Mis Esposas son Hermosas Demonias - Capítulo 421
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Capítulo 421: Sirvienta trabajadora
La neblina roja del círculo mágico se disipó con un suave crepitar arcano, y Vergil pisó el frío y oscuro suelo de mármol. El aire en la Mansión Agares estaba en silencio, pero era distinto al de la última vez: ya no olía a hollín y a sangre seca.
Caminó lentamente por el vestíbulo principal. Era imposible no notarlo: el lugar donde antes había un gigantesco agujero en la pared —un recordatorio de un ataque brutal— ahora estaba perfectamente restaurado. El mármol había sido reconstruido, las ventanas reinstaladas con sus vidrieras encantadas, e incluso los pilares volvían a lucir las tallas demoníacas que le daban a la casa su toque único de realeza perversa.
Vergil pasó la mano por el pasamanos de la escalera, analizando el acabado. No estaba mal. Casi parecía que no hubiera pasado nada.
Pero había algo que le llamó la atención: un silencio absoluto.
Frunció el ceño, mirando de un lado a otro, y luego alzó la voz suavemente:
—¿Hay alguien en casa?
Por un momento, el sonido resonó entre las paredes de la estancia recién reconstruida. Estaba a punto de subir los escalones cuando oyó el ruido de unos pasos apresurados en el piso de arriba, acompañados por el leve sonido de algo al caer.
Poco después, una figura apareció en lo alto de la escalera.
—¡Ah! —exclamó Viviane, medio sorprendida, medio avergonzada.
Bajó las escaleras con cierta prisa, vistiendo un atuendo con el que Vergil jamás se habría imaginado verla. Un mono de tela gruesa, un delantal manchado de pintura —una roja, otra plateada, e incluso una franja de azul metálico cerca de la cadera— y en sus manos, un rodillo de pintura mágico que todavía goteaba ligeramente.
Su cabello, recogido en un moño improvisado, tenía algunos mechones pegados a la frente por el sudor. Y, sin embargo, había algo fascinante en esa mujer; algo innegablemente hermoso en su sencillez momentánea.
Vergil enarcó una ceja y sonrió con discreción.
—Y yo que pensaba que lo había visto todo. Nunca imaginé que mi encantadora sirvienta aparecería vestida de obrera.
Viviane, al oír esto, se sonrojó hasta las orejas. Resopló y desvió la mirada, incapaz de reprimir una sonrisa irritada.
—La magia no lo soluciona todo —masculló mientras terminaba de bajar las escaleras con cuidado—. Conseguí reconstruir la estructura de la pared con hechizos de restauración, sí…, ¿pero la pintura? Bueno, la pintura no quiso cooperar con la magia en absoluto. Tendría que usar alquimia y…, sinceramente, es más fácil pintar a mano.
Dejó caer el rodillo sobre un soporte y se desplomó en uno de los sillones de la sala.
—He trabajado tanto en este Walpurgis que me merezco unas vacaciones eternas —refunfuñó, estirando las piernas e inclinando la cabeza hacia atrás, dejando escapar un largo suspiro.
Vergil se rio, acercándose lentamente. En silencio, caminó por detrás del sillón donde ella estaba sentada, observando su estado: exhausta, sudorosa, pero con un aura genuinamente satisfecha de logro. Se inclinó un poco y, sin decir nada, la rodeó por los hombros con los brazos, atrayéndola contra su pecho con un afecto que rara vez mostraba tan directamente.
—Comprendo la fatiga. Pero puede que tengamos un nuevo trabajito por delante —murmuró, con su voz profunda vibrando contra la nuca de ella.
Viviane abrió los ojos lentamente, mirándolo de reojo con una sospecha cómica.
—Si este «trabajo» implica cualquier cosa que vaya a drenar mi energía, por favor, avísame antes de que me levante, estoy completamente agotada —dijo con un quejido teatral.
—Aún no sabemos si será para tanto. Pero… podría serlo —respondió Vergil con una sonrisa torcida.
Ella hizo una mueca de puro desánimo.
—Claro. ¿Y ahora qué es?
Vergil entonces se irguió un poco y rodeó el sillón, deteniéndose frente a ella. Su expresión se tornó más seria, reflejando el peso de la información que traía.
—Ha aparecido Paimon. Ha traído los dos fragmentos restantes de Excalibur.
Viviane enarcó las cejas, sorprendida.
—¿Los dos últimos? —se enderezó en el sillón, y su fatiga desapareció por un momento—. Eso significa que los siete fragmentos ya están juntos.
—Sí —confirmó Vergil—. Tres conmigo, tres con ella. El último… probablemente lo absorbí yo cuando destruí a Espectro.
Viviane cerró los ojos por un momento, asimilando la información.
—Menudo problema… —murmuró Viviane—. Ya me imagino la idea que han tenido Paimon y los Arcontes… Quieren que tú…
—Sí. Paimon sugirió que reconstruyamos la espada. Ella, Amon, Astaroth y Phenex creen que sería peligroso dejar los fragmentos sueltos de nuevo. Y más aún intentar destruirlos. La propuesta es clara: forjar una nueva Excalibur. No una réplica. Sino… una encarnación reformada, unificada a través de mí.
Viviane no respondió de inmediato. Se levantó del sillón y comenzó a caminar lentamente por el vestíbulo, con la mente ya procesando posibilidades y riesgos. Era una estratega, y tras su encanto y delicadeza se escondía una mente tan afilada como una cuchilla y un pesado martillo que podía forjar cualquier cosa.
