Mis Historias Originales, Trabajadas con IA - Capítulo 16
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- Capítulo 16 - Capítulo 16: Capítulo 2: Las Sombras del Deseo
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Capítulo 16: Capítulo 2: Las Sombras del Deseo
El despertador sonó a las 5:30 de la mañana con su alarma estridente que parecía rasgar el velo de los sueños. Julián extendió la mano para apagarlo, sintiendo cómo cada músculo de su cuerpo protestaba después de una semana cargando sacos de cemento y bloques en la ferretería. Al lado, Valeria se movió perezosamente, enterrando su rostro en la almohada.
“Ya vas a trabajar?” murmuró con voz ronca de sueño.
“Sí, mi amor. Hoy es sábado, pero Don Ramón necesita que abra el local.” Julián se sentó en la cama, frotándose la nuca donde una tensión persistente se había instalado como inquilina no deseada.
Valeria abrió un ojo. “Te duele la espalda otra vez.”
“Es normal. Con el tiempo el cuerpo se acostumbra.”
“Te voy a hacer un masaje esta noche.” Ella se incorporó, dejando al descubierto sus hombros desnudos, y Julián sintió el familiar impulso de quedarse en cama con ella, de olvidar responsabilidades por unas horas. Pero el reloj avanzaba implacable.
Se duchó con agua tibia—el calentador funcionaba a medias—y vistió su uniforme de trabajo: unos jeans viejos, una camiseta gris que había sido blanca en otra vida, y sus botas de seguridad ya marcadas por el uso. En la cocina, preparó café rápido mientras miraba por la ventana el amanecer caraqueño teñiendo el cielo de naranja y rosa.
Sofía todavía dormía. Los sábados era su día para despertar tarde, un pequeño lujo que Julián le envidió brevemente. Dejó una nota sobre la mesa para Valeria: “Te amo. Nos vemos a las 3. Julián.”
El trayecto en autobús era siempre igual: hacinamiento, calor, el olor a sudor y desesperanza matutina. Julián había aprendido a desconectar, a observar a sus compatriotas sin realmente verlos. Hombres con caras cansadas camino a trabajos mal pagados, mujeres con bolsas de mercado calculando mentalmente cuánto había subido el precio de la harina esta semana, jóvenes con auriculares que miraban el mundo con una mezcla de desafío y resignación.
En la ferretería, Don Ramón ya estaba esperando.
“Llegas justo”, dijo mirando su reloj de pulsera antiguo. “Hoy hay que hacer inventario. El proveedor viene el lunes y necesito saber exactamente qué falta.”
Julián asintió. El inventario significaba horas contando tornillos, clavos, bolsas de cemento, revisando fechas de pinturas. Un trabajo meticuloso y aburrido que le hacía desear los días de atención al cliente, al menos así había interacción humana.
Mientras organizaba los estantes de herramientas, su mente vagó hacia Valeria. Ella estaría desayunando ahora con Sofía, planeando su día. Los pedidos de manualidades habían aumentado notablemente—gracias a Dios—y Valeria pasaba horas en su pequeño taller improvisado. A veces, cuando Julián llegaba en la noche, ella todavía estaba allí, concentrada, con el ceño fruncido mientras ensartaba cuentas diminutas.
“Oye, Julián.” Don Ramón lo sacó de sus pensamientos. “¿Me puedes revisar la luz del baño? Se quemó otra vez.”
“Claro, jefe.”
Era en momentos como estos que Julián sentía un atisbo de satisfacción. Esto sí sabía hacerlo: conectar cables, cambiar interruptores, arreglar lo roto. Por un instante, era el supervisor de mantenimiento otra vez, no solo un ayudante.
Al mediodía, Don Ramón le dio dinero para que comprara almuerzo. “Tráeme una arepa con pollo. Lo que sobre es para ti.”
Julián salió a la calle, donde el sol de mediodía golpeaba con fuerza. En la esquina, un pequeño local vendía arepas y empanadas. Mientras esperaba en la fila, revisó su teléfono. Un mensaje de Valeria: “Sofía quiere saber si podemos ir al cine esta noche. Hay una película de esa princesa que le gusta. ¿Puedes?”
