Mis 3 hermosas esposas vampiro pueden oír mis pensamientos internos - Capítulo 41
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41: Familiaridad 41: Familiaridad Cornelia se giró lentamente sobre sí misma, con la respiración entrecortada y el pecho subiendo y bajando como si acabara de correr a través del fuego.
El campamento a su alrededor tenía un aspecto anómalo.
Demasiado silencioso.
Demasiado sangriento para la vista.
Había cuerpos esparcidos por donde la batalla había arrasado, figuras acorazadas desparramadas en la tierra, armas semienterradas, estandartes rasgados y oscurecidos por la sangre.
El aire aún conservaba el denso olor a sangre y a maná calcinado, y cada vez que inhalaba, la cabeza le palpitaba con más fuerza, como si algo dentro de su cráneo intentara salir a zarpazos.
—¿Caín?
—lo llamó, con la voz ronca, quebrándosele en la segunda sílaba.
Nadie respondió.
Solo el quedo gemido del viento que pasaba entre tiendas de campaña destrozadas y picas partidas.
El corazón le dio un vuelco.
Lo último que recordaba con claridad era la ira.
Una ira roja y abrumadora que se lo había tragado todo.
Humanos.
Luz sagrada.
Un dolor que no dejaba de arañarle la piel.
Después de eso, no había más que fragmentos, imágenes borrosas que se negaban a ordenarse.
Habían tomado a Caín como rehén.
Eso lo sabía con una certeza aterradora.
Cornelia avanzó tambaleándose, con sus botas crujiendo sobre piedras rotas y sangre seca.
Forzó sus piernas a moverse más rápido, escudriñando cada rostro inconsciente que encontraba.
Caballeros de Sangre.
Élites de la Vanguardia.
Algunos respiraban superficialmente; otros, apenas.
Ninguno de ellos era Caín.
—Caín —volvió a llamarlo, ahora más fuerte, el pánico filtrándose en su voz a pesar de su esfuerzo por mantenerla firme—.
Contéstame.
Algo se le retorció en el interior.
Un miedo intenso y desagradable que no había sentido en siglos.
Se llevó una mano al pecho, hundiendo los dedos en la armadura como si eso pudiera evitar que su corazón se hiciera pedazos.
¿Dónde estás?
Su mirada saltaba de cuerpo en cuerpo.
Cada figura caída le cortaba la respiración.
Cada silueta desconocida le enviaba una punzada de pavor por la espina dorsal.
Se movió más rápido, ignorando cómo se le nublaba la vista, ignorando el zumbido en sus oídos que se hacía más fuerte a cada paso.
Detrás de ella, despatarrado torpemente contra un carro de suministros derruido, Caín yacía muy quieto.
«Mujer, zorra, no me busques.
Estoy cansado.
Me hiciste moverme demasiado.
Después de que quedaras inconsciente, estabas gravemente herida.
¿Sabes lo frenético que me puse buscando sangre para curarte?
Y peor aún, como estabas herida, mi cuerpo me castigó con hambre.
Me vi obligado a cazar a los dos Emperadores debiluchos de dos planos solo para estabilizar las cosas.
Y casi me besas.
Boca a boca.
No te acerques.
Todavía no estoy de humor», pensó, con los ojos cerrados con fuerza y el cuerpo deliberadamente relajado.
Cornelia se quedó helada a medio paso.
Sus ojos se abrieron ligeramente y sus dedos se curvaron a los costados.
¿Se había quedado inconsciente?
¿El Emperador Hormiga Quimera?
Sus pensamientos se enredaron y los recuerdos volvieron a su mente de golpe, como una presa rota.
Lluvia de sangre.
Gritos.
Dos presencias aterradoras que rugían de furia desde el cielo.
Una barrera carmesí.
La risa de Caín resonando en el cielo.
Sintió un vuelco en el estómago.
¡Lo vi todo!
Debido a su nueva Sangre de Superdios, cuando estaba enfurecida sus instintos se agudizaban, incluso si el enemigo estaba lejos.
Tragó saliva y se obligó a respirar lenta y cuidadosamente, controlando su expresión.
Si Caín estaba pensando así, significaba que estaba cerca.
Vivo.
Escondido.
Bien.
Muy bien.
Cornelia se giró, llevándose una mano a la sien de forma dramática.
—Ah… mi cabeza —murmuró, elevando la voz lo suficiente para que se oyera—.
No recuerdo nada.
¿Cómo ha ocurrido esto?
Hubo una pausa.
Entonces, Caín gimió débilmente desde algún lugar a su izquierda.
—Por supuesto que no —dijo, con la voz tensa, entrecortada y perfectamente modulada para sonar herido—.
Es por los traidores.
Cornelia se volvió hacia el sonido, con los ojos muy abiertos y los labios entreabiertos.
Entonces lo vio, semicaído contra unos escombros, con un brazo colgando sin fuerzas y sangre manchando su ropa.
Tenía un aspecto terrible.
Pálido.
Frágil.
Exactamente lo contrario del monstruo sobre el que susurraban sus recuerdos.
Pero entonces su corazón se encogió dolorosamente de repente.
—¿Traidores?
—repitió en voz baja, acercándose.
Caín tosió y asintió, apartando la vista de ella con un esfuerzo visible.
