Mis Esposas son Hermosas Demonias - Capítulo 309
- Inicio
- Todas las novelas
- Mis Esposas son Hermosas Demonias
- Capítulo 309 - Capítulo 309: ¿Qué pasó con el casi apocalipsis?
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 309: ¿Qué pasó con el casi apocalipsis?
Vergil se apoyó en el borde del balcón del colosal edificio, con los brazos cruzados mientras observaba las chimeneas a lo lejos vomitar un humo denso hacia el cielo carmesí del Mundo Demoníaco. Las tuberías cruzaban avenidas recién pavimentadas, y estructuras metálicas brotaban como hongos entre los restos de ruinas encantadas. El sonido del progreso resonaba como un corazón metálico latiendo en el pecho de la ciudad.
—Esto parece una revolución industrial. Como la de Francia —comentó, siguiendo con la mirada a un demonio que trabajaba de albañil en una obra cercana.
Sepphirothy estaba a su lado, apoyada en la barandilla de adamantina negra, dando una calada a un cigarrillo con una de esas advertencias de cáncer de pulmón que todo el mundo ignora. Llevaba un vestido negro ceñido a sus curvas, innegablemente sexi. Su mirada se perdía en el horizonte con el aire cansado de alguien cuya mente vagaba muy lejos de allí.
—Están evolucionando. Tienen que hacerlo. Un crecimiento rápido, caótico, inevitable. El caos intentando caminar en línea recta —murmuró, exhalando el humo con la gracia exhausta de una diosa que había visto civilizaciones nacer y arder mil veces.
Vergil enarcó una ceja. —¿Y esa cosa de allí? ¿Esa monstruosidad colosal con pinchos en medio de la ciudad? Parece una torre gótica con un complejo penitenciario.
Sepphirothy dio una larga calada, entrecerrando los ojos. —Es una prisión. Con el aumento de la población y la influencia, ya no puedes mantener el orden solo con miedo y cotilleos. Tienes que institucionalizar el castigo…, darle al terror una cara civilizada.
Vergil la miró de reojo. —¿Así que esto es lo que estabas gestionando mientras desapareciste?
—Parte de ello —respondió ella, inmóvil, como si la brisa se llevara sus pensamientos muy lejos—. Organizar jerarquías, gestionar revueltas, interferencias externas, administrar nuevas leyes… Algunas reuniones con Archiduques despistados. Y algunos… asuntos personales.
Vergil se le quedó mirando unos segundos y, luego, con una expresión neutra, le arrebató el cigarrillo de los labios y lo lanzó fuera del balcón con un rápido movimiento.
Sepphirothy giró la cabeza tan lentamente como una antigua puerta al abrirse con un chirrido. Sus ojos siguieron la trayectoria del cigarrillo como si estuviera viendo a un ser querido ser empujado por un acantilado. Dio tres vueltas en el aire antes de caer en espiral, desapareciendo con un leve «puf» luminoso.
Parpadeó. Su mandíbula tembló ligeramente. —Mi… cigarrillo…
Vergil sonrió con sorna. —¿Vas a hablar conmigo o vas a seguir escondiéndote tras el humo y las frases cortas?
Ella respiró hondo. Del tipo que mueve placas tectónicas. Se pasó una mano por la cara lentamente, como si intentara raspar siglos de agotamiento adheridos a su piel.
—Has crecido demasiado, ¿sabes? —murmuró, sin su sarcasmo habitual.
—Crecí en el vacío que dejaste —replicó él. No había amargura en su voz, solo un tono seco y objetivo.
Sepphirothy le dio la espalda al paisaje urbano. Sus ojos se encontraron con los de él por un instante, y en ese momento pareció menos un Demonio Primordial y más una madre que cargaba con el peso de diez mundos sobre sus hombros.
—Estoy cansada, Vergil —admitió, apenas por encima de un susurro, como si cada sílaba tuviera que ser arrancada de algún lugar al que ni siquiera ella sabía ya cómo llegar.
Vergil guardó silencio un momento. El tipo de silencio que no pesa, sino que acoge. Luego la miró, con los ojos firmes, despojados de ironía.