Respondió rápido: “Sí, claro. Salgo a las 3.”
Otro mensaje, esta vez de Luis: “Hermano, ¿cómo va la vida de ferretero?”
Julián sonrió. “Más o menos. El sueldo llega pero no alcanza.”
“Normal. Oye, el sábado que viene hay una reunión en mi casa. Vamos a ver el partido y tomar unas frías. ¿Te apuntas?”
“Voy a ver si puedo. Depende de Valeria.”
“Tráela también. Maribel hace unas tequeños que te caes de culo.”
“Va, te confirmo.”
Regresó a la ferretería con el almuerzo. Don Ramón comió en silencio detrás del mostrador mientras atendía clientes esporádicos. Julián se sentó en un banco al fondo, mordiendo su arepa de carne mechada—más arepa que carne—y pensando en el cine con Sofía. Le encantaba verla reír, esos momentos donde su hija era solo una niña, no una pequeña que había aprendido demasiado pronto palabras como “inflación”, “escasez” o “dólar paralelo”.
La tarde pasó lenta. A las tres en punto, Don Ramón asintió. “Puedes irte. Mañana descansas.”
“Gracias, jefe.”
“Lunes temprano, Julián. Y tráete tu certificado médico. Lo necesito para los papeles.”
En el autobús de regreso, Julián intentó no pensar en el certificado médico—otro gasto, otra gestión. Valeria tenía razón: todo en Venezuela era un obstáculo tras otro, una carrera de obstáculos donde la meta se movía constantemente.
Al llegar a casa, Sofía salió corriendo a recibirlo.
“¡Papá! ¿Vamos al cine? Mamá dijo que sí.”
“Claro que sí, princesa.” La levantó en brazos—cada vez más pesada—y la hizo reír. “¿De qué es la película?”
“De una princesa que se convierte en guerrera. Tiene una espada mágica.”
Valeria apareció en la puerta de la sala, limpiándose las manos en un trapo. Llevaba el pelo recogido con un pañuelo, y tenía una mancha de pintura en la mejilla. A Julián le pareció la mujer más hermosa del mundo.
“¿Cómo te fue?” preguntó.
“Bien. Inventario. Aburrido pero bien.” La besó en la mejilla, saboreando el leve olor a pegamento y pintura que siempre la acompañaba últimamente. “¿Y tú?”
“Terminé el pedido para Colombia. Quince collares. Mañana los empaqueto y el lunes voy al correo.”
“Eres increíble.”
Ella sonrió, cansada pero satisfecha. “Vamos, dúchate que huele a ferretería. El cine empieza a las seis.”
Mientras Julián se duchaba, pensó en los números. El cine, las palomitas, el transporte—todo sumaba. El sueldo de la ferretería apenas cubría los servicios básicos. Las manualidades de Valeria pagaban la comida y los extras. Vivían al día, como casi todos. Pero al menos esta noche serían una familia normal yendo al cine, no una estadística de la crisis.
La película fue exactamente lo que Sofía esperaba: colorida, emocionante, con una heroína valiente. Julián observaba a su hija más que a la pantalla, cómo sus ojos se abrían con asombro en las escenas de acción, cómo reía con los personajes cómicos. Valeria sostenía su mano, y por un momento, todo estaba bien.
Después, comieron hamburguesas en un local de comida rápida—otro lujo calculado—y regresaron a casa con Sofía dormida en los brazos de Julián.
“Pesa mucho”, murmuró Valeria mientras abrían la puerta.
“Está creciendo.”
La acostaron en su cama, quitándole los zapatos pero dejándole puesta la ropa. Julián la observó un momento, recordando cuando cabía completamente en sus brazos. El tiempo pasaba implacable.
En su habitación, Valeria se desvistió con movimientos cansados. Julián la miró mientras colgaba su vestido—uno sencillo, azul, que realzaba sus curvas sin esfuerzo.
“¿Qué?” preguntó ella, notando su mirada.