—Mmm… Excalibur no es solo un arma. Es un símbolo. Un catalizador de ideales absolutos. Si se reconstruye y se vincula a ti, quedará marcada por todo lo que eres. Y bueno, teniendo en cuenta que probablemente ya está corrompida, no veo muchos impedimentos. Si fuera solo una espada divina, morirías fácilmente, pero, por suerte… Bueno, digamos que ya tienes a Yamato con uno de los fragmentos… Eso hace mucho más sencillo unir y absorber los fragmentos restantes.
Viviane siguió paseando de un lado a otro, y sus pasos resonaban suavemente sobre el mármol recién restaurado. El polvo mágico de la pintura aún flotaba sutilmente en el aire, pero ella ya no parecía notarlo. Ahora, su mirada estaba fija en la nada, con los ojos entrecerrados, como si estuviera hojeando mentalmente cientos de grimorios y tratados antiguos en busca de respuestas y precedentes.
—Cierto… —murmuró, más para sí misma que para él—. Sabemos que Excalibur no es solo una hoja de guerra. Es un catalizador arquetípico. Porta conceptos: justicia, pureza, rectitud… cosas que, seamos sinceros, no representas exactamente en el sentido tradicional. Pero…
Se giró, señalando a Vergil como si hubiera llegado a un punto clave.
—… pero el hecho de que ya hayas absorbido un fragmento sin quedar aniquilado dice mucho. Muchísimo. Yamato, por su naturaleza de división y equilibrio, sirvió de receptáculo. La hoja no se resistió… se acomodó.
Vergil asintió, con los brazos cruzados, observando atentamente cada conclusión.
—Y eso es importante. Porque si ya ha aceptado a Yamato, y Yamato te acepta a ti, entonces… parte de la esencia de Excalibur ya está moldeada a tu espectro espiritual. Esto abre un espacio para que los otros fragmentos se unan sin causar un colapso inmediato. La resistencia será menor. Pero…
Hizo una pausa. Miró al suelo, pensativa, y luego lo miró a él, más seria.
—… no significa que vaya a ser fácil. La fusión total no es solo una cuestión de poder mágico o afinidad espiritual. Hablamos de la reconstrucción de una entidad mística que, en su forma original, era prácticamente una manifestación consciente del orden celestial. El proceso afectará a los planos etéreos. Si algo sale mal…
—Un cataclismo —completó Vergil, con un leve asentimiento—. Me lo imaginaba.
—Un cataclismo dimensional, quizás. O una ruptura de tu alma. O la creación de una nueva entidad… o una distorsión temporal. Estamos lidiando con energía primaria canalizada por fragmentos que han estado separados durante eones y han sufrido distintas corrupciones. Unificarlos en un solo cuerpo puede generar estabilidad… o la destrucción total.
Viviane respiró hondo, pasándose las manos por el pelo y deshaciendo el moño improvisado. Los mechones rojos cayeron sobre sus hombros, y ella alzó la cabeza, con los ojos brillantes de determinación.
—Es posible. No digo que no lo sea. Pero el ritual debe hacerse con planificación, seguridad, aislamiento y contención. Necesitamos una ubicación lejos de cualquier zona habitada. Un lugar que pueda soportar un fallo y que no se derrumbe si la espada despierta… mal.
—¿Algún lugar en mente? —preguntó Vergil.
Viviane entrecerró los ojos, reflexionando unos instantes más. Sus dedos tamborilearon contra su brazo mientras sopesaba los riesgos y las variables. Luego, como si encajara la última pieza de un antiguo rompecabezas, alzó la vista hacia Vergil con la confianza de quien tenía una respuesta preparada.
—En medio del océano Atlántico —dijo, con tranquila seguridad—. En aguas neutrales, lejos de portales fijos y lejos de cualquier ciudad humana, demoníaca o feérica. Nada cerca que pueda ser consumido o distorsionado si algo sale mal.
Vergil enarcó una ceja ligeramente.
—Aislamiento absoluto.
—Exacto —asintió ella—. Ni un alma viviente en kilómetros a la redonda. Si ocurre una explosión etérea, se disipará en el agua. Si se forma una distorsión planar, será mucho más fácil anclarla en el vacío del mar que en suelos cargados de historia o magia residual. Y si tú… fallas o te pierdes en el proceso, Excalibur no encontrará nada a su alrededor que contaminar o dominar. Ni cielo, ni infierno. Solo silencio.
Él se acercó un poco a la ventana, observando cómo las vidrieras con sus colores fríos se reflejaban en su rostro.
—Estoy de acuerdo. Es una buena elección. Pero necesitamos una estructura. Un círculo arcano como base. Y un anclaje dimensional. No puedo simplemente lanzarme al mar con siete fragmentos y esperar que todo se alinee.
Viviane ya se le había adelantado en ese punto.
—He pensado en eso. Podemos conjurar un altar sobre una roca sumergida que conozco: una antigua isla sellada entre capas de niebla mágica. No aparece en los mapas mundanos ni en las cartas infernales. El lugar fue utilizado una vez por los Atlantes en un ritual de ascensión… y abandonado después de que saliera mal.
—Suena perfecto —dijo Vergil con una sonrisa torcida—. Cuanto más maldito, más propicio.
Viviane se cruzó de brazos.
—Exactamente el tipo de ironía mágica que atraes. Pero podemos trabajar con eso. Necesitaré tres días para prepararlo todo. Cuatro, si quieres garantías.
Él se volvió hacia ella, con los ojos brillando con una extraña mezcla de confianza y aprensión.
—Que sean cuatro. Quiero garantías.
Viviane asintió.
—Entonces tenemos un plan. Y si todo sale mal… bueno, al menos tendremos una hermosa vista del apocalipsis en mar abierto.
Vergil sonrió.
—Siempre sabes cómo animarme.
—Es un talento —respondió ella con un suspiro, calculando ya mentalmente los círculos, los sellos de estabilización y los sacrificios menores de energía que necesitaría.
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