—Tu grandísimo Capitán Cedrick —dijo con amargura—.
Los nuevos reclutas que trajo a los Caballeros de Sangre Sombraluna.
Liberaron a los humanos.
Dejaron que te atacaran para medir la fuerza de la familia.
Cornelia frunció el ceño.
—Intentaron secuestrarme —continuó Caín, la ira colándose en su tono—.
Y lo que es peor, usaron una maldición contra mí.
Una maldición.
Contra mí.
Fue una estupidez.
Tengo inmunidad natural.
Soy un Superdios.
Naturalmente, les salió el tiro por la culata y los hizo volar por los aires.
Suspiró profundamente, desplomándose de nuevo.
—Fue estresante.
Muy estresante.
La visión de Cornelia se nubló mientras los recuerdos volvían a encajar por completo.
Caín de pie ante ella.
Caín sangrando.
Caín extendiendo la mano hacia ella incluso cuando perdía el control.
Su mano en su mandíbula.
Sangre tibia en su lengua.
La forma en que su ira se había desvanecido en un instante.
Las lágrimas brotaron de sus ojos antes de que pudiera detenerlas.
—Yo… yo lo vi —susurró para sí, con la voz temblorosa—.
Incluso cuando estaba rugiendo, lo vi todo.
La mirada de Caín se tornó impaciente, ¿por qué no decía nada?
—Me salvaste —dijo ella, con los ojos brillantes mientras se acercaba—.
Saliste herido por mi culpa.
La culpa la arrolló como una ola.
Sintió que le flaqueaban las rodillas.
Inclinó la cabeza, apretando los puños a los costados.
—Lo siento —dijo, con las palabras entrecortadas—.
Volví a perderme.
No deberías haber tenido que…
Se detuvo, con las mejillas ardiendo al aflorar otro recuerdo.
Lo cerca que habían estado sus rostros.
Cómo se había inclinado hacia él sin pensar.
Se le enrojecieron las orejas.
Pero lo ocultó.
Tras sus ojos entrecerrados, Caín sentía curiosidad.
Antes de que pudiera responder, una oleada de quejidos recorrió el campamento.
Uno a uno, los Caballeros de Sangre de Vanguardia empezaron a moverse.
Una mano enguantada se crispó.
Un yelmo rodó a un lado.
Un soldado tosió violentamente y escupió sangre en la tierra.
—¿Qué… qué ha pasado?
—carraspeó un caballero, incorporándose con un esfuerzo visible.
—Recuerdo la luz sagrada —murmuró otro—.
Y luego dolor.
Dioses, mi cabeza.
—¿Hemos perdido?
—preguntó un tercero, con el pánico apoderándose de su voz.
Cornelia se enderezó de inmediato, secándose los ojos e imponiendo calma en su postura.
Se giró hacia ellos, y la autoridad la cubrió como un manto.
—No, una bestia que pasaba por aquí —dijo ella con voz neutra—.
Una muy poderosa liberó una onda de choque.
Quedasteis todos inconscientes.
Los caballeros parpadearon, confusos, pero un destello de alivio cruzó sus rostros.
—¿Una bestia?
—repitió uno—.
Entonces… ¿los humanos?
—Se han ido —dijo Cornelia con simpleza.
Eso fue suficiente.
Nadie hizo más preguntas.
Estaban demasiado exhaustos, demasiado maltrechos, demasiado agradecidos de estar vivos.
Mientras se esforzaban por ponerse en pie, los murmullos se extendieron por las filas.
Alivio.
Confusión.
Asombro.
Entonces Cornelia se dio la vuelta, y su mirada escudriñó el campamento una vez más.
—Mi esposo —dijo ella.
Todos los caballeros se quedaron helados.
—¿Esposo?
—repitió alguien.
No se dio cuenta del respingo de Caín.
—Encontradlo —ordenó Cornelia bruscamente—.
¿A qué esperáis?
Moveos.
El campamento estalló en un frenesí de actividad.
El corazón de Caín dio un brinco.
Joder.
Joder.
Intentó encogerse, parecer más pequeño, pero ya oía el crujido de unas botas que se acercaban.
Qué más da.
Inspiró hondo, forzó su cuerpo a temblar y se irguió, avanzando a trompicones.
—Cornelia —graznó, con la voz quebrada—.
Cornelia…
Ella se giró al instante.
—¡Caín!
Dio tres pasos vacilantes y luego tropezó, cayendo hacia adelante.
Cornelia corrió hacia él, con el metálico sonido de su armadura, pero antes de que pudiera atraparlo del todo, Caín cayó de rodillas y le rodeó las piernas con los brazos, aferrándose a ella con fuerza como si fuera lo único que lo mantenía entero.
—Pensé que iba a morir —sollozó, hundiendo el rostro en sus piernas—.
Estaba tan asustado.
Me arrastraron.
No podía moverme.
No paraba de pensar que no volvería a verte jamás.
Cornelia se quedó paralizada y luego, lenta y cuidadosamente, le puso una mano en la cabeza.
Le dolió el pecho.
—Estoy aquí —dijo ella en voz baja—.
Estás a salvo.
De repente, Caín y todos los demás se quedaron de piedra.
¡¿Pero qué demonios?!
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