“Nada. Solo que eres hermosa.”
Ella se acercó y lo abrazó. “Tú también, mi ferretero guapo.”
Se besaron, un beso suave que prometía más, pero ambos estaban demasiado cansados. Se acostaron, entrelazados como siempre, y Julián se durmió casi inmediatamente.
Pero su sueño no fue tranquilo.
Soñó con Valeria, pero no la Valeria de su vida diaria. Soñó con una versión más audaz, más libre, que reía con la cabeza hacia atrás mientras un hombre que no era Julián la besaba en el cuello. En el sueño, él observaba desde una esquina, oculto, sintiendo una mezcla de angustia y excitación que lo despertó sobresaltado a las 3 de la mañana.
El corazón le latía fuerte. Al lado, Valeria respiraba profundamente, ajena a sus turbulencias internas. Julián se levantó con cuidado, fue al baño y se lavó la cara. El espejo le devolvió la imagen de un hombre de treinta y cinco años con ojeras, el pelo desordenado, los primeros hilos de plata en las sienes.
“¿Qué te pasa?” murmuró a su reflejo.
No había respuesta, solo el zumbido lejano del refrigerador.
Regresó a la cama pero no pudo dormir. Finalmente, tomó su teléfono y, casi sin pensar, comenzó a navegar. Primero revisó las noticias—siempre deprimentes—luego las redes sociales. Finalmente, casi como movido por una fuerza externa, abrió el navegador y escribió palabras que nunca antes había buscado: “mujeres infieles”, “esposas con otros hombres”.
Los resultados fueron lo que esperaba: sitios pornográficos, foros, historias. Julián bajó el brillo de la pantalla y, con el corazón acelerado, comenzó a leer. Historias de hombres que disfrutaban ver a sus esposas con otros, de intercambios de pareja, de fantasías compartidas. Sintió una vergüenza inmediata—esto no era él, él amaba a Valeria, la respetaba—pero al mismo tiempo no podía dejar de leer.
Una historia en particular lo atrapó: un hombre describía cómo su esposa había comenzado a coquetear con un colega de trabajo, cómo él al principio se sintió traicionado, pero luego, cuando ella le contaba los detalles, algo se despertó en él. La excitación de lo prohibido, la mezcla de dolor y placer.
Julián cerró el navegador abruptamente. ¿Qué demonios le pasaba? ¿Era el estrés? ¿La frustración sexual? Su vida íntima con Valeria era buena, aunque últimamente el cansancio de ambos la había hecho menos frecuente. Pero esto era diferente. Esto era…
No quiso nombrarlo.
Volvió a la cama, dándose la espalda a Valeria como si pudiera contaminarla con sus pensamientos. Finalmente, el sueño lo venció nuevamente.
El domingo amaneció con lluvia. Un aguacero torrencial típico de Caracas que convertía las calles en ríos y atrapaba a las familias en casa. Después del desayuno, Valeria se puso a trabajar en su taller—el garaje medio convertido—mientras Julián ayudaba a Sofía con una maqueta para el colegio.
“Papá, ¿puedo pintar el cielo morado?”
“El cielo no es morado, cielo.”
“Pero en mis sueños sí.”
Julián sonrió. “Bueno, en esa caso píntalo morado. Es tu maqueta.”
Mientras Sofía concentrada pintaba, Julián miró por la ventana hacia el garaje. Podía ver a Valeria a través de la puerta entreabierta, cantando suavemente mientras trabajaba. Una oleada de amor puro lo inundó, seguida inmediatamente por la culpa de sus pesquisas nocturnas.
¿Qué estaba haciendo? Valeria era su vida, el centro de su mundo. Estos pensamientos oscuros no tenían lugar en su matrimonio.
“Papá, se me cayó pintura en la mesa.”
“Tranquila, yo limpio.”
El día pasó lento y doméstico. Almorzaron pasta con salsa de tomate hecha en casa, vieron una película antigua en la televisión, jugaron monopolio—Sofía ganó, haciendo trampa descaradamente que ambos fingieron no notar.