—Entonces no hagas nada —dijo él con sencillez, como si la respuesta hubiera estado ahí todo el tiempo—. Siéntate. Respira. Déjame alejarte de todo esto, aunque solo sea por una noche.
No respondió. Solo dejó escapar un largo y prolongado suspiro, como si intentara exhalar siglos de expectativas entre dientes.
Él continuó, con un tono más ligero ahora, intentando aliviar el peso invisible que ella cargaba.
—Sinceramente, sé que hay cosas que no quieres contarme. Y está bien. No voy a insistir. Pero… ¿de verdad te sigue importando todo esto? —hizo un gesto hacia la ciudad, los edificios, los engranajes cósmicos que giraban sin descanso—. O sea, te veo menos ahora que cuando hacías turnos dobles en el Pizza King. Y en ese entonces tenías tres ojos y manejabas diez pedidos a la vez.
Soltó una risita, intentando arrancarle aunque fuera la más leve de las sonrisas. Pero lo único que consiguió fue otro de esos suspiros, del tipo que se sentía más pesado que un planeta muerto.
Vergil la observó unos segundos, y entonces un pensamiento lo asaltó, como una cuchilla demasiado fina para ser vista, pero lo bastante afilada como para cortar profundo:
«Nací de su esencia. Y desde que despertó de nuevo ese lado demoníaco… se ha distanciado. Fría. Metódica. Casi como si intentara protegerme de algo. O peor… como si yo fuera la razón de ello».
Aun así, sonrió. No por sarcasmo, sino con ternura. Del tipo que solo pueden ofrecer los hijos que han visto la guerra en los ojos de su madre.
Con delicadeza, le tocó la cara. Su piel —la misma que podía resistir meteoritos y dioses vengativos— tembló bajo la tierna mano de su hijo. Por un momento, el tiempo no se detuvo porque tuvieran que luchar… sino porque al fin era seguro sentir.
—¿Quieres que vayamos a por pizza? —dijo en un tono casi infantil, como si la estuviera invitando a saltarse una clase con él.
Sepphirothy parpadeó. Esos ojos, antiguos y eternos, titilaron, como si intentaran recordar qué se sentía al decir que sí a algo sencillo.
Cerró los ojos. Una comisura de sus labios por fin se alzó.
—Solo si es esa que odias. Con piña y beicon —murmuró, con la voz áspera por un sentido del humor sepultado.
Vergil fingió ofenderse. —¿Eres un monstruo, sabías?
—Yo soy el monstruo, cariño —dijo ella, empezando ya a caminar a su lado, su capa ondeando con un poco menos de peso.
—Ah, cierto. Verdad. —Vergil hizo una pausa, con los brazos cruzados y los ojos entrecerrados con curiosidad—. Entonces… ¿a dónde enviaste a Raphaeline y a Cabernet después de nuestro pequeño incidente casi apocalíptico?
Sepphirothy no lo miró directamente, solo soltó una risita suave y maliciosa, como si recordara un chiste interno muy bueno.
—¿Ah, ellas? Están… aprendiendo el valor de la sana convivencia —respondió con una dulzura tan forzada que era prácticamente una provocación.
Vergil enarcó una ceja. —¿Las encerraste, verdad?
—«Prisión» es una palabra muy fea —replicó ella con una sonrisa peligrosamente encantadora—. Prefiero decir que están asistiendo a un retiro obligatorio de crecimiento emocional.
—…Encarcelaste a las reinas demonio.
—En una celda mágica con barreras antiteletransporte, runas de contención y un encantamiento que pone música de ascensor si empiezan a pelear. Pero mira el lado bueno: es una gran publicidad. —Abrió los brazos teatralmente, como si desvelara un escenario—. Incluso las reinas demonio pueden ser encarceladas. Da una buena imagen de que «nadie está por encima de la ley», ¿sabes? Democracia infernal.
Vergil se la quedó mirando con una mezcla de fascinación y exasperación. —Literalmente convertiste un acto de venganza personal en propaganda estatal.
—Gracias —dijo ella, fingiendo emocionarse y dándose golpecitos en el pecho—. Hago lo que puedo.
—¿Y cuál es el plan? ¿Tenerlas encerradas hasta que aprendan a abrazarse sin provocar un colapso dimensional?
