Mis 3 hermosas esposas vampiro pueden oír mis pensamientos internos - Capítulo 58
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58: Nueva confianza 58: Nueva confianza Vance se apartó a un lado, con el pecho henchido y la barbilla en alto a pesar de la hinchazón de su rostro.
Ver a Sevette liberar su maná lo llenó de un feroz orgullo que ahogó el dolor persistente.
Esa era su prometida.
Esa era la mujer de la que todos susurraban en la capital.
Incluso entre los nobles, incluso entre los genios, ella sin duda estaba en la cima.
El apogeo de la duodécima etapa del reino de la Infusión de Sangre.
A su edad, y con su origen, esto no era otra cosa que una genialidad.
Apretó los puños, con los ojos brillantes.
«Por supuesto que es así», pensó.
«Por supuesto que es fuerte.
Padre siempre dijo que nació de una madre Vampiro Marqués, por eso la eligió como mi prometida.
Cualquiera que se atreva a desafiarla solo está pidiendo que lo humillen».
Dirigió una mirada a Cornelia con un desprecio apenas disimulado.
Una hija de los Sombralunar, pero solo con la sangre de un débil Barón.
¿Cómo podría si quiera compararse?
Sin embargo, a pesar de que el orgullo lo invadía, algo no andaba bien.
Sevette no le devolvió la mirada.
Ni una sola vez.
Era como si él no estuviera allí.
Como si el hombre que acababa de ser molido a golpes, el hombre que se suponía que era su futuro marido, se hubiera desvanecido hasta convertirse en nada más que ruido de fondo.
Vance abrió la boca, queriendo decir algo, queriendo recordarle que todavía estaba allí, que seguía siendo importante, que aún era digno de su atención.
Pero los ojos de Sevette estaban fijos en otro lugar.
En Caín.
Caín, por su parte, parecía tranquilo, casi aburrido.
Su postura era relajada, los hombros sueltos, las manos descansando a los costados.
Para cualquier otra persona, parecía un novato debilucho atrapado en medio de un enfrentamiento entre dos mujeres poderosas.
En su interior, sus pensamientos se movían con rapidez.
«Esta chica, Sevette… su talento no está nada mal».
La evaluó con calma, de la misma forma en que un dios observaría a un prometedor mortal.
Su control del maná era preciso.
Su base era estable.
Su aura no se escapaba, lo que significaba que había entrenado con esmero, no de forma imprudente.
Su comportamiento denotaba confianza sin ser frenético, e incluso su arrogancia era refinada en lugar de vulgar.
«Comparada con las tres hermanas», admitió Caín en silencio, «su talento está muy por encima… Muy por encima de las tres».
«También tiene buen temperamento», añadió, divertido.
«Aunque está claro que es una arpía».
Ese simple pensamiento hizo que el corazón de Cornelia diera un vuelco.
Se tensó ligeramente, su expresión no cambió de cara al exterior, pero algo se le oprimió dolorosamente en el pecho.
Podía oír sus pensamientos.
Cada comentario casual.
Cada juicio despreocupado.
Muy por encima.
Esas palabras resonaron.
Cornelia conocía su propio nivel mejor que nadie.
La décima etapa del reino de la Infusión de Sangre.
Dos etapas por debajo de Sevette.
En un reino donde cada etapa era una subida empinada, dos etapas bien podían ser un muro.
Si de verdad lucharan… ella perdería.
Sus dedos temblaron ligeramente antes de que los cerrara en puños.
«¿Debería aceptar?», se preguntó.
Los celos se abrieron paso antes de que pudiera detenerlos, amargos y punzantes.
Las hermanas Sombralunar habían crecido con más recursos que la mayoría.
Después de todo, su padre era un Barón.
Desde joven, tuvo acceso a cristales de sangre, instructores y técnicas con las que los nobles comunes solo podían soñar.
Y, sin embargo…
Cornelia recordó las noches en que entrenaba hasta que le temblaban las extremidades.
Las mañanas en que se despertaba tosiendo sangre porque había forzado demasiado su circulación.
Recordó desplomarse en las salas de práctica, con los dientes tan apretados que le dolía la mandíbula, obligándose a ponerse en pie de nuevo porque se negaba a quedar por detrás de sus hermanas.
Recordó los largos años que le llevó alcanzar apenas la séptima etapa.
Cada avance había venido acompañado de dolor.
Cada progreso lo había pagado con sudor, miedo y un orgullo obstinado.
«He trabajado muy duro», pensó, con el pecho oprimido.
«De verdad que sí».
Y aun así, Sevette estaba por encima de ella.
La inseguridad la carcomía, susurrándole cosas crueles.
«Quizá no eres suficiente.
Quizá nunca lo fuiste».
Entonces Caín suspiró.
Fue un suspiro suave, apenas audible, pero para Cornelia resonó con fuerza.
«Qué lástima», pensó Caín.
«Puede que esta arpía de Sevette tenga talento, pero ha elegido el desafío equivocado».
A Cornelia se le cortó la respiración.