Por la noche, después de acostar a Sofía, Julián y Valeria se sentaron en la sala con una copa de vino—un regalo de la madre de Valeria que habían estado guardando para una ocasión especial.
“Brindemos por qué?” preguntó Valeria.
“Por los domingos de lluvia”, respondió Julián.
“Por los domingos de lluvia.”
Bebieron. El vino era dulce y fuerte.
“Oye, tengo una idea”, dijo Valeria después de un silencio cómodo. “Para el negocio.”
“¿Qué idea?”
“Quiero hacer una página web profesional. No solo redes sociales. Un sitio donde la gente pueda ver el catálogo, hacer pedidos, pagar en línea.”
Julián la miró, impresionado. “Eso suena… ambicioso.”
“Lo es. Pero creo que podemos hacerlo. He estado investigando. Hay plataformas donde puedes crear tu propia tienda en línea sin saber programación. El problema es el costo.”
“¿Cuánto?”
Valeria mencionó una cifra en dólares. No era exorbitante, pero para ellos era significativa.
“Podríamos ahorrar”, dijo Julián inmediatamente. “Si yo dejo de… no sé, si fumigamos la casa nosotros mismos en vez de contratar a alguien, si…”
“Tú siempre piensas en sacrificarte”, interrumpió Valeria suavemente. “No se trata de eso. Se trata de invertir. Si gastamos esto ahora, podríamos duplicar o triplicar las ventas en unos meses.”
Julián asintió. Ella tenía razón. Valeria tenía visión de negocios, algo que a él le faltaba. Él era práctico, de soluciones inmediatas. Ella veía el panorama completo.
“De acuerdo. Hagámoslo.”
Valeria sonrió, sus ojos brillando. “En serio?”
“Sí. Confío en ti.”
Se abrazaron, y el beso que siguió fue diferente a los de los últimos días—menos cansado, más apasionado. Julián sintió el familiar deseo, pero esta vez mezclado con algo más: un sentimiento de admiración profunda, casi reverencial, hacia esta mujer que incluso en medio de la crisis seguía creando, soñando.
Hicieron el amor allí mismo, en la sala, con la lluvia como telón sonoro. Fue lento, intenso, y cuando terminaron, Julián tuvo que contener las lágrimas. ¿Cómo podía tener estos pensamientos oscuros sobre alguien tan luminosa?
“Te amo”, le dijo, con una urgencia que la hizo mirarlo fijamente.
“Yo también te amo, Julián. Siempre.”
La semana siguiente fue una rutina agitada. Julián en la ferretería, Valeria trabajando en su nuevo sitio web entre pedidos, Sofía en el colegio. Los días se fundían, marcados por pequeños hitos: el sitio web de Valeria quedó listo un martes; Julián recibió su primer pago completo de la ferretería un jueves; Sofía trajo a casa una nota de 20 en ciencias naturales el viernes.
El sábado por la noche fueron a la reunión en casa de Luis. Vivían en un apartamento en La Candelaria, más céntrico pero más pequeño. Maribel, la esposa de Luis, era una mujer menuda y enérgica que abrazó a Valeria como si fueran hermanas.
“¡Cuánto tiempo! ¿Cómo estás?”
“Bien, tú sabes… luchando.”
“¿Quién no?”
La casa estaba llena de amigos, algunos que Julián conocía de años, otros nuevos. Había música, cerveza, tequeños como Luis había prometido. Por un rato, Julián se sintió normal—un hombre entre amigos, riendo, bromeando, olvidando las facturas y las preocupaciones.
En un momento, mientras Valeria ayudaba a Maribel en la cocina, Luis se acercó a Julián con dos cervezas.
“¿Cómo va la cosa, hermano?”
“Bien. Sobreviviendo.”
Luis asintió. Su rostro, generalmente jovial, se puso serio. “Oye, te quería comentar algo. Una oportunidad.”
Julián lo miró, interesado. “¿De trabajo?”
“Algo así. Un conocido mío tiene un negocio de importaciones. Necesita a alguien que le ayude con logística, inventario, esas cosas. Tú sabes de eso.”
