Mis Esposas son Hermosas Demonias - Capítulo 368
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Capítulo 368: Clair Obscur.
Vergil y Ada caminaban bajo el velo de la noche parisina, donde las farolas parecían reacias a brillar con demasiada intensidad, como si respetaran los secretos que la pareja portaba.
Frente a ellos, encajonada entre dos viejos edificios como pecados olvidados, se encontraba la entrada a algo que no pertenecía del todo al mundo mortal.
«Clair Obscur».
No destacaba a simple vista.
No había escaparates, ni letreros de neón intentando seducir a los incautos.
Solo una puerta de caoba negra, con tallas tan discretas como antiguas; parecían meramente ornamentales para quienes no sabían ver. Pero para los ojos adecuados…, cada línea palpitaba con una elegancia maldita.
La puerta se abrió sola, exudando un aroma a incienso prohibido y un sonido sutil, íntimo, como el susurro de un secreto confesado al oído.
Vergil entró primero.
Una camisa de lino egipcio, blanca y parcialmente desabrochada, como para desafiar al decoro lo justo.
Pantalones negros ajustados, confeccionados con una precisión casi cruel.
Botas de charol con suelas de obsidiana que no dejaban huellas, solo silencio.
Y unas gafas de sol con montura de platino infernal, que se quitó lentamente al cruzar el umbral, revelando unos ojos que cambiaban de color como un cielo a punto de desatar una tormenta.
Detrás de él llegó Ada, su esposa.
El contraste entre ambos era fascinante:
Ella llevaba un sencillo vestido negro con una chaqueta vaquera tachonada de parches; algunos de los cuales susurraban en lenguas olvidadas cuando nadie miraba. Un regalo de Raphaeline, por supuesto. Su mirada era vivaz, curiosa, afilada como una daga bañada en encanto ácido. El tipo de mujer que te haría reír con un chiste solo para derribarte con la siguiente frase.
Había descubierto el lugar gracias a Katharina, quien, como todas las criaturas verdaderamente peligrosas, nunca daba pistas sin una intención.
El dependiente apareció como una sombra elegante:
Pálido, esbelto, ataviado con un traje hecho de promesas rotas y seda robada de los sueños de los justos.
Se inclinó ante ellos como si sus vértebras estuvieran hechas de encaje y remordimientos.
—Mi señor… Mi señora… —dijo, con una voz que fumaba recuerdos felices y bebía arrepentimientos caros—. Bienvenidos a Clair Obscur. Sus gustos serán tratados con absoluta reverencia.
Vergil lo miró fijamente desde detrás de sus lentes, luego se quitó las gafas lentamente, como si se quitara una máscara social, revelando unos ojos que podían tanto juzgar como redimir.
—Por supuesto que lo serán —murmuró con una sonrisa torcida y perezosa—. Tengo un banquete al que asistir. Y necesito algo que haga que los otros reyes parezcan… economistas.
Ada soltó una risa corta y nasal, como si no pudiera decidirse entre la diversión y el desprecio.
—Vergil, ¿qué estás haciendo?
Él se giró lentamente hacia ella, con los ojos todavía sonrientes.
—Probando una cosita…
—¿Probando? —enarcó ella una ceja, escéptica, como alguien que ha oído demasiadas excusas y se divierte con cada una.
—Mi nivel de teatralidad. Quiero ver si puedo irritar hasta a los tapices del salón.
Ada se cruzó de brazos y parpadeó lentamente.
—Misión casi cumplida. He oído a una de las cortinas suspirar de desesperación.
Vergil se rio, y por un instante, la tienda pareció respirar con ellos, como si estuviera viva y le gustara lo que veía.
El dependiente permaneció inmóvil, pero un brillo casi imperceptible de reverencia cruzó su mirada. Sabía con quién estaba tratando. Y, más importante aún, sabía que sería recordado —para bien o para mal— por lo que ofreciera en ese momento.
