Mis Esposas son Hermosas Demonias - Capítulo 417
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Capítulo 417: Lo que oyes.
El silencio de la mañana fue quebrado por un suspiro contenido. Un sonido casi imperceptible, pero que viajó por el aire como una chispa en un campo seco. Vergil abrió los ojos con dificultad; la suave luz de la habitación era una carga tan pesada como el dolor en su cabeza.
El dolor era absurdo. No solo físico; era como si su mente intentara reingresar a su propio cuerpo, chocando con muros que no deberían estar ahí. Una presión punzante entre sus ojos, palpitando con ecos que parecían provenir de otros planos de existencia.
Intentó moverse.
No pudo.
Su cuerpo parecía atrapado, no por cadenas o ataduras mágicas, sino por… algo cálido. Suave. ¿Un peso… humano?
Bajó la mirada y vio.
Había cuerpos encima de él. Varios. Dormidos.
La cabeza de Raphaeline descansaba sobre su pecho, con uno de sus brazos envuelto posesivamente alrededor de su abdomen.
Sapphire —acurrucada como un gato de hielo— estaba más a un lado, sujetando su mano con las dos suyas.
Stella dormía boca abajo sobre su pierna derecha, con su cabello dorado esparcido como un halo de sol.
Katharina, elegante incluso en la inconsciencia, reposaba con la cabeza cerca de su hombro, su largo cabello entrelazado con las sábanas.
Ada, siempre inquieta, parecía haber caído allí por puro agotamiento, con una daga clavada en el colchón a su lado, como si estuviera lista para defender algo incluso en sueños.
Y Roxanne, con un ronquido ligero y encantador, estaba despatarrada entre ellas, su sutil respiración vibrando contra la clavícula de Vergil.
Vergil parpadeó.
El dolor en su cabeza aumentó.
—Q-qué… —intentó decir, pero solo le salió un murmullo ronco.
Aun así, fue suficiente.
Seis pares de ojos se abrieron como si hubieran sido programados para hacerlo.
Sapphire fue la primera en reaccionar.
—¡¿Vergil?!
El caos que siguió fue inmediato.
Todas se movieron al mismo tiempo, con exclamaciones ahogadas, expresiones de alivio y conmoción. Raphaeline casi se cayó de la cama al intentar levantarse demasiado rápido. Stella rodó hacia un lado con un quejido de dolor. Katharina se recompuso con la gracia de una dama, pero su expresión estaba desfigurada por la emoción. Roxanne bostezó, pero sus ojos estaban alerta, buscando señales de peligro. Ada simplemente saltó hacia atrás con la agilidad de una pantera, con los puños ya apretados.
Vergil volvió a parpadear, aturdido.
—…Yo… ¿qué…? —Intentó incorporarse, pero su cuerpo cedió de inmediato, cayendo de nuevo sobre las almohadas.
—¡Cálmate! —Sapphire se acercó y le puso una mano en la frente. Sus ojos brillaban de alivio, pero también de dudas, muchas dudas—. Tienes fiebre…, tu alma todavía está… fluctuando.
Raphaeline le apretó la mano con fuerza. —Nos asustaste, idiota. Estuviste inconsciente un día entero. ¡Casi no pudimos estabilizarte!
—¿Durmieron… encima de mí? —preguntó con voz pastosa y confusa.
—Asegurar tu alma a través de lazos emocionales. No es solo afecto, es una técnica espiritual —respondió Katharina en un tono serio, pero sus ojos estaban rojos como si hubiera estado llorando—. Y sí. Dormimos encima de ti.
Vergil gimió suavemente, masajeándose la sien. —¿Qué… pasó? Recuerdo… a las emperatrices. Crimsaria y Nivara. Iban a chocar. Lo vi. Y luego… luego…
—Luego… todo desapareció —terminó Sapphire, con una expresión que se tornó seria—. Fue un lapso. Un espacio de tiempo tan pequeño que ni siquiera pudimos medirlo. Un parpadeo. Un suspiro. Y ambas desaparecieron. Literalmente se desvanecieron de la existencia.
Roxanne se cruzó de brazos. —No se evaporaron. No fueron destruidas. Borradas. Como si las hubieran quitado del tapiz del mundo con unas pinzas cósmicas.
Vergil frunció el ceño y cerró los ojos por un momento. Intentó tirar de los recuerdos. Forzar los ecos. Pero todo lo que encontró fue un abismo negro.