“¿Importaciones?” Julián bajó la voz. “¿Legales?”
Luis hizo un gesto ambiguo. “Más o menos. Tú sabes cómo es aquí. Todo el mundo tiene que rebuscársela.”
“¿Y el pago?”
“En dólares. Más de lo que ganas en la ferretería.”
Julián sintió una tentación inmediata seguida de desconfianza. Los trabajos en dólares solían tener letra pequeña: riesgos, ilegalidades, compromisos.
“¿Qué tipo de importaciones?”
“Un poco de todo. Productos de higiene, medicamentos básicos, repuestos.” Luis bebió un trago de su cerveza. “Mira, no te estoy presionando. Solo te lo comento. Si te interesa, te presento.”
“Gracias, hermano. Lo pensaré.”
Mientras regresaban a casa más tarde esa noche—Sofía dormida en el asiento trasero otra vez—Julián le contó a Valeria sobre la oferta.
“¿Qué piensas?” preguntó ella.
“No sé. Suena bien, pero… me da mala espina.”
Valeria asintió. “Yo también. Luis es buen amigo, pero a veces se mete en cosas grises.”
“Exacto.”
“Pero los dólares ayudarían”, dijo ella, y la tentación estaba allí, en su voz también.
“Sí.”
Condujeron en silencio un rato. Luego Valeria dijo: “¿Sabes qué? No tomes decisiones ahora. Espera. Algo mejor saldrá.”
“¿Cómo puedes estar tan segura?”
“Porque somos buenas personas, Julián. Y al final, eso cuenta.”
Él quiso creerle.
Esa noche, otra vez, no pudo dormir. Valeria descansaba a su lado, pero su mente estaba en otra parte. Finalmente, tomó su teléfono otra vez. Esta vez no leyó historias, sino que miró videos. Cortos, sugerentes, donde mujeres que se parecían vagamente a Valeria—morenas, curvilíneas, sonrientes—flirteaban con hombres que no eran sus esposos.
La excitación que sintió fue inmediata y vergonzosa. Se tocó a sí mismo, rápido, silencioso, como un adolescente, mientras miraba a una mujer que podría haber sido Valeria en otra vida aceptando drinks de un hombre en un bar, riendo, dejando que su mano se posara en su muslo.
Cuando terminó, la culpa fue un peso físico en su pecho. Se levantó, fue al baño, se lavó las manos como si pudiera limpiar algo más que semen. ¿Qué le estaba pasando? ¿Era esto estrés? ¿Depresión? ¿O algo más profundo, más oscuro, que siempre había estado allí, esperando?
Regresó a la cama y, en un impulso, abrazó a Valeria desde atrás, apretando su cuerpo contra el de ella como si pudiera absorber su pureza, su normalidad. Ella murmuró algo en sueños y colocó su mano sobre la suya.
El lunes, en la ferretería, Julián estaba distraído. Rompió un paquete de cerámicas por no prestar atención, y Don Ramón lo reprendió con más dureza de lo necesario.
“¿En qué mundo vives, muchacho? Esto sale de tu sueldo.”
“Lo siento, jefe.”
Al mediodía, mientras almorzaba solo en el banco de atrás, su teléfono vibró. Un mensaje de un número desconocido: “Hola Julián, soy Rafael, el amigo de Luis. Me dio tu número. ¿Te interesa reunirte para hablar del trabajo?”
Julián lo miró por un momento largo. Luego respondió: “Sí, podemos hablar. ¿Cuándo?”
“Esta noche a las 7. En el café del CCCT.”
El Centro Comercial Ciudad Tamanaco era lejos de su casa, pero accesible. Julián respondió: “De acuerdo. Allí estaré.”
No le dijo nada a Valeria. No quería darle falsas esperanzas. Si la cosa no pintaba bien, mejor que ella ni supiera.
El café era uno de esos lugares modernos con precios en dólares que pocos venezolanos podían pagar. Julián llegó diez minutos temprano y pidió un agua mineral—lo más barato del menú. Observó a la clientela: hombres con trajes que hablaban de negocios, mujeres con bolsos de marca, extranjeros. Un mundo paralelo al suyo.
