Mis Esposas son Hermosas Demonias - Capítulo 408
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Capítulo 408: Un Dragón Berserker desatado.
Vergil miró al horizonte con los ojos entrecerrados, su expresión a medio camino entre la incredulidad y la fascinación. Luego soltó una risa ahogada —seca, casi sarcástica— y se giró lentamente hacia Raphaeline.
—¿Debo de estar volviéndome loco, verdad? —preguntó, como si comentara el tiempo que hacía.
Los ojos de Raphaeline se abrieron de par en par, y su pálido rostro contrastaba con sus ojos de un rojo encendido. Una gota de sudor le resbaló por la sien, seguida de otra, y luego otra. Parecía una estatua a punto de resquebrajarse.
—¡V-Vergil…, no es momento para bromas! —tartamudeó, con la voz quebrada por la desesperación—. ¡Se nos acerca un dragón!
Ahora señalaba con ambas manos, como si sus propios ojos no pudieran creer lo que veían. El sonido de unas alas cortando el cielo ya hacía vibrar el aire en ondas invisibles.
Vergil suspiró —un suspiro profundo y resignado—, como si hubiera esperado que este tipo de locura ocurriera tarde o temprano.
—…Madre —murmuró Vergil, con la mirada fija en la veloz silueta que surcaba las nubes de tormenta—, ¿por qué demonios estás huyendo de un dragón?
Sepphirothy no respondió. Se limitó a lanzarle una mirada fugaz, una que lo decía todo sin articular palabra.
Vergil suspiró y levantó las manos en un gesto de resignación. —De acuerdo, lo pillo. Matar al dragón. Me parece justo.
Dio un paso al frente. La sombra bajo sus pies se distorsionó, retorciéndose como humo viviente, hasta que tomó forma. Un par de ojos carmesíes se iluminaron en la oscuridad y, con un rugido que pareció provenir del mismísimo abismo, un gigantesco Dragón de Sombra emergió, alzando el vuelo hacia el cielo en un torbellino de oscuridad y furia.
Raphaeline retrocedió un paso, completamente atónita.
—¡¿D-desde cuándo tienes un dragón?! —preguntó con incredulidad, con los ojos tan abiertos como si hubiera visto un segundo sol nacer en el cielo.
Vergil se giró lentamente hacia ella, como si respondiera a algo obvio.
—Caballero de la Muerte. ¿Recuerdas? —dijo, con una ceja arqueada.
Ella parpadeó. Y entonces, como si la revelación se hubiera despeñado por un acantilado, su expresión se derritió en vergüenza.
—…Ah. Sí. Cierto —respondió, con la pinta de quien acaba de perder una discusión con su propia memoria.
El Dragón de Sombra de Vergil surcó los cielos como una lanza viviente de oscuridad, dejando una estela negra entre las nubes demoníacas.
El aire se volvió más denso a medida que se acercaba a Sepphirothy, quien flotaba en el aire como un espíritu guerrero tallado en acero y tormenta.
Aterrizó en el lomo de la criatura oscura a su lado con una ligereza sobrenatural, manteniendo el equilibrio sin esfuerzo a pesar de los vientos que rugían a su alrededor.
Vergil la miró de reojo, con los ojos entrecerrados para protegerse del vendaval helado que ahora los rodeaba.
—¿Cuál es el plan? —preguntó, con la voz firme pero cargada de una tensión apenas disimulada—. Esa cosa de ahí… —señaló con la barbilla hacia el horizonte—, ¿no es la Emperatriz Dragón de Platino?
Sepphirothy no respondió de inmediato. Tenía los ojos fijos en la colosal criatura que se acercaba como una avalancha viviente; el cuerpo de la bestia, cubierto de escamas cristalinas, reflejaba los relámpagos del cielo como espejos congelados. Unos cuernos en espiral de plata en bruto coronaban su cabeza cual trono divino y sus ojos —dos soles congelados— ardían con inteligencia y odio.
—Es ella, sí —dijo Sepphirothy al fin, con una voz profunda y firme como el tañido de una campana de guerra—. O más bien… lo que queda de ella.
Vergil frunció el ceño. —¿Está… corrupta?
Sepphirothy asintió lentamente. —Alguien rompió el sello del Orbe de Platino. Pero no de la forma correcta. Fue liberada… forzada… sin control. Lo que estamos viendo es un avatar de furia ancestral: instintivo, desequilibrado.
El rugido de la Emperatriz estalló en el cielo como el sonido del propio hielo quebrando el firmamento. Las nubes se partieron y una tormenta de nieve cortante comenzó a caer como cuchillas blancas.
—Si cruza las fronteras de Walpurgis en este estado… —Sepphirothy apretó los puños, con la mirada fija en la tormenta viviente que se aproximaba—. …no quedará nada de los clanes. Ni siquiera el eco de los cimientos del castillo.
Vergil inhaló lentamente, con los ojos fijos en la figura colosal que rasgaba los cielos. El aire a su alrededor comenzó a cristalizarse en copos de hielo que flotaban como cenizas silenciosas.
—Entonces contengámosla… antes de que el mundo descubra lo que pasa cuando una diosa enloquece.
Sepphirothy soltó una risa amarga. —¿Contenerla? —repitió, con una dura media sonrisa en los labios—. ¿Tienes idea de quién viene? No es una loca histérica cualquiera. Es una Emperatriz Dracónica, una de las primeras. Destruyó civilizaciones antes de que tuviéramos nombres para ellas.
