Mis Historias Originales, Trabajadas con IA - Capítulo 10
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Capítulo 10: Capítulo 2: Tejidos de Poder y Deseo
La luna llena que presenció su primer encuentro en el bosque había menguado a un cuarto creciente, colgando como una uña plateada en el cielo nocturno del reino de Valerium. En el castillo, sin embargo, una luna nueva y peligrosa había nacido en el corazón de la reina Lysandra, iluminando rincones de su alma que habían permanecido en tinieblas durante años.
Los días siguientes a aquel arrebato en su estudio privado transcurrieron en un torbellino de contradicciones. Por fuera, Lysandra era la epitome de la realeza: serena, decidida, atenta a las necesidades de su esposo enfermo y a los asuntos del reino. Presidía consejos con una gracia impecable, escuchaba las quejas de los campesinos en las audiencias públicas con paciencia, y firmaba decretos con una caligrafía firme y elegante. Su corona, un círculo de oro enjoyado con zafiros del tamaño de uvas, pesaba sobre su cabeza como siempre, pero ahora sentía su peso de manera diferente. Ya no era solo el símbolo de su deber, sino también una máscara que ocultaba un secreto abrasador.
Por dentro, ardía. Cada noche, al retirarse a sus aposentos (separados de los del rey desde su último ataque de gota, para “no molestarlo”, una disposición que ella había sugerido con dulzura venenosa), su cuerpo recordaba. La memoria de los labios de Julian, duros y demandantes; la huella fantasmal de sus manos enormes en sus senos, en sus nalgas; la presión de su erección monumental contra su vientre; todo se repetía en un ciclo implacable que la hacía retorcerse entre las sábanas de seda, buscando alivio con sus propios dedos, imaginando que eran los suyos. Se masturbaba con una furia silenciosa y culpable, ahogando sus gemidos en la almohada, alcanzando orgasmos breves y frustrantes que solo avivaban el fuego en lugar de apagarlo. Siempre, en el clímax, su mente gritaba su nombre: Julian.
Él, por su parte, se había convertido en una presencia aún más magnética y discreta en la corte. Su puesto de “asistente real” era lo suficientemente vago como para justificar su presencia en casi cualquier lugar, y lo suficientemente bajo como para no llamar demasiado la atención de los nobles más engreídos. Pero aquellos que observaban con atención –y Lysandra lo hacía con una obsesión que la aterraba– podían notar cambios sutiles. Julian se movía con una confianza aún más serena, como si un secreto interior lo fortaleciera. Sus ojos, siempre observadores, ahora buscaban los de ella en las salas llenas de gente, sosteniendo la mirada un segundo más de lo debido, transmitiendo un mensaje silencioso que le hacía perder el hilo de las conversaciones. Se había hecho con ropas un poco mejores, aunque siempre simples: pantalones de cuero oscuro ajustados que delineaban sin pudor la potencia de sus muslos y, Dioses la ayudaran, el paquete considerable entre sus piernas; y camisas de lino que, cuando se arremangaba para trabajar en los establos o en los jardines, revelaban sus antebrazos musculosos y surcados de venas.
Pero su verdadera influencia comenzaba a notarse en los asuntos del reino. Había sido su observación sobre los registros de trigo del norte la que destapó un nido de corrupción. Lysandra, con discreción, había ordenado una investigación. Resultó que el conde de Northwood, un hombre obeso y adulador que siempre traía regalos costosos en sus visitas a la corte, estaba desviando sistemáticamente parte de la cosecha para venderla en el mercado negro, subdeclarando tanto la producción como los impuestos. Cuando los guardias reales llegaron a su mansión con la orden de la reina, encontraron graneros ocultos llenos de grano.
El escándalo fue menor –Lysandra lo manejó con astucia, permitiendo al conde “resignarse” por razones de salud a cambio de restituir una parte de las ganancias ilícitas– pero el mensaje fue claro: la reina estaba observando. Y, en los pasillos susurrantes del poder, algunos comenzaron a preguntarse quién estaba detrás de esa nueva y afilada perspicacia de su majestad. Ser Loras, el leal capitán, sospechaba. Había visto la forma en que Julian miraba a la reina cuando creía que nadie lo veía, y había visto el rubor no del todo disimulado en las mejillas de Lysandra cuando Julian entraba en una habitación. Pero su lealtad era a la corona, y Julian, hasta donde él sabía, solo había demostrado ser un activo valioso. Aun así, mantenía un ojo vigilante.