Rafael llegó puntual. Era un hombre de unos cuarenta años, bien vestido, con un reloj que probablemente costaba más que el sueldo de un año de Julián.
“Julián, un placer.” Le dio un apretón de manos firme. “Luis me habló muy bien de ti.”
“El gusto es mío.”
Se sentaron. Rafael pidió un espresso doble sin consultar el menú.
“Mira, te voy a ser directo”, dijo cuando el mesero se fue. “Necesito un hombre de confianza. Alguien que me ayude a organizar el almacén, llevar inventario, coordinar entregas. Luis dice que tú eres organizado y honesto.”
“Intentó serlo.”
“Bueno, eso es lo que necesito.” Rafael tomó un sorbo de agua. “El trabajo es simple pero requiere discreción. Muchos de los productos… bueno, entran por canales no tradicionales. Tú no necesitas saber detalles, solo ocuparte de que estén bien almacenados y se entreguen a quien corresponde.”
“¿Y el pago?”
“Mil dólares al mes. En efectivo.”
Julián casi se atragantó con su agua. Mil dólares. Eso era más de diez veces lo que ganaba en la ferretería.
“¿Por qué tanto?” preguntó, desconfiado.
“Porque necesito discreción, Julián. Y la discreción se paga bien.” Rafael lo miró fijamente. “Además, hay riesgos. Si algo sale mal, tú no sabes nada. Nunca has visto nada. ¿Entiendes?”
Julián asintió lentamente. Entendía perfectamente. Esto era ilegal, probablemente contrabando o algo peor. Pero mil dólares al mes…
“¿Horarios?”
“Flexibles. Generalmente por las tardes, cuando el almacén está cerrado al público. Unas 20 horas a la semana.”
Era demasiado bueno para ser verdad. Y en la experiencia de Julián, cuando algo era demasiado bueno para ser verdad, generalmente era mentira o traía problemas adjuntos.
“Necesito pensarlo.”
“Claro.” Rafael sacó una tarjeta de negocios—solo un nombre y un número. “Tienes hasta el viernes. Si aceptas, comenzamos el lunes.”
Se despidieron con otro apretón de manos. Julián se quedó en el café un rato después de que Rafael se fuera, mirando su agua mineral casi vacía. Mil dólares. Podrían pagar todas sus deudas en tres meses. Podrían arreglar la casa. Podrían darle a Sofía una vida mejor.
Pero también podrían terminar en la cárcel. O algo peor.
En el autobús de regreso a casa, Julián cerró los ojos. Imaginó decirle que no a Rafael, seguir en la ferretería, viendo cómo Valeria trabajaba cada vez más para mantenerlos a flote. Imaginó decirle que sí, tener dinero en efectivo, ver la sonrisa de alivio en el rostro de Valeria cuando le dijera que no tenía que trabajar tanto.
Cuando llegó a casa, Valeria estaba en la sala, llorando.
“¿Qué pasa?” se alarmó Julián.
“Nada, son tonterías.” Ella se secó los ojos rápidamente. “Es solo que… hoy fui a comprar materiales y los precios subieron otra vez. Y el pedido para Panamá se canceló porque tienen problemas con los pagos internacionales.”
Julián la abrazó. “Ya llegará otro.”
“Lo sé. Es solo que a veces me canso, Julián. Canso de luchar contra todo.”
Él la sostuvo fuerte, sintiendo su cuerpo temblar contra el suyo. En ese momento, tomó la decisión.
“Oye, tengo algo que contarte.”
Le habló de Rafael, de la oferta, del dinero. Valeria lo escuchó en silencio, su rostro pasando de la esperanza al miedo.
“No me gusta”, dijo finalmente.
“A mí tampoco. Pero el dinero…”
“El dinero no vale la pena si terminas preso, Julián. O peor.”
“¿Y si no terminamos nada? ¿Y si solo hacemos esto unos meses, ahorramos, y luego salimos?”
Valeria lo miró, y él vio en sus ojos que ella también estaba tentada. La tentación era una tercera persona en la habitación, respirando con ellos.
