Mis Historias Originales, Trabajadas con IA - Capítulo 1
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- Capítulo 1 - 1 Capítulo 1 El Jardín de los Susurros Secretos
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1: Capítulo 1: El Jardín de los Susurros Secretos 1: Capítulo 1: El Jardín de los Susurros Secretos Primera historia, Lean la descripcion.
Disfruten.
El Palacio de la Perenne Primavera, centro neurálgico del Imperio Celestial de las Siete Coronas, se alzaba imponente sobre las Montañas Susurrantes.
Sus tejados de jade brillaban bajo la luz de tres lunas, y las torres parecían arañar el firmamento estrellado.
Aquí, donde la energía espiritual —el qi— se condensaba en nieblas plateadas que serpenteaban por los patios, el poder se medía no solo en títulos, sino en la profundidad del dantian y la fuerza del meridiano central.
En el ala este del palacio, en los aposentos privados de la emperatriz, el silencio solo era roto por el leve susurro de sedas y el rumor lejano de la fuente de lotos.
A esta hora, cuando la segunda luna alcanzaba su cenit, la mayoría de los sirvientes y guardias se retiraban, dejando el sector en una calma vigilada.
Herna avanzaba por el corredor con pasos silenciosos, su figura imponente proyectando una sombra alargada sobre los finos tapices que narraban las hazañas de los ancestros imperiales.
Medía casi dos metros de altura, y sus hombros, anchos como un arado, tensaban la tela de su sencillo atuendo de asistente personal de la emperatriz: una túnica de lino negro de manga larga y pantalones holgados, ceñidos con un cinturón de cuero.
Su piel, del ébano más oscuro y puro, parecía absorber la tenue luz de las lámparas de espíritu, mientras que sus ojos, del color del ámbar antiguo, observaban todo con una calma calculadora.
No era un cultivador en el sentido tradicional.
No meditaba bajo cascadas de qi ni se batía en duelos por manuales secretos.
Su fuerza era de otro tipo: una presencia física abrumadora, una voluntad de hierro y una inteligencia práctica que le habían asegurado un puesto de confianza en el círculo más íntimo de la emperatriz.
Oficialmente, se encargaba de su seguridad logística, de probar sus alimentos y bebidas, de supervisar la calidad de las telas y perfumes que llegaban a sus aposentos, y de ser su escolta personal en desplazamientos internos.
Oficiosamente… bueno, eso estaba en proceso.
Llegó a las puertas dobles talladas de madera de sándalo y ónice que conducían a la sala de recepción privada de Su Majestad Imperial.
Dos guardias con armaduras de escamas de dragón y lanzas de jade flanqueaban la entrada.
Al verlo, asintieron levemente.
Herna era una presencia habitual, autorizada a cualquier hora.
—El señor asistente Herna para el informe vespertino —anunció uno de ellos, su voz un eco metálico dentro del yelmo.
Las puertas se abrieron sin un ruido.
La sala era un despliegue de elegancia discreta.
El aire olía a ciruela en flor y a incienso de alma serena.
Los muebles, de madera clara de árbol-peonía, eran líneas puras y funcionales.
En el centro, tras un biombo de seda con el bordado de un fénix en ascenso, se encontraba la emperatriz Li Wei.
Era, sin lugar a dudas, una belleza que detenía el aliento.
Su rostro, ovalado y pálido como la porcelana lunar, estaba enmarcado por una cascada de cabello negro azabache recogido en un elaborado peinado imperial, sujeto con horquillas de jade blanco y oro.
Sus ojos, almendrados y del gris de la tormenta lejana, alzaron la mirada del pergamino que estaba leyendo.
Vestía un qípao de seda color zafiro, ajustado pero modesto, que seguía las curvas discretas de su cuerpo.
A sus veintiocho años, y con un nivel de cultivo en el Reino de la Fusión Media, su belleza tenía una cualidad etérea, inmutable, como una estatua de jade pulido.
