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Mis Esposas son Hermosas Demonias - Capítulo 334

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Capítulo 334: Último día en prisión (2.ª parte)

La habitación era fría y húmeda, con paredes desconchadas por el tiempo y un olor ácido que parecía emanar del propio hormigón.

Era allí donde los pocos prisioneros «liberados» recibían de vuelta los restos de su dignidad: empaquetados en cajas pálidas y acompañados de miradas recelosas.

«Esa loca… Dijo que hizo esta prisión, pero solo reutilizó algún lugar… mentirosa». Vergil pensó en su madre, que había dicho que había «Creado» este lugar.

Vergil entró en la habitación con paso firme. El guardia que lo había escoltado hasta allí mantenía la distancia, como si el simple hecho de acercarse a él violara algún pacto de supervivencia silencioso.

Detrás del mostrador de piedra, un demonio esquelético de seis ojos y dos pares de manos nerviosas consultaba los registros. Le temblaban ligeramente los dedos mientras leía, como si cada línea del pergamino registrara un pecado diferente.

—Lucifer… Celda 13… Pabellón 9… —El empleado tragó con fuerza—. Objetos personales devueltos según registros. Un sobretodo negro, tejido sintético infernal, categoría de alta resistencia. Ropa original: pantalones y camisa negros. Sin armas. Sin accesorios mágicos.

Con manos temblorosas, el demonio empujó una pequeña caja de metal por el mostrador. Vergil la abrió despacio, como si ya supiera lo que iba a encontrar. Sacó la camisa, se la puso sobre su uniforme naranja desgarrado y, por último, se puso el sobretodo. La prenda se deslizó por sus hombros como si añorara estar allí: pesada, elegante, casi viva.

Cerró los ojos un breve instante tras ponerse el sobretodo. Respiró hondo. No como si necesitara aire, sino como si estuviera aceptando la vuelta de un viejo papel.

Entonces se encaró con el demonio del mostrador.

—¿Eso es todo? —preguntó Vergil, con una leve sonrisa en la comisura de los labios—. ¿Sin recuerdos? ¿Ni siquiera una esposa de recuerdo?

El empleado rio nerviosamente. —S-solo sus objetos registrados, señor. Es el p-protocolo…

Vergil dio dos pasos al frente. El demonio se paralizó. La runa de seguridad sobre la puerta brilló un instante, activada automáticamente por el miedo, no por un peligro real.

Vergil se inclinó ligeramente sobre el mostrador, con esa misma mirada vacía y curiosa que hacía temblar hasta a las sombras.

—Sabes… —empezó, con naturalidad—, en ciertas prisiones americanas, al menos te dan un café y un cigarrillo cuando te sueltan. ¿Aquí? Ni siquiera un «gracias por no matar a nadie». Vergonzoso.

El demonio rio. Una risa aguda y nerviosa que murió en su garganta cuando Vergil ni parpadeó.

—Relájate —dijo Vergil, irguiéndose—. Solo sigues vivo porque es demasiado pronto para que vuelva a enfadarme.

El guardia de la puerta se quedó quieto. Rígido. Un bloque de miedo disfrazado de disciplina.

Vergil lo miró y, sin dejar de sonreír, comentó:

—Estás más quieto que un PNJ en una cinemática… —comentó Vergil con desdén, lanzándole una mirada perezosa al guardia que tenía delante—. Tranquilo, no voy a pegarte… a menos que me lo pidas muy educadamente.

El guardia no respondió. Ni siquiera parpadeó. Sus ojos abiertos de par en par tras el visor mágico lo decían todo: estaba petrificado.

Vergil dejó escapar un suave suspiro mientras se ajustaba el cuello del sobretodo negro que acababa de ponerse; ahora limpio, intacto, con el ajuste impecable de quien usa su propia presencia como un arma.

—Ahora… vuelvo a ser yo —murmuró, como si el acto de ponerse esa prenda fuera el último clavo en el ataúd del mundo que lo había aprisionado.

Entonces se giró y señaló con el pulgar el collar mágico que le rodeaba el cuello: grueso, lleno de runas de sellado que palpitaban en un rojo oscuro como heridas abiertas.

—¿Y qué pasa con esto? ¿No van a quitármelo?

El guardia tragó saliva. —E-el Señor Amon… dijo que… que usted se lo quitaría solo…

Vergil enarcó una ceja, como si hubiera escuchado un chiste de gusto cuestionable.

—Por supuesto que sí.

Se llevó la mano al collar.

Sin hechizos. Sin rituales. Sin palabras mágicas.

El collar explotó con un crujido seco, despidiendo chispas arcanas y un siseo que hizo temblar la sala. Los fragmentos del metal encantado cayeron sobre el mostrador, delante del guardia, que estuvo a punto de dar un paso atrás, pero se contuvo por puro instinto de supervivencia.

Vergil hizo crujir su cuello, como si acabara de librarse de un molesto picor.

—Listo. Libre. De nuevo —dijo, mientras dejaba con desdén los restos del collar sobre el mostrador—. Buena suerte, colega. Espero que tu paga merezca el trauma.

Luego se giró sin prisa y caminó por el pasillo como si no estuviera abandonando una prisión, sino saliendo de un descanso.

La puerta principal de la prisión se abrió con un crujido que sonó más a suspiro de alivio del mismísimo Infierno. Fuera, la oscuridad parecía respirar: pesada, viva, casi reverente.

Vergil cruzó el umbral con paso tranquilo, con las manos en los bolsillos de su recién recuperado sobretodo y una expresión de aburrimiento, como si saliera de una sala de espera y no de una celda de máxima seguridad en el propio Infierno.

—Me siento como en el tráiler de un juego famoso —masculló.

Pero no dio ni dos pasos antes de percatarse.

El aire vibró.

Un segundo de silencio.

Y entonces, un choque. Movimiento. Impacto.

Tres presencias aparecieron como relámpagos, rasgando la cargada atmósfera con una velocidad absurda. Antes de que nadie pudiera reaccionar —antes incluso de que Vergil pudiera terminar un pensamiento sarcástico— fue envuelto, aplastado y prácticamente lanzado hacia atrás por un trío que parecía más una tormenta emocional cargada de pura fuerza bruta.

Ada lo abrazó primero, rodeándole el torso con los brazos y hundiendo la cara en su pecho como si quisiera asegurarse de que era real. Roxanne vino justo después, aferrándose a su cintura como un ancla, sin aliento, con el corazón desbocado, los ojos húmedos pero orgullosos. Y, por último, Katharina, que le saltó a la espalda como una niña que vuelve al regazo de su padre, gruñendo entre dientes:

—Como vuelvas a desaparecer así, te mato. Esta vez de verdad.

Vergil se quedó inmóvil un instante.

Brazos de acero lo rodeaban, tres fuerzas imparables que lo aplastaban con más emoción que contención, pero él no mostró ninguna incomodidad. Al contrario, un suspiro casi imperceptible se escapó de sus labios. ¿Alivio? ¿Orgullo? Algo intermedio. Tal vez solo… paz.

—A vosotras tres deberían clasificaros como armas de asedio —masculló, con ese ligero tono sarcástico que escondía más de lo que revelaba—. Pensaba que había salido de una prisión, no que me metía en otra.

Roxanne le dio un puñetazo suave en el hombro, sonriendo. —Cállate. ¡Tuviste el descaro de dejar que te arrestaran y de alejarte de tus esposas, cabrón!

Ada alzó sus ojos rojos. —Pensábamos que…

—No pienses eso —la interrumpió él con suavidad—. He vuelto. Y nada en este infierno puede conmigo.

Katharina se apretó con más fuerza contra él. —Mentiroso. Solo has vuelto porque te han dejado. Sabemos cómo funciona esto.

Vergil suspiró y, por primera vez ese día, alzó los brazos y devolvió el abrazo. Un brazo rodeó a Ada y Roxanne a su lado; el otro sujetó con fuerza a Katharina, que seguía colgada a su espalda.

—Sí… Pero hasta un rey necesita que sus reinas le den la bienvenida —dijo al fin.

Aún envuelto en el abrazo del trío —tan feroz como reconfortante—, Vergil ladeó la cabeza, mirando por encima del hombro con un arqueo de cejas que ya anunciaba la siguiente ironía en sus labios.

—¿Sois las únicas que habéis venido a buscarme? —preguntó, con ese tono perezoso y burlón que reservaba solo para aquellos en quienes confiaba—. Pensaba que vendría mi madre. Después de todo… es todo culpa suya.

El silencio cayó como una cuchilla.

Ada fue la primera en apartarse, no mucho, pero lo suficiente como para que él viera la sombra de tensión en sus ojos.

Roxanne miró de reojo, con los brazos aún cruzados tras la espalda de él, como si quisiera retenerlo en su sitio; no por necesidad, sino por miedo a que se evaporara.

Katharina, colgada de su espalda como una cola enfadada, resopló.

—Nos ha enviado ella —dijo Katharina con sequedad—. Dijo que estaba resolviendo muchos problemas… Ya hablaremos luego. Vámonos a casa.

Vergil no respondió de inmediato. Se quedó ahí, inmóvil. El silencio a su alrededor era más pesado que cualquier palabra. Clavó la mirada en Roxanne.

—… ¿Qué ha pasado? —preguntó, directamente, mirándola con esa calma peligrosa—. Vas a contármelo.

Roxanne desvió la mirada. Y otra vez. Y otra. Vergil sonrió, como un cazador que observa a su presa fingir que no está acorralada.

Se cruzó de brazos.

—Batido de chocolate… con sirope de caramelo… y esa nata montada ridículamente alta —dijo, como si recitara una contraseña arcana.

Roxanne se mordió el labio.

—Ah, y por supuesto… tarta de zanahoria con cobertura de chocolate y virutas crujientes —prosiguió, con aire despreocupado.

Ella se estremeció. Casi. Solo un empujón más.

—Helado de cuatro sabores —murmuró como una dulce amenaza—. Barquillo crujiente, salsa de chocolate caliente… y esas virutas de azúcar encantadas que siempre finges que no te gustan, pero te comes el tarro entero a escondidas.

—Vergil…

—Dulce de leche. Brazo de gitano de fresa. El pudin dimensional de tu abuela…

—¡¡¡BASTA!!! —gritó Roxanne, alzando los brazos, roja hasta las orejas—. ¡La Reina de las Brujas quiere verte! ¡YA ESTÁ, LO HE DICHO! ¡¡¡DEJA DE TOMARME EL PELO!!!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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