“Pensémoslo hasta el viernes”, dijo finalmente. “Rezaremos. Y decidiremos juntos.”
Esa noche no hubo pesquisas en el teléfono, no hubo videos, no hubo fantasías oscuras. Solo hubo miedo y esperanza entrelazados, dos esposos abrazados en la oscuridad, tratando de encontrar el camino correcto en un mundo donde todos los caminos parecían llevar a algún tipo de perdición.
Al día siguiente, en la ferretería, Julián estaba más concentrado. No podía permitirse más errores. Mientras organizaba tubos de PVC por tamaño, su teléfono vibró. Un mensaje de Valeria: “Acabo de recibir un pedido de 50 pulseras para una boda. De Miami.”
Julián sonrió. “¿En serio? ¡Eso es increíble!”
“Sí. Pagan por adelantado. Son 500 dólares.”
Cincocientos dólares. No era mil, pero era legal, era el fruto del talento de Valeria. Julián sintió un alivio inmenso. Quizás no necesitaban a Rafael. Quizás podrían salir adelante por sus propios medios.
Llamó a Valeria. “¿Aceptaste?”
“Sí. Me mandaron la mitad ya por Zelle.”
“Entonces… ¿no necesitamos a Rafael?”
Hubo un silencio al otro lado de la línea. “No sé, Julián. Este pedido es una bendición, pero no es constante. Rafael sí sería constante.”
Tenía razón. Una golondrina no hacía verano, como decía su abuela.
“Pensemos hasta el viernes”, repitió lo que ella había dicho la noche anterior.
“De acuerdo.”
Esa tarde, cuando Julián salió de trabajar, se encontró con un hombre parado frente a la ferretería. Era joven, bien vestido, y miraba el local con una expresión de curiosidad.
“¿Puedo ayudarlo?” preguntó Julián.
El hombre se volvió. Tenía una sonrisa fácil, dientes perfectos. “Estaba buscando a Don Ramón. ¿Sigue siendo el dueño?”
“Sí, pero ya se fue. Vuelve mañana a las ocho.”
“Ah, qué pena.” El hombre extendió su mano. “Soy Daniel. Daniel Mendoza.”
“Julián.”
“Un placer, Julián.” Daniel lo miró de arriba abajo. “¿Tú trabajas aquí?”
“Sí, ayudante.”
“Interesante.” Daniel sacó una tarjeta de su bolsillo. “Mira, yo tengo un negocio de construcción. Siempre necesito materiales. Quizás podamos hacer negocios.”
Julián tomó la tarjeta. “Daniel Mendoza Construcciones”. Tenía un número y una dirección en El Rosal.
“Claro. Cuando necesite algo, puede venir.”
“Perfecto.” Daniel sonrió de nuevo. “Oye, ¿tomas algo? Un café, una cerveza. Para conocernos mejor.”
Julián dudó. No era usual que los clientes lo invitaran a salir. Pero Daniel parecía amigable, y los negocios eran negocios.
“Una cerveza está bien.”
Fueron a un bar cercano. Daniel pidió dos cervezas importadas—otro lujo—y comenzó a hablar de su negocio, de sus proyectos, de lo difícil que era conseguir materiales de calidad.
“Por eso busco proveedores confiables”, dijo. “Gente como tú, que sabe del oficio.”
“Yo solo soy un ayudante”, dijo Julián, pero sintió un halago inesperado.
“Eso es modestia. Don Ramón no contrataría a cualquiera.”
Hablaron por casi una hora. Daniel era elocuente, interesante, contaba historias de viajes, de negocios, de la vida. Julián se encontró disfrutando la conversación, sintiéndose por un momento como algo más que un ferretero subempleado.
Al final, Daniel pagó la cuenta—insistió—y se despidieron con otro apretón de manos.
“Me caíste bien, Julián. Ojalá podamos hacer negocios.”
“Yo también.”
En el camino a casa, Julián se sintió extrañamente animado. La conversación con Daniel lo había sacado de su rutina mental, le había mostrado que aún podía relacionarse con gente exitosa, interesante.