Fue en la biblioteca real, una semana después del incidente en su estudio, donde la tensión encontró una nueva vía de escape. La biblioteca era una vasta cámara abovedada con estanterías que alcanzaban el techo, llenas de tomos polvorientos, pergaminos y mapas. Lysandra solía ir allí para buscar la tranquilidad que el bullicio de la corte le negaba. Esa tarde, había ido en busca de un tratado sobre los derechos de pastoreo en las tierras comunales, un tema espinoso que había generado disputas entre varios señores menores.
La encontró en una sección apartada, entre pilas de libros sobre leyes agrarias. El sol de la tarde filtraba por los altos vitrales, proyectando manchas de colores sobre las mesas de roble y el suelo de piedra. Estaba sola, o eso creía.
“Alteza.”
La voz, grave y familiar, surgió desde detrás de un estante cercano. Lysandra se sobresaltó, dejando caer el pesado libro que sostenía. Julian emergió de entre las sombras, recogiéndolo del suelo con facilidad antes de que golpeara. Iba vestido con una simple camisa blanca de lino, abierta en el cuello, y sus pantalones de cuero. Olía a jabón de ceniza y a algo indescriptiblemente masculino.
“Julian. No te había oído.” Su corazón comenzó a latir con fuerza, un tambor rápido y desobediente en su pecho.
“Perdón, no era mi intención asustarla.” Sus ojos recorrían su rostro, luego bajaron, demasiado rápido, por su cuerpo. Lysandra había elegido un vestido de terciopelo azul oscuro, más sencillo que sus atuendos de gala, pero que se ceñía a su cintura y se abría en un escote discreto pero sugerente. Se había puesto un collar de plata con un único zafiro que descansaba justo en el hueco entre sus clavículas. Bajo su mirada, la joya parecía arder contra su piel.
“Estaba buscando el tratado de Landrick sobre las leyes comunales”, dijo, tratando de que su voz sonara normal.
“El tercer estante a su izquierda, alteza. El volumen con el lomo de cuero marrón descolorido.” Julian señaló sin apartar la vista de ella. “Landrick era un idealista. Sus propuestas son sólidas en teoría, pero ignoran la codicia innata de los administradores locales. Sin un sistema de vigilancia rotativo entre los mismos campesinos y una penalización que afecte directamente a los señores que hacen la vista gorda, sus leyes son papel mojado.”
Lysandra parpadeó, desviada por la agudeza de su comentario. “¿Has leído a Landrick?”
“Tuve la suerte de encontrar un ejemplar en la cabaña del viejo ermitaño que me crió. Lo he releído varias veces. Su error es creer que la justicia abstracta basta. La gente necesita incentivos tangibles para hacer cumplir la ley, y los poderosos, consecuencias tangibles para transgredirla.”
Se acercó, y el espacio entre los estantes de libros se redujo drásticamente. Podía olerlo con más intensidad ahora. Su presencia era física, una presión en el aire. “¿Y qué propondrías tú?”, preguntó Lysandra, su voz un susurro. El tema era legítimo, urgente incluso, pero en ese momento solo era un pretexto para mantenerlo cerca, para escuchar el ronroneo profundo de su voz.
“Un sistema de inspectores elegidos entre los ancianos respetados de las propias aldeas, pagados con un pequeño porcentaje de los impuestos recaudados honestamente. Y para el señor de la región, una multa equivalente al doble del valor del pasto usurpado, deducida directamente de sus ingresos por impuestos ante la corona.” Sus palabras eran prácticas, duras. “La codicia se combate con otra codicia: la de no perder lo que ya se tiene.”
“Es cínico”, murmuró ella, pero asintió. “Y probablemente efectivo. Deberías ponerlo por escrito. Para el consejo.”
“Como ordene, alteza.” Una sonrisa lenta se dibujó en sus labios. No era una sonrisa alegre, sino cargada, llena de conocimiento compartido y de calor reprimido. “Aunque sospecho que a los señores del consejo no les hará gracia que un… asistente sin linaje les dé lecciones de gobierno.”
“Tu linaje es tu inteligencia y tu utilidad”, replicó Lysandra, con más vehemencia de la que pretendía. “Y yo soy la reina. Si valoro tu consejo, eso es lo único que importa.”
El elogio, la afirmación de su valía, hizo que algo se suavizara en la mirada de Julian. La intensidad ardió más caliente, pero de una manera diferente. “Lysandra”, dijo, el nombre una caricia prohibida en la boca silenciosa de la biblioteca. “Lo que pasó la otra noche…”
“No hablemos de eso aquí”, lo interrumpió ella, echando un vistazo instintivo a los pasillos desiertos. Pero su cuerpo traicionó sus palabras. Un temblor leve la recorrió, y entre sus piernas, una humedad familiar y vergonzosa comenzó a brotar.
Julian lo notó. Sus ojos, tan perspicaces, bajaron al rubor de su escote, luego a sus manos, que se aferraban al borde del estante. “Tienes razón. Aquí no.” Su voz bajó aún más, hasta convertirse en un murmullo sedoso que se enroscó en sus oídos. “Pero hay una sala de mapas, al final del corredor norte. Se usa poco. Las llaves están en poder del archivista real, que hoy ha ido al mercado. Yo… me aseguré de conocer su paradero.”
La proposición era clara, temeraria, delirante. Poner un pie en esa sala con él sería cruzar un punto de no retorno aún más profundo. Lysandra sintió el pánico, el deber, la voz de su madre repitiendo “un reinado sin heredero es un reinado destinado al polvo”. Pero otra voz, más joven, más hambrienta, gritó más fuerte. Era la voz que había gemido bajo sus besos, la que se había frotado contra su mano.
“¿Qué hora tiene el archivista de regreso?”, preguntó, y su propia voz le sonó extraña, ronca de deseo.
“El mercado cierra al anochecer. Tenemos… tal vez una hora.”
Una hora. Sesenta minutos de peligro y posibilidad. Lysandra miró a sus ojos oscuros, viendo en ellos el mismo conflicto, la misma necesidad triunfante. Asintió, una vez, breve y decisiva.
Sin una palabra más, Julian se dio la vuelta y comenzó a caminar por el pasillo entre los estantes, su andar silencioso y felino. Lysandra lo siguió, sintiendo que sus rodillas temblaban. Pasaron por delante de bustos de filósofos antiguos que parecían observarlos con desaprobación de mármol. El sonido de sus pasos fue absorbido por las gruesas alfombras. El corazón le latía con tanta fuerza que estaba segura de que se oiría en toda la biblioteca.
El corredor norte estaba efectivamente desierto. Julian se detuvo frente a una pesada puerta de roble con herrajes de hierro. Sacó una llave larga y anticuada de un bolsillo de su pantalón, la insertó en la cerradura y la giró con un clic satisfactorio. La puerta se abrió hacia dentro, revelando una habitación circular más pequeña que la biblioteca principal. Las paredes estaban cubiertas por mapas enrollados y algunos extendidos en grandes mesas centrales. Olía a polvo, a pergamino viejo y a cera de sellar. La luz entraba tenue por un único ventanuco alto.
Julian entró primero, asegurándose de que estuviera vacía, luego hizo una seña a Lysandra para que pasara. Ella lo hizo, y él cerró la puerta tras de sí. El sonido del pestillo al caer resonó como un golpe de sentencia en el silencio polvoriento.
Por un momento, solo se miraron, respirando el mismo aire viciado. La realidad de lo que estaban haciendo los golpeó a ambos. Aquí, en el corazón del castillo, a solo unos pasos de donde los consejeros tramaban y los sirvientes circulaban, estaban completamente solos, encerrados.
“Esto es una locura aún mayor”, dijo Julian, pero no sonaba arrepentido. Sonaba excitado. Su pecho se elevaba y descendía con más fuerza bajo la camisa de lino.
“Sí”, susurró Lysandra. Y entonces, rompiendo la distancia, cerró los pocos pasos que los separaban y se lanzó contra él.
Esta vez no hubo preámbulos, no hubo sutileza. Sus bocas se encontraron en un choque de dientes y lenguas, un beso hambriento y desesperado que hablaba de noches de insomnio y fantasías furtivas. Julian la recibió con un gruñido bajo, sus brazos rodeándola como cepos de acero, aplastándola contra su cuerpo duro. Lysandra gimió en su boca, sus manos trepando por su espalda, sintiendo los poderosos músculos dorsales contra sus palmas. Él olía a sudor limpio y a hombre, un aroma que ahora asociaba con el placer más intenso que había conocido.
Su boca se movió de sus labios a su mandíbula, luego bajó por su cuello, dejando un rastro de besos húmedos y mordiscos suaves que hicieron que se estremeciera violentamente. “Julian…”, jadeó, enterrando los dedos en sus rastas gruesas, tirando.
“Shhh, mi reina insaciable”, murmuró él contra su piel, mientras sus manos comenzaban a moverse. Una se posó en su nuca, sosteniéndola en su lugar para mejor acceso a su cuello. La otra bajó por su espalda, palmeando la curva de su trasero a través del terciopelo antes de deslizarse por su costado y ascender, con una lentitud agonizante, hacia su pecho.
Cuando su mano finalmente cubrió su seno, Lysandra arqueó la espalda, empujando su pecho contra su palma. A través del terciopelo y del corsé interior, la presión era insuficiente, frustrante. “Por favor”, gimió, sin saber exactamente qué pedía.
Julian entendió. Con movimientos hábiles y sorprendentemente rápidos para manos tan grandes, encontró los cordones laterales de su vestido. No los desató por completo –sería demasiado arriesgado, demasiado tiempo perdido– pero los aflojó lo suficiente para deslizar una mano por la abertura, bajo las capas de tela, hasta encontrar la parte superior de su corsé de lino. Con un empuje firme, metió la mano por encima del borde rígido.
El contacto piel con piel fue un shock eléctrico. Sus dedos callosos y calientes encontraron la suave curva de su seno, y luego, el pezón ya duro y sensible. Lysandra lanzó un grito ahogado cuando él lo pellizcó suavemente, rodándolo entre el pulgar y el índice.
“Tan sensible”, susurró él, su aliento caliente en su oreja. “Tan perfecta.” Su boca volvió a capturar la suya en un beso profundo y lascivo mientras sus dedos continuaban torturando su pezón, apretando, rodando, provocando oleadas de placer que se irradiaban directamente a su centro.
Lysandra perdió noción de todo: del peligro, del tiempo, de su propia identidad. Solo existían sus manos, su boca, el cuerpo enorme y duro presionado contra el suyo. Frotó sus caderas contra él, buscando la protuberancia dura que sabía que estaba allí, esperándola. A través de las capas de tela, pudo sentir su tamaño, su rigidez. Un gemido de pura necesidad escapó de su garganta.
Julian rompió el beso, respirando entrecortadamente. Sus ojos eran pozos oscuros de deseo en la penumbra. “Tú… tú me vuelves loco, mujer”, gruñó. “Te deseo de una manera que no es segura, que no es sabia.”
“Y yo a ti”, confesó Lysandra, su voz temblorosa. “Más de lo que jamás he deseado nada.”
Esas palabras parecieron romper los últimos vestigios de su cautela. Con un movimiento brusco, Julian la levantó en sus brazos como si no pesara nada. La llevó hasta la mesa de mapas más grande, barriendo pergaminos y reglas de medición con un movimiento de su brazo. Los objetos cayeron al suelo con un ruido sordo. Luego la sentó en el borde de la mesa, de cara a él. La altura era perfecta. Sus rostros quedaron al mismo nivel.
“Vamos a hacer esto de manera diferente esta vez”, dijo, su voz grave y cargada de una autoridad sensual que le hizo estremecer. “Voy a tocarte. Y vas a quedarte quieta. Vas a mirarme. Y no vas a hacer un ruido que pueda atraer a nadie. ¿Entendido?”
La orden, el tono dominante, envió un nuevo torrente de humedad entre sus piernas. Lysandra solo pudo asentir, hipnotizada.
Julian se colocó entre sus piernas, que colgaban del borde de la mesa. Con manos firmes, pero no brutales, agarró el dobladillo de su vestido y lo levantó, arrastrándolo por sus muslos hasta la cintura. El aire frío de la habitación golpeó su piel desnuda desde los muslos hacia arriba, cubierta solo por sus finas bragas de lino. Se sintió expuesta, vulnerable, y terriblemente excitada.
Sus ojos oscuros recorrieron la visión de sus muslos pálidos, la junta de sus piernas oculta por la tela translúcida y húmeda. “Dioses, eres hermosa”, murmuró, y por primera vez, Lysandra oyó un temblor de verdadera emoción en su voz, más allá del deseo.
Luego, sus manos se posaron en sus rodillas. La piel de sus palmas era áspera, callosa, un contraste eléctrico con su suavidad. Lentamente, con una deliberación que era una tortura, comenzó a deslizar sus manos hacia arribar por sus muslos, acariciando la piel interna, tan sensible. Lysandra contuvo la respiración, cada nervio al rojo vivo. Sus dedos se acercaban al calor central de su cuerpo, al triángulo de tela ya empapado.
Cuando sus pulgares finalmente rozaron el borde de sus bragas, justo en la unión de sus muslos con su sexo, ella soltó un jadeo. Julian la miró a los ojos, sosteniendo su mirada con una intensidad feroz. “Quieto”, recordó, su voz un susurro ronco.
Sus pulgares comenzaron a trazar pequeños círculos en su piel, justo fuera del límite de la tela, masajeando los labios exteriores a través de la fina capa. La fricción era indirecta, pero la presión y la proximidad eran agonizantes. Lysandra mordió su labio inferior con fuerza para no gemir. Sus manos se aferraron al borde de la mesa de madera, los nudillos blancos.
“Ya estás mojada”, observó él, sus pulgares empapándose de la humedad que traspasaba la tela. “Sientes esto por mí. Aunque seas una reina. Aunque estemos cometiendo traición.” Sus palabras eran obscenas, una violación verbal que la excitaba aún más. “¿Te gusta que te toque aquí, Lysandra? ¿Te gusta que un hombre como yo, un habitante del bosque sin linaje, ponga sus manos sucias en la piel de la reina?”
“Sí”, jadeó ella, incapaz de mentir. “Sí, me gusta.”
Con un movimiento brusco, Julian hundió sus dedos bajo el borde elástico de sus bragas y las bajó lo suficiente para exponer su sexo. El aire frío lo golpeó, y ella tembló. Él se detuvo, contemplando la visión de sus labios pálidos, el vello castaño rizado ya empapado de su excitación. Su respiración se cortó.
“Perfecto”, murmuró, casi para sí mismo.
Luego, sin previo aviso, un dedo largo y calloso se deslizó suavemente por su raja, de arriba abajo, recogiendo la humedad. El contacto directo, piel con piel en su parte más íntima, hizo que Lysandra arqueara la espalda, un grito ahogado atrapado en su garganta.
“Shhh”, dijo él, pero su propio rostro estaba tenso por el placer de tocarla. Su dedo repitió el movimiento, más lento esta vez, explorando cada pliegue, encontrando el pequeño nudo de nervios en la parte superior. Cuando su pulgar se posó sobre su clítoris y comenzó a frotar en círculos lentos y firmes, Lysandra vio estrellas. Una oleada de placer tan intenso que casi la hizo perder el equilibrio la recorrió.
“No… no voy a poder quedarme quieta”, gimió, sus caderas comenzando a moverse involuntariamente, buscando más presión.
“Sí, vas a poder”, dijo Julian, pero su voz sonaba tensa. Con su otra mano, agarró su cadera, sujetándola con fuerza contra la mesa. “Yo te controlo. En esta habitación, en este momento, yo decido cuándo y cómo tocas el borde.”
La afirmación de dominio, combinada con el movimiento experto de su pulgar, la llevó a un nuevo nivel de excitación. El placer se acumulaba en su interior, una presión creciente y dulce. Julian observaba su rostro, estudiando cada espasmo, cada cambio en su respiración. Parecía un científico observando una reacción fascinante, pero uno consumido por la misma pasión que estaba desatando.
Su dedo índice, empapado en sus jugos, abandonó su sexo y se dirigió hacia atrás, encontrando la entrada apretada de su vagina. La punta se posó a la entrada, ejerciendo una presión suave pero insistente.
“¿Aquí también me deseas, reina?”, preguntó, su voz un susurro cargado de lujuria. “¿Quieres sentirme dentro de ti? No hoy. Pero tal vez… ¿lo imaginas?”
“¡Sí! Por todos los dioses, sí”, sollozó Lysandra, completamente perdida. La presión en su entrada, la idea de su tamaño monumental llenándola, fue casi demasiado. Su pulgar en su clítoris no cesaba, el círculo se volvía más rápido, más insistente.
“Entonces imagínalo ahora”, ordenó Julian, mientras con su dedo índice comenzaba a penetrarla muy lentamente, solo la primera falange. La sensación de estiramiento, de invasión, era abrumadora. Ella estaba tan estrecha, tan virgen en la práctica excepto por los encuentros mecánicos y poco placenteros con el rey. El dedo de Julian era grueso, mucho más que los de su esposo. La llenó de una manera nueva, profunda.
Un grito ronco escapó de sus labios antes de que pudiera contenerlo. Julian instantáneamente cubrió su boca con su otra mano, la que no estaba ocupada en su cadera. La palma grande y callosa ahogó el sonido. “Te dije que no hicieras ruido”, murmuró, pero su dedo dentro de ella se retrajo un poco, solo para volver a empujar, un poco más adentro esta vez.
Lysandra gimió contra su mano, sus ojos llenos de lágrimas de placer y sobreestimulación. El movimiento de su pulgar en su clítoris era implacable, y la penetración lenta y profunda de su dedo creaba una fricción interna que nunca había experimentado. Era demasiado. Era justo lo suficiente. Su cuerpo comenzó a tensarse, los músculos de su vientre contrayéndose, sus piernas temblando violentamente.
“Vas a venir”, declaró Julian, no como una pregunta, sino como un hecho. Sus ojos ardían con un fuego oscuro y triunfante. “Vas a venir por mi mano, aquí, en esta mesa de mapas, con tu vestido de reina subido hasta la cintura. Y lo vas a hacer en silencio.”
Esa imagen, sus palabras sucias, el control absoluto que ejercía sobre su cuerpo, fueron el detonante final. La ola de placer que había estado construyéndose estalló con una fuerza cataclísmica. Un espasmo violento la sacudió de pies a cabeza, su sexo se contrajo alrededor del dedo de Julian, y un torrente de humedad empapó su mano. Un grito mudo, sofocado por su palma, vibraba en su garganta. Los colores estallaron detrás de sus párpados cerrados, y por un momento, todo dejó de existir excepto la convulsión de puro éxtasis que la arrasaba.
Julian la sostuvo mientras temblaba, su pulgar disminuyendo la presión pero no deteniéndose del todo, alargando las sacudidas del orgasmo. Su dedo dentro de ella se quedó quieto, permitiéndole sentir cada contracción interna. Finalmente, cuando los espasmos comenzaron a ceder, retiró su mano de su boca y lentamente sacó su dedo.
Lysandra jadeó, colapsando hacia adelante, su frente apoyándose en su hombro. Su cuerpo estaba cubierto de un sudor fino, tembloroso, completamente drenado. El orgasmo había sido el más intenso, el más profundo, el más sucio de su vida. La vergüenza llegó después, un calor en sus mejillas, pero fue rápidamente barrida por una satisfacción tan profunda que casi la hizo llorar.
Julian la sostuvo en silencio, una mano acariciando su pelo suelto. Su propia respiración era agitada. Cuando ella finalmente pudo levantar la cabeza, vio la enorme protuberancia en sus pantalones de cuero, tan pronunciada que parecía dolorosa. También vio la humedad brillante de sus fluidos en sus dedos. Sin pensarlo, llevada por un impulso de reciprocidad y de una curiosidad lasciva, agarró su muñeca y llevó sus dedos a su propia boca.
Los ojos de Julian se ensancharon con incredulidad, luego con un deseo feroz, cuando ella chupó su dedo índice, limpiándolo de su propio sabor salado y musgoso. El acto era de una intimidad y una obscenidad atroz.
“Lysandra…”, gruñó, su voz rota.
Ella soltó su muñeca y, con una valentía que le sorprendió a sí misma, bajó la mano y la posó sobre la abultada erección que tensaba su pantalón. A través del cuero, pudo sentir el calor, el tamaño, la dureza como de roca. Era aterrador y fascinante. Apretó suavemente.
Julian emitió un sonido gutural, un gemido ahogado de agonía y placer. “No… si haces eso, no podré contenerme.”
“Entonces no te contengas”, susurró ella, mirándolo directamente a los ojos. “Pero no dentro de mí. Aún no.”
La advertencia final fue un destello de cordura. Julian asintió con la cabeza, con dificultad. Con manos temblorosas, comenzó a desabrochar su propio pantalón. Lysandra lo observó, hipnotizada, mientras liberaba su erección.
Ella había visto al rey Edric desnudo, por supuesto. Pero esto… esto era algo de otro mundo. El pene de Julian era proporcional a su cuerpo: largo, grueso, imponente. La piel era de un tono más oscuro que el resto de él, la punta ancha y rojiza, ya rezumando una gota de líquido claro. Las venas palpaban a lo largo del eje. Parecía una arma, un instrumento de puro placer masculino. Un estremecimiento de ansiedad mezclado con deseo la recorrió al imaginárselo dentro de ella. Sería una posesión, una conquista total.
Julian se agarró a sí mismo con una mano grande, su puño apenas cerrando alrededor de la circunferencia. Comenzó a masturbarse con movimientos firmes y rápidos, su mirada clavada en la de ella, en su rostro bañado en sudor y en su vestido desarreglado. Era un espectáculo íntimo y obsceno, y Lysandra no podía apartar la vista. Ver a este hombre poderoso, este coloso de fuerza y astucia, entregado a un placer tan básico, tan animal, por su culpa, la llenó de un poder propio.
“¿Te gusta mirar, reina?”, preguntó él, jadeando. “¿Te gusta ver lo que le haces a un hombre?”
“Sí”, admitió ella, su voz ronca. Su propia excitación, que creía apagada, comenzó a resurgir al verlo.
“Entonces mira.” Su ritmo se aceleró. Su respiración se volvió entrecortada. Los músculos de su brazo y su abdomen se tensaban con cada movimiento. Lysandra bajó la vista, viendo cómo su puño subía y bajaba por la longitud palpitante, cómo el líquido pre-eyaculatorio brillaba a la luz tenue. El sonido húmedo de su mano deslizándose por su piel llenó la pequeña habitación.
Ella no pudo resistirse. Se deslizó del borde de la mesa, todavía temblorosa, y se arrodilló frente a él, entre sus piernas abiertas. La posición era de sumisión total, de adoración. Julian se detuvo, mirándola con ojos desorbitados.
“¿Qué…?”
En lugar de responder, Lysandra inclinó la cabeza y, con una timidez que contrastaba con la audacia de su acto, extendió la lengua y lamió la punta de su pene, recogiendo la gota salada.
El efecto fue eléctrico. Julian jadeó como si lo hubieran apuñalado. “¡Lysandra!”
Alentada, lo hizo de nuevo, esta vez lamiendo una línea a lo largo de la parte inferior, desde la base hasta la punta. El sabor era salado, masculino, un poco amargo. No era desagradable. Era él. Luego, abrió la boca lo más que pudo y tomó la punta dentro, chupando suavemente.
Julian maldijo en un idioma que ella no reconoció, una cadencia gutural y antigua. Sus manos se enterraron en su pelo, no empujando, solo sosteniendo. “Así… Oh, dioses, así.”
Ella no podía tomar mucho de él. Era demasiado grande. Pero se concentró en la punta, chupando, lamiendo, jugando con la lengua alrededor del frenillo. Usó una mano para agarrar la base que su boca no podía alcanzar, imitando el movimiento de masturbación que él había estado haciendo. Fue torpe, inexperta, pero Julian parecía al borde del éxtasis. Sus gruñidos se volvieron más frecuentes, sus caderas comenzaron a empujar suavemente, introduciendo un poco más de su longitud en su boca.
“Voy a… no puedo…”, advirtió, su voz tensa como un alambre.
Lysandra se aferró a él, aumentando el ritmo de su mano, chupando con más fuerza. Quería verlo, quería ser la causa de su pérdida de control.
Con un rugido ahogado que sonó casi doloroso, Julian se vino. Un chorro caliente y salado llenó su boca, seguido por otro, y otro. Lysandra tragó, sorprendida por la intensidad, por la intimidad absoluta del acto. Él tembló violentamente, sus manos apretando su pelo, su cuerpo entero convulsionando con la fuerza del orgasmo.
Finalmente, se desplomó hacia atrás, apoyándose contra la mesa, jadeando como un animal herido. Lysandra se apartó, limpiándose la boca con el dorso de la mano, sintiendo una mezcla de triunfo, asombro y una ternura profunda que la alarmó.
Durante un minuto, solo se escuchó su respiración entrecortada. Luego, Julian se enderezó, metiéndose a sí mismo de nuevo en sus pantalones y abrochándolos con movimientos torpes. Su mirada, cuando se posó en ella, era compleja: gratitud, deseo, temor, y algo más, algo parecido al asombro.
“Nadie… nadie ha hecho eso por mí”, dijo finalmente, su voz ronca.
Lysandra se puso de pie, arreglándose el vestido, bajando el dobladillo. Su cuerpo estaba satisfecho, pero su mente comenzaba a calcular el tiempo, el peligro. “Debemos irnos. El archivista…”
“Sí.” Julian asintió, recuperando su compostura con un esfuerzo visible. Recogió los mapas del suelo, los colocó en la mesa de manera aproximada. Luego se acercó a ella, le tomó la cara entre sus manos y le dio un beso profundo, lento y dulce, un contraste total con la lujuria animal de minutos antes. “Eres increíble. Peligrosa. Y mía, en este momento.”
Las palabras “y mía” resonaron en ella, cargadas de posesión y promesa. No era su esposo. Nunca podría serlo. Pero en la sombra, en el secreto, quizás…
Se separaron, ajustaron sus ropas lo mejor posible, y Julian abrió la puerta un centímetro para escuchar. El corredor estaba silencioso. Con una seña, la hizo salir primero. Ella caminó rápidamente, con la cabeza alta, intentando parecer una reina que simplemente había estado investigando en la biblioteca, no una mujer que acababa de tragar el semen de su amante mientras estaba arrodillada en el suelo polvoriento. Julian se desvaneció en la dirección opuesta, silencioso como un fantasma.
Esa noche, en sus aposentos, Lysandra no se tocó. Su cuerpo estaba en paz, por primera vez en semanas. Pero su mente no. Julian había mencionado algo, una idea pasajera durante su discusión sobre Landrick. Un “sistema de inspectores rotativos”. Lo masticó, lo analizó. Era bueno. Muy bueno. Podría aplicarse no solo a los pastos, sino a la recaudación de impuestos en general, a la supervisión de obras públicas…
Al día siguiente, en el consejo privado, mientras los nobles discutían acaloradamente sobre la disputa de los pastos, ella expuso la idea. No mencionó a Julian, por supuesto. La presentó como una reflexión propia, inspirada en “antiguos tratados y observaciones prácticas”. Hubo escepticismo, resistencia de los señores cuyos ingresos se verían amenazados por una mayor transparencia. Pero el rey Edric, postrado en un sillón pero con la mente lúcida, asintió con lentitud.
“Tiene mérito”, dijo, su voz débil pero firme. “Podría reducir la corrupción local y aumentar los ingresos de la corona sin aumentar los impuestos a los campesinos. Lysandra, elabora una propuesta más detallada.”
Fue un pequeño triunfo, pero un triunfo al fin. Y mientras los nobles murmuraban y algunos la miraban con renovado respeto (o resentimiento), Lysandra supo que ese triunfo, como el placer de la víspera, tenía las huellas de Julian por todas partes. Él estaba cambiando su reino, así como estaba cambiando su cuerpo. Y ella, la reina, estaba permitiéndolo, alimentándolo, deseándolo con una ferocidad que la asustaba.
El peligro era múltiple. El riesgo de ser descubiertos era una espada de Damocles sobre sus cabezas. Pero había otro peligro, más insidioso: el de que ella, Lysandra de Valerium, llegara a depender de un hombre que no era su rey, a necesitar su inteligencia tanto como anhelaba su toque. Y la perspectiva más aterradora de todas: que él, Julian, el habitante del bosque, el amante secreto, pudiera resultar ser la perdición de su reinado… o su salvación.
Mientras salía de la sala del consejo, su mirada buscó y encontró la de Julian, que esperaba de pie junto a una columna, con la discreta postura de un sirviente. Sus ojos se encontraron, y en los suyos, vio el eco del placer compartido, del secreto, y una chispa de orgullo al ver su idea tomando forma. Ella le sostuvo la mirada un segundo más de lo debido, y una sonrisa casi imperceptible curvó sus labios antes de que ella girara la cabeza y continuara caminando, su corona brillando bajo la luz de las antorchas, su cuerpo aún vibrando sutilmente con el recuerdo de sus manos.
El juego continuaba. Y la próxima jugada, lo sabía, sería aún más audaz.
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• Máxima: 3 dólares.
Ustedes lean mis fanfics y, bueno, espero que me apoyen económicamente. Sinceramente, la que más les recomiendo es “Madre en DC”. Esa es la que planeo que sea mi mejor obra.
Gracias por leer y por dedicar su valioso tiempo a estas cosas.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com