La mirada de Caín se desvió hacia ella, solo una fracción de segundo, lo suficiente para que ella lo sintiera.
Sus pensamientos continuaron, tranquilos y casi indiferentes.
«Desafiar a una vampiro que se nutre de un pacto de sangre conectado a un Superdios como yo… ¿no es una estupidez?».
Los ojos de Cornelia se abrieron de par en par.
Por una fracción de segundo, todo lo demás desapareció.
El ruido.
La presión.
El aura abrumadora de Sevette.
Casi lo había olvidado.
Él es un Superdios.
Su sangre.
Su cuerpo.
Sus mismos cimientos estaban ligados a él.
Nutrida por su poder, fortalecida por un pacto que trascendía la comprensión mortal.
«Incluso si alcanzaras la cima del reino de la Condensación de Sangre», continuaron los pensamientos de Caín, «no serías capaz de herir a una de mis esposas.
Y lo que es peor, aunque una de ellas liberara un poco de maná de sangre, te derrumbarías en un segundo».
Suspiró de nuevo, como si estuviera genuinamente decepcionado.
El corazón de Cornelia comenzó a palpitar con fuerza.
La confianza la inundó en una oleada tan repentina que la mareó.
No era arrogancia.
Algo más profundo.
Algo más firme.
Se enderezó.
En ese momento, Sevette volvió a hablar, su voz cortando el denso ambiente.
—Pareces dubitativa —dijo Sevette, con ojos penetrantes mientras estudiaba a Cornelia—.
Déjame decirte algo.
Dio un paso adelante, su maná pulsando de forma constante, controlada pero abrumadora.
—No alcancé este nivel por suerte —dijo Sevette—.
Entrené hasta que me ardieron las venas.
Luché contra oponentes más fuertes que yo y aprendí a sobrevivir.
Superé barreras que la gente decía que eran imposibles.
Su voz estaba cargada de convicción, de un orgullo forjado en la adversidad.
—Se burlaron de mí.
Me pusieron a prueba.
Me hicieron a un lado por mi origen.
Porque era mujer.
Porque la gente pensaba que solo me apoyaba en mi talento.
Rió por lo bajo, pero no había humor en su risa.
—Cada etapa que he escalado me la he ganado.
La presión a su alrededor se intensificó ligeramente, haciendo que los guardias apretaran los dientes.
—Así que dime —continuó Sevette con los ojos brillantes—.
—¿Te atreves a luchar contra mí?
Sus labios se curvaron hacia arriba, y la confianza rezumaba de cada una de sus palabras.
—Puedes negarte —añadió con calma—.
Pero no cambiará nada.
Con mi talento, mi padre ascenderá.
Nuestra casa prosperará.
Y cuando eso ocurra, me quedaré con Caín de todas formas.
Su mirada se desvió brevemente hacia él, posesiva y sin reparos.
—Es inevitable.
Caín parpadeó.
«Ah… ¡mierda!».
«Espero que cambien la forma de competir, y que no sea por la fuerza».
De repente, sacudió la cabeza.
«No debería pensar en negativo.
Mi esposa aún no sabe que está muy por encima de esta arpía.
Puede asustarse con el nivel de dominio del maná que ha mostrado Sevette».
Casi suspiró en voz alta.
Había pensado que esta podría ser por fin su vía de escape.
Una ruptura limpia.
Un escándalo lo bastante grande como para hacer añicos el matrimonio.
«Quién iba a pensar que esta chica sería tan necia».
La impotencia se apoderó de él, una sensación rara e inoportuna.
No porque temiera a Sevette, sino porque ya podía ver en qué dirección iba todo aquello.
Cornelia alzó la barbilla.
La inseguridad había desaparecido, consumida por algo más feroz.
—¿Oh?
—dijo Cornelia en voz baja, mientras una lenta sonrisa se dibujaba en su rostro—.
¿En serio?
Sevette frunció el ceño ligeramente, percibiendo el cambio desconocido.
Cornelia dio un paso al frente.
—Luchemos entonces —dijo con claridad—.
Acepto tu desafío.
El pasillo pareció congelarse.
Vance se quedó mirando, con los ojos desorbitados.
—¿Qué?
Los guardias intercambiaron miradas de pánico.
Caín sintió que algo se le retorcía por dentro.
«¡Mierda!
¡Mierda!
Esta chica está curtida en la batalla.
Nunca rechaza un desafío».
El aura de Cornelia comenzó a agitarse, no de forma explosiva ni salvaje, sino con un ritmo profundo y constante.
Se sentía diferente a como era antes.
Más densa.
Más afilada.
Sevette entrecerró los ojos.
—¿Así que de verdad crees que tienes alguna oportunidad?
—preguntó Sevette.
Cornelia le sostuvo la mirada sin inmutarse.
—Hablas mucho para alguien que ni siquiera ha empezado.
Caín las observaba, con una expresión indescifrable.
En su interior, sus pensamientos eran de impotencia.
«¡Maldita sea!».
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