Mis Esposas son Hermosas Demonias - Capítulo 365
- Inicio
- Todas las novelas
- Mis Esposas son Hermosas Demonias
- Capítulo 365 - Capítulo 365: Has envejecido, vieja.
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 365: Has envejecido, vieja.
—Tu cara me dice que tramas algo… —dijo Sapphire, regresando con pasos ligeros pero con la mirada alerta. A su lado, Ada se cruzó de brazos, observando con precisión quirúrgica.
—En realidad, tu cara dice: «Estoy urdiendo el plan del siglo» —añadió Ada, ladeando ligeramente la cabeza mientras miraba fijamente a Vergil, quien sostenía el Orbe en su mano parcialmente congelada y con una sonrisa peligrosamente satisfecha en el rostro.
Vergil rio por lo bajo. —Vamos, no exageréis. Solo he compartido una pequeña predicción del futuro con nuestra invitada.
—¿Predicción, eh? —Sapphire enarcó una ceja—. Déjame adivinar: ¿esa de ahí se despierta de la nada, pierde los estribos con el Orbe y mata a todo el mundo?
Vergil chasqueó los dedos de su mano libre, fingiendo sorpresa. —Bingo. Pero con un poco más de estilo, por supuesto.
Ada soltó un suspiro teatral. —Eso no es un plan. Es provocar el apocalipsis con un monóculo y una copa de vino.
Vergil se limitó a sonreír, una de esas sonrisas torcidas donde la ironía y el desafío compartían espacio con algo más oscuro. Su mirada permanecía fija en el Orbe, como si escuchara una melodía antigua que solo él podía oír.
—Exacto.
Ada entrecerró los ojos, intrigada. «¿Está… escuchando eso?».
Vergil se encogió de hombros, pero no apartó la vista del artefacto.
—¿Quién sabe? —dijo en un tono que bailaba entre el desdén y la reverencia—. Han pasado unas horas desde que todo se quedó… en silencio. Sin pulsos. Sin voces. Solo silencio. Como si se hubiera convertido en piedra por dentro.
Alzó el Orbe a la altura de sus ojos, observando cómo la luz parecía más opaca, casi muerta, pero aún lo bastante viva como para contener algo.
—Antes, era como sostener un trueno latente. Ahora…, parece que está conteniendo la respiración.
Sapphire dio un paso más cerca, con la mirada clínica. —Eso no es bueno. Cuando seres como ella guardan silencio, no es porque se hayan rendido. Es porque están esperando.
Vergil asintió lentamente, su tono ahora más serio. —Esperando el primer movimiento. El primer error. Una razón para quemarlo todo.
Ada tamborileó los dedos con impaciencia sobre su brazo. —Vale, ya basta. Deja el Orbe ahí. Tenemos que irnos.
Vergil enarcó una ceja, todavía concentrado en la luz moribunda del artefacto. —¿Irnos adónde? Tú también lo sientes, ¿verdad? Esta cosa… todavía respira.
Ada bufó y giró sobre sus talones, como si hablara con un niño terco. —Obviamente, nos vamos de compras.
A Sapphire se le escapó una risa inesperada y ahogada mientras fingía estudiarse una uña con aburrimiento forzado. —Vaya. Vergil, has sido derrotado por la futilidad de un solo golpe.
Vergil parpadeó, genuinamente confuso. —¿Ropa?
Ada se volvió para encararlo, con la calma letal de quien ha tomado una decisión hace mucho tiempo. —Apenas tienes ropa decente, y la Walpurgis es en dos semanas. Todos los clanes de demonios estarán en ese baile de gala. ¿Y piensas aparecer así? —dijo, señalando la ropa gastada de él.
Vergil abrió la boca, la cerró y miró a Sapphire en busca de apoyo. Ella se limitó a encogerse de hombros, tratando de contener una sonrisa.
—Ada, hay una emperatriz dracónica dentro de un Orbe que podría querer devorarnos vivos en cuanto despierte, ¿y quieres ir… de compras? —dijo Vergil con una mezcla de incredulidad y exasperación.
Ada se detuvo a pocos pasos de él, giró lentamente sobre sus talones y caminó hasta plantarse muy cerca de su rostro. Su tono era firme, casi imperturbable; como el de alguien que acaba de dictar la sentencia final en un juicio milenario.
