Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Mis Historias Originales, Trabajadas con IA - Capítulo 12

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Mis Historias Originales, Trabajadas con IA
  4. Capítulo 12 - Capítulo 12: Capítulo 4: La Adicción del Trono
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 12: Capítulo 4: La Adicción del Trono

La luna creciente que había presidido los primeros encuentros secretos entre Lysandra y Julian ahora se hinchaba hacia su plenitud, como el deseo mismo que consumía a la reina. Los días siguientes al banquete del Día de la Cosecha transcurrieron en una tensión exquisita, cada momento cargado de dobles significados, cada interacción con Julian una lección velada en control y sumisión.

El reino, mientras tanto, florecía bajo las reformas continuas. Los inspectores rotativos se habían convertido en una institución respetada y temida. Los ingresos por impuestos de las regiones norteñas ahora superaban en un veinticinco por ciento los de la temporada anterior. Los campesinos, al ver que la corona realmente intervenía contra los abusos de los administradores locales, comenzaron a enviar delegaciones de agradecimiento con ofrendas simbólicas: cestas de manzanas, ruedas de queso, tejidos sencillos pero elaborados con esmero.

Lysandra recibía estas ofrendas en audiencias públicas, y cada vez que lo hacía, sentía una mezcla de gratitud genuina y de culpa punzante. Porque sabía que el cerebro detrás de estas reformas no era el suyo, sino el del hombre que la visitaba en secreto, que la instruía en artes tanto políticas como carnales, y cuyo semen aún no había probado pero cuyo sabor imaginaba en sueños húmedos.

La advertencia sobre el espía del conde de Blackwood había sido una llamada de atención. Julian había intensificado su entrenamiento de los caballeros reales, pero también había comenzado a instruir discretamente a un pequeño grupo selecto de guardias de palacio en lo que él llamaba “percepción ambiental”. No era espionaje formal, sino el arte de notar lo que no cuadraba, de recordar rostros, de identificar patrones en el comportamiento.

Una mañana, mientras Lysandra despachaba correspondencia oficial en su estudio privado, Julian entró llevando un informe sobre las patrullas fronterizas. Formalmente, era solo otro sirviente entregando documentos. Pero cuando se acercó a su escritorio, su mano rozó deliberadamente la suya al pasarle el pergamino, y un sobre más pequeño, sin sellar, se deslizó desde entre las páginas.

“Los informes de los pastos comunales del este son alentadores, alteza”, dijo con voz neutra, mientras sus ojos le transmitían un mensaje completamente diferente. “La lealtad de los campesinos se fortalece día a día.”

Cuando se hubo marchado, Lysandra abrió el sobre pequeño con dedos ligeramente temblorosos. La nota, escrita con la caligrafía segura y angular de Julian, decía:

“Tu lección de esta noche: la boca como instrumento de servicio y de poder. La teoría la conoces: control de la respiración, conciencia de las sensaciones, dirección de la energía. La práctica requiere un objeto de estudio. Tu objeto de estudio será mi erección. Y el mío, tu humedad. En tu sala de meditación, a la hora del búho. Ven preparada para obedecer.”

Un calor instantáneo inundó el vientre de Lysandra. La mera idea, expresada con esa crudeza académica, hizo que su sexo palpitara bajo las capas de seda y encaje de su vestido. Durante el resto del día, apenas pudo concentrarse. En la reunión del consejo de la tarde, mientras el duque de Marbury discutía interminablemente sobre las tarifas portuarias, su mente viajaba a la imagen de Julian desnudo, de su pene —que solo había visto brevemente, impresionantemente erecto a través de la tela—, imaginando su textura, su sabor, su peso en su lengua.

Esa noche, siguiendo las instrucciones, llegó a la sala de meditación exactamente a la hora del búho. Había seguido sus órdenes previas: había cenado ligero, había practicado la respiración del centro durante una hora, y se había bañado minuciosamente, prestando especial atención a las partes íntimas, no por vergüenza, sino por respeto al ritual. Vestía solo una bata de seda negra, sin nada debajo. Su cabello, suelto, caía en ondas doradas sobre sus hombros.

Julian ya estaba allí. No sentado en los cojines, sino de pie frente a la ventana alta, recortado contra la luz de la luna casi llena. Estaba completamente desnudo.

Lysandra contuvo el aliento. Lo había visto sin camisa, había sentido la potencia de su cuerpo, pero verlo completamente expuesto era otra cosa. Era una estatua de mármol viviente, tallada no por la delicada mano de un artista de corte, sino por los elementos brutales: el viento de las montañas, el sol del desierto, el agua de los ríos profundos. Sus hombros, anchos y poderosos, se estrechaban hacia una cintura de luchador. Sus abdominales formaban un relieve duro y definido. Las caderas estrechas, los muslos gruesos como troncos de roble.

Y entre ellos, colgando pesadamente incluso en estado de reposo, estaba su pene.

No era como los representados en las estatuas clásicas que Lysandra había visto en libros de arte, miembros pequeños y discretos. Era grande, grueso, imponente. El glande, ya parcialmente expuesto bajo el capuchón, tenía un color púrpura oscuro, casi violento contra la piel más clara del resto. Las venas palpitaban levemente a lo largo del tronco, que parecía tener el grosor de su muñeca. Los testículos, pesados, colgaban en un saco oscuro y arrugado.

Julian se volvió, y al verla, su mirada se oscureció con aprobación. “Bien. Te vees… preparada.”

Lysandra intentó mantener la compostura, pero sus ojos volvían una y otra vez a su entrepierna. “Es… impresionante.”

“Es una herramienta”, dijo él, con una sencillez desarmante. “Como tus manos. Como tu mente. Y como tu boca. Esta noche, aprenderás a usar las tres en armonía.” Se acercó, y el aire a su alrededor parecía vibrar con su calor masculino. “Quítate la bata.”

Ella, con manos que apenas temblaban ahora, desató el cinturón y dejó que la seda negra se deslizara por sus hombros y caiga al suelo. Quedó completamente desnuda ante él, sintiendo el aire fresco en sus pechos, en su vientre, en el sexo que ya latía con anticipación.

