Mis Esposas son Hermosas Demonias - Capítulo 435
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Capítulo 435: Ella creó esto…
—Eso no será un problema —dijo Pandora, estirando los brazos con pereza—. Todo el mundo muere. Todo el mundo reencarna. El alma entra en el ciclo, emprende un viaje cósmico, a veces regresa como un lémur, a veces como un semidiós, y todo continúa. Su alma solo… se unió a la cola como todas las demás.
Vergil bufó. —¿Estás diciendo que esto es normal?
—Normal no es la palabra —Pandora torció la muñeca, como si no quisiera comprometerse con la definición—. Pero es común. La cuestión es que el cuerpo es nuevo, pero el alma es reciclada. Y la suya es antigua. Muy antigua. Como… de las de «antes de las primeras palabras».
Seris, que seguía tecleando runas y observando patrones en la pantalla, murmuró sin levantar la vista:
—Pero si eso es cierto, un alma tan poderosa ni siquiera debería estar en este plano. Y mucho menos… en ese cuerpo.
—Exacto —respondió Pandora con una sonrisa—. Puede que su alma ni siquiera sea de esta galaxia. Tal vez ni de este universo. Esto de aquí —señaló a Alice con el dedo— es una anomalía con mayúsculas y a gritos en negrita.
Pandora se acercó a Alice, que la observaba con ojos grandes y curiosos, sin ser consciente del peligro que ella representaba.
—Pero tranquilos —dijo Pandora, sonriendo—. Nada de esto significa que sea un error. Solo significa… que nadie tiene ni idea de lo que puede haber oculto en su interior.
Entonces se agachó frente a la niña, como para contarle un secreto… y le dio un suave papirotazo en la frente.
¡Tec!
Alice cayó hacia atrás como una muñeca, desmayándose al instante.
—LISTO —dijo Pandora en voz alta, chasqueando los dedos como si hubiera resuelto un problema de aritmética—. Ahora, a ver una cosa.
Vergil dio un paso al frente. —¿¡Qué ha sido eso!?
—Relájate, solo se quedó dormida. Ha sido un golpe mágico. Altamente especializado —Pandora hizo un gesto pomposo, como una doctora que supiera lo que hace—. Esto lo hago todo el tiempo con demonios revoltosos.
Tomó con delicadeza la pequeña mano de Alice y cerró los ojos.
—Mmm… sí, es correcto. Hay un sello aquí. Uno muy antiguo. Este tipo de cosas son… anteriores al tiempo. Una capa de magia que impide que el alma se recuerde a sí misma. Probablemente para no destruir el cuerpo actual con un exceso de recuerdos.
Morgana se acercó, intrigada. —¿Estás diciendo que fue sellada a propósito?
—Claro. Si lo recuerda todo de golpe, el cuerpo arde. El típico protocolo de protección para almas poderosas. Ya he visto esto antes en… eh, dos o tres reencarnaciones de dragones estelares. Uno de ellos hasta explotó. Fue hilarante.
Entonces, Pandora chasqueó los dedos. Al instante, Alice se despertó con un pequeño suspiro, parpadeando como si hubiera echado una siesta.
—¿Mmm? —murmuró—. ¿Qué ha pasado?
—Solo has echado una siestecita, querida —sonrió Pandora para tranquilizarla.
—Alice —dijo, señalando la pared—, ¿puedes abrir esa magia para mí, por favor?
La niña miró a Vergil con vacilación, buscando su aprobación. Él asintió con una mirada firme pero tranquila.
Alice extendió su pequeña mano y apuntó al muro de piedra rúnica que tenía al lado.
Las runas reaccionaron como si estuvieran vivas: se iluminaron en espirales mientras el maná fluía de Alice en suaves ondas. Se abrió un portal con un sonido etéreo, un zumbido dorado que parecía tararear una melodía ancestral. El aire se volvió más ligero, más brillante. Como si el propio espacio se abriera a otra capa de la existencia.
El círculo mágico era perfecto. Un vórtice dorado y palpitante, creado sin esfuerzo, sin resistencia. Estable.
Seris parpadeó varias veces. —Eso… es imposible. Es mucho más grande que la última vez que lo abrió… Ni un mago experimentado tendría suficiente maná para hacer algo así…
—No lo ha abierto. Solo ha recordado cómo hacerlo —dijo Pandora—. Es como montar en una bicicleta astral. Le he abierto los conductos de maná, ahora puede usar todo su cuerpo actual.
Alice miraba el portal, maravillada.