Vergil levantó una mano. Las sombras a su alrededor se encendieron como brasas listas para incendiar la noche, arremolinándose y comprimiéndose como hambrientas serpientes de humo.
—Está fuera de control —dijo, con una voz firme como el acero forjado—. Sin conciencia. Sin estrategia. Y eso lo hace todo más simple.
Sepphirothy enarcó una ceja. —¿De verdad crees que es más fácil luchar contra algo que actúa por puro instinto?
—Cuando alguien no tiene un objetivo, ni idea de qué proteger, ni forma de defenderse… Sí —replicó Vergil—. Es más fácil que luchar contra alguien que sabe lo que hace.
Ella lo miró por un momento, como si lo estuviera analizando.
—Quizá —murmuró finalmente—. Si estuviéramos hablando de un berserker común. No de un Dragón Verdadero que casi aniquiló a toda una raza solo por existir.
Vergil miró de reojo a Sepphirothy, con la sombra de una sonrisa jugando en la comisura de sus labios.
—¿Tienes miedo? —la provocó, con la voz cargada de una calma insolente—. Creía que eras la más fuerte.
Sepphirothy no respondió de inmediato. El viento azotaba su cabello blanco como una bandera de batalla, y el destello de un relámpago plateado se reflejó en el acero de sus ojos. Por un segundo, el silencio entre ellos fue absoluto, como el instante previo a una explosión.
Entonces, giró lentamente el rostro hacia él, y sus ojos brillaron con una mezcla de furia, orgullo y algo que se parecía a… diversión.
—¿Miedo? —sonrió, una sonrisa sin alegría—. Estaba recuperando el aliento. Esa cosa de ahí —señaló con la barbilla al titán alado que se acercaba— se ha comido a generales como tú para desayunar. Con armadura y todo.
Vergil soltó una risa corta, casi burlona.
—Es grande, ruidosa y probablemente cree que puede escupir hielo hasta extinguir el sol —dijo, levantando una mano, de donde una hoja negra comenzó a formarse, creciendo desde su sombra como una torre de pura voluntad—. Pero eso no cambia el hecho de que no piensa. Solo reacciona.
—¿Y qué vas a hacer tú? —se cruzó de brazos Sepphirothy, en tono desafiante—. ¿Recitarle poesía oscura hasta que se duerma?
—No —Vergil blandió la hoja en un arco perezoso—. Voy a arrancarle los cuernos y a golpearla con ellos hasta que recuerde su propio nombre.
Un trueno rugió en lo alto, y la criatura finalmente atravesó por completo el muro de nubes, revelándose en su apocalíptica magnitud. Sus escamas de platino relucían como cuchillas de hielo bajo el sol negro. Sus alas desgarraban el cielo con cada batida. Las antiguas runas grabadas en su pecho palpitaban, distorsionadas, como si la propia realidad se negara a descifrarlas.
Sepphirothy suspiró profundamente. —No tienes ni idea de lo que estás haciendo.
Vergil se encogió de hombros.
—Eso nunca me ha detenido.
Pero antes de que Vergil pudiera avanzar o conjurar orden alguna, un nuevo sonido rasgó el cielo.
Un rugido.
No helado, ni profundo y antiguo como el de la Emperatriz.
Era un rugido salvaje: vibrante, cargado de una alegría demencial y palpitante, como si la propia destrucción fuera música. Un desgarro rojo surcó el cielo en espiral como un cometa llameante y golpeó el costado de la cabeza de la Emperatriz con una fuerza tan brutal que la criatura salió disparada hacia delante como un proyectil colosal, volando sin control y desapareciendo tras una cadena de montañas heladas.
La explosión sónica que siguió sacudió el mundo.
Vergil y Sepphirothy casi perdieron el equilibrio sobre el Dragón de Sombra por el desplazamiento del aire. Un destello carmesí iluminó el cielo por un instante, reflejado en las escamas de la Emperatriz mientras desaparecía en el horizonte con el sonido de hielo y piedra siendo triturados a lo lejos.
Y entonces… silencio.
Hasta que una figura se quedó suspendida en el cielo, exactamente donde se había originado la explosión, flotando entre las nubes de tormenta como en un trono.
Era una mujer.
O más bien, una tormenta de locura vestida de mujer.
Cabello largo y ondulado, de un rojo profundo que parecía llamas líquidas. Sus ojos, del mismo tono carmesí intenso, brillaban con la demencia extática de quien vive para la guerra. Llevaba una armadura inusual: una mezcla de placas rúnicas flotantes y tejidos arcanos que se amoldaban a su cuerpo con la fluidez del fuego y la firmeza del acero.
Y al instante siguiente, soltó una carcajada.
Fuerte. Larga. Incontrolable.
—¡JA, JA, JA, JA, JA! ¡UN DESAFÍO! —gritó la mujer, girando en el aire como una lanza viviente, con los brazos abiertos a la tormenta—. ¡HE ESPERADO SIGLOS POR ALGO ASÍ! ¡POR FIN, UN OPONENTE DIGNO!
Los ojos de Sepphirothy se abrieron como platos. —No… no puede ser…
Vergil la miró de reojo. —¿No decías que este dragón era la hostia y no sé qué, bla, bla, bla, que era muy fuerte?
Sepphirothy miró y suspiró… —Me estoy haciendo demasiado vieja…
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