Julian la recorrió con la mirada, una mirada que no era de lujuria descontrolada, sino de evaluación. “Respira”, ordenó. “Centra tu energía.”

Lysandra obedeció, inhalando profundamente, llenando su vientre, sintiendo cómo la excitación inicial se transformaba en una atención aguda, lista.

“La primera lección”, comenzó Julian, mientras se sentaba en el cojín más grande, con las piernas cruzadas, su pene descansando sobre su muslo como una serpiente dormida. “Es la observación. Acércate. Arrodíllate frente a mí. Y mira. Estudia. Sin tocar todavía.”

Lysandra avanzó, sus rodillas encontrando la suavidad de la alfombra frente a él. Desde esta posición, a la altura de sus ojos, su pene era aún más monumental. Podía ver cada detalle: la fina red de venas superficiales, el pliegue del prepucio, la pequeña abertura en la punta, húmeda ya con una gota de fluido claro que brillaba como un diamante a la luz de la luna.

“Huele”, dijo Julian, su voz baja pero firme.

Ella inclinó la cabeza hacia adelante, cerrando los ojos, inhalando suavemente. Su aroma era limpio, a agua y jabón simple, pero debajo de eso había algo más profundo, terroso, masculino. Un olor a sal y a piel, a potencia cruda. Un olor que se le metió directamente en el cerebro, primitivo y excitante.

“Bien”, aprobó. “Ahora, la segunda lección: el toque inicial. Extiende tu mano. Tócalo como tocarías un instrumento delicado. Con curiosidad. Con respeto.”

Lysandra alargó una mano, deteniéndose justo antes del contacto. Su corazón latía con fuerza. Finalmente, sus yemas de los dedos hicieron contacto con la piel de su muslo interno, cerca de la base de su pene. La piel era increíblemente suave, cálida, casi viva. Deslizó los dedos hacia arriba, rozando el costado del tronco.

Un estremecimiento recorrió el cuerpo de Julian, casi imperceptible, pero ella lo sintió. Su pene palpito, creciendo ligeramente.

“Continúa”, dijo él, su voz un poco más ronca.

Ella rodeó el tronco con sus dedos, sin apretar. El grosor llenaba su mano. La piel era como terciopelo sobre acero, caliente, con una textura única. Con el pulgar, acarició la vena prominente que recorría la parte inferior. Julian inhaló profundamente.

“Ahora, la cabeza”, instruyó. “Es la parte más sensible. Tócala con la yema de tu dedo índice. Suave.”

Lysandra deslizó su mano hacia arriba, hasta que su dedo encontró el glande húmedo. La sensación fue electrizante para ambos. La piel aquí era más suave aún, casi mucosa, y la gota de fluido la hizo resbalar fácilmente. Ella extendió esa humedad, masajeando suavemente la corona, el borde donde el glande se encontraba con el tronco.

Julian dejó escapar un suspiro entrecortado. Su pene había crecido hasta su plena erección ahora, empujando hacia arriba, imponente y arrogante. La punta brillaba con más fluido pre-seminal.

“Bien”, dijo, respirando con más dificultad. “Tercera lección: la introducción a la boca. Pero no para chupar aún. Solo para familiarizarte. Abre tu boca y cubre solo la cabeza. Sin dientes. Solo tus labios.”

Lysandra, sintiendo una humedad propia entre sus piernas que comenzaba a gotear, se inclinó hacia adelante. Abrió la boca, sus labios temblorosos, y lentamente tomó la cabeza de su pene dentro de su cavidad oral.

El sabor fue lo primero que la impactó. No era desagradable. Era salado, limpio, ligeramente amargo pero de una manera intrigante. La textura era increíble: suave pero firme, caliente, pulsante contra su lengua. Su boca se llenó de saliva instantáneamente.

“Mantén esa posición”, ordenó Julian, y ella pudo sentir cómo su voz vibraba a través de su cuerpo y hacia su pene. “Respira por la nariz. Siente el peso. Siente el calor. Siente cómo tu boca se adapta.”

Lysandra obedeció, respirando profundamente por la nariz mientras mantenía la cabeza de su pene en su boca. Su lengua, por instinto, se movió para explorar la abertura, recogiendo otra gota de fluido pre-seminal. Esta vez, el sabor fue más concentrado, más complejo. Un sabor salado-dulce, terroso, que despertó algo primitivo en ella. Quería más.

“Ahora, retírala”, dijo Julian. Ella lo hizo, con un sonido húmedo y suave. “¿Qué sentiste?”

“Calor. Pulsaciones. Un sabor… interesante”, dijo ella, su propia voz ronca por la excitación.

“Interesante no es suficiente”, corrigió él, aunque sin dureza. “Es salado, mineral, ligeramente dulce. Es el sabor de la energía masculina en su forma más pura, antes de mezclarse con la semilla. Y es adictivo. Pero llegaremos a eso. Cuarta lección: el uso de las manos en conjunción con la boca.”

Se colocó más cómodamente en el cojín. “Ahora, toma mi pene con tu mano derecha, en la base. Aprieta firmemente, pero no con fuerza bruta. Con intención. Tu mano izquierda acariciará mis testículos. Suavemente. Y tu boca volverá a la cabeza. Esta vez, usarás la lengua.”

Lysandra, con una concentración que nunca había aplicado a nada, hizo exactamente lo que le decía. Su mano derecha rodeó la base, sintiendo la potencia contenida. Con la izquierda, tomó con delicadeza su saco escrotal, masajeando los testículos pesados dentro. Luego, inclinándose de nuevo, tomó la cabeza en su boca.

“Ahora, usa la lengua”, dijo Julian, y un gemido escapó de sus labios cuando ella obedeció. “Explora la frenillo, ese pequeño tejido en la parte inferior. Lame la abertura. Haz círculos alrededor de la corona.”

Lysandra se sumergió en la tarea con devoción. Su lengua se volvió una exploradora, mapeando cada milímetro del glande. Encontró el frenillo, un pequeño pliegue de piel sensible, y lo lamió con insistencia. Julian gruñó, sus caderas se elevaron involuntariamente.