[Celda Arcano-Correctiva, Ciclo 2, Día 4] (O, como escribió Cabernet en el diario: «El día que consideré convertirme en vapor solo para dejar de oír la voz de Raphaeline».)
La celda tenía todo lo que una prisión infernal reformista como es debido necesitaba: muros encantados con runas brillantes, cero privacidad, una mesa de centro forjada con huesos de basilisco reciclados y, por supuesto, el maldito diario de convivencia, que se reescribía solo cada vez que alguien intentaba mentir.
Cabernet yacía boca arriba sobre una especie de colchón místico flotante, haciendo girar una pluma entre sus dedos por puro aburrimiento. Raphaeline, sentada con las piernas cruzadas en la esquina opuesta de la celda, escribía con esmero en el diario con una caligrafía tan perfecta que rozaba lo exasperante.
—¿Has escrito que yo empecé la pelea? —dijo Raphaeline de repente, sin levantar la vista.
—Tú la empezaste —replicó Cabernet con el tono de quien ha perdido la discusión cien veces y ya no le importa.
—¡ME LLAMASTE REINA FALSA! —espetó Raphaeline, con la pluma temblándole en la mano.
—¿Acaso mentía? —Cabernet enarcó una ceja—. Tú heredaste el trono. Yo gané el mío con sangre. Literalmente.
—¡Robaste tu trono después de envenenar a tu hermana durante la ceremonia de coronación!
—Detalles. —Cabernet chasqueó la lengua, fingiendo pulirse las uñas con el borde de la pluma—. La política va de resultados.
Raphaeline dejó caer el diario con un suspiro dramático. —¿Por qué eres tan insoportable?
Cabernet esbozó una sonrisa perezosa. —Porque funciona.
Silencio.
Entonces se activó el encantamiento ambiental: una versión instrumental, lenta y repetitiva, de «Canciones para Banquetes Formales: Volumen II» empezó a resonar desde las paredes de la celda.
Ambas se estremecieron.
—Maldita sea —masculló Cabernet—. La runa se ha vuelto a activar. El encantamiento de tensión hostil…
—Cinco minutos de música de ascensor infernal —gruñó Raphaeline, tapándose los oídos.
—Podrías admitir que te equivocas —dijo Cabernet, intentando sonar despreocupada mientras la cordura se le escapaba por los oídos.
—¡PODRÍAS DEJAR DE RESPIRAR POR LA NARIZ COMO UNA ARPÍA CON SINUSITIS!
—…Vaya. Eso ha sido creativo. Casi me ofendes.
La música subió de volumen.
Ambas se desplomaron en el suelo al mismo tiempo, con los brazos extendidos, mirando fijamente el techo encantado.
—Voy a perder la cabeza —murmuró Raphaeline.
—Ya la perdiste —replicó Cabernet—. Ahora solo es un descenso a niveles más profundos.
Silencio.
Hasta que Raphaeline dijo:
—…¿Sabes dibujar?
Cabernet giró la cabeza, recelosa. —¿Y ahora qué? ¿Vas a retarme a un duelo de garabatos?
—No. Es solo que… el diario exige un dibujo al día… —Señaló la página mágica, donde habían aparecido letras llameantes:
«Usad el arte para mostrar cómo os sentís la una por la otra hoy».
Cabernet suspiró. Agarró la pluma. Garabateó algo con furia. Luego lo levantó: un pequeño demonio vomitando arcoíris mientras sostenía un cartel que decía «Lo estoy intentando».
Raphaeline se lo quedó mirando, sorprendida… y soltó una pequeña risa. Una de verdad.
—Es bastante mono —admitió.
—Lo sé —dijo Cabernet, arrojando la pluma de vuelta a la mesa—. Soy un genio. Ahora dibuja tú.
Raphaeline pensó un momento. Luego dibujó un corazón roto… siendo cosido con una aguja en llamas.
Cabernet se lo quedó mirando unos segundos. Luego asintió levemente.
—Vale. Puntos por el dramatismo visual.
Se quedaron en silencio un rato más.
La música se detuvo.
Cabernet cerró los ojos. —Quizá no tengamos que odiarnos todos los días.
—Quizá… —murmuró Raphaeline, arreglándose el pelo—, …pero mañana será otro día.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com