, ojos muy abiertos, cuerpo completamente inmóvil, temblando ligeramente mientras intentaba contener su emoción.

Nadia, perfectamente serena, hizo un gesto circular con la mano.

—Da una vuelta.

Y Fauna —sin dudarlo un instante— dio una vuelta sobre sí misma en el suelo nevado, como un retriever adiestrado.

Cecilia se quedó con la boca abierta.

—Ahora —dijo Nadia con calma, extendiendo la palma de la mano—. Dame la patita, Fauna.

Fauna levantó obedientemente una mano y la posó sobre la de Nadia.

Nadia asintió una vez, seria como siempre, y dijo:

—Buen trabajo, Fauna. Buena chica.

Entonces, por fin, le entregó la caja de galletas.

—Aquí tienes tu premio.

El rostro de Fauna se iluminó más que el portal que había sobre ellos.

—¡SÍ! —chilló, abrazando a Nadia y a las galletas al mismo tiempo—. ¡Gracias, gracias, gracias!

Mientras tanto, Cecilia se había quedado helada, absolutamente perpleja. Su mentora, la mujer a la que idolatraba, daba vueltas sobre sí misma como un cachorro lleno de alegría, y la estoica Doncella Celestial la recompensaba con premios.

Se inclinó hacia Mika y susurró con incredulidad: —¿Es… es esto normal?

—Por desgracia, sí —Mika dejó escapar un suspiro de resignación, pero divertido—. Fauna tiene demasiada energía de golden retriever y Nadia… pues decidió seguirle la corriente.

—¿Y a Lady Fauna… no le importa?

—¿Bromeas? —dijo Mika—. Le encanta. Consigue caricias en la cabeza, abrazos y galletas. Para ella es básicamente el paraíso.

Cecilia asintió lentamente, todavía atónita, y luego sonrió a su pesar.

—Eso es… en realidad bastante adorable.

Mientras veían a Nadia darle palmaditas suaves en la cabeza a Fauna, que prácticamente brillaba de alegría, era difícil no sonreír.

Dos mujeres capaces de arrasar montañas y cambiar biomas con un gesto estaban, en aquel tranquilo valle nevado, simplemente abrazándose, riendo y siendo… humanas.

Y para todos los que lo presenciaban, fue lo más hermoso que habían visto en todo el día.

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