“Bien… muy bien”, jadeó. “Ahora, comienza a mover tu mano. Arriba y abajo, en armonía con los movimientos de tu lengua. No rápido. Lento. Deliberado. Sincroniza tu respiración con el movimiento.”

Ella lo hizo, estableciendo un ritmo lento y sensual. Su mano subía y bajada por el tronco, mientras su lengua jugueteaba con la cabeza. Su propia excitación era un incendio ahora, el néctar fluyendo libremente entre sus muslos, pero ella mantenía el foco en él, en su placer, en su instrucción.

“Quinta lección”, dijo Julian, entre jadeos. “La profundidad. Mi pene es largo. No intentes tragártelo todo de una vez. Ve poco a poco. Relaja tu garganta. Cuando sientas la necesidad de vomitar, para. Respira. Y continúa.”

Lysandra, embriagada por el poder que sentía al tenerlo así de vulnerable, al causarle ese placer evidente, asintió y comenzó a bajar su cabeza, tomando más de él en su boca. El grosor estiró sus labios, llenó su cavidad oral. Cuando la cabeza tocó la parte posterior de su garganta, sintió un reflejo nauseoso y se detuvo.

“Respira por la nariz”, recordó Julian, su mano yendo a enredarse en su cabello, no para forzarla, sino para guiarla. “Inhala. Relaja los músculos de la garganta. Imagina que estás bostezando.”

Ella lo hizo, y milagrosamente, el reflejo disminuyó. Lentamente, tomó otro centímetro, luego otro. Pronto, tenía casi la mitad de su longitud dentro de su boca y garganta. El sabor era más intenso aquí, mezclado con su propia saliva. Podía sentir cada pulso, cada latido de su corazón en la punta de su pene.

“Excelente”, murmuró Julian, sus dedos acariciando su cuero cabelludo. “Ahora, establece un ritmo. Mano, boca, respiración. Todo en uno.”

Lysandra comenzó a moverse, subiendo y bajando su cabeza mientras su mano trabajaba la parte inferior. Pronto encontró un ritmo que parecía encantar a Julian. Sus gruñidos se hacían más frecuentes, sus caderas comenzaban a empujar suavemente al encuentro de sus embestidas.

“Sexta lección”, dijo, su voz ahora un rugido bajo. “La recolección del pre-semen. Es el aperitivo. No lo desperdicies. Cuando sientas que estoy cerca de liberarlo, detente. Y lame lo que haya salido. Bebelo. Es parte del proceso adictivo. Tu cuerpo reconocerá sus componentes, los anhelará.”

La idea era obscena, pero excitante más allá de toda razón. Lysandra continuó, intensificando su ritmo, su lengua trabajando febrilmente. Pronto, sintió que el cuerpo de Julian se tensaba, sus músculos abdominales se ponían duros como roca. Su respiración se volvió jadeante.

“Ahora… para”, ordenó, con esfuerzo.

Ella se detuvo inmediatamente, retirando su boca hasta solo tener la cabeza dentro. Con sus ojos, vio cómo el glande palpitaba violentamente, y luego, un chorro grueso y claro de fluido pre-seminal brotó de la abertura, cayendo sobre su lengua.

“Recógelo”, gruñó Julian. “Lame. Bebe.”

Lysandra obedeció, pasando su lengua sobre la punta, recogiendo el líquido salado y viscoso. El sabor esta vez fue más potente, más dulce, con un matiz casi metálico. Lo tragó, y una extraña calidez se extendió desde su estómago. Una sensación de bienestar, de conexión, la invadió. Quería más.

“Bien”, dijo Julian, respirando hondo para recuperar el control. “Muy bien. Has aprendido lo básico. Pero la verdadera maestría viene con la práctica repetida. Y con el sabor de la semilla completa.”

Lysandra lo miró, sus labios brillantes con sus fluidos. “¿Cuándo…?”

“Esta noche no”, dijo él, aunque su pene, aún increíblemente erecto, parecía protestar. “Tu cuerpo debe anhelarlo primero. Debe soñar con él. Debe despertarse con el recuerdo del sabor en tu lengua. La adicción se construye lentamente, gota a gota. Ahora, es mi turno de instruirte en tu propio placer.”

La hizo recostarse sobre los cojines. “Esta vez, no usaré mis manos. Solo mi boca. Y te enseñaré la diferencia entre el placer dado y el placer tomado.”

Se colocó entre sus piernas, separándolas con sus hombros. Su aliento caliente en su sexo hizo que ella se estremeciera. “Respira”, ordenó. “Y observa.”

Luego, sin más preámbulos, enterró su rostro en ella.

Su técnica era completamente diferente a todo lo que ella había experimentado o imaginado. No era solo lamer o chupar. Era un mapeo minucioso, una exploración lingüística tan detallada como la que ella había hecho con su pene. Su lengua era ancha, plana, caliente. Comenzó lamiendo desde su perineo hasta su clítoris en largas, lentas lengüetadas que la hicieron arquearse.

“Observa las sensaciones”, dijo su voz, vibrando contra sus labios. “Sepáralas. El calor es uno. La humedad, otro. La presión de mi lengua, un tercero.”

Era imposible concentrarse, pero ella lo intentó. Su lengua se dividió luego, concentrándose en los labios menores, separándolos, lamiendo el interior con una precisión quirúrgica. Luego encontró su entrada, y la punta de su lengua penetró un centímetro, luego dos, moviéndose en círculos.

“Oh, dioses… Julian…” gimió, sus manos aferrándose a su cabello.

“Respira”, repitió él, y luego bajó su boca a su clítoris. Pero no lo succionó directamente. Rodeó el pequeño nudo de nervios con sus labios y comenzó a vibrar su lengua contra él a una frecuencia increíblemente rápida, como el aleteo de un colibrí.

El placer fue instantáneo y abrumador. Lysandra gritó, sus caderas empujando contra su rostro. Pero Julian se detuvo.

“Te dije que observaras”, dijo, con un dejo de reproche. “No te dejes arrastrar. Domínalo. Usa la respiración.”

Ella, jadeando, intentó calmarse. Respiró profundamente, tratando de separar las sensaciones. Era difícil, casi imposible, pero con cada respiración, ganaba un poco de control.

Julian continuó, alternando entre penetración lingual, lamidos largos y esa vibración devastadora en su clítoris. Cada vez que ella se acercaba al borde del orgasmo, él se detenía, la hacía respirar, la hacía describir lo que sentía.

“Es… una ola de calor… que empieza en mi vientre… y se extiende…” jadeaba.

“Bien. ¿Y ahora?”

“Es… una presión dulce… en mi matriz… como si fuera a explotar…”

“Excelente. Reconocer las sensaciones es el primer paso para dirigirlas.”

Después de lo que pareció una eternidad de esta tortura exquisita, Julian aumentó el ritmo. Su boca se selló alrededor de su clítoris, succionando suavemente mientras su lengua continuaba su vibrante danza. Una de sus manos subió para pellizcar y tirar de sus pezones, mientras la otra se deslizó entre sus nalgas, encontrando el pequeño orificio allí.

“Todo está conectado”, murmuró contra su sexo. “El placer aquí”, su dedo presionó su ano, “aumenta el placer aquí.” Su boca succionó más fuerte.

Fue demasiado. Lysandra, con un grito ahogado, estalló en un orgasmo cataclísmico que pareció sacudirla desde los dedos de los pies hasta las raíces del cabello. Ondas de placer eléctrico la recorrieron, haciéndola temblar violentamente, su néctar fluyendo en abundancia sobre la barbilla y la boca de Julian.

Él no se detuvo. Bebió de ella, lamiéndola limpiamente mientras las convulsiones la sacudían, prolongando el orgasmo hasta el borde del dolor. Cuando finalmente se calmó, exhausta, temblorosa, cubierta de sudor, él se levantó.

Su rostro brillaba con sus fluidos. Los miró, directamente a los ojos, y luego, lentamente, se lamió los labios.

“Tu sabor”, dijo, su voz grave como el trueno lejano. “Es igual de adictivo. Dulce. Picante. Femenino. Y ahora, es mío.”

Se vistió en silencio, mientras ella yacía allí, incapaz de moverse, sintiendo su sexo palpitante y adolorido de placer.

“Practica lo que aprendiste”, dijo al despedirse. “Tu boca, tu respiración, tu control. La próxima vez, probarás la fuente. Y comenzarás a entender lo que significa depender de un hombre no solo para el consejo, sino para el fuego en tu sangre.”

Se fue, y Lysandra se quedó allí, en el suelo, su cuerpo todavía vibrando, su boca todavía con el sabor salado-dulce de su pre-semen en la lengua, su mente ya anhelando la próxima lección, la próxima gota, la próxima dosis de su poder.

Los días siguientes fueron una prueba de voluntad. Lysandra descubrió que Julian tenía razón: su cuerpo comenzó a anhelar el sabor. Soñaba con ello. Se despertaba en medio de la noche con la boca seca, imaginando el peso de su pene en su lengua, el sabor salado y complejo de su fluido.

Su desempeño como reina, sin embargo, mejoraba. La energía que antes gastaba en fantasías ociosas ahora se canalizaba, gracias a las técnicas de respiración, en una atención laser durante las audiencias y reuniones del consejo. Implementó otra idea de Julian: un “libro de quejas abierto” en la plaza principal de la capital, donde cualquier ciudadano, anónimamente, podía dejar denuncias de corrupción o abuso que serían investigadas por un equipo directo de la corona.

El conde de Blackwood se mostraba cada vez más incómodo. Durante una sesión del consejo sobre la regulación del comercio de granos, interrumpió a Lysandra con una voz cargada de sarcasmo.

“Su majestad parece tener una fuente inagotable de ideas novedosas. Casi milagrosas. Uno se pregunta de dónde brota tanta… inspiración.”

Lysandra, en lugar de inquietarse, mantuvo la calma. Había practicado esto con Julian. Sonrió, un gesto frío y cortante.

“La inspiración, conde, brota de escuchar al pueblo. Algo que quizás algunos nobles han olvidado cómo hacer. Mis ideas no son milagrosas. Son sentido común. Y el sentido común, cuando se aplica con autoridad, a menudo parece magia a los que están acostumbrados al caos.”

El conde enrojeció, pero no tuvo respuesta. Julian, de pie junto a la puerta como parte del servicio, inclinó levemente la cabeza en aprobación.

Esa tarde, durante un breve encuentro en los establos (Julian estaba supervisando la selección de caballos para una expedición de los caballeros reales), él se acercó a ella mientras ella inspeccionaba a su yegua favorita.

“Has manejado bien a Blackwood”, murmuró, fingiendo ajustar la cincha del caballo. “Pero es peligroso. Ha empezado a hacer preguntas sobre mí. Sobre mis ‘orígenes misteriosos’. Necesitamos darle un hueso que roer, pero uno que lo mantenga ocupado y lejos de la verdad.”

“¿Qué sugieres?”, preguntó Lysandra, acariciando el cuello de la yegua.

“Una misión para los caballeros reales. Una cacería en el Bosque de los Susurros. Se rumorea que una bestia enorme, un oso de las cavernas o algo peor, está atacando a los leñadores y viajeros. Es un problema real, pero también un desafío lo suficientemente grande como para captar la atención de Blackwood. Si ofrecemos liderar la expedición personalmente, o al menos patrocinarla de manera llamativa, tendrá que involucrarse para no quedar fuera. Y mientras está ocupado con la logística y la gloria potencial, nosotros trabajamos en silencio.”

Lysandra asintió. Era brillante. “¿Y los caballeros? ¿Están listos?”

“Los he estado entrenando para algo así. Terrence, el joven al que instruí primero, se ha convertido en un líder natural. Galen es una fuerza de la naturaleza. Y les he enseñado tácticas de acecho y rastreo que desconocen aquí. Serán exitosos. Y su éxito será tu éxito.”

Ella lo miró, admirando una vez más la amplitud de su intelecto. “¿Cuándo quieres que anunciemos la expedición?”

“En el banquete de la luna llena, en tres días. Será un buen escenario. Y esa noche…” Hizo una pausa, y sus ojos oscuros brillaron con una luz que ella reconocía. “…después del banquete, tendrás tu próxima lección. Una lección de… ingesta completa.”

Un escalofrío de anticipación recorrió la columna de Lysandra. Asintió, incapaz de confiar en su voz.

El banquete de la luna llena fue un evento espléndido. El gran salón estaba decorado con flores plateadas y blancas, y miles de velas reflejaban su luz en la vajilla de oro y plata. Lysandra, vestida con un gown de terciopelo azul noche bordado con hilos de plata que parecían capturar la luz lunar misma, era la belleza indiscutible de la velada. El rey Edric, sentado a su lado, estaba particularmente animado, aunque su piel tenía una palidez translúcida que preocupaba a Lysandra.

A mitad del banquete, ella se levantó para hacer el anuncio.

“Nobles, caballeros, amigos de Valerium”, comenzó, su voz clara y resonante en el silencio expectante. “La corona no solo se preocupa por el bienestar dentro de nuestras ciudades y pueblos, sino también por la seguridad de nuestros caminos y bosques. En las últimas semanas, han llegado informes alarmantes del Bosque de los Susurros. Una bestia, de naturaleza desconocida pero de ferocidad indudable, ha cobrado la vida de siete leñadores y tres viajeros.”

Un murmullo de preocupación recorrió la sala.

“Por lo tanto”, continuó ella, “patrocinaré y enviaré una expedición de los caballeros reales, nuestros más valientes y mejor entrenados, a cazar y eliminar esta amenaza. La expedición será liderada por el capitán Loras, pero contará con la dirección estratégica de Sir Terrence, cuyo nuevo entrenamiento ha demostrado ser excepcionalmente efectivo.”

Todos los ojos se volvieron hacia Terrence, quien, vestido con su uniforme de gala, se puso rojo pero mantuvo la compostura. El conde de Blackwood parecía calcular rápidamente.

“Su majestad”, dijo, levantándose. “Una empresa tan noble merece el apoyo de toda la nobleza. Me gustaría ofrecer una contribución personal de cien piezas de oro, y algunos de mis mejores perros de caza.”

Era exactamente lo que Julian había predicho. Blackwood no podía permitirse quedar fuera de una gesta tan públicamente gloriosa.

“Su oferta es generosa y aceptada, conde”, dijo Lysandra con una sonrisa. “La expedición partirá en cinco días. Que los dioses los protejan y los guíen.”

El brindis que siguió fue atronador. Lysandra sintió una oleada de poder genuino. Esto no era la manipulación sombría de Julian; esto era liderazgo visible, y le sentaba bien.

Más tarde, mientras los músicos tocaban y la corte bailaba, Julian se le acercó mientras ella tomaba un respiro en una galería lateral.

“Perfectamente ejecutado”, murmuró, pasándole una copa de vino que ella aceptó. “Blackwood está atrapado. Ahora, sobre nuestra… lección de esta noche. Después de que todo termine, ve a tus aposentos. Vendré por la entrada secreta. La que solo tu doncella y tú conocen.”

Lysandra había casi olvidado esa puerta secreta, un pasadizo detrás de un tapiz en su dormitorio que conducía a los antiguos aposentes de invitados, ahora en desuso. Asintió, sintiendo un nudo de excitación en el estómago.

La velada pareció prolongarse eternamente. Finalmente, cuando el rey Edric, exhausto, se retiró a sus habitaciones, Lysandra pudo hacer lo mismo. Despidió a sus damas, indicándoles que estaba agotada y no quería ser molestada. Solo Mara, su doncella de confianza, se quedó para ayudarla a quitarse el complicado vestido y el corsé.

Mara, una mujer madura y discreta que había servido a la madre de Lysandra, le lanzó una mirada perspicaz mientras le cepillaba el cabello.

“Su majestad parece… diferente. Más viva. Y más cansada, a la vez.”

“Son los tiempos, Mara”, dijo Lysandra, evitando sus ojos en el espejo. “El reino demanda mucho.”

“Algunas demandas son más placenteras que otras, supongo”, murmuró Mara, con un atisbo de sonrisa. Lysandra supo, entonces, que la mujer al menos sospechaba algo. Pero Mara era leal hasta la muerte. No diría nada.

Cuando estuvo sola, vestida solo con una sencilla camisa de dormir de lino, se sentó en el borde de su gran cama, esperando. El corazón le latía con fuerza. La “entrada secreta” era en realidad un panel deslizante en la pared, camuflado en el tallado de madera. Un suave chasquido la alertó.

Julian entró, vistiendo ropas oscuras y ajustadas, como las de un ladrón. Traía un pequeño saco de lino. Cerro el panel detrás de él.

“Esta noche”, dijo sin preámbulos, “la lección es sobre la ingestión y la adicción. Te he enseñado a tocar, a lamer, a saborear el pre-semen. Ahora aprenderás a recibir la esencia completa. A beberla. Y a anhelarla.”

Colocó el saco en una mesa. De él sacó dos copas de cristal fino, una jarra pequeña de agua, y un frasco con un líquido ámbar.

“¿Qué es eso?”, preguntó Lysandra, señalando el frasco.

“Es miel, mezclada con especias. Para limpiar el paladar después. El sabor del semen puede ser fuerte al principio. La miel ayuda a suavizarlo y a fijar el recuerdo como algo dulce, placentero.” Se acercó a la cama. “Acuéstate.”

Lysandra obedeció, recostándose sobre las almohadas de seda. Julian se desvistió lentamente, y su erección, ya completa, se alzó orgullosamente. Se arrodilló en la cama, entre sus piernas, pero no para tocarla sexualmente. Para instruirla.

“Primero, la preparación”, dijo. Tomó una de las copas y bebió un sorbo de agua, luego se la pasó a ella. “Enjuaga tu boca. Elimina cualquier otro sabor.”

Ella lo hizo, sintiéndose absurda y excitada a la vez.