—…No recuerdo nada.
Stella, sentada a los pies de la cama, asintió lentamente. —Eso es lo más extraño. Ni siquiera Amon y Astaroth pudieron encontrar rastros de lo que ocurrió allí. Es como si algo hubiera envuelto ese momento en una especie de velo absoluto.
Ada entrecerró los ojos. —Y no una fuerza cualquiera. Hablamos de una fuerza que, a todas luces, reescribió todo el continuo espacio-tiempo sin causar distorsiones medibles. Eso no es un sellado. Es… un reemplazo de la realidad.
Vergil respiró hondo. El dolor en su cabeza seguía palpitando, pero una nueva sensación comenzaba a surgir. Un vacío.
La ausencia de las emperatrices no solo se sentía como un alivio…, se sentía como un hueco, como si una pieza del rompecabezas hubiera sido arrancada y la imagen aún intentara fingir que estaba completa.
—Recuerdo que quise hacer algo —murmuró—. Quise evitar… algo inevitable. Pero después de eso… solo oscuridad.
Sapphire le puso la mano en el pecho. —Tu alma fue doblada. No quemada, no cortada… doblada. Como si hubiera servido de recipiente. Pero no sabemos para qué.
Raphaeline dudó, y luego dijo en voz baja: —Fuera lo que fuera…, ahora está en silencio.
Todas guardaron silencio por un momento. El ambiente en la habitación parecía haber cambiado: algo tenue e incómodo, como la última brisa antes de una tormenta lejana.
Vergil las miró a todas. Vio el agotamiento, la tensión, el miedo que no querían admitir. Y sintió, en lo profundo de su pecho, que algo mucho más grande había ocurrido. Algo que aún no era posible comprender…, pero que había dejado su huella.
—Necesito un tiempo a solas… —murmuró. El silencio que siguió a las palabras de Vergil fue denso. Ninguna de ellas se movió de inmediato. Era como si su petición hubiera sido una hoja afilada deslizándose lentamente entre los lazos que las unían allí; no cortando, sino tensando.
Sapphire fue la primera en reaccionar, tragando saliva antes de asentir levemente. Había algo en sus ojos: no era dolor, sino comprensión. Se giró hacia las demás y dijo con voz baja pero firme:
—Vamos a… vamos a darle un momento.
Raphaeline no respondió. Su mirada estaba fija en el rostro de Vergil, como si buscara una señal de que aquello era realmente necesario. Finalmente, se limitó a soltarle la mano con cuidado, como si liberara una pieza de cristal que pudiera romperse con cualquier roce.
—No tardes mucho, por favor —susurró, casi de forma inaudible.
Stella se levantó con un bostezo ahogado, estirando los brazos antes de recoger una sábana que se había deslizado del colchón. Sus ojos azules se encontraron con los de él, y forzó una leve sonrisa.
—Si empiezas a oír voces o a ver luces raras, grita, ¿de acuerdo? Se acabó eso de sacrificarte en silencio.
Ada bufó, dándose la vuelta, pero su rigidez delataba que estaba tan afectada como las demás. —Cinco minutos. Diez, como mucho. No te daré más que eso antes de que vuelva a invadir esta habitación.
—No me conoces muy bien si crees que voy a dejarte solo tanto tiempo —añadió Roxanne con una sonrisa pícara, pero sus ojos no reían.
Katharina fue la última en levantarse del colchón. Se alisó el cabello con calma, como si intentara ocultar el temblor de sus manos. Se acercó a la cabecera de la cama y se inclinó para susurrarle algo cerca del oído: —Cuando te mejores, tendremos nuestro momento a solas…
Con pasos ligeros, salieron una por una, cruzando la puerta del dormitorio. El aire pareció más frío a medida que la habitación se vaciaba, como si el calor que su presencia había proporcionado hubiera sido retirado con cuidado, pero aun así dejara un rastro.
La puerta se cerró suavemente con un clic.
Y entonces, por fin, Vergil estuvo solo.
El silencio era diferente ahora.
Vergil se apretó los dedos contra las sienes, y el siseo en su mente se hizo más nítido, como la estática de una radio antigua sintonizando un canal prohibido. Era un sonido que vibraba en lo más profundo de su cráneo, agudo y húmedo, casi como un susurro procedente de debajo del agua.
Arqueó las cejas, entrecerrando los ojos por un momento.
—¿Qué me está… pasando…?
—Tú también lo oyes, ¿verdad? —dijo una voz familiar, emergiendo como un aliento que provenía de todas direcciones.
Alzó la vista y se quedó mirando la sombra alargada a su alrededor, que comenzó a distorsionarse, a ondular, como si las leyes de la luz hubieran dejado de funcionar. Del suelo se alzó la forma de Itharine —su guardiana de las sombras— en su forma más pequeña: un diminuto dragón negro hecho de humo, con profundos ojos de ámbar y una cola que parpadeaba como una mecha encendida.
Aterrizó suavemente en la cabecera de la cama, con sus alas aleteando ligeramente.
—¿Itharine…? ¿Qué era eso? ¿Ese… siseo? —preguntó, con la voz baja y lenta.
La criatura negó con la cabeza.
—No lo sé —dijo en un tono sombrío, muy diferente a su calma habitual—. Pero creo que es mejor que lo veas por ti mismo.
Vergil frunció el ceño. —¿Ver qué?
—Ya sabes qué —replicó, ladeando ligeramente la cabeza—. Cierra los ojos. Ve adentro. A tu Mundo Mental.
Hubo un momento de vacilación. No sabía si quería ver. Si estaba preparado para ello. Pero respiró hondo… y obedeció. Sus ojos se cerraron. Y el mundo cambió.
El calor de la cama desapareció. La habitación se disolvió como humo arrastrado por el viento. Vergil abrió los ojos en el plano de su propia alma: su dimensión interior. Su Mundo Mental.
El suelo era un mar oscuro de lirios araña, rojos como sangre coagulada, que se extendía hasta donde alcanzaba la vista, meciéndose con el viento que no existía. El cielo, eternamente carmesí, ahora era diferente. Anómalo.
Había truenos negros surcando las nubes. Un velo tormentoso cubría los cielos, pero no era natural; era como si la propia alma del mundo estuviera gritando.
Y entonces lo vio.
En los cielos de su mundo interior… dos formas colosales chocaban con furia divina.
Crimsaria, la Emperatriz del Dragón Carmesí, envuelta en llamas escarlatas y relámpagos carmesíes, rugía como una tormenta viviente. Sus alas parecían hechas de cristal incandescente y su presencia hacía temblar los lirios de abajo.
Nivara, la Emperatriz Dragón de Platino, era un espectro de esplendor helado. Su cuerpo estaba envuelto en nieblas blancas y etéreas espinas de hielo. Por donde pasaba, el aire se congelaba, y fragmentos de su esencia caían como nieve cortante sobre los campos.
Estaban luchando.
Aquí. Dentro de él.
—No… —Vergil dio un paso adelante, con los ojos desorbitados—. Esto… Esto no es posible… ¡Ellas… Ellas se han ido! ¡Fueron borradas!
Itharine apareció a su lado, ahora en su forma humanoide, con su piel gris y sus ojos dorados reflejando las chispas de la batalla en lo alto.
—No fueron destruidas, Vergil. Fueron… absorbidas. Por ti.
Vergil contempló el cielo de su alma, con los ojos cargados de agotamiento e incredulidad. Las figuras colosales de Crimsaria y Nivara chocaban sobre los lirios araña como deidades enfurecidas, mientras chispas elementales surcaban el firmamento carmesí. Llamas escarlatas y ventiscas mordaces se batían en duelo en ciclos eternos, sin descanso, sin tregua.
Un suspiro se le escapó de los labios, pesado, cargado de algo entre la resignación y la incredulidad.
Ese sonido fue suficiente.
Con un súbito susurro, Fenrhaem, el lobo de pelaje negro y ojos de acero, apareció a su lado, como una sombra viva que emergiera del propio suelo. La criatura no gruñó, no lo saludó. Simplemente se quedó allí, en silencio durante un segundo, antes de hablar con su voz grave y serena:
—Han estado así desde el momento en que caíste. Desde tu colapso, no han parado.
Vergil giró el rostro lentamente, mirando al lobo con una expresión vacía. —¿Y nadie intentó… detenerlas?
Antes de que Fenrhaem pudiera responder, una silueta familiar apareció a su izquierda. La forma humanoide de Itharine caminaba entre los lirios, su piel gris reluciendo bajo la luz carmesí, sus ojos púrpuras brillando con inquietud.
—Lo intentamos, por supuesto —replicó ella, cruzándose de brazos con expresión tensa—. Pero es inútil. Nunca se cansan. Jamás. Ha habido ciento cincuenta enfrentamientos, Maestro. Exactamente. Y todos terminaron de la misma manera: en un punto muerto. No hay progreso. Solo destrucción cíclica.
Vergil se llevó una mano a la frente, masajeándose las sienes. Sentía como si su espíritu fuera constantemente estirado y comprimido por las fuerzas que colisionaban sobre él.
—¿Cómo… cómo sigo vivo con esto ocurriendo dentro de mí?
Itharine lo miró con pesar. —Porque, al parecer…, se han fusionado contigo.
El silencio cayó como una cuchilla. Ni el susurro de los lirios. Ni el gruñido lejano de los truenos elementales. Solo la frase suspendida en el aire, como una sentencia difícil de asimilar.
Vergil parpadeó un par de veces, mirando fijamente a la mujer sombra.
—Eso no tiene sentido. Fusionadas… ¿cómo? Eran entidades. Incomprensibles. Y… opuestas.
Itharine suspiró, dando un paso al frente. —Lo sé. Pero… algo ha cambiado. Desde ese momento en que desapareciste de la realidad. Desde que todo fue «borrado». Sus auras… ya no existen como antes. Ahora no son dos fuerzas distintas. Son… casi una sola. Casi idénticas. Lo único que aún las diferencia… es lo elemental. Una es fuego eterno. La otra, hielo ancestral. Pero en esencia… son una única fuente de poder… Tú.
Vergil volvió a mirar al cielo de su alma. Las dos dragonas daban vueltas una alrededor de la otra, atrapadas en una danza cósmica sin fin. Sus rugidos ya no eran gritos de rabia; sonaban como cantos desafinados de una misma melodía.
—Sé que mi cuerpo es muy extraño, pero esto va más allá de la extrañeza —masculló—. Es la cosa más absurda que he oído en mi vida.
Sin saber por qué, intentó expandir su aura, como un gesto instintivo, buscando sentirlas, comprender qué estaba pasando realmente. Pero lo que encontró fue lo más inesperado de todo:
Nada.
Su aura se extendió: vasta, profunda, palpitando como un océano a punto de engullirlo todo. Abarcó el aire circundante, llenó el suelo, fluyó a través de los lirios, atravesó las capas de su alma como un viento nuevo…
Pero no las tocó.
Era como si las dragonas formaran parte del mismísimo tejido de su aura. No como presencias invasoras. Sino como extensiones.
Vergil retrocedió un paso, tambaleándose, mientras se miraba las manos. —No… no puedo sentirlas. Como si no fueran «entidades externas»… como si… estuvieran dentro de la estructura de mi alma. Disueltas en ella.
Itharine asintió con gesto serio. —Exacto. No están habitando tu alma. Ahora son parte de ella.
Y entonces, como si esas palabras tuvieran algún peso mágico, Crimsaria y Nivara detuvieron su batalla. Ambas se pararon en el aire al mismo tiempo, como si una fuerza invisible hubiera tocado el corazón de las dos.
Lo sintieron.
Lo sintieron a él.
A Vergil.
Sus ojos colosales —rubíes llameantes y diamantes glaciales— se volvieron hacia el suelo de lirios araña y, por un breve segundo, ambas permanecieron inmóviles. El cielo rugió en silencio. El mundo pareció contener la respiración.
El cambio fue repentino.
En el momento en que el aura de Vergil se expandió y se extendió como una ola invisible por todo el plano espiritual, Crimsaria y Nivara reaccionaron brutalmente. Sin previo aviso, sin vacilación, cayeron en picado desde los cielos como meteoritos vivientes, con los ojos destellando de furia y las garras extendidas: una apuntando al corazón de Vergil, la otra a su rostro.
El impacto nunca se produjo.
En el instante exacto en que las garras habrían de cortar el espacio hasta él, el aire alrededor de Vergil se distorsionó.
Como si el universo a su alrededor obedeciera únicamente a su presencia, surgió una fuerza abrumadora, invisible pero incuestionablemente absoluta. No era un aura. No era magia. Era como si el propio concepto de «tocar a Vergil» hubiera sido prohibido por la realidad.
La gravedad a su alrededor se triplicó, se quintuplicó, se centuplicó. El suelo tembló. Y en una fracción de segundo, las dos Emperatrices fueron arrancadas del aire y arrojadas al suelo, como hojas arrastradas por un agujero negro.
¡CRASH!
Crimsaria fue la primera en golpear el suelo, su garra hundiéndose en la tierra antes de que pudiera siquiera comprender qué la había golpeado. A continuación, Nivara cayó en el lado opuesto, arrastrando hielo y nieve con su impacto, rugiendo de frustración. Sus cuerpos colosales intentaron moverse, pero fue inútil: era como si la gravedad de mil soles las estuviera aplastando, sin que Vergil siquiera parpadeara.
Aun así, lucharon.
Sus ojos ardían con fuego y hielo, intentando levantarse, resistiéndose, hundiéndose aún más. Sus alas se retorcían. Sus garras se clavaban. Pero nada funcionaba. Cuanta más ira sentían, más aumentaba la presión.
Hasta que, finalmente, se rindieron.
La gravedad cesó en un instante. No porque Vergil la «desactivara». Sino porque ya no necesitaba defenderse. Las dos Emperatrices, soberanas de su propia naturaleza, habían sido domadas por algo que no comprendían. Y eso las enfureció aún más.
Ambas rugieron, y sus gritos resonaron a través de las capas del alma como un trueno puro:
—¡¿QUÉ NOS HAS HECHO?! —gritó Crimsaria, con la voz como una explosión de ascuas y vergüenza.
—¡¿QUÉ DEMONIOS HAS HECHO?! —vociferó Nivara, con un tono frío y cortante, pero lleno de desesperación.
Vergil, de pie entre los lirios araña, con las manos aún a los costados, las miró con una frialdad inusual. Había algo muerto en su mirada; no debilidad, sino desinterés.
Y respondió secamente:
—Si lo supiera…, ¿por qué, en nombre de cualquier deidad, se lo diría a dos idiotas que lo arruinaron todo?
Silencio.
El suelo tembló más con ese simple insulto que con la fuerza gravitacional anterior.
Crimsaria se quedó helada. Nivara tragó saliva. Las dos se miraron, como si hubieran oído algo impensable.
Nadie… se había atrevido… a llamarlas idiotas.
Mucho menos un hombre.
Por un momento, sus ojos ya no expresaron ira, sino auténtica conmoción. Como si el insulto hubiera golpeado algo más profundo que cualquier hechizo, más profundo que cualquier espada. Una verdad cruda y simple que nunca antes habían enfrentado.
—…¿Idiotas…? —susurró Nivara, como si probara el sonido de la palabra.
—¿Nos… ha llamado… idiotas…? —repitió Crimsaria, incapaz de creer lo que oía.
Había una especie de tensión desconcertante entre ellas. Pero entonces, lentamente, ambas empezaron a cambiar. Las formas dracónicas se deshicieron en fragmentos de llama y hielo, y las dos volvieron a su forma humanoide: Crimsaria con un cabello tan largo como ascuas vivas, vestida con ornamentadas túnicas rojas; Nivara con la piel tan pálida como la nieve, de ojos gélidos y rasgos serenos, pero ahora contraídos por la ira.
—Tienes el descaro —comenzó Crimsaria, acercándose con pasos pesados—, ¿de llamarnos así después de todo lo que has pasado por nuestra culpa?
—¿Idiotas? —dijo Nivara, más contenida, pero con una pizca de veneno—. Estábamos luchando y…
—Cállate —dijo Vergil mientras su aura demoníaca aumentaba en la estancia—. Parece que no lo entendéis —dijo mientras se ponía cada vez más nervioso.
—No sé qué coño ha pasado, pero si estáis aquí, significa que ha ocurrido una mierda que involucra mi cuerpo, así que callaos la boca porque es totalmente vuestra culpa, par de retrasadas que queríais mataros entre vosotras —dijo, lanzando insultos.
—Tú, no sé quién eres, pero voy a matarte —dijo Nivara nerviosamente
mientras apretaba los puños.
Su aura demoníaca creció como una marea negra. Cada palabra que decía parecía tallada en piedra, un corte directo en la carne de la realidad.
—Cállate —dijo con voz grave, sus ojos fijos en ellas—. Las dos. Cerraos. La. Puta. Boca.
Crimsaria dio un paso al frente, a punto de replicar, pero vaciló al ver su expresión.
—¿Tenéis alguna idea de lo que ha pasado? —continuó, con la voz cada vez más alta—. ¿Alguna idea de la mierda cósmica que habéis provocado?
Nivara bufó sarcásticamente, cruzándose de brazos.
—No nos culpes por…
—¡Cállate! No te he dado permiso para hablar —rugió, y el suelo tembló a su alrededor.
—Queríais destruiros. ¡Dos niñas divinas con el poder de aniquilar galaxias jugando a la muerte eterna! ¿Y para qué? ¿Por orgullo? ¿Por heridas estúpidas? —Su voz se volvió más grave—. ¿Queríais morir? ¿Morir de verdad? ¡Bien! ¡Mataos! Pero no en mi alma.
Los ojos de Crimsaria se abrieron de sorpresa ante la intensidad.
Vergil dio dos pasos al frente, con las manos temblando ahora no de miedo, sino de frustración contenida.
—Y ahora estáis aquí, fusionadas conmigo, atrapadas en mi interior, ¿y queréis seguir actuando como si fuerais las reinas del universo? ¡Vosotras dos me arrastrasteis a esto! ¡Ni siquiera tuve elección! Así que callaos y pensad por un segundo en lo que habéis hecho, porque no sé qué demonios pasó. Perdí el conocimiento. Desperté aquí. Y vosotras… —señaló, con el dedo casi temblando de rabia—, estabais convirtiendo mi alma en un campo de batalla.
Hubo un momento de silencio. La tensión pareció empezar a disolverse… hasta que Nivara sonrió. Una sonrisa fina. Casi cruel.
—Mph. ¿De verdad crees que puedes darnos órdenes ahora? ¿Que porque estamos… «en ti», eres el dueño de todo esto? ¿Que estás a cargo de mí? —Dio un paso al frente, con la mirada afilada como una cuchilla de hielo—. Entonces dime… ¿qué harías si decidiera salir y… matar a cada mujer que sintiera cercana a ti? Una por una. Lentamente. ¿Solo para ver qué pasa con tu precioso control?
El mundo se detuvo.
Vergil no dijo una palabra.
Simplemente desapareció del lugar y reapareció frente a ella en un solo movimiento.
¡ZAS!
El sonido de la bofetada resonó en el campo de lirios araña como una explosión. Fue seco, violento, implacable.
El rostro de Nivara se giró por el impacto. Su cuerpo fue lanzado a un lado, tambaleándose dos pasos antes de detenerse. El sonido fue tan absoluto que incluso Crimsaria retrocedió instintivamente, con los ojos como platos.
La marca de su mano era nítida en la piel traslúcida del rostro de la emperatriz glacial: cinco dedos rojos como ascuas ardientes contra el blanco puro de la nieve.
Vergil permaneció inmóvil.
Sus ojos eran negros como abismos. Su voz salió fría, vacía de emoción:
—Inténtalo. Solo una vez más. Menciona a cualquiera de ellas. Con esa boca inmunda que tienes.
—Y no te golpearé. Te romperé. Te aplastaré con todo lo que tengo, Nivara. Alma por alma. Pedazo por pedazo. ¿Lo entiendes?
Nivara lo miró fijamente, atónita. No por el dolor, sino por la humillación. Por primera vez, no parecía saber cómo reaccionar. Sus labios se separaron, pero no salió ninguna palabra.
Crimsaria se llevó la mano a los labios en un gesto involuntario.
Vergil giró lentamente el rostro también hacia ella. —Y tú. No creas que te libras. Sois las responsables. Dos idiotas con demasiado poder y poco cerebro.
El silencio ahora era como una cúpula de cristal. Sin sonido, sin viento. Ni siquiera los lirios se movían.
Vergil dejó escapar un suspiro —no de agotamiento, sino de furia que había encontrado una salida.
—Si queréis seguir existiendo dentro de mí, entonces aprended rápido: aquí ya no sois diosas.
—Sois mi sombra. Mi parte. Me obedecéis. Sois mías. O desaparecéis.
Les dio la espalda.
—Ahora quedaos ahí y pensad. Y si os avergonzáis lo suficiente, aprended a callar.
Y luego, sin decir una palabra más, caminó a través de los lirios.
Fenrhaem observaba, con sus ojos de acero serenos como siempre. Itharine, con los brazos cruzados, parecía aliviada y preocupada al mismo tiempo.
A su espalda, Nivara permanecía quieta, tocándose el rostro con la punta de los dedos, temblando; no de frío, sino de algo nuevo: miedo.
Y Crimsaria… bajó la mirada. Por primera vez en milenios, no tenía una respuesta preparada.
«El Maestro da miedo cuando se enfada… —pensó Itharine—. Nota mental: no enfadar nunca al Maestro».
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