El dependiente los guio a una sala privada: paredes cubiertas de espejos que no reflejaban personas, sino intenciones. Los percheros se movían solos, mostrando trajes que parecían susurrar entre ellos, juzgando en silencio cada elección.
Vergil deslizó los dedos sobre una tela de un negro profundo que absorbía incluso la luz ambiental.
—Demasiado «Señor de la Muerte». Quiero algo más del tipo «heredero reacio que aun así destruye mundos con una sonrisa».
—Entonces este no —Ada cogió otro traje, de un grafito nacarado con sutiles detalles en plata encantada—. Este grita «peligroso pero civilizado». Y va a juego con el tono de tu sarcasmo.
Vergil giró sobre sus talones, cogió el traje y se lo echó al hombro con una floritura exagerada.
—Me entiendes, Ada. Por eso te mantengo cerca. Y también porque sabes cómo evitar que compre trajes con cuellos demasiado dramáticos.
Ella lo empujó suavemente hacia el probador.
Dentro del probador —un espacio que parecía existir fuera del tiempo, con cortinas que susurraban secretos y un espejo que solo mostraba quién eras por dentro—, Vergil se cambió con movimientos coreografiados, como si hasta desvestirse fuera una danza demoníaca.
Salió y dio una vuelta sobre sí mismo.
—¿Y bien? —preguntó, con una sonrisa que podría causar guerras civiles.
Ada se cruzó de brazos, fingiendo analizarlo con escepticismo. —Casi perfecto. Solo falta una rosa negra en la solapa. Algo trágico. Algo poético.
—Mmm. Me encanta.
El elfo, que hasta entonces había estado intentando no desmayarse, invocó rápidamente una rosa negra encantada, cortada del jardín personal de Lilith, y se la prendió en la solapa a Vergil.
Perfecto.
Pero entonces Vergil se giró, encarando a Ada con una expresión seria. —Tu turno.
Ella enarcó una ceja. —¿Qué?
—Vas a venir a Walpurgis conmigo. Y nadie entra en el Banquete de los Reyes Demonios vestido como si acabara de salir de un bar de jazz alternativo.
—¡Es una chaqueta con personalidad!
—Es una chaqueta con manchas de salsa. Elige un vestido. O… déjame elegir a mí.
Ada suspiró de forma dramática. —De acuerdo. Pero nada de alas de murciélago cosidas, o que brille en la oscuridad, ¿entendido?
Vergil sonrió. —Hieres mis sentimientos.
Los espejos de las otras paredes se iluminaron mientras unos maniquíes se deslizaban a su alrededor, mostrando vestidos que iban de lo etéreo a lo indecentemente elegante.
Vergil sacó un vestido de color burdeos oscuro, casi negro, con ribetes de terciopelo y un escote en forma de lágrima.
—Este. Este dice: «Puedo matarte con una mirada, o con un hechizo de sueño eterno. Pero solo si te lo mereces».
—Vale… eso es aterradoramente específico, pero… me gusta —admitió ella, cogiendo el vestido.
Mientras ella desaparecía en el probador, Vergil se recostó en un sofá de cuero encantado que murmuraba suaves cumplidos a su ocupante.
—Soy el anticristo con más estilo desde el Lucifer original —murmuró, satisfecho.
Cuando Ada salió, la tienda guardó silencio. Hasta las telas parecieron suspirar.
El vestido le sentaba a la perfección, acentuando su silueta con una mezcla de elegancia y poder contenido. Sus ojos se encontraron con los de Vergil y, por un segundo, ni siquiera él tuvo un chiste preparado.
—Estás… perfecta.
Ada puso los ojos en blanco. —No exageres.
—No es una exageración. Es una constatación de hechos —replicó él en voz baja.
El elfo casi cayó de rodillas. —Permítanme… seleccionar los accesorios adecuados.
Vergil se puso de pie, ofreciéndole el brazo. —Ahora estamos listos para Walpurgis. Dos seres improbables, elegantemente vestidos, listos para fingir que no son una amenaza existencial el uno para el otro.
—Como buenos aristócratas infernales.
—Exacto.
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