—Herna —dijo, su voz melodiosa pero carente de inflexión, como el sonido de una campana de viento—.
Te esperaba.
Los informes de los ministros del Sur han llegado.
Hay discrepancias en las cifras de la cosecha de hierbas espirituales.
Herna se inclinó en una reverencia perfecta, ni demasiado profunda ni demasiado superficial.
Su mirada, sin embargo, no abandonó el rostro de ella.
—Majestad.
Los informes han sido verificados.
La discrepancia se debe a una plaga de escarabajos devora-qi en la región de los Valles Susurrantes.
El ministro local intentó ocultarlo para evitar una reprimenda.
Ella frunció ligeramente el ceño, un gesto minúsculo que solo alguien que la observara de cerca podría notar.
—Nuevamente.
La incompetencia florece cuando el ojo del halcón se distrae.
Mi esposo el emperador está absorto en sus meditaciones para alcanzar el Reino de la Transcendencia… Estos asuntos mundanos recaen sobre mis hombros.
Había un hilo de cansancio, apenas perceptible, en su tono.
Herna lo captó al instante.
Era la apertura que buscaba.
—Los hombros de Su Majestad, aunque dignos del peso del cielo, no deberían cargar con las faltas de los ineptos —dijo, avanzando un paso.
Su voz era profunda, un bajo resonante que vibraba en el quieto aire de la sala—.
Permítame aliviar esa carga, aunque sea un poco.
He tomado la libertad de preparar un té de loto estrellado y raíz de coral calmante.
Es eficaz para disipar la fatiga del espíritu.
Li Wei lo miró, sus ojos grises estudiándolo.
Herna había estado a su servicio durante tres años.
Había demostrado una eficiencia implacable, una discreción absoluta y una lealtad que parecía inquebrantable.
Nunca había sobrepasado los límites de su posición… hasta hace unos meses, cuando los pequeños gestos comenzaron a cambiar.
Un roce de manos al entregarle un objeto que duraba un segundo de más.
Una mirada que sostenía la suya un latido más de lo protocolario.
Un cumplido velado sobre su sabiduría, no solo su belleza.
Y ella, atrapada en la jaula de oro de su título, en un matrimonio político con un emperador cincuentón más interesado en su ascenso espiritual que en su esposa, había comenzado a… no buscar, pero sí a no rechazar, esas pequeñas transgresiones.
—Un té… sería aceptable —asintió, colocando el pergamino sobre la mesa laqueada.
Herna no sonrió abiertamente, pero una luz cálida apareció en sus ojos ámbar.
Hizo una seña a una sirvienta que esperaba en la sombra, y momentos después, una bandeja de plata con una tetera de porcelana celadón y dos tazas sin asas fue colocada sobre una mesa baja junto al diván de la emperatriz.
Herna despidió a la sirvienta con un gesto.
—Puedes retirarte.
Yo serviré a Su Majestad.
Cuando la puerta se cerró, quedaron solos.
La intimidad del momento se espesó en el aire, como el aroma del té que Herna comenzó a verter con movimientos deliberadamente pausados.
El líquido era de un color ámbar claro, humeante.
—El emperador… ¿ha enviado algún mensaje hoy?
—preguntó Herna, ofreciéndole la taza.
Sus dedos, largos y oscuros, rozaron los de ella, pálidos como el marfil.
Un contacto eléctrico, breve.
Li Wei tomó la taza, sintiendo el calor a través de la fina porcelana.
—No.
Está en retiro profundo en la Cámara del Dragón Durmiente.
No saldrá en una luna más, según sus propias palabras.
—Una luna es mucho tiempo —murmuró Herna, tomando asiento en un taburete a una distancia respetuosa, pero desde donde podía verla perfectamente—.
Mucho tiempo para que una flor de tan exquisita fragancia esté sin ser apreciada.
Li Wei contuvo la respiración.