—Vamos a comprobar una cosa —dijo Pandora, con un brillo inusual en los ojos—. Venga.
Dio el primer paso y entró en el portal como si regresara a casa. Vergil vaciló un instante, luego cogió a Alice en brazos, sujetándola con fuerza, y la siguió. Morgana y Seris intercambiaron miradas silenciosas y no tardaron en seguirlos.
Lo último que desapareció en el vórtice fue el sonido de Pandora, que murmuraba emocionada:
—Si estoy en lo cierto, esto va a ser… divertido.
En cuanto los cinco cruzaron el portal, una ligera distorsión envolvió sus cuerpos, como si los rodeara agua tibia. Y entonces, de repente, todo se volvió… silencioso.
El grupo apareció en una llanura que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Un mar verde de hierba alta se ondulaba al contacto de una suave brisa. No se oía el sonido de los animales, ni el crujido de las hojas secas, ni el susurro de los insectos. Solo el viento, que mecía las lejanas colinas bajo un cielo azul perfecto, salpicado de nubes que parecían perezosas pinceladas de un artista paciente.
Vergil fue el primero en hablar, con la voz casi en un susurro:
—Este lugar…
Miró a su alrededor, confundido, como si reconociera algo, pero no supiera el qué.
—Se parece a mi mundo mental… Pero… —entrecerró los ojos—. El mío tiene campos de Lirios Araña Rojos. Es un reflejo de mi dolor, de mi furia contenida. Este, en cambio…
Se giró lentamente, sus ojos recorriendo la escena con atención militar.
—En este solo hay… paz.
Morgana miró al suelo con cuidado, como si temiera pisar y arruinar algo sagrado. Seris se arrodilló y pasó los dedos por la hierba, observando cómo se doblegaba con delicadeza bajo su tacto.
Alice, aún en brazos de Vergil, dejó escapar un pequeño suspiro. Tenía los ojos fijos en el cielo, como si aquel lugar siempre hubiera estado dentro de ella; y quizás así era.
Pandora, en cambio, se quedó helada.
Literalmente.
Se tambaleó, se llevó la mano a la garganta y boqueó, como si hubiera visto un fantasma o, peor aún, como si hubiera comprendido algo que no debía.
—Imposible… —susurró, con los ojos desorbitados, sin parpadear.
—¿Pandora? —se giró Seris—. ¿Qué ocurre?
—Este… este es el mundo mental de la niña —murmuró Pandora, casi sin voz—. Pero está… materializado. Tiene… gravedad, atmósfera…, física. No es una proyección astral. Es real.
Vergil entrecerró los ojos. —¿A qué te refieres con «real»?
—Real, de verdad —dijo Pandora, girando sobre su eje, mirando a su alrededor como alguien que acaba de entrar en un templo prohibido—. Esto no es una ilusión. No es un campo onírico. Tiene… leyes naturales. Tiene su propia lógica. Ha creado un plano de existencia a partir de su propio mundo interior.
Seris se levantó de inmediato y empezó a conjurar runas en el aire. Líneas de análisis mágico aparecieron alrededor del grupo, pero se distorsionaban ligeramente, como si algo en este lugar se negara a ser analizado.
—Estable —murmuró Seris, incrédula—. Completo. No hay rupturas… ni fallos. Ni siquiera puntos ciegos.
—Le ha dado forma con su alma —añadió Pandora—. Y nadie hace eso. Ni los dioses lo hacen con este nivel de estabilidad. Ni yo misma puedo mantener algo así más de unos minutos sin un anclaje externo.
Vergil bajó la mirada hacia Alice, que ahora extendía su bracito hacia el cielo, como si quisiera tocar las nubes.
—¿Tú has hecho esto, pequeña? —preguntó en voz baja.
Alice sonrió. —Aquí es donde sueño, Papi.
Pandora retrocedió, tambaleándose.
—Vive aquí en sueños —dijo, más para sí misma que para los demás—. Este plano no es solo un reflejo mental. Es un plano construido para proteger el alma. Un refugio dimensional… dentro de una niña.
—¡Soy una niña! ¡Pero soy una niña responsable! ¡He creado el mejor mundo posible para poder pasar más tiempo con Papi y Mami sin que nadie nos interrumpa! ¡RESPÉTAME! —le gritó Alice a Pandora.
—Dios mío…, es incluso peor de lo que pensaba… —Pandora se tambaleó y casi se desmayó al oír que la pequeña había creado un mundo real para… tener cerca a su padre y a sus madres…
Vergil miró cómo Alice estaba…
—Bueno, espero que esto no me cause demasiados problemas…
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