Cuando llegó, Valeria estaba terminando de cenar.
“¿Tarde?” preguntó.
“Me encontré con un cliente potencial. Me invitó a una cerveza.”
Valeria arqueó una ceja. “¿Qué clase de cliente?”
“De construcción. Parece serio.”
“Bueno, ojalá compre mucho.”
Esa noche, después de cenar, mientras Valeria trabajaba en su nuevo pedido, Julián se sentó frente a la computadora. Había decidido no mirar pornografía, no alimentar esos pensamientos oscuros. En vez de eso, investigó sobre Daniel Mendoza Construcciones.
Encontró un sitio web profesional, proyectos terminados, testimonios. Parecía legítimo. Quizás este era el tipo de contacto que necesitaba, no los Rafaels del mundo.
Más tarde, en la cama, Valeria se acurrucó contra él. “¿Has pensado más en lo de Rafael?”
“Sí. Creo que no voy a aceptar.”
Ella lo miró, sorprendida. “¿En serio?”
“Sí. No quiero meterte a ti y a Sofía en problemas. Y hoy conocí a este Daniel… quizás haya otras oportunidades más legales.”
Valeria lo besó. “Me alegra oír eso.”
“Además, tienes tu pedido grande. Vamos a estar bien.”
“Vamos a estar bien”, repitió ella, como un mantra.
Pero esa noche, cuando Valeria se durmió, Julián no pudo resistir. Tomó su teléfono, y esta vez no buscó pornografía genérica. Buscó algo específico: “esposas con hombres más jóvenes”, “mujeres casadas y constructores”.
Los resultados fueron menos de lo que esperaba, pero suficiente. Mientras miraba videos de actrices que interpretaban a esposas insatisfechas siendo seducidas por hombres más jóvenes, exitosos, Julián no imaginaba a cualquier mujer. Imaginaba a Valeria. Imaginaba a Daniel—su sonrisa fácil, su confianza, su éxito—acercándose a ella, halagándola, seduciéndola.
La excitación fue más intensa que nunca, mezclada con una angustia que casi lo hacía vomitar. Cuando terminó, apagó el teléfono bruscamente y se levantó. Fue al baño, se miró en el espejo otra vez.
“¿Qué te pasa?” susurró a su reflejo. “¿Qué diablos te pasa?”
No hubo respuesta. Solo el sonido de su propia respiración, agitada, avergonzada.
Regresó a la cama y, en un impulso, despertó a Valeria.
“¿Qué pasa?” murmuró ella, medio dormida.
“Nada. Solo te amo. Mucho.”
“Yo también te amo”, dijo, y se durmió de nuevo.
Julián la observó dormir, la luz de la luna iluminando su perfil. Esta mujer era su vida, su razón de ser. Y sin embargo, algo dentro de él quería corromper esa pureza, mancharla con sus fantasías oscuras. O quizás no quería corromperla, quizás solo quería verla deseada, verla poderosa en su sexualidad, verla…
No sabía lo que quería. Solo sabía que un abismo se estaba abriendo dentro de él, y que temía caer en él.
El jueves pasó sin incidentes. En la ferretería, Julián trabajó eficientemente, pensando en cómo decirle que no a Rafael. Valeria pasó el día trabajando en las pulseras para Miami, felizmente concentrada.
Por la noche, recibieron una visita inesperada: la madre de Valeria, Doña Carmen, con una tía de visita desde Maracaibo.
“Mi hermana Vicky”, presentó Doña Carmen. “Se quedará unos días conmigo y quería verlos.”
Tía Vicky era una mujer de sesenta y tantos años, regordeta, con el acento maracucho marcado y una energía contagiosa.
“¡Ay, qué linda la familia! Valeria, estás más hermosa que nunca. Y este debe ser Julián. ¡Mucho gusto!”
La velada fue agradable. Tía Vicky contó historias de la familia, de Maracaibo en los viejos tiempos, cuando el petróleo fluía y la ciudad brillaba. Julián la escuchó, disfrutando de la normalidad familