Mis Esposas son Hermosas Demonias - Capítulo 528
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Capítulo 528: ¿Amistad reavivada?
Vergil se giró, limpiándose la sangre de la barbilla una vez más con el dorso de la mano. Sus hombros pesaban, pero su tono se mantenía firme, burlón:
—Bueno, haz lo que quieras, pero no me involucres en estas cosas. Tengo que dominar este bosque —su voz resonó entre los escombros, seca, desafiando el silencio sofocante que el poder de Naberius había impuesto.
Su espada aún ardía, con llamas rojas y doradas que parpadeaban como lenguas hambrientas. Naberius inclinó la cabeza, observándolo como si fuera una pieza rara en un tablero que solo ella conocía.
—¿De verdad crees que puedes «dominar» este bosque? —Su voz era baja, pero tan penetrante que parecía hundirse en la piel de todos los que la oían—. No es solo una masa de árboles y niebla, muchacho. Este bosque respira. Se mueve. Se adapta. Fue construido como un laberinto viviente, una matriz de confusión para engañar incluso a los ojos de los celestiales. —Vergil se detuvo un momento, girándose ligeramente para encararla de nuevo.
—¿Y qué? —replicó él, con tono burlón—. Un laberinto, un bosque o un infierno entero… todo se doblega si cortas con la suficiente fuerza.
Alzó la katana y la blandió, dejando que el frío destello de la hoja se reflejara en las llamas que aún danzaban alrededor de la espada de Naberius.
Katharina observaba la escena con los labios entreabiertos, casi hipnotizada. Podía sentir la tensión palpable entre ellos. El choque de personalidades era tan brutal que parecía dispuesto a prenderle fuego al claro por sí solo.
—Ustedes dos… —murmuró, mordiéndose el labio—. No sé si deberían estar en el mismo bando o si simplemente deberían reducirse a cenizas el uno al otro.
Roxanne, a su lado, bufó.
—Ya intentaron matarse, Katharina. —Sus ojos permanecían fijos en Naberius—. Y el resultado es que toda la prisión fue destruida. No sé si el mundo sobrevivirá a un segundo asalto.
Vany y Rize seguían en trance. Ambos respiraban hondo, como si inhalaran la propia aura de Naberius. Sus rostros brillaban por el sudor, pero sus ojos tenían ese estúpido brillo de quien se enfrenta a algo que no puede comprender ni resistir.
Vergil se dio cuenta e hizo una mueca.
—¿Están babeando por esa loca ahora? —preguntó, escupiendo en el suelo—. ¿Me están tomando el pelo?
Rize desvió la mirada, sonrojado, como si lo hubieran pillado en un acto íntimo. Vany, por otro lado, se encogió de hombros, todavía con una extraña sonrisa.
—Es… magnífica. —La palabra salió como un suspiro.
Titania dio un paso al frente, con la voz temblorosa por la indignación.
—¡¿Han perdido la cabeza?! ¡Es Naberius! ¡Lilith la creó para que fuera un desastre con patas, y el mismo Lucifer la selló porque ni él podía soportar su arrogancia! —Señaló con un dedo acusador a la mujer que acariciaba su espada como si fuera una niña—. ¿Creen que eso es algo que se deba adorar?
Naberius giró lentamente la cabeza hacia Titania. La sonrisa que se dibujó en sus labios era tan calmada, tan pacífica, que parecía aún más amenazante.
—Lilith me creó, sí. —Su voz sonaba casi dulce—. Y Lucifer me selló porque temía que le arrebatara su trono. ¿Autoritaria? Tal vez. Pero solo los que temen llaman arrogancia al poder.
Titania se estremeció. Abrió la boca para replicar, pero no emitió ningún sonido.
Vergil aprovechó la oportunidad, riendo suavemente.
—Así que, Titania…, si aún no lo has entendido, nadie aquí va a ponerle una correa a esa mujer. Hace lo que le da la gana. Y si intentas darle órdenes…, bueno, habrá polvo de hada por el suelo.
La pequeña hada abrió los ojos con furia, pero no respondió.
Zuri, acurrucada en un rincón, levantó la cabeza y dejó escapar un silbido bajo y aburrido.
—Están haciendo demasiado ruido —su tono era arrastrado, desinteresado—. Que esta Naberius destruya el mundo o se acueste con su espada, no importa. Ninguna de esas dos cosas me da más hambre.
Vergil se rio.
—Por fin, alguien que dice algo que merece la pena.
Naberius alzó su espada, pasando los dedos por el filo que aún ardía como carne viva.
—Son todos pequeños, ruidosos e interesantes. —Tomó aire profundamente, dejando que su aura se filtrara por los muros rotos de la prisión hasta que el aire pareció vibrar alrededor de sus cuerpos—. Pero no se dejen engañar. No importa lo que piensen de mí. No le pertenezco a ninguno de ustedes.
Vergil se cruzó de brazos, desafiante.
—Bien. Yo tampoco le pertenezco a nadie. Entonces, ambos somos problemas sin dueño.
Sus ojos brillaron con diversión.
—Quizá por eso me diviertes tanto.
Un pesado silencio se instaló. El sonido lejano de cadenas que seguían rompiéndose resonó en las profundidades del bosque. La matriz que ocultaba este lugar estaba definitivamente arruinada, y el aura colosal de Naberius se elevaba por el aire como un faro.
Fue en ese momento cuando todos lo sintieron.
Un escalofrío recorrió el claro. Un poder distinto, diferente, emergía del bosque circundante. La matriz de confusión que había convertido el Bosque Perdido en un laberinto por fin se estaba desmoronando, y en el vacío, algo —o alguien— avanzaba.
Naberius levantó la vista, con los ojos entrecerrados, como si reconociera la firma de aquel poder. Una lenta sonrisa se dibujó en sus labios.
—Ah… así que hasta los muertos se acuerdan de mí.
Vergil apretó con más fuerza la empuñadura de su katana.
—¿Más visitas? Genial. Este día no hace más que empeorar.
Roxanne y Katharina intercambiaron una mirada nerviosa, y Titania tragó saliva. Incluso Vany y Rize, despertando finalmente de su trance, sintieron el peso de la nueva aura.
Era densa. Antigua. Familiar, de algún modo.
El bosque gimió, el suelo vibró.
Y por un momento, nadie se atrevió a hablar.
Vergil rompió el silencio, escupiendo de nuevo en el suelo y mirando con rabia a Naberius.
—Quienquiera que venga…, espero que sea por ti, no por mí.
Naberius rio, y el sonido resonó como un trueno suave. Volvió a besar la hoja de su espada, como en un gesto de bienvenida.
—No importa. Sea enemigo, aliado o simplemente otro tonto perdido… que vengan. Estoy harta del silencio.
El aire cambió.
De repente, ya no había viento, ni calor, ni frío. Solo presión. Una presión aplastante, como si todo el bosque estuviera sujeto por las garras de una entidad que pronto decidiría si cerrarlas o no.
El silencio se hizo añicos por un estruendo sordo, como un trueno en las entrañas de la tierra. Los árboles del Bosque Perdido se doblaron, gimiendo, mientras corrientes de energía surgían en todas direcciones, rasgando el suelo y el cielo.
Y entonces ocurrió.
Un destello de blanco y negro explotó en el corazón de la prisión, atravesando piedra, raíces y niebla, y haciendo añicos lo que quedaba de la matriz mágica. Fue como si el propio tejido del bosque se hubiera desgarrado. La presión de la energía era tan grande que todos —Roxanne, Katharina, Vany, Rize, Titania e incluso Vergil— se vieron obligados a cubrirse el rostro, con sus cuerpos empujados contra el suelo o contra las paredes agrietadas.
Zuri solo se enroscó sobre sí misma con más fuerza, sus escamas tintineando bajo el impacto, pero sus fríos ojos observaban sin emoción.
Vergil apretó los dientes, clavando su katana en el suelo para no salir despedido. La sangre brotó de nuevo de su boca en otro chorro, pero aun así rio.
—…Ja… tienes que estar bromeando.
Desde el epicentro de la explosión, las sombras se desgarraron. Y entonces, ella emergió.
Sepphirothy.
Sus pasos crujían sobre las raíces carbonizadas y el suelo inestable como si nada pudiera detenerla. Su capa negra ondeaba entre las llamas de la destrucción, y sus ojos, azules y centelleantes, barrieron la zona.
Su cuerpo emanaba esa aura colosal que había hecho temblar a todo el bosque, una energía que no era solo demoníaca: era el peso de la realeza caída, de la ruina y la venganza encarnadas.
Todos contuvieron la respiración. Incluso Vany y Rize, todavía boqueando por el aura de Naberius, sintieron que sus corazones daban un vuelco.
Sepphirothy se detuvo. Su sola presencia parecía aplastar el aire. Fijó la vista en el centro de la destrucción.
En Naberius.
La espada llameante se alzó, brillando con vida propia. La mujer que la empuñaba sonrió como si hubiera estado esperando este momento desde el principio de los tiempos.
—…Naberius. —La voz de Sepphirothy era baja, prolongada, llena de incredulidad y resentimiento a partes iguales—. Después de tantos años… de verdad estás aquí.
La sonrisa de Naberius se ensanchó, cruel y cálida como el fuego en la noche. Alzó la espada y la hizo girar, dejando que el filo cantara en el aire.
—Mi ingrata amiga… —dijo, su voz un susurro dulce, pero que vibraba como cuchillas ocultas—. Pensé que nunca volvería a ver esa mirada de furia en tus ojos. Aunque estoy segura de que esta furia se debe a otra razón.
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