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Mis Esposas son Hermosas Demonias - Capítulo 430

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Capítulo 430: Prueba de Aura.

El mundo contuvo el aliento.

Dos presencias místicas —tan distintas como el cielo y el infierno, lo divino y lo profano— colisionaron con una simple sonrisa.

Y entonces… las AURAS explotaron.

El suelo tembló como si el mismísimo corazón del mundo hubiera sufrido un espasmo. El cielo se estremeció, ondeando con colores antinaturales. La realidad crujió como un espejo resquebrajándose desde dentro.

¡¡¡KRAAAAAAASH!!!

La descarga mágica fue una fuerza viva, brutal e incontrolable.

Decenas de brujas salieron despedidas por los aires como hojas en un huracán. Los puestos del mercado quedaron reducidos a escombros. Frascos de pociones estallaron en explosiones de colores. Ingredientes raros fueron lanzados al viento como confeti del apocalipsis. Tomos antiguos giraron en el aire antes de explotar en llamas místicas o teletransportarse por instinto de supervivencia.

En el centro del caos, Morgana, envuelta por una gruesa barrera de sombras, se protegía con un brazo frente a la cara, gritando algo que nadie oyó. El sonido fue engullido por el rugido cósmico de la colisión.

Pandora se tambaleó… solo por un segundo.

Un segundo que decía mucho.

Su aura cristalina, antes tan imperturbable como la eternidad, tembló. Las runas talladas en su piel palpitaron más rápido, como si estuvieran recalculando. La serpiente luminosa a su alrededor siseó con violencia, enroscándose con fuerza en su cuello, como si se preparara para la guerra.

Los ojos opalescentes de Pandora se entrecerraron y la sonrisa en sus labios se ensanchó; de emoción, no de miedo.

—¿Puedes seguirme el ritmo? —dijo, con la voz casi encantada, como la de una niña que ha encontrado un nuevo juguete mortal.

En el ojo del huracán mágico, Vergil permanecía como una estatua viviente de furia.

Su aura ardía. Viva, inestable, palpitando como un corazón recién despertado. Las sombras a su alrededor temblaban y el suelo bajo sus pies seguía agrietándose, incapaz de soportar el peso de su poder. Sus ojos, ahora rojos como el núcleo de un volcán, ardían con sed de combate.

Soltó una risa grave y ronca… y había algo animal en ella.

Sus dientes parecían más afilados, y la cordura habitual en su mirada había dado paso a una electricidad salvaje.

—Me subestimaste, cristal andante —dijo, con su voz reverberando como un trueno en un templo antiguo—. Y eso fue un error.

Pandora enarcó las cejas y luego rio: una risa dulce, musical… y absolutamente maliciosa.

—Eres audaz…, demasiado audaz —dijo, moviendo los dedos en el aire mientras los cristales giraban alrededor de su cuerpo como lunas en órbita—. Ya sabes lo que dicen sobre jugar con fuego, ¿verdad?

Vergil ladeó la cabeza, y sus cuernos aparecieron brevemente como sombras tras él, con sus contornos ardiendo en rojo.

—Sí —respondió, con una sonrisa torcida—. Pero en ese caso, me gustaría ser solo el fuego…

¡ZAAAP!

La serpiente de luz se disparó como un rayo viviente, una línea de energía que cortaba el aire. Pero Vergil ya estaba en movimiento.

En un giro fluido y feroz, su cuerpo se retorció en el aire como una cuchilla viviente, y su pierna colisionó con el costado de la criatura con una fuerza tan absurda que el impacto liberó una onda de choque, lanzando por los aires a todavía más brujas.

—¡CORRED, INSENSATAS! —gritó una de ellas, protegiendo una cesta de hongos flotantes con su propio cuerpo.

—¡VAN A DESTRUIR LA PLAZA OTRA VEZ!

—¡Activad la barrera de contención! ¡RÁPIDO!

—¡AAAAAAAAAAAH!

—¡Ya te has desmayado cuatro veces hoy, idiota!

Mientras el caos reinaba de fondo, Pandora permanecía al frente, imperturbable, concentrada. Levantó un dedo, y el cristal danzó en el aire, multiplicándose en fragmentos prismáticos, afilados como dagas encantadas.

Volaron como disparos de una ametralladora mágica.

Vergil no retrocedió.

—¡VENGA, MALDITA MUÑECA! —rugió, mientras su aura bramaba a su alrededor como una hoguera demoníaca a punto de devorar el mundo.

¡FWHOOOOOM!

Su presencia explotó, quemando el aire, derritiendo algunos de los cristales al impactar, desviando otros con los puños.

¡PAAFT! ¡KRAANG! —cada desvío sonaba como campanas aplastadas por mazos.

Pandora se abría paso por el aire como si bailara en gravedad cero. Sus movimientos eran gráciles, elegantes… pero no había ternura en ellos, solo una eficacia letal. Como si dirigiera una sinfonía de destrucción, moldeando el campo de batalla a su alrededor con sus gestos.

Pero Vergil…

Él no era un instrumento.

Era la orquesta entera, destrozando sus propios instrumentos.

Su puño llegó desde abajo: brutal, directo, un cometa de pura furia.

Pandora alzó el brazo, bloqueando con un escudo de cristal, pero el impacto la lanzó hacia atrás, junto a Vergil, abriendo un vacío mágico que absorbió el aire, el sonido… y, por un instante, hasta la luz.

¡FUUUUUUM!

La plaza se congeló.

Las brujas estaban caídas, escondidas o temblando tras hechizos protectores.

Algunas grababan todo en orbes mágicos. Otras simplemente rezaban a cualquier entidad que no estuviera contemplando la escena con palomitas.

Y entonces…

¡¡¡BOOOOOOOM!!!

Se abalanzaron el uno contra el otro, de nuevo.

Los puños colisionaron.

Aura contra aura.

Caos contra control.

Infierno contra eternidad.

El impacto creó una tormenta mágica en expansión: vientos cortantes, relámpagos de energía pura, ráfagas de calor, frío y distorsiones temporales que hicieron que el espacio circundante se retorciera como tela mojada.

El cielo se resquebrajó sobre ellos. Literalmente.

Una línea delgada, brillante y amenazadora surcó los cielos, como si el plano de la existencia se estuviera agrietando de miedo.

Pandora jadeó.

Pero su sonrisa era amplia, casi infantil.

Vergil sangraba.

Pero su sonrisa era más grande. Perversa. Salvaje. Auténtica.

Sus miradas se encontraron y el mundo pareció detenerse de nuevo.

Allí, en el centro de la destrucción, en el ojo del huracán, hubo un segundo —solo un segundo— de reconocimiento.

No como enemigos.

No como monstruos.

Sino como… iguales.

—Me diviertes —murmuró Pandora, con sus ojos opalescentes vibrando con poder puro.

—Tú me irritas —replicó Vergil, escupiendo sangre en el suelo y limpiándose la boca con el dorso de la mano.

—Entonces estamos en paz.

El caos estaba a punto de continuar.

Pandora hizo girar sus dedos en el aire, atrayendo nuevos fragmentos de cristal para que orbitaran alrededor de su cuerpo como satélites encantados. Vergil se limpió la sangre de la comisura de los labios con una sonrisa maniática, sus músculos se tensaron, el aura a su alrededor bullía, lista para explotar de nuevo.

Ambos estaban a punto de lanzar otro ataque.

Pero entonces…

SILENCIO.

Las auras se desvanecieron.

Vergil sintió como si alguien hubiera desenchufado su cuerpo: el calor, la energía demoníaca, todo desapareció de golpe, como tragado por un agujero negro.

Pandora dio un paso atrás, confundida, mientras sus cristales caían al suelo como vidrio destrozado, sin vida.

—¿Qué…? —empezó a preguntar, frunciendo el ceño.

Vergil giró la cabeza.

Y entonces lo vio.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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