Mis Esposas son Hermosas Demonias - Capítulo 339
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Capítulo 339: Morgana, quieres algo serio…
Vergil permaneció en silencio durante un largo momento.
Sus ojos estaban fijos en Morgana, no en su ropa —por muy reveladora que fuera—, sino en ella. En la forma en que intentaba ocultar su vulnerabilidad tras su sensualidad. Él era demasiado perceptivo para caer en la trampa obvia. Pero, al mismo tiempo…, era imposible de ignorar.
—¿De verdad… hiciste todo eso solo para provocarme? —preguntó él con voz baja, casi cansada. Pero no había ira, solo una curiosidad genuina y algo más profundo oculto entre líneas.
Morgana se mordió el labio inferior, aún sujetando la mano de él contra su muslo expuesto.
—No. Lo hice para ser sincera. Por primera vez en mucho tiempo.
Vergil suspiró y cerró los ojos por un instante. No era el tipo de hombre que reaccionaba por impulso. Pero tampoco era de hierro; no del todo.
—No necesitabas todo eso —dijo él, abriendo los ojos y mirándola directamente a los suyos—. Si querías mi atención…, ya la tenías. Solo intentaba averiguar si era real.
—¿Lo es? —preguntó ella, con la voz más baja, más suave.
—Ahora lo es. —Su mano no se movió, pero sus dedos apretaron ligeramente su muslo en una respuesta silenciosa.
Morgana se inclinó lentamente, con los ojos aún fijos en los de él. —¿Entonces… no vas a huir?
—¿Huir? —enarcó él una ceja, con una expresión a medio camino entre la diversión y la resignación—. Llevas lencería mágica de conejita y estás sentada en esta cama diciendo que mereces una recompensa.
—Y lo merezco —susurró ella, ahora más audaz—. He sido fiel. Y… estoy siendo sincera. Y me debes una reacción, como mínimo.
Vergil por fin sonrió; una de esas sonrisas suyas, pequeñas pero auténticas. —Esto es una trampa.
—Lo es —replicó Morgana de inmediato, divertida—. Pero una trampa muy bien cosida.
—De tu madre.
—Exacto. —Se acercó más—. ¿Vas a darme lo que quiero?
—¿Y qué es exactamente lo que quieres, Morgana?
Ella lo miró como si estuviera a punto de decir algo indecente…, pero entonces se detuvo. Respiró hondo. Y con una sinceridad cruda, respondió:
—Quiero que me veas. No solo como una bruja seductora. No como una aliada poderosa. Sino como alguien que… está cansada de fingir. Que quiere ser parte de algo real. De ti. De Alice. De este desastre que llamamos vida.
La sonrisa de Vergil se desvaneció, no por asco, sino porque esa respuesta caló más hondo de lo que había esperado. Miró a Morgana durante largos segundos.
Entonces dijo: —¿De verdad quieres esto?
Ella asintió…
Vergil la observó durante un instante que pareció dilatar el tiempo. El aire entre ellos se volvió denso, electrificado por una tensión antigua, cuidadosamente reprimida hasta ese momento.
Con un gesto lento, casi reverente, deslizó la mano desde el muslo de ella hasta su cintura, sujetándola con firmeza. Los ojos de Morgana se abrieron de par en par por un breve segundo, no de miedo, sino de sorpresa. Él estaba allí. Sin huir. Sin rechazar. Sin resistirse.
—Entonces…, ven aquí —murmuró él.
Ella ni siquiera tuvo que pensar. Se inclinó hacia él como si respondiera a una llamada que llevaba mucho tiempo esperando.
Sus labios se encontraron con suavidad al principio: un beso contenido, exploratorio, como si ambos estuvieran probando los límites que aún no habían cruzado. Pero entonces algo cambió. Como si la confesión de ella hubiera roto un dique invisible dentro de él.
Vergil la atrajo hacia sí, y el beso se profundizó, ganando ardor, deseo y urgencia. Sus dedos se clavaron ligeramente en la curva de la cintura de ella, y ella tiró de él por el cuello de la camisa, pegando sus cuerpos con una necesidad que ya no cabía en su pecho.
La respiración de Morgana flaqueó por un instante, y ella se perdió en la sensación: en su sabor, en su toque firme, en la ausencia total de vacilación. Vergil estaba allí, presente, con los ojos cerrados y los sentidos abiertos, y cada uno de sus movimientos decía lo que las palabras nunca se atrevieron.
Ella deslizó las manos por el pecho de él, sintiendo los músculos tensarse bajo la tela. Él era ardor, acero y control, pero en ese momento, se estaba dejando llevar. Por ella. Por su deseo mutuo. Por la lenta rendición.
Los dedos de Vergil recorrieron su columna, trazando cada vértebra como si memorizaran su contorno. Cuando llegó a la nuca, la sujetó con delicadeza, guiando el beso como si fuera una danza.
Morgana gimió suavemente contra sus labios; no un sonido forzado, sino real, crudo, nacido de una verdad que ni toda la provocación del mundo podría forjar.
Y fue allí, en ese momento entre besos, cuando comprendió: no necesitaba conquistarlo con trucos. Ni con fantasía. Ni con palabras ensayadas.
Él la deseaba, tal y como era, con todas sus capas. Y ahora…, la tenía.
Después de unos segundos…
Se separaron lentamente, como si el tiempo se hubiera ralentizado solo para que ese instante pudiera durar más.
Morgana aún podía saborearlo en sus labios, y su respiración era agitada, entrecortada, como si todo el aire del mundo no fuera suficiente para llenar el vacío que su contacto había dejado. Su pecho subía y bajaba rápidamente, e intentó disimularlo con una leve sonrisa, pero sus ojos… no ocultaban nada.
Vergil, por su parte, la observaba en silencio. No parecía arrepentido ni molesto. Pero tampoco se apresuró a repetir el gesto. Como si hubiera alcanzado una línea que no cruzaba a menudo y ahora estuviera sopesando qué hacer al respecto.
Morgana se pasó una mano por el pelo, intentando recomponerse, aunque sus piernas aún temblaban un poco.
—Entonces… —empezó ella, con la voz ronca y baja—, …eso fue…
—Real —respondió Vergil antes de que ella pudiera terminar.
Ella se mordió el labio de nuevo, pero esta vez con una risa pequeña, ahogada y nerviosa. —Maldición… Eso no estaba en mis planes.
—¿En absoluto? —alzó él una ceja.
—Quiero decir, la parte de la ropa sí lo estaba. Pero… esa parte no. —Lo miró, ahora con seriedad—. No la parte en la que de verdad siento algo.
Vergil se pasó una mano por el pelo, un gesto de vulnerabilidad poco común en él. Parecía tan perdido como ella por dentro, aunque su exterior permanecía firme, sobrio. —Siempre lo sentiste. Solo fingías que no.
Morgana desvió la mirada por un momento, aún intentando recuperar el aliento. Se rio, con cansancio. —¿Eso me hace más sincera… o solo más idiota?
—Depende. —Se acercó de nuevo, pero esta vez sin tocarla. Solo para quedarse ahí. Presente—. ¿Qué vas a hacer con eso ahora?
Ella lo miró, con el rostro aún ligeramente sonrojado. —Quizá… respirar primero —dijo entre risas cortas, intentando ajustarse el tirante de la lencería con una ligera vergüenza.
Vergil se cruzó de brazos y sonrió. —Buena elección.
Morgana respiró hondo, con el corazón todavía acelerado, y dio un paso atrás, desviando la mirada por un momento. Su rostro todavía ardía; no por la vergüenza del disfraz en sí, sino por la sinceridad que se le había escapado en medio de la provocación.
—Vale… —empezó, colocándose un mechón suelto detrás de la oreja—. Me lo quitaré.
Vergil enarcó una ceja, pero no dijo nada.
—No por eso —continuó rápidamente, señalando su propia ropa con un gesto vago—. Quiero decir… no porque quiera… bueno, ya me entiendes.
Él permaneció en silencio. Y ahora, claramente, se estaba divirtiendo.
Morgana suspiró, levantando las manos en señal de rendición. —¡Maldita sea, ¿por qué me pones tan confusa?! ¡Se suponía que esto ni siquiera iba de sentimientos de verdad!
Vergil esbozó una leve sonrisa. —¿Entonces de qué iba?
Ella puso los ojos en blanco, incapaz de contener una pequeña risa nerviosa. —Se suponía que solo era una provocación. Un pequeño teatrillo con lencería, quizá un toque por aquí, un cumplido por allá… y tú cayendo de rodillas, hechizado por mi presencia.
—¿Funciona con otros? —preguntó él, sabiendo ya la respuesta.
—¡Qué otros, maldita sea! —replicó ella, con una falsa arrogancia teatral—. Solo tengo ojos para ti… y tú nunca escuchas a nadie…
«Eso es bueno, de lo contrario la mataría y la convertiría en un demonio solo para asegurarme de que nadie volviera a tocar ese bendito cuerpo», pensó Vergil, mirándola.
Entonces ella se dio la vuelta y caminó hacia una de las cortinas del dormitorio donde podía cambiarse de ropa. Antes de desaparecer tras la tela, se giró sobre su hombro y dijo, con un brillo travieso en los ojos:
—Y la próxima vez… prometo no olvidar las orejitas.
Vergil rió en voz baja, negando con la cabeza. —Lo aprecio.
—Oh, te arrepentirás de no haber aprovechado la oportunidad. —Su voz ya llegaba desde detrás de la cortina, donde los sutiles sonidos de la tela al desatarse resonaban suavemente.
—Quizá —respondió él, apoyado en la pared con los brazos cruzados—. Pero algunas cosas… vale la pena posponerlas.
—Bien, te dejaré cambiarte —dijo Vergil, levantándose de la cama con una mirada práctica, pero con un leve rastro de diversión en los ojos—. De todos modos, tengo otras cosas que revisar.
Empezó a caminar hacia la puerta con pasos tranquilos.
Morgana lo observó por un momento y, antes de que saliera por completo, murmuró en un tono casi casual, pero deliberadamente audible:
—Si hubieras querido verme desnuda… te habría dejado.
Vergil se detuvo medio segundo en la puerta, sin darse la vuelta. Se le escapó un leve suspiro; no uno de cansancio, sino de esos que esconden una sonrisa.
—No lo dudo.
Y con eso, se fue, dejando a Morgana con una sonrisa traviesa en los labios y el corazón latiéndole más fuerte de lo que le gustaría admitir.
Vergil bajó las escaleras con el mismo semblante tranquilo de siempre, sintiendo aún el calor del momento anterior con Morgana rondando en su mente. Su expresión serena ocultaba un torbellino de pensamientos, pero por fuera parecía impasible, casi aburrido.
Cuando llegó al gran salón, encontró a Ada sentada elegantemente en uno de los sillones, con un libro flotando frente a ella mientras removía su té con una cuchara de plata sin tocarla. Katharina estaba de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados, contemplando el horizonte con su mirada analítica y atenta. Roxanne estaba tumbada boca abajo en el respaldo del sofá, balanceando las piernas en el aire con aparente aburrimiento, mientras que Alice dibujaba concentrada en el suelo con lápices mágicos que flotaban a su alrededor como pequeños cometas de colores.
Vergil se detuvo un momento, observándolas a todas. Luego, como quien decide recopilar información antes de que algo explote, habló:
—¿Dónde están las demás?
Ada ni siquiera tuvo que levantar la vista de su libro para responder, con su voz tan firme como siempre: —Mi madre, Raphaeline, sigue en aislamiento. De todos modos, su entrenamiento parece estar llegando a su fin. Me dijeron que oíste ruidos procedentes de la sala de entrenamiento.
Roxanne se giró sobre el respaldo y levantó la mano como si estuviera en clase:
—Mi madre está muy emocionada organizando el banquete para los reyes demonio. Casi me arrastra con ella, pero escapé por los pelos. Aunque quería probar los dulces que iban a repartir en el festín.
Katharina se volvió hacia él, siempre precisa:
—La mía y Sepphirothy están hablando con Amon. Dijeron que era un asunto importante, probablemente algo que ver con la Reina de las Brujas. Teniendo en cuenta cómo Morgana dio la noticia, fueron a informar a Amon inmediatamente.
Vergil guardó silencio un momento, mirándolas a cada una.
Con un profundo suspiro, se acercó al sofá principal y dejó caer su cuerpo sobre él como si la gravedad finalmente hubiera ganado.
—¿Y qué queda? —murmuró, hundiéndose en la suave tapicería.
Las chicas se miraron entre sí, sin saber exactamente cómo responder a esa pregunta filosófica disfrazada de aburrimiento.
Vergil cerró los ojos y dijo, con voz baja y definitiva:
—Me voy a dormir.
…
Las luces mágicas proyectaban un brillo tenue sobre las pulidas paredes de piedra. El lugar estaba en silencio, a excepción del crepitar ocasional de una llama azulada que flotaba en el aire, contenida en farolillos flotantes.
La mesa de obsidiana del centro estaba rodeada por tres sillas. La de Amon estaba en la cabecera, y allí se encontraba él, recostado, con los ojos entrecerrados, observando atentamente a las dos mujeres frente a él como si estuviera presenciando un duelo a punto de comenzar.
Sapphire, como siempre, mantenía su postura rígida, casi militar. Su largo cabello rojo estaba recogido en un moño impecable. Había un aura gélida a su alrededor que parecía intensificarse con cada palabra que pronunciaba.
—Seré clara —dijo Sapphire, golpeando la mesa con la mano, su voz afilada como el cristal—. Permitir que Vergil tenga cualquier tipo de conversación con la Reina de las Brujas es un error. No importa el contexto. No importa la justificación.
Al otro lado, Sepphirothy se reclinó en su silla, con las piernas cruzadas y la expresión neutra. A diferencia de su colega, no parecía presionada en lo más mínimo.
—Odias a las brujas, Sapphire. No eres exactamente imparcial.
—Por supuesto que no lo soy. Y tú también deberías saber por qué. ¿Crees que esta «Reina Neutral» hace todo esto por buena voluntad? Las Brujas siempre tienen motivos ocultos. Siempre. Actúan en la oscuridad, se alimentan de la incertidumbre. Y ella… ella está demasiado cerca de nuestro centro.
Sepphirothy apoyó la barbilla en la mano, pensativa.
—Es peligrosa, lo admito. Pero negar cualquier acercamiento… nos deja ciegos. Si Vergil puede hablar con ella, entender sus límites, sondear sus intenciones… quizá podamos convertir una amenaza en un recurso.
Sapphire bufó.
—¿Quieres convertirla en una aliada?
—No exactamente. Pero quizá sea inteligente tratarla como una pieza que se puede mover… en lugar de una bomba a punto de estallar.
Sapphire miró a Sepphirothy… —No irás a hacer lo que creo que vas a hacer —dijo.
—¿Mmm? —Sepphirothy pareció confundida.
—Le vas a poner fácil a Vergil que use ese truco suyo —dijo Sapphire.
—¿Qué truco, mujer? —cuestionó Sepphirothy.
—El Efecto Vergil —dijo Sapphire—. ¡El maldito efecto que hace que cualquier loca lo desee por la simpleza de ser simplemente él!
Sepphirothy la miró… y suspiró…
—¿Puedo preguntar por qué estáis aquí? —dijo Amon suspirando pesadamente—. Hacéis lo que queréis, nunca pedís una opinión, así que, ¿por qué coño estáis aquí? —preguntó nervioso.
—Ah… —dijeron Sepphirothy y Sapphire.
—Acabaríamos peleando; delante de ti lo evitamos, así que es mejor de esta forma. No queremos destruir el Inframundo en un intercambio de puñetazos, ¿sabes? —hablaron literalmente al mismo tiempo.
Amon levantó la vista y suspiró. ¿Qué más podía hacer?
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