El lenguaje floral, las metáforas… eran peligrosas.
Y sin embargo, el elogio, tan crudo comparado con la poesía hueca de la corte, hizo que un leve rubor teñiera sus pómulos.
—Hablas con imprudencia, asistente —dijo, pero su voz carecía de fuerza.
—Hablo con la verdad que todos ven pero ninguno se atreve a pronunciar —replicó él, tomando un sorbo de su té.
Sus ojos nunca se apartaron de ella—.
El palacio es una colmena de susurros, Majestad.
Y susurran que el frío en el lecho imperial ha congelado hasta los pétalos más tiernos.
—¡Basta!
—exclamó ella, poniendo la taza con un golpe seco.
Sin embargo, no se levantó.
No llamó a los guardias.
Se quedó sentada, su pecho subiendo y bajando bajo el ajustado qípao de seda.
El escote, normalmente alto, se movía con su respiración agitada—.
No tienes derecho… —Tengo el derecho que me das tú —interrumpió Herna, su voz bajando a un susurro ronco, cargado de una intensidad que atravesó las defensas de Li Wei—.
Cada vez que me miras un momento más de lo necesario.
Cada vez que tu mano no se retira inmediatamente.
Cada noche que pasas sola en esa cama imperial grande y fría, sabes que hay un hombre en este palacio que no piensa en el qi, ni en el poder, ni en la política… sino en la mujer que yace en ella.
El silencio que siguió fue opresivo, cargado de tensión sexual y del peligro mortal que implicaba lo que estaba sucediendo.
Li Wei sentía un torbellino dentro de ella.
El orgullo imperial, el deber, el miedo a la traición… luchaban contra una necesidad ahogada durante años, un calor que empezaba a encenderse en su bajo vientre, una curiosidad prohibida.
Herna era todo lo que su marido no era: físicamente imponente, atento, presente.
Y su negrura, su alteridad radical en un palacio de pieles claras y rasgos refinados, lo hacía aún más exótico, más peligroso, más irresistible.
—Eres un hombre audaz, Herna —dijo finalmente, su voz apenas un susurro.
—Para merecer la atención de una diosa, hay que serlo —respondió él.
Luego, cambiando el tono a uno más práctico, pero sin perder la intimidad, añadió—: La tensión del día se nota en tu cuello, Majestad.
Los hombros están rígidos.
La energía se estanca en los meridianos de la espalda alta.
Un masaje sería… prudente.
Para mantener la salud de Su Majestad.
Era una excusa transparente.
Ambos lo sabían.
Pero era una excusa viable, dentro de los límites de sus funciones.
Él era su asistente.
Cuidar de su bienestar físico era su deber.
Li Wei cerró los ojos por un momento.
En su mente, las voces del deber gritaban.
Pero el sonido de su propia sangre, corriendo más rápido de lo habitual, era más fuerte.
—Un masaje… en los hombros.
Nada más —dijo, abriendo los ojos.
En ellos brillaba una mezcla de aprensión y anticipación.
—Como ordene Su Majestad —asintió Herna, levantándose.
Se acercó por detrás del diván donde ella estaba sentada.
Desde esta posición, podía ver la nuca pálida de Li Wei, el delicado perfil de su oreja, la línea tensa de sus hombros bajo la seda zafiro.
Sus propias manos, grandes y oscuras, con palmas callosas de años de entrenamiento marcial (aunque de un estilo mundano, no espiritual), se alzaron.
El primer contacto fue eléctrico.
Herna colocó sus manos sobre los hombros de Li Wei.
A través de la fina seda, sintió la tensión en los músculos, la fragilidad de su estructura ósea comparada con la suya.
Ella contuvo el aliento, un leve temblor recorriendo su cuerpo.
—Relájese, Majestad —murmuró él, su aliento rozando la piel de su oreja—.
Confíe en mis manos.
Comenzó a presionar, con una fuerza controlada pero firme.
Sus dedos pulgares encontraron los nudos de tensión a cada lado de su columna cervical, y comenzó a trabajar en ellos con movimientos circulares.
Li Wei emitió un sonido involuntario, un leve gemido ahogado que hizo que el rostro se le ardiera de vergüenza y placer.
—Shhh… —susurró Herna, su voz un zumbido grave junto a su oído—.
Déjelo salir.
Aquí no hay emperatriz ni sirviente.
Solo un cuerpo tenso y las manos que pueden aliviarlo.
Sus palabras, bajas y lascivas, eran tan efectivas como sus dedos.
Mientras masajeaba, comenzó a hablar, su tono conversacional pero impregnado de una intimidad obscena.
—Los ministros hoy… el viejo Chao no podía dejar de mirar tu escote durante la audiencia.
Sus ojos vidriosos seguían el movimiento cada vez que alzabas un documento.
Es un cerdo viejo y grasiento.
Debería arrancarle los ojos.
Li Wei, a pesar de sí misma, sintió una punzada de algo… ¿placer?
¿Posesión?
al oír la ira protectora y lasciva en la voz de Herna.
—Es… es un ministro veterano… —logró decir, su voz entrecortada por las hábiles manos que ahora se deslizaban hacia los músculos trapecios, hundiéndose más.
—Es un viejo con la mente podrida —corrigió Herna, inclinándose más.
Su pecho, ancho y duro, casi rozaba la espalda de ella.
Su aliento caliente caía sobre su cuello—.
No merece ni siquiera respirar el mismo aire que tú.
No como yo.
Yo sí sé apreciar lo que tengo delante.
Cada línea.
Cada curva que esta ropa imperial tonta intenta esconder.
Una de sus manos se deslizó, muy lentamente, desde el hombro, por el borde superior del qípao, hacia la base de su cuello.
El dedo índice, calloso, trazó una línea sobre la piel expuesta, justo por encima del borde de la tela.
Li Wei jadeó.
Era un contacto directo, piel con piel.
Una transgresión monumental.
—Herna… —su voz fue un quejido, una protesta débil.
—Dime que pares —retó él, su dedo deteniéndose, pero no retirándose—.
Di la palabra y me arrodillaré, pediré perdón y nunca más volveré a tocar un cabello de tu cabeza.
La habitación se sumió en un silencio pesado.
Li Wei podía oír el latido de su propio corazón, frenético, en sus oídos.
Podía sentir el calor del cuerpo de Herna a solo centímetros, una presencia sólida y caliente que prometía… algo.
Algo que su cuerpo anhelaba antes de que su mente supiera cómo nombrarlo.
No dijo la palabra.
El dedo de Herna reanudó su trayecto, lento, deliberado, dibujando círculos diminutos sobre la piel supersensible de su clavícula.
Su otra mano continuaba el masaje en su hombro, pero ahora con una presión diferente, más posesiva, más íntima.
—Tu piel… es como la seda más fina, pero caliente.
Viva —murmuró, su voz cada vez más ronca—.
El emperador… ¿alguna vez te ha dicho lo caliente que eres?
¿Lo dulce que debe de saber esta piel?
Li Wei negó con la cabeza, incapaz de hablar.
La mención de su marido en este contexto, con las manos de otro hombre sobre ella, le provocó una oleada de culpa que fue inmediatamente ahogada por una ola mayor de excitación prohibida.
—No… nunca… —logró susurrar.
—Una negligencia criminal —declaró Herna.
Su mano que estaba en su cuello se deslizó un poco más hacia abajo, el dedo ahora rozando el borde superior del qípao, donde la tela comenzaba a ceñirse a la curva superior de su pecho.
No entró, pero la amenaza, la promesa, estaba ahí—.
Una joya de tal perfección debería ser adorada a diario.
Besada.
Saboreada.
La palabra “besada” hizo que un escalofrío recorriera todo el cuerpo de Li Wei.
Sus propios labios se sintieron repentinamente secos.
Instintivamente, su cabeza se inclinó ligeramente hacia un lado, exponiendo más su cuello a la respiración de Herna.
Fue un movimiento casi imperceptible, pero para Herna, fue una rendición.
Bajó la cabeza.
Sus labios, llenos y más oscuros que el resto de su piel, se posaron sobre la piel del cuello de Li Wei, justo donde el hombro se encontraba con el cuello.
No fue un beso de pasión desenfrenada, sino uno lento, húmedo, exploratorio.
Sintió el sabor de su piel, ligeramente salado, impregnado del perfume de ciruela en flor.
Li Wei emitió un grito ahogado, sus manos aferrándose a los bordes del diván.
—H-Herna… los guardias… —Están fuera.
No oirán nada a menos que grites —murmuró él contra su piel, sus labios moviéndose hacia arriba, hacia la línea de su mandíbula—.
Y no vas a gritar, ¿verdad?
No quieres que esto se detenga.
Era una afirmación, no una pregunta.
Y era cierta.
El fuego que se había encendido en el bajo vientre de Li Wei era ahora una hoguera, alimentada por años de abstinencia y la maestría lasciva de Herna.
Su cuerpo, entrenado para la elegancia y la contención, traicionaba cada uno de sus principios.
Los labios de Herna encontraron su oreja.
Su lengua, cálida y hábil, trazó el contorno de la concha.
—Ahh… —escapó de Li Wei un gemido largo y tembloroso.
—Eso es —alabó Herna en un susurro—.
Suéltate.
Para mí.
Solo para mí.
Su mano, la que había estado en el borde de su escote, por fin se deslizó hacia abajo, sobre la seda.
Palma abierta, cubrió una de sus modestas pero bien formadas mamas a través de la tela.
Li Wei arqueó la espalda involuntariamente, empujando su pecho contra esa mano grande y oscura.
—P-pero… mi ropa… —protestó débilmente.
—Queda puesta —aseguró él, su voz cargada de promesa y dominación—.
Por ahora.
Hoy solo es un masaje.
Un… masaje extenso.
Para aliviar todo tu estrés.
Comenzó a masajear su pecho a través de la seda, no con rudeza, sino con una presión firme y rotatoria, su pulgar encontrando el pezón, que ya estaba duro y prominente, y frotándolo en círculos lentos.
Li Wei gimió, una serie de pequeños sonidos entrecortados que escapaban de sus labios entreabiertos.
—Tus pechos… son perfectos —dijo Herna, estudiando la forma bajo su mano—.
Pero sé que podrían ser más.
Más llenos.
Más pesados.
Más sensibles.
Yo puedo hacer que crezcan.
Que se adapten a mis manos.
Era una afirmación extraña, inquietante.
Pero en el éxtasis borroso de Li Wei, no fue cuestionada.
Solo añadió otra capa de perversidad a lo que estaba sucediendo.
Herna continuó besando su cuello, su mandíbula, mientras su mano masajeaba un pecho y luego el otro, alternando, dedicando una atención minuciosa a cada uno.
Su otra mano había abandonado el hombro y ahora se deslizaba por su costado, por la cintura delgada, para posarse en su cadera, apretando la curva a través de la seda.
—Tu cuerpo está hecho para ser poseído, Li Wei —susurró, usando su nombre por primera vez, sin títulos, en un acto de íntima usurpación—.
Para ser moldeado por las manos de un hombre que sabe lo que necesita.
Un cuerpo de emperatriz es una cosa pública, fría.
Pero el cuerpo de mi mujer… ese será una obra de arte de carne y deseo.
Él, “mi mujer”.
Las palabras resonaron en lo más profundo de ella, despertando algo primitivo y sumiso.
Su propio cultivo, su poder espiritual, parecía haberse evaporado, reducido a un hormigueo inútil bajo la avalancha de sensaciones puramente físicas.
Herna giró lentamente su cuerpo sobre el diván, para que ella quedara parcialmente de lado, su espalda contra su pecho.
Ahora podía ver su perfil, sus párpados cerrados, sus largas pestañas temblando, sus labios entreabiertos y brillantes de humedad.
Su propia respiración se había acelerado.
El evidente bulto entre sus piernas, enorme y amenazante incluso a través de los holgados pantalones, presionaba contra la parte baja de su espalda.
Li Wei lo sintió, duro como el acero y palpitante, y otro gemido, más profundo, le brotó del pecho.
—Lo sientes, ¿verdad?
—gruñó Herna en su oído, empujando su pelvis ligeramente hacia adelante para que la presión aumentara—.
Eso es para ti.
Todo eso es para ti.
Pero no hoy.
Hoy solo es la promesa.
La anticipación.
Bajó la cabeza y capturó sus labios.
Fue su primer beso verdadero.
No un roce de labios en el cuello, sino una unión completa de sus bocas.
Herna fue dominante desde el primer instante.
Sus labios se apoderaron de los de ella, que al principio estaban tensos, pero que pronto se ablandaron, se separaron.
Su lengua, ese instrumento que había atormentado su oreja, ahora invadió su boca, explorando cada rincón, enlazándose con la suya en un duelo húmedo y lascivo.
Sabía a té y a poder.
Li Wei, inexperta, tímida al principio, pronto se encontró respondiendo, su propia lengua moviéndose torpemente contra la de él, sus manos soltando el diván para aferrarse a los robustos brazos que la rodeaban.
El beso pareció durar una eternidad, una eternidad de sonidos húmedos, de jadeos compartidos, de dedos que se hundían en la carne.
Herna sabía cuándo retirarse, cuándo volver a morder suavemente su labio inferior, cuándo succionar su lengua.
Era un maestro, y ella, su alumna más que dispuesta.
Cuando finalmente separaron sus bocas, un hilo de saliva plateada los unió por un instante antes de romperse.
Ambos respiraban con dificultad.
Los ojos grises de Li Wei estaban nublados, su mirada perdida, borrosa de lujuria.
—Hoy ha sido suficiente —dijo Herna, su voz grave y cargada de una satisfacción bestial—.
El primer paso.
Sus manos se retiraron, lentamente, de su cuerpo.
La repentina ausencia de su calor, de su tacto, hizo que Li Wei sintiera un frío abisal, una sensación de vacío y pérdida tan aguda que casi gimió de nuevo.
Herna se puso de pie, ajustando su túnica.
Su erección era claramente visible, una protuberancia larga, gruesa y formidable que deformaba la tela de sus pantalones.
Li Wei no pudo evitar mirarla, con una mezcla de temor y fascinación obscena.
—Mañana —dijo él, recuperando su tono formal, aunque sus ojos ardían con fuego negro—, vendré para el informe matutino.
Y tal vez, si Su Majestad lo requiere, para otro… masaje.
Se inclinó, la reverencia de un sirviente, pero sus ojos nunca se bajaron, manteniendo el contacto visual, reafirmando quién tenía el control real en este juego.
—Puedes… retirarte —logró decir Li Wei, intentando recuperar algo de su dignidad imperial, pero su voz sonaba débil, quebrada.
Herna asintió y se dio la vuelta, saliendo de la sala con sus pasos silenciosos y poderosos.
Cuando la puerta se cerró tras él, Li Wei se derrumbó sobre el diván, temblando de pies a cabeza.
Se llevó los dedos a los labios, aún hinchados y sensibles por los besos.
El lugar donde sus labios habían estado en su cuello ardía como una marca.
Sus pechos, bajo la seda, sentían un peso nuevo, un hormigueo persistente.
Y entre sus piernas, un calor húmedo y una necesidad palpitante que nunca antes había experimentado con tal intensidad.
Miró sus propias manos, pálidas y delicadas, y luego imaginó las de él, grandes, oscuras, callosas, recorriendo su cuerpo.
Una oleada de culpa la golpeó, tan fuerte que le provocó náuseas.
Había traicionado al emperador, al imperio, a su propio honor.
Pero cuando recordó la sensación de esos labios, esa lengua, esa mano en su pecho… la culpa se mezcló con un placer tan agudo que hizo que se estremeciera.
Se levantó tambaleante y se acercó al gran espejo de bronce pulido en la pared.
Su reflejo la miró: el pelo todavía perfectamente arreglado, el qípao impecable.
Por fuera, la emperatriz intacta.
Pero por dentro… por dentro, algo había cambiado.
Algo se había quebrado, o tal vez, se había despertado.
Sus ojos cayeron sobre sus pechos.
Los miró fijamente.
“Pero sé que podrían ser más.
Más llenos.
Más pesados… Yo puedo hacer que crezcan.” Las palabras de Herna resonaron en su mente.
Era una locura.
Una perversión.
Y sin embargo, una parte de ella, la parte húmeda y caliente entre sus piernas, se estremeció ante la idea.
Afuera, en el corredor, Herna caminaba hacia sus aposentos, una habitación sencilla pero privada en los cuarteles de los asistentes de confianza.
Una leve sonrisa jugaba en sus labios.
Había sido perfecto.
Lento, gradual, midiendo cada reacción.
Ella estaba atrapada.
La necesidad, una vez despertada, sería su mejor aliada.
Entró en su habitación y cerró la puerta.
Solo entonces dejó que la máscara de calma se cayera por completo.
Su respiración se volvió más pesada.
Se llevó la mano al enorme bulto entre sus piernas, palmeándolo a través de la tela con un gruñido de frustración y anticipación.
No había llegado al clímax, por diseño.
La tensión, la acumulación, harían que el siguiente paso fuera aún más dulce.
Se sentó en el borde de su dura cama y se quitó la túnica, revelando un torso esculpido en ébano vivo, con músculos poderosos que se movían bajo la piel.
Sus pechos eran anchos, su abdomen marcado en bloques duros.
Se desató el cinturón y se bajó los pantalones.
Su pene, ahora liberado, se alzó imponente, un monumento de carne oscura y venosa.
Era, tal como lo había descrito el usuario, largo —fácilmente más de veinticinco centímetros— y grueso, con una circunferencia que su puño cerrado apenas podía rodear.
Las venas palpitantes se enredaban a lo largo del eje, como raíces de un árbol antiguo.
La cabeza, de un rojo violáceo intenso y oscuro, contrastaba chocantemente con el resto del falo, grande como el huevo de un ave y reluciente de fluido preseminal.
Debajo, sus testículos, grandes y pesados, colgaban en un saco oscuro y tenso, llenos hasta reventar de la semilla fértil de la que había hablado.
Se tomó el miembro en la mano, su piel oscura envolviendo la carne aún más oscura.
Un solo roce fue suficiente para hacer que un grueso hilo de líquido preseminal, claro y pegajoso, brotara de su uretra.
Lo recogió en un dedo y se lo llevó a la boca, saboreando su propio sabor salado y amargo.
“Pronto, Li Wei”, pensó, sus ojos ámbar brillando con una luz depredadora en la oscuridad.
“Pronto esta leche llenará más que tu boca.
Cambiará tu cuerpo.
Te hará mía de una manera que ni el título de emperatriz podrá negar.
Y el emperador… seguirá meditando, ciego y sordo, mientras su imperio y su esposa me pertenecen.” La primera semilla de la corrupción estaba plantada.
Y en el fértil suelo del abandono y la lujuria reprimida de una emperatriz, brotaría de la manera más obscena y gloriosa.
El largo y lento viaje de la humillación y la transformación había comenzado.
Les dejo mi Patreon.
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Sinceramente, la que más les recomiendo es “Madre en DC”.
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