—Precisamente por eso. Si vamos a ser aniquilados por una diosa ancestral, al menos vamos a lucir elegantes cuando nos pulvericen.
Sin esperar respuesta, se dio la vuelta, trazando ya las líneas de un círculo de transporte con una precisión casi ritualística.
—Y por favor, Vergil. Me niego a que me vean al lado de un posible Elegido de las Eras… llevando esas botas criminales.
Vergil bajó lentamente la mirada hacia sus propias botas, como si acabara de percatarse de su deplorable estado: barro seco, rasguños y restos de algún tipo de residuo arcano que, decididamente, no tenía nada de estilo.
Suspiró, derrotado, con un toque de teatralidad:
—… Sí. Creo que necesito un abrigo nuevo.
Sapphire rio suavemente, negando con la cabeza. Mientras se acercaban al círculo, alargó la mano y tomó el Orbe con una facilidad sorprendente.
—Yo me quedo con esto —dijo, con los ojos brillantes por ese tipo de interés que solo surgía cuando el caos y el conocimiento se entrelazaban—. Ya hablaremos luego, y espero que estéis guapos a la vuelta. O muertos. Una de dos.
Vergil vaciló un breve instante, echando un vistazo al Orbe ahora en manos de ella. Algo en su interior latió; o quizá solo fue su imaginación. En cualquier caso, no protestó. Confiaba en ella… hasta cierto punto.
Ada lanzó una última mirada por encima del hombro a Sapphire. —No la provoques.
—Solo la provocaré un poquito —replicó Sapphire con una sonrisa enigmática, ya sentada sobre un viejo baúl mientras hacía girar el Orbe entre sus dedos.
La Luz estalló bajo los pies de Vergil y Ada, trazando un círculo de transporte con un brillo nítido, casi ceremonial.
—Vámonos, antes de que decidas vivir el apocalipsis descalzo —murmuró Ada, desapareciendo ya en el haz de Luz.
En cuanto el brillo del círculo de transporte se disipó, llevándose a Vergil y a Ada, el silencio volvió a caer sobre la sala. Un silencio pesado, denso, como el instante exacto entre el trueno y el relámpago.
Sapphire giró lentamente el Orbe entre sus dedos, sin prisa, con los ojos fijos en su superficie. Era como mirar un mar encapsulado: brillaba por fuera, pero lo de dentro era insondable. Aun así, lo sentía. Sentía que algo estaba ahí. Despierto. Observando.
Y entonces, como una cuchilla cortando el aire inmóvil, llegó la voz.
Femenina.
Ancestral.
Inmensa.
—Has crecido, pequeña demonio.
Sapphire se congeló.
No físicamente —su cuerpo permaneció inmóvil, elegante, relajado como siempre—. Pero por dentro, su corazón dio un respingo. Esa voz. No era una presencia genérica. No era una deidad olvidada cualquiera.
Era ella.
Sapphire alzó la vista lentamente, como si fuera posible encarar a la entidad dentro del Orbe.
—Has tardado en notar mi presencia —replicó, con voz serena, pero con una chispa afilada bajo la calma—. Creí que estabas ocupada rumiando sobre tu ego en el abismo.
El Orbe pulsó.
Esta vez, no con luz, sino con calor. Un calor seco, como el aliento de un dragón contenido por cadenas ancestrales.
—Has perdido el miedo. Interesante.
Sapphire sonrió levemente. Era una sonrisa llena de dulce veneno. —No. Solo he aprendido a envasarlo en frascos más pequeños.
—No eres la misma niña que conocí en la guerra.
La voz ahora parecía deslizarse, susurrando tras los ecos de la realidad. Había un placer sutil en cada palabra, como si saborear viejos recuerdos fuera un lujo reservado solo para los inmortales.
—Tampoco tú eres la misma criatura a la que temían los reyes y odiaban otros dioses —replicó Sapphire, con más dureza—. Todo cambia. Incluso las emperatrices que caen.
Una leve fisura recorrió la superficie del Orbe. Como una grieta diminuta, no en el cristal, sino en el velo entre mundos.
—Te has vuelto afilada, pequeña. Me gusta.
Sapphire se puso de pie, aún sosteniendo el Orbe con indiferencia, aunque sus ojos ahora eran más oscuros, más intensos.
—Y tú has envejecido, anciana.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com