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Mis Historias Originales, Trabajadas con IA - Capítulo 15

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  4. Capítulo 15 - 15 Capítulo 1 Los Cimientos del Edén
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15: Capítulo 1: Los Cimientos del Edén 15: Capítulo 1: Los Cimientos del Edén Otra historia mas.

Ya saben, Siempre habrá incoherencias e inconsistencias por culpa de la ia.

también les recuerdo que si les gusta esta historia, y quieren que sea hecha a mano.

díganme.

El primer rayo de sol caribeño atravesó la ventana sin cortinas, dibujando un rectángulo dorado sobre el rostro de Julián.

Sus párpados se abrieron lentamente, resistiéndose a abandonar el último vestigio de un sueño donde todavía tenía trabajo.

La realidad regresó con la suavidad de una piedra: el ventilador de techo giraba con pereza, moviendo el aire caliente de un lado a otro; fuera, en la calle de tierra de su urbanización “Las Acacias”, ya se escuchaba el primer pregonero ofreciendo yuca y plátanos.

Julián se incorporó en la cama matrimonial, sintiendo el espacio vacío al lado.

Valeria siempre se levantaba antes, como si tuviera un pacto secreto con el amanecer.

Desde la cocina llegaba el aroma del café recién colado, ese olor que para cualquier venezolano significaba más que una bebida: era la promesa de que el día, por difícil que fuera, podía comenzar con dignidad.

“Juliancito, ¿ya estás despierto?” La voz de Valeria llegó como una caricia auditiva, con ese tono maracucho suavizado por años en Caracas.

“Sí, mi amor”, respondió, frotándose los ojos.

Su cuerpo de treinta y cinco años, atlético pero comenzando a mostrar la flacidez de las preocupaciones, se estiró sobre las sábanas de algodón gastadas pero limpias.

La habitación era testigo silencioso de una vida de esfuerzos: las paredes pintadas de azul claro mostraban marcas de humedad en las esquinas, el armario de madera con las puertas desalineadas, el retrato de bodas donde ambos miraban al futuro con una sonrisa que ignoraba las tormentas por venir.

Julián observó la foto un momento largo, sintiendo una mezcla de ternura y una punzada extraña, indefinible, que atribuyó a la ansiedad por su situación laboral.

Se vistió con pantalones cortos y una camiseta descolorida, pasó por el cuarto de su hija Sofía -la puerta entreabierta revelaba a la niña de ocho años aún dormida, abrazando a su oso de peluche sin una oreja- y se dirigió a la cocina.

La cocina era el corazón de la casa, y Valeria era su alma.

Con treinta y tres años, poseía esa belleza que no necesita maquillaje: piel canela suave, ojos castaños grandes que parecían contener toda la luz disponible, y una figura que los años y la maternidad habían curvado con generosidad.

Estaba de espaldas a él, removiendo las arepas en el budare, el vapor subiendo en espirales que enmarcaban su pelo negro recogido en un moño desordenado.

“Buenos días, esposo mío”, dijo sin voltear, como si tuviera un sexto sentido para su presencia.

Julián se acercó y rodeó su cintura con los brazos, enterrando la nariz en su cuello.

“Buenos días, mujer hermosa.

¿Por qué siempre te levantas tan temprano?” “Porque mientras tú y la niña duermen, el mundo es solo mío por un rato”, respondió, girando para darle un beso rápido.

“Y porque alguien tiene que hacer el desayuno, ¿no?” “Podría ayudar yo…” Valeria lo miró con una sonrisa de medio lado.

“Julian, la última vez que intentaste hacer arepas parecían disco de hockey.

Mejor déjame a mí las artes culinarias y tú encárgate de lo tuyo.” Lo suyo.

Las palabras flotaron en el aire entre ellos, cargadas de lo no dicho.

Julián sintió cómo su estómago se contraía.

Lo suyo, que hasta hace tres semanas había sido su trabajo como supervisor de mantenimiento en un edificio corporativo en El Rosal, y que ahora era…

nada.

Un vacío de ocho horas diarias que antes estaban llenas de responsabilidades.

“¿Tienes entrevistas hoy?” preguntó Valeria, suavizando la pregunta sirviendo el café en la taza favorita de Julián -la que decía “El mejor papá del mundo”, regalo de Sofía el Día del Padre pasado.

“Tengo dos posibles leads”, mintió Julián, tomando el café.

El líquido amargo y fuerte le quemó la lengua, pero lo disfrutó.

“Una empresa de telecomunicaciones necesita un técnico, y un amigo de Luis me dijo que en su taller mecánico podrían necesitar ayuda.” Valeria asintió, pero sus ojos dijeron que conocía demasiado bien el mercado laboral venezolano, ese monstruo caprichoso que devoraba esperanzas a diario.

“Bueno, mientras tanto, recuerda que tenemos la página de manualidades.

Ayer vendí tres pulseras más.” La página de manualidades era el proyecto paralelo de Valeria: creaba joyería artesanal con semillas, cuentas y materiales reciclados que vendía por Instagram y Facebook.

No era mucho, pero en los últimos meses había pagado la luz y el agua más de una vez.

“Eres increíble”, murmuró Julián, y lo dijo con toda sinceridad.

Valeria tenía esa capacidad de crear belleza donde otros solo verían escasez.

El sonido de patitas descalzas anunció a Sofía.

“¡Buenos días!” exclamó la niña, frotándose los ojos.

Su cabello castaño desordenado formaba un halo alrededor de su rostro, heredero de los ojos de su madre y la sonrisa amplia de su padre.

“Buenos días, princesa”, dijo Valeria, sirviendo un vaso de jugo de guayaba.

“¿Lista para el colegio?” Sofía hizo una mueca.

“Hoy hay examen de matemáticas.” “Entonces más razón para desayunar bien”, dijo Julián, sentándose a la mesa junto a ella.

“Come tu arepita, que el cerebro necesita energía.” Mientras desayunaban, Julián observó a su familia.

Este era su mundo: los azulejos rotos en un rincón de la cocina, el refrigerador que hacía un ruido extraño desde hacía meses, la mesa de formica con rayones que contaban historias de cenas, tareas escolares y conversaciones hasta tarde.

Un mundo imperfecto, pero suyo.

Después de llevar a Sofía al colegio en la camioneta que apenas funcionaba -un Chevrolet ’92 que Julián mantenía vivo a base de milagros y repuestos usados-, regresó a una casa que parecía más silenciosa de lo normal.

Valeria estaba en el pequeño estudio que habían improvisado en un cuarto de visitas, ordenando cuentas de colores en su mesa de trabajo.

“¿Qué tal está el inventario?” preguntó Julián, apoyándose en el marco de la puerta.

Valeria suspiró.

“Necesito más hilo de nailon, y las cuentas azules se me están acabando.

Pero no puedo comprar más hasta que no cobremos por las ventas pendientes.” Julián asintió, sintiendo el peso familiar de las cuentas por pagar.

“La luz vence en cinco días.

Y el agua…” “Ya sé”, interrumpió Valeria suavemente.

“Pero no nos vamos a morir, Julián.

Siempre hemos salido adelante.” Era cierto.

En sus doce años de matrimonio habían enfrentado inflación, escasez, apagones, y hasta las protestas del 2017 cuando las calles eran campos de batalla.

Habían pasado de vivir en un apartamento pequeño en Catia a esta casa en Las Acacias, comprada con el sudero de años de trabajo dual.

Habían visto amigos emigrar, familiares enfermar sin medicinas, y todavía estaban aquí, juntos.

“¿Recuerdas cuando nos conocimos?” preguntó Julián de repente.

Valeria dejó las cuentas y sonrió.

“En la fiesta de cumpleaños de tu prima Mariela.

Tú estabas tan nervioso que derramaste tu bebida en mis zapatos.” “Y tú no te enojaste.

Solo te reíste y dijiste ‘parece que ya estamos mojando los pies en esta relación’.” “Y funcionó”, dijo Valeria, acercándose.

“Doce años después, aquí estamos.” Se besaron, un beso que empezó dulce y se fue haciendo más profundo, hasta que el timbre de la puerta los separó.

“Debe ser el cartero”, dijo Valeria, arreglándose el cabario.

Era el cartero, pero no traía buenas noticias.

La factura del teléfono e internet -su conexión con el mundo, la herramienta de trabajo de Valeria y la posibilidad remota de que Julián encontrara empleo- había llegado con un aumento del 40%.

“Vergación”, murmuró Julián cuando se quedaron solos de nuevo, mirando el monto en la factura.

“Oye, no delante de la casa”, bromeó Valeria débilmente, pero su rostro también mostraba preocupación.

La mañana se deslizó hacia el mediodía abrasador.

Julián se sentó frente a la computadora portátil que habían comprado hace tres años y que ya mostraba signos de vejez prematura.

Abrió las páginas de búsqueda de empleo, los grupos de Facebook, las plataformas freelance.

El panorama era desolador: ofertas que pagaban en dólares pero requerían habilidades que no tenía, trabajos locales con sueldos que no alcanzaban para la canasta básica, esquemas piramidales disfrazados de oportunidades.

Envió cinco currículums, sabiendo que probablemente no obtendría respuesta a ninguno.

Luego revisó las páginas de Valeria, viendo los comentarios elogiosos bajo las fotos de sus creaciones.

“Hermoso trabajo”, “¿Hacen envíos a Margarita?”, “Quiero uno igual”.

Valeria respondía a cada comentario con amabilidad y profesionalismo, aunque Julián sabía que detrás de la pantalla estaba calculando cuánto costaría el envío, si tenía los materiales, cuánto tiempo le tomaría.

Su teléfono vibró.

Un mensaje de Luis, su mejor amigo desde la adolescencia: “Hermano, ¿cómo va todo?

¿Ya encontraste algo?” Julián respondió: “Nada todavía.

Sigo buscando.” La respuesta llegó rápido: “Mira, yo sé que no es lo tuyo, pero en la ferretería de mi tío necesitan un ayudante.

No paga mucho, pero es algo.” Julián sintió una mezcla de gratitud y humillación.

Él, que había sido supervisor con un equipo a su cargo, ahora considerando un trabajo como ayudante en una ferretería.

Pero el orgullo era un lujo que no podía permitirse.

“Gracias, hermano.

Pásame los datos.” Mientras esperaba la respuesta, se levantó y caminó por la casa.

Pasó por el patio trasero, donde un limonero luchaba por sobrevivir junto a unas matas de ají que Valeria cultivaba.

El muro que los separaba del vecino mostraba grietas que se habían ensanchado con las últimas lluvias.

Todo en esta casa requería mantenimiento, y él era el hombre que antes se encargaba de esas cosas, pero ahora cada tornillo, cada gotera, era un recordatorio de su incapacidad para proveer.

Un pensamiento intrusivo cruzó su mente: ¿y si nunca conseguía un trabajo decente?

¿Si Valeria tuviera que cargar con ellos indefinidamente?

Una imagen fugaz, vergonzosa, apareció: Valeria siendo atendida por otro hombre, uno con dinero, que le daba todo lo que Julián no podía.

Sintió una punzada en el pecho que no era solo angustia económica.

Era algo más oscuro, más profundo, que inmediatamente reprimió.

“Estoy volviéndome loco”, murmuró para sí mismo, regresando a la casa.

A las dos de la tarde, Julián preparó el almuerzo.

Era su turno, ya que Valeria tenía una videollamada con una clienta en España que quería encargar veinte pulseras para su negocio.

Mientras picaba cebolla y ajo para el guiso de carne molida -con más verdura que carne, como era usual-, escuchó fragmentos de la conversación de Valeria.

“Sí, señora Martínez, puedo hacerlas en esos colores…

No, el envío internacional tarda entre dos y tres semanas…

Sí, aceptamos PayPal y Zelle…” El orgullo que sintió por su esposa era inmenso.

Valeria había terminado solo el bachillerato, pero tenía una inteligencia práctica y un carisma natural que le abría puertas.

Julián, con sus estudios técnicos incompletos, a veces se sentía inferior ante su capacidad de adaptación.

Al terminar la llamada, Valeria entró a la cocina radiante.

“¡Veinte pulseras, Julián!

A diez dólares cada una.

Menos los costos y el envío, nos quedan como ciento cincuenta dólares limpios.” Julián la abrazó y la hizo girar.

“¡Eres una genia!

¿Ves?

Te dije que tu talento nos iba a sacar adelante.” Valeria se soltó suavemente.

“Es un buen respiro, pero no es constante.

Además, necesito comprar materiales, y con el tipo de cambio…” “Sí, ya sé”, dijo Julián, la euforia desvaneciéndose.

El eterno problema venezolano: incluso cuando conseguías dólares, convertirlos en bolívares a una tasa justa era una odisea, y comprar materiales importados con la economía cerrada era casi imposible.

Comieron en silencio por un momento, cada uno absorto en sus pensamientos.

Finalmente, Valeria dijo: “Oye, ¿por qué no salimos esta noche?

Solo nosotros dos.

Mi mamá puede cuidar a Sofía.” Julián la miró, sorprendido.

“¿Salir?

Con lo que…” “Con lo que nos sobró de la venta del mes pasado”, interrumpió Valeria.

“Tenemos que vivir, Julián.

No solo sobrevivir.” La sinceridad en sus ojos desarmó cualquier objeción.

“Tienes razón.

¿Adónde quieres ir?” “Algún sitio bonito.

Donde podamos hablar sin interrupciones, sin pensar en facturas ni trabajos.” Valeria tomó su mano.

“Hace mucho que no tenemos una cita, esposo.” Julián sintió un calor en el pecho que no tenía nada que ver con el guayabo del mediodía.

“De acuerdo.

Yo me encargo de todo.” Después del almuerzo, mientras Valeria trabajaba en su estudio, Julián se dedicó a buscar un lugar para su cita.

Su presupuesto era limitado, pero quería impresionarla.

Recordó un pequeño restaurante italiano en La Castellana al que habían ido años atrás, cuando celebraban su quinto aniversario.

Era caro, pero quizás con lo de las pulseras…

Llamó y reservó una mesa para las ocho.

Luego pasó la tarde limpiando la casa, una tarea que normalmente compartían pero que hoy asumió con gusto.

Barrió, trapeó, limpió el baño.

Mientras trabajaba, pensó en lo afortunado que era.

Tenía una esposa que lo amaba, una hija sana, un techo sobre su cabeza.

La situación era difícil, sí, pero no imposible.

Tenían amor, y en Venezuela, eso a veces era más valioso que los dólares.

A las cuatro, salió a buscar a Sofía al colegio.

La niña venía saltando, su mochila casi tan grande como ella.

“¡Papá!

¡Saqué 18 en matemáticas!” “¡Eso es mi niña!” Julián la levantó en brazos, haciendo que riera.

“¿Y cómo lograste ese milagro?” “La maestra dijo que soy muy lista, como mamá.” Julián sonrió.

“Exactamente como mamá.” En el camino a casa, Sofía hablaba sin parar sobre su día, sobre su amiga Gabriela que se había mudado a Chile, sobre el perro callejero que seguía a los niños a la salida, sobre cómo quería aprender a hacer pulseras como su mamá.

Julián la escuchaba, disfrutando de su energía, de su visión simple del mundo.

Para Sofía, los problemas se reducían a exámenes de matemáticas y a qué habría de merienda.

Cuando llegaron, Valeria ya había terminado su jornada y estaba preparando la merienda: jugo de papaya con galletas de avena caseras.

“Mamá, saqué 18 en matemáticas”, anunció Sofía con orgullo.

“¡Ay, mi niña inteligente!” Valeria la abrazó.

“Con razón te pedí estudiar tanto anoche.” Mientras merendaban, Julián anunció: “Oye, Sofía, esta noche vas a dormir en casa de la abuela.” La niña puso cara de intriga.

“¿Por qué?” “Porque mamá y papá van a salir solitos”, dijo Valeria, guiñándole un ojo.

“¿A una cita?” Sofía sonrió, mostrando el hueco donde le faltaba un diente.

“Eso es romántico.” Julián rió.

“¿Y tú qué sabes de romance, señorita?” “En la tele salen.

Dos personas que se quieren salen a comer y se dan flores.” Valeria miró a Julián con una sonrisa cómplice.

“Pues quizás alguien se lleve una sorpresa.” Después de merendar, ayudaron a Sofía a empacar su mochila para la noche.

La niña eligió con cuidado su pijama favorita (de unicornios), su oso sin oreja, y su libro de cuentos.

A las seis, la madre de Valeria llegó a buscarla.

Doña Carmen era una mujer de sesenta años con la misma energía que su hija, pelo teñido de castaño rojizo y una sonrisa que había resistido décadas de dificultades.

“Hola, yerno”, dijo, besando a Julián en la mejilla.

“¿Cómo va la búsqueda?” “Poco a poco, doña Carmen”, respondió él, evitando detalles.

“Bueno, algo saldrá.

Dios no abandona a sus hijos.” Tomó la mano de Sofía.

“Ven, nieta, que en mi casa hay gelatina de fresa.” Cuando se fueron, la casa quedó en un silencio extraño, roto solo por el zumbido del ventilador.

Julián y Valeria se miraron, sintiendo la rareza de estar solos en su propio hogar.

“Parece que hace siglos”, comentó Valeria.

“Desde el cumpleaños de Sofía, creo”, recordó Julián.

“Hace tres meses.” Valeria suspiró.

“El tiempo vuela.

Ahora, ¿qué me voy a poner?” Subieron al cuarto y Valeria abrió el armario, examinando sus opciones.

Su guardarropa era modesto: algunos vestidos, blusas, jeans.

Finalmente eligió un vestido floreado que le llegaba justo por encima de la rodilla, uno que Julián le había comprado para su aniversario dos años atrás.

“¿Te gusta?” preguntó, haciéndose girar.

Julián la observó, sintiendo esa mezcla familiar de deseo y ternura.

“Estás hermosa.” “Tú también debes arreglarte”, dijo ella, sacando una camisa planchada del armario.

“Ponte esto.” A las siete y media, salieron de la casa.

Julián había logrado que el Chevrolet arrancara sin demasiados problemas, aunque el motor hacía un ruido sospechoso al acelerar.

“¿Seguro que llegaremos?” bromeó Valeria.

“Tiene sus días buenos y malos, como todos nosotros”, respondió Julián, palmeando el tablero.

“Hoy es un día bueno.” El tráfico de Caracas en noche de viernes era caótico, pero Julián conocía las rutas alternas.

Manejaban en silencio, escuchando una estación de radio que pasaba salsa vieja.

De vez en cuando, sus manos se encontraban en el asiento, los dedos entrelazándose.

“¿Recuerdas nuestra primera cita?” preguntó Valeria de repente.

“Claro.

Fuimos al cine a ver esa película de terror que te daba miedo, y terminaste abrazada a mí todo el tiempo.” “Yo creo que elegí esa película a propósito”, confesó ella, riendo.

“Quería una excusa para estar cerca.” “Funcionó.” Llegaron al restaurante, un lugar pequeño con mesas al aire libre y luces colgantes que creaban una atmósfera íntima.

El maître los recibió y los llevó a su mesa, cerca de una fuente pequeña cuyo sonido amortiguaba el ruido de la calle.

“Es lindo”, murmuró Valeria, tomando asiento.

“Como tú.” “Ay, Julián, qué cursi”, dijo ella, pero sonriendo.

Pidieron una botella de vino tinto -un lujo que no se permitían hace meses- y comenzaron a repasar el menú.

Hablaron de todo menos de sus problemas: de los sueños de Sofía de ser veterinaria, de la última serie que habían visto juntos, de la posibilidad de pintar la casa.

“Podríamos hacerlo nosotros mismos”, sugirió Julián.

“Comprar la pintura y entre los dos…” “El año pasado intentaste arreglar el grifo de la cocina y casi inundamos la casa”, recordó Valeria con una risa.

“Eso fue un pequeño error de cálculo.” “Pequeño no, mi amor.

El plomero dijo que nunca había visto alguien conectar las tuberías al revés.” Se rieron, y en ese momento, Julián se sintió completamente feliz.

El desempleo, las facturas, la incertidumbre -todo se desvanecía ante la luz en los ojos de Valeria, ante la comodidad de sus doce años juntos.

La comida llegó: pasta para Valeria, pescado para Julián.

Comieron lentamente, saboreando cada bocado, alargando la noche.

“¿Sabes qué extraño?” dijo Valeria después de un tiempo.

“Extraño cuando salíamos todos los fines de semana.

Antes de Sofía, antes de las responsabilidades.” “Eramos más libres”, asintió Julián.

“Pero también éramos más…

vacíos, ¿no crees?” Valeria lo miró, pensativa.

“Tienes razón.

Teníamos tiempo y energía, pero no teníamos esto.” Hizo un gesto que abarcaba no solo la mesa, sino todo lo que representaban.

“Esta profundidad.” Julián tomó su mano.

“No cambiaría lo que tenemos por nada.” “Ni yo.” Después del postre -un tiramisú que compartieron- Julián pagó la cuenta, tratando de no pensar en cuánto representaba ese dinero en términos de luz, agua o comida.

Valeria lo notó.

“Está bien, amor.

Nos lo merecemos.” Salieron del restaurante y caminaron por la calle, sin prisa.

La noche caraqueña era cálida pero agradable, con una brisa que olía a lluvia lejana.

“¿Quieres ir a algún lado más?” preguntó Julián.

Valeria lo miró con una sonrisa pícara.

“A casa.

Pero no a dormir.” Julián sintió una oleada de deseo.

“Esa es la mejor idea que has tenido en todo el día.” El regreso a casa fue más rápido, la anticipación acortando el camino.

Al llegar, apenas cruzaron la puerta, se encontraron en un abrazo apasionado.

Los besos que se dieron en la sala no tenían la ternura de los del restaurante; eran urgentes, hambrientos, como recordándose el uno al otro que aún podían sentirse así.

“Te extrañaba”, murmuró Valeria entre besos, desabrochando la camisa de Julián.

“Yo también te extrañaba a ti.” Subieron al cuarto, dejando un rastro de ropa.

Hacía tiempo que no hacían el amor con tanta intensidad, sin preocuparse por si Sofía los escuchaba, sin el cansancio agobiante de las preocupaciones diarias.

Fue lento al principio, redescubriéndose, y luego más apasionado, hasta que ambos quedaron exhaustos, entrelazados en la cama.

Después, mientras yacían en la oscuridad, Valeria apoyó la cabeza en el pecho de Julián.

“Todo va a estar bien”, dijo, como hablándole a sí misma tanto como a él.

“Lo sé.” “De verdad, Julián.

Aunque no consigas trabajo mañana, o pasado.

Seguiremos adelante.

Como siempre.” Él la abrazó más fuerte.

“Eres mi roca.” “Y tú el mío.” Se quedaron dormidos así, enredados el uno en el otro, mientras afuera Caracas seguía su ritmo implacable.

En sueños, Julián no vio facturas ni entrevistas fallidas.

Soñó con la playa, con un día soleado en Choroni muchos años atrás, cuando Sofía era solo un bebé y ellos creían que el futuro era infinito.

Al día siguiente, el despertar fue más suave.

Valeria todavía dormía a su lado, su pelo esparcido sobre la almohada como tinta negra.

Julián la observó, sintiendo un amor tan profundo que casi le dolía.

Se levantó con cuidado, fue a la cocina y preparó café, llevándole una taza a la cama.

“Buenos días, dormilona”, murmuró, besando su frente.

Valeria abrió los ojos, sonriendo.

“Qué servicio.” “Para ti, siempre.” Mientras desayunaban en la cama -una extravagancia que se permitían muy rara vez- sonó el teléfono de Julián.

Era Luis.

“Hermano, ¿cómo amaneciste?” “Bien, ¿y tú?” “Escucha, mi tío quiere verte hoy.

¿Puedes pasar por la ferretería a las once?” Julián sintió un nudo en el estómago.

“Sí, claro.

Dame la dirección.” Anotó los datos, colgó, y miró a Valeria.

“¿La ferretería?” preguntó ella.

“Así es.” Valeria puso su mano sobre la de él.

“No es nada permanente.

Es solo un paso.” “Lo sé.

Pero duele.” “Duele el orgullo, Julián.

No el corazón.

El corazón está intacto.” Él asintió, sabiendo que tenía razón.

Después de desayunar, se vistió con su mejor ropa -un pantalón de vestir un poco ajustado, una camisa azul- y se preparó para la entrevista.

Valeria lo ayudó con la corbata, sus dedos ágiles haciendo el nudo perfecto.

“Ahí.

Pareces un gerente.” “O un ayudante de ferretería bien vestido.” “Eso también.” La ferretería de El Paraíso era más pequeña de lo que Julián había imaginado: un local estrecho atestado de herramientas, pinturas, cerraduras y todo tipo de implementos.

El tío de Luis, Don Ramón, era un hombre de unos sesenta años, calvo, con anteojos gruesos y manos callosas.

“¿Tú eres Julián?” preguntó, mirándolo de arriba abajo.

“Sí, señor.

Un placer.” Don Ramón asintió.

“Luis me habló de ti.

Dice que eres trabajador, responsable.” “Intento serlo.” “¿Sabes algo de ferretería?” “Algo.

En mi trabajo anterior era supervisor de mantenimiento, así que conocía herramientas, materiales…” “Bueno, aquí es diferente.

Aquí hay que atender clientes, saber precios, manejar inventario, hacer entregas.” Don Ramón se ajustó los lentes.

“El horario es de lunes a sábado, de ocho a seis.

El sueldo…” Mencionó una cifra que apenas alcanzaba para la mitad de la canasta básica.

Julián sintió ganas de irse, de decir que no, que él valía más.

Pero recordó la factura del teléfono, la luz, el agua.

Recordró a Valeria trabajando hasta tarde en sus pulseras.

“Acepto”, dijo, y la palabra le supo a derrota.

“Bueno.

Empiezas el lunes.

Trae tu cédula y dos fotos.” Don Ramón le dio la mano, un apretón firme y seco.

Al salir de la ferretería, Julián se sintió vacío.

No era el trabajo en sí -no había trabajo deshonesto- sino lo que representaba: un retroceso de años, un reconocimiento tácito de que su vida no estaba progresando sino retrocediendo.

En el camino a casa, pasó por una panadería y compró unas donas, el postre favorito de Sofía.

Al menos podía llevar eso.

Valeria lo esperaba en la puerta.

“¿Y?” “Empiezo el lunes.” Ella lo abrazó.

“Es un comienzo.” “Es un final”, corrigió él, pero abrazándola de vuelta.

El resto del fin de semana pasó con una calma extraña.

Recogieron a Sofía, quien venía llena de historias sobre su noche con la abuela.

Hicieron una comida especial el domingo -pabellón criollo, con carne mechada, caraotas, arroz y plátano- y comieron juntos, riendo, jugando juegos de mesa después.

El lunes llegó demasiado pronto.

Julián se levantó a las seis, se vistió con ropa vieja que no le importaría manchar, y tomó el autobús a El Paraíso.

El trabajo era exactamente como había anticipado: pesado, monótono, con clientes a veces amables y a veces impacientes.

Aprendió a ubicar productos, a usar la caja registradora, a cargar sacos de cemento que le dolían en la espalda.

Don Ramón era un jefe estricto pero justo.

No elogiaba, pero tampoco regañaba sin razón.

A los pocos días, Julián ya había establecido una rutina: levantarse temprano, trabajar todo el día, regresar cansado, cenar con la familia, dormir.

Los días se fundían unos con otros.

Valeria, por su parte, continuaba con su negocio.

El pedido de España la mantuvo ocupada por semanas, y cuando terminó, llegó otro de una clienta en México.

Poco a poco, su página ganaba seguidores, y los ingresos, aunque irregulares, eran cada vez más constantes.

Una noche, tres semanas después de que Julián comenzara en la ferretería, estaban viendo televisión cuando Valeria dijo: “Oye, tengo una idea.” “¿Qué idea?” “Podríamos expandir el negocio.

No solo pulseras, sino collares, aretes, incluso pequeñas esculturas.

Hay un mercado para eso.” “Suena bien, pero necesitarías más materiales, más tiempo…” “Y un espacio mejor para trabajar”, añadió Valeria.

“El cuarto de visitas es pequeño.

Podríamos convertir el garaje en un taller.” Julián pensó en el garaje, lleno de trastos viejos, la camioneta que casi nunca funcionaba, herramientas oxidadas.

“Sería un proyecto grande.” “Pero valdría la pena.

Podría incluso contratar a alguien para ayudarme si crece lo suficiente.” Julián la miró, impresionado.

“Estás pensando en grande.” “Tenemos que hacerlo, amor.

No podemos quedarnos estancados.” Esa noche, mientras Valeria dormía, Julián permaneció despierto, mirando al techo.

Sentía una mezcla de orgullo por su esposa y una profunda inseguridad sobre sí mismo.

Valeria avanzaba, creaba, innovaba.

Él cargaba sacos de cemento.

Un pensamiento oscuro cruzó su mente, como había hecho antes: ¿y si ella se cansaba de él?

¿Si encontraba a alguien que estuviera a su altura, que compartiera su ambición, su visión?

Se volteó de lado, abrazando a Valeria desde atrás.

Ella murmuró algo en sueños y se acurrucó contra él.

En ese momento, Julián juró que haría lo que fuera necesario para mantenerla, para ser el hombre que ella merecía.

No sabía aún lo que ese juramento implicaría, ni a qué oscuros rincones de su propia psique lo llevaría.

Porque en lo más profundo de Julián, enterrado bajo capas de amor y decencia, había algo que apenas comenzaba a despertar: una fascinación malsana por la idea de Valeria siendo deseada por otros, una curiosidad perversa sobre qué pasaría si ella tuviera la libertad de explorar su sexualidad con otros hombres.

Eran pensamientos que inmediatamente reprimía, de los que se avergonzaba, pero que regresaban en momentos de vulnerabilidad, como gusanos retorciéndose en la oscuridad.

El sistema aún no se había manifestado, pero las semillas ya estaban plantadas en el terreno fértil de la inseguridad, el amor posesivo y el deseo corrupto.

Solo necesitaban el agua adecuada para florecer en algo monstruoso y hermoso a la vez.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES DaoistaOceanSong Les dejo mi Patreon.

Les recomiendo leer mis otras historias, en las cuales sí hice la mayor parte del trabajo yo, solo con consejos de IA y algunas cositas más.

Patreon: https://www.patreon.com/DaoistaOceanicoSupremo Los precios de suscripción son muy baratos: • Mínima: solo 1 dólar.

• Intermedia: 2 dólares.

• Máxima: 3 dólares.

Ustedes lean mis fanfics y, bueno, espero que me apoyen económicamente.

Sinceramente, la que más les recomiendo es “Madre en DC”.

Esa es la que planeo que sea mi mejor obra.

Gracias por leer y por dedicar su valioso tiempo a estas cosas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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