“Ahora, comienza como aprendiste. Mano en la base. Boca en la cabeza. Establece un ritmo. Pero esta vez, no te detengas cuando sientas que voy a venir. Continúa. Y cuando sienta el primer chorro, no te retires. Abre tu garganta. Traga. No dejes que se acumule en tu boca o te ahogarás. Traga de inmediato, en el momento del impacto.”

Sus instrucciones eran tan gráficas que Lysandra sintió un nuevo chorro de humedad entre sus propias piernas. Asintió, y se inclinó hacia adelante, tomando su pene en su mano y guiándolo hacia su boca.

Esta vez, su técnica era más segura, más confiada. Usó su mano en perfecta sincronía con su boca, subiendo y bajando, su lengua jugando en la corona. Pronto, el sabor salado del pre-semen llenó su boca, y ella lo saboreó con deleite, un gemido vibrándole en la garganta.

“Bien… sí… justo ahí”, jadeó Julian, sus manos enredándose en su cabello, pero sin empujar. “Más rápido ahora… Estoy cerca…”

Lysandra intensificó su ritmo, llevándolo más profundamente en su garganta cada vez, relajando los músculos como él le había enseñado. Podía sentir cómo su cuerpo se tensaba, cómo sus testículos se elevaban, cómo el pene palpitaba con violencia en su lengua.

“Ahora… prepárate…”, gruñó.

Ella se preparó, mentalizándose para tragar. Y entonces, llegó.

El primer chorro fue una explosión caliente y espesa en la parte posterior de su garganta. El sabor era abrumador: mucho más intenso que el pre-semen, salado, amargo, con un matiz casi a cloro o almendras, pero no desagradable. Era potente, primario, masculino. Ella tragó instintivamente, y el líquido cálido bajó por su esófago, dejando una estela de calor.

Un segundo chorro, más grueso, siguió inmediatamente, llenándole la boca. Esta vez, pudo saborearlo más claramente antes de tragar. Era cremoso, viscoso, con una complejidad que la sorprendió. Había notas terrosas, casi a nuez, y una dulzura subyacente que emergía después de lo salado inicial.

Julian gemía, su cuerpo convulsionando con cada eyección. Un tercer y cuarto chorro siguieron, cada uno más suave, hasta que finalmente se agotó. Lysandra continuó chupando suavemente, limpiando con su lengua cada última gota del glande todavía palpitante.

Cuando finalmente se retiró, jadeando, sus labios brillaban con los restos de su semen. Julian, respirando pesadamente, le tomó la cara entre sus manos.

“Traga lo que quede en tu boca”, ordenó suavemente.

Ella lo hizo, tragando la última porción. Luego, él tomó la copa con la mezcla de miel y especias y le dio un sorbo. El sabor dulce y picante limpió su paladar, pero también, como él había dicho, fijó el recuerdo del sabor de su semen como algo placentero, como un postre después de una comida intensa.

“¿Qué sentiste?”, preguntó él, mientras se acomodaba a su lado en la cama, su pene ya empezando a ablandarse.

“Calor… mucho calor al tragar”, dijo ella, su voz ronca. “Y el sabor… es fuerte. Pero no es malo. Es… poderoso. Llena.”

“Esa sensación de plenitud es parte de la adicción”, explicó él, acariciando su cabello. “Tu cuerpo, a nivel primitivo, reconoce los nutrientes, las hormonas, la energía vital en ese líquido. Lo anhelará. Y cuando lo combines con el placer que sientes al dármelo, se creará un vínculo poderoso. Querrás hacerlo una y otra vez, no solo por complacerme, sino porque tu propia fisiología comenzará a depender de esa dosis de poder masculino.”

Sus palabras deberían haberla aterrorizado. En cambio, la excitaban. Ya sentía un deseo extraño, una curiosidad por el sabor que ahora conocía, por querer explorarlo más, por querer más.

“¿Puedo… probar de nuevo?”, preguntó, su mano bajando hacia su entrepierna, donde su pene, semi-flácido, comenzaba a mostrar signos de vida nuevamente.

Julian sonrió, una sonrisa de triunfo profundo. “Todavía no. La adicción se alimenta de la anticipación, del anhelo controlado. Esta noche, has tenido tu primera dosis completa. Tu cuerpo la procesará. Soñarás con ello. Y dentro de unos días, cuando la necesites, cuando tu boca se antoje del sabor y tu cuerpo del calor, entonces tendrás más.” Se inclinó y la besó, un beso profundo donde ella podía saborear el rastro de su propio semen mezclado con la miel en su boca. Era profundamente obsceno y profundamente íntimo.

“Ahora”, dijo, separándose. “Es tu turno de recibir. Pero no con mi boca. Con mis dedos. Y con tu propia energía dirigida. Te enseñaré a tener un orgasmo sin estimulación directa del clítoris, solo con la penetración y la respiración.”

La noche se extendió en una serie de lecciones intensas y placenteras. Julian le enseñó a concentrar toda su energía sexual en las paredes internas de su vagina, a tensar y relajar músculos que ella no sabía que tenía, a respirar de manera que el placer se expandiera desde su centro hacia todo su cuerpo.

Cuando finalmente llegó al orgasmo, fue una experiencia completamente diferente: una ola profunda, interna, que la hizo sentir como si estuviera dando a luz placer en lugar de liberarlo. Lloró, sin saber por qué, y Julian la sostuvo, murmurando palabras de aprobación en su oído.

Se quedó dormida en sus brazos, algo que nunca antes había sucedido. Cuando despertó al amanecer, él ya se había ido, pero la sensación de su semen en su estómago, el recuerdo de su sabor en su boca, y el conocimiento de su poder en su mente, permanecieron con ella, más reales que la luz del día.

La expedición al Bosque de los Susurros partió cinco días después, en medio de gran fanfarria. Los caballeros reales, liderados por el capitán Loras pero con Terrence como segundo al mando, partieron con sus armaduras brillantes y sus estandartes al viento. El conde de Blackwood estaba allí, supervisando el envío de sus perros de caza y sus carros de suministros.

Julian, desde las murallas junto a Lysandra, observaba con ojos críticos.

“Volverán victoriosos”, murmuró. “Les enseñé a rastrear por el viento, a moverse en silencio, a atacar desde los puntos ciegos de una bestia grande. Y les di una poción… una infusión de hierbas que aumenta la agresión controlada y reduce el miedo. No es magia, pero se parece.”

Lysandra lo miró. “¿Poción? ¿De dónde sacaste ese conocimiento?”

“De las mismas montañas donde aprendí a canalizar energía”, dijo él, evasivo. “Hay plantas cuyos secretos los sabios guardan celosamente.”

La expedición estuvo fuera durante diez días. Las noticias llegaban esporádicamente a través de mensajeros. Habían encontrado rastros. Habían divisado la bestia —era, efectivamente, un oso de las cavernas, pero de un tamaño anormal, quizás enfermo o poseído por algún espíritu maligno, decían los campesinos—. Habían tendido una emboscada.

El decimoprimer día, regresaron. No con fanfarria, sino con la solemne dignidad de los victoriosos. Traían el enorme cadáver del oso, arrastrado por cuatro caballos. Pero también traían bajas. Dos caballeros habían muerto. Sir Galen tenía una herida grave en el brazo, pero estaba vivo. Terrence, liderando la carga final, había recibido un golpe que le rompió varias costillas, pero había logrado clavar su lanza en el corazón de la bestia.

Fue un triunfo agridulce, pero un triunfo al fin. Lysandra los recibió en el patio principal, otorgando medallas y tierras a las familias de los caídos, y ascensos y riquezas a los supervivientes. Terrence fue nombrado caballero de la Orden del León, el honor más alto. El conde de Blackwood se hinchó de orgullo, ya que sus perros habían sido cruciales para rastrear a la bestia.

Esa noche, hubo una vigilia por los caídos y luego una celebración por los vivos. Lysandra, sintiendo la mezcla de pérdida y victoria, se retiró temprano a sus aposentos. Estaba exhausta, emocionalmente drenada.

Julian llegó más tarde, no por la puerta secreta, sino trepando por su balcón. Venía con un pequeño frasco de cristal azul.

“Has manejado el día con gracia y fuerza”, dijo, acercándose. “Pero necesitas restablecer tu energía.” Le ofreció el frasco. “Es una infusión nutritiva. Contiene, entre otras cosas, una pequeña dosis de mi semen, destilado y mezclado con hierbas que potencian sus efectos. Beberla te dará fuerza, claridad, y alimentará el vínculo entre nosotros.”

Lysandra tomó el frasco sin vacilar. Lo destapó y bebió el contenido. Era amargo, herbáceo, pero con ese sabor subyacente salado y terroso que ya reconocía y anhelaba. Una calidez inmediata se extendió por sus venas, disipando el cansancio, aclarando su mente.

“¿Destilado?”, preguntó.

“Un proceso alquímico simple”, dijo él. “Concentra la esencia. Tu cuerpo ahora no solo anhela el sabor, sino los efectos fisiológicos. Te hace más fuerte, más perceptiva, más conectada a mí.” La tomó de la mano. “Y ahora, necesitas otra lección. Una lección de gratificación retrasada. Te voy a atar.”

Lysandra parpadeó. “¿Atar?”

“Con seda. A tu cama. Y voy a excitarte hasta el borde del orgasmo, una y otra vez, durante horas. No te liberaré hasta que hayas aprendido a alcanzar el clímax solo con mi permiso, solo con una palabra. Es un entrenamiento en sumisión absoluta, pero también en poder personal, porque dominarás tu cuerpo de una manera que pocos pueden.”

La idea era aterradora y enormemente excitante. Ella asintió.

Julian sacó largas tiras de seda roja de su bolsa. Con manos expertas, ató sus muñecas a los postes de la cabecera de la cama, y sus tobillos a los pies. No estaba apretado, pero era ineludible. Quedó extendida, completamente vulnerable.

Luego, comenzó.

Usó sus manos, su boca, velas de cera caliente (que dejaban caer gotas sobre su piel que la hacían gritar), plumas de hielo, y su voz. La llevaba al borde del orgasmo con una técnica implacable, y luego, justo en el momento crítico, se detenía. La hacía respirar. La hacía describir su desesperación. Y luego comenzaba de nuevo.

Fueron horas de tortura exquisita. Lysandra lloró, suplicó, maldijo, alabó. Su cuerpo estaba cubierto de sudor, de cera, de sus propios fluidos. Finalmente, cuando estaba al borde de la locura, Julian se colocó sobre ella, su pene erecto rozando su sexo empapado pero sin penetrarla.

“¿Quieres venir?”, preguntó, su voz áspera.

“Sí… por favor, Julian, por favor…”

“¿Quién te da permiso?”

“Tú… tú me das permiso…”

“Di mi nombre. Di ‘Julian, dame permiso para venir’.”

“¡Julian! ¡Dame permiso para venir!” gritó ella, las lágrimas corriendo por sus sienes.

“Ven”, dijo él.

Y ella estalló en un orgasmo que fue un cataclismo, un estallido de luz blanca detrás de sus párpados, un grito que rasgó su garganta. Convulsionó, atada, mientras las olas de placer la arrasaban una y otra vez.

Julian la sostuvo, desató sus ligaduras, la abrazó mientras ella lloraba de alivio y éxtasis. Luego, cuando se calmó, él rodó sobre su espalda y la guió para que se sentara sobre su rostro.

“Ahora, limpia tu desorden con tu sexo”, ordenó. “Y yo limpiaré el mío con tu boca.”

Ella, obediente y exhausta, se colocó sobre su rostro, bajando su sexo aún palpitante sobre su boca. Mientras él la lamía limpiamente, ella tomó su pene, ya erecto nuevamente, y se lo llevó a la boca. Esta vez, no hubo instrucciones. Solo la necesidad animal de ambos.

Él vino en su boca rápidamente, y ella tragó cada gota con avidez, sintiendo cómo la calidez la llenaba, cómo la conexión se sellaba. Cuando terminó, continuó chupando, obteniendo las últimas gotas, limpiándolo con devoción.

Se durmieron así, enredados, sucios, exhaustos, pero más unidos que nunca.

Las semanas siguientes vieron la consolidación de esta nueva dinámica. Lysandra se volvió adicta al semen de Julian de la manera más literal. Su cuerpo lo anhelaba cada dos o tres días. Si pasaba más tiempo sin recibir su dosis, se ponía inquieta, irritable, con la mente nublada. Una vez que bebía de él —ya fuera directamente o en las infusiones que él preparaba—, recuperaba la claridad, la energía, el poder.

Su reinado florecía. Las “casas de justicia” móviles eran un éxito rotundo. Los ingresos del reino alcanzaron niveles no vistos en décadas. El pueblo la amaba. Los caballeros reales, ahora entrenados con las técnicas de Julian y endurecidos por la cacería del oso, eran la fuerza militar más formidable de la región.

El conde de Blackwood, aunque resentido, no podía argumentar contra los resultados. Sin embargo, su red de espías seguía activa. Y una tarde, Julian llegó a los aposentos de Lysandra con noticias graves.

“El músico, el espía de Blackwood, ha desaparecido”, dijo, su rostro serio. “No ha vuelto a sus aposentos en la ciudad. He rastreado sus movimientos hasta una taberna cerca del puerto. Allí, un barquero dice que lo vio subir a un barco mercante con destino a las Islas de Hierro.”

“¿Las Islas de Hierro? ¿Qué interés tiene Blackwood allí?”

“Las Islas de Hierro son un nido de mercenarios, asesinos y traficantes de información”, explicó Julian. “Blackwood no está jugando a la política de corte. Está buscando un arma. Alguien o algo que pueda usar contra ti. Y contra mí.”

Lysandra sintió un frío en el estómago. “¿Qué hacemos?”

“Nosotros jugamos nuestro juego”, dijo Julian, acercándose y tomándola de la cintura. “Pero lo intensificamos. Tu adicción a mí ya es una cadena poderosa. Ahora, necesitamos hacerla más visible, pero de una manera que solo nosotros entendamos.”

“¿Visible? ¿Cómo?”

“En la próxima reunión del consejo, te sentarás en el trono. Yo estaré de pie junto a ti, no como un sirviente, sino como tu ‘Consejero Real de Estrategia y Defensa’, un título que inventarás. La cercanía física será evidente. Los murmullos comenzarán. Pero también mi influencia se legitimará. Y cuando Blackwood intente mover su pieza, ya sea un asesino o un chantaje, tendré la autoridad para actuar abiertamente.”

Era un movimiento audaz, peligroso. Pero Lysandra confiaba en él. “¿Y el rey Edric?”

“El rey Edric te apoya en todo. Su salud declina rápidamente. Él quiere que estés segura, que el reino esté seguro. Aceptará la medida.” Julian la besó, un beso posesivo. “Y después del consejo, tendrás tu recompensa. Te daré una dosis doble. Directamente en tu matriz, no en tu boca. Te enseñaré el placer de la penetración sin llegar al coito completo. Prepararé tu cuerpo para cuando finalmente te tome, que será pronto. Muy pronto.”

Lysandra tembló de anticipación. La idea de su penetración, de sentirlo dentro de ella después de tantas semanas de preparación, de juego, de adicción, era casi demasiado para soportar.

“Así sea”, susurró.

El consejo se reunió dos días después. Lysandra, vestida con ropas reales de un rojo intenso, anunció el nuevo nombramiento de Julian ante la asamblea de nobles sorprendidos.

“Por la gracia de vuestra reina y con el apoyo del rey”, declaró, “Julian de… las Montañas Lejanas, es nombrado desde hoy Consejero Real de Estrategia y Defensa. Sus conocimientos han probado ser inestimables para la seguridad y prosperidad de Valerium. A partir de ahora, sus órdenes en asuntos de defensa y estrategia militar tendrán el peso de las mías.”

El conde de Blackwood palideció de rabia, pero no pudo objetar abiertamente. Julian, vestido no con librea, sino con un sencillo pero elegante atuendo de cuero y lino oscuro, dio un paso al frente e inclinó la cabeza.

“Serviré a la corona con mi vida y mi conocimiento”, dijo, y su mirada se encontró con la de Blackwood, desafiante.

Después del consejo, en los aposentos privados de Lysandra, Julian cumplió su promesa. La desnudó, la hizo arrodillarse sobre la cama, y desde atrás, usando sus dedos primero, luego un consolador de marfil que había traído, y finalmente la punta de su propio pene, la penetró sin llegar a la unión completa.

“Tu matriz aprenderá a reconocer mi forma”, murmuró en su oído mientras ella gimía, impalada por el consolador y chupando su pene al mismo tiempo. “Aprenderá a anhelar mi semilla directamente. Y cuando finalmente te llene, tu cuerpo la absorberá como el suelo seco absorbe la lluvia. Y entonces, serás mía completamente, en cuerpo, mente y alma.”

Lysandra, en éxtasis, solo podía asentir, su boca llena, su sexo lleno, su alma atada a este hombre enigmático y poderoso. La adicción era total. Y el reino, aunque no lo sabía, se encaminaba hacia un nuevo amanecer, o hacia una nueva oscuridad, dependiendo de la voluntad del hombre que ahora, oficialmente, estaba al lado de su reina.

La luna, ahora llena y brillante como un ojo plateado en el cielo nocturno, presidía el fin de una educación y el comienzo de un gobierno dual. Y en las sombras, el conde de Blackwood conspiraba, mientras en los aposentos reales, la reina bebía el néctor de su consejero, sellando su destino con cada trago salado y caliente.

Les dejo mi Patreon. Les recomiendo leer mis otras historias, en las cuales sí hice la mayor parte del trabajo yo, solo con consejos de IA y algunas cositas más.

Patreon: https://www.patreon.com/DaoistaOceanicoSupremo

Los precios de suscripción son muy baratos:

• Mínima: solo 1 dólar.

• Intermedia: 2 dólares.

• Máxima: 3 dólares.

Ustedes lean mis fanfics y, bueno, espero que me apoyen económicamente. Sinceramente, la que más les recomiendo es “Madre en DC”. Esa es la que planeo que sea mi mejor obra.

Gracias por leer y por dedicar su valioso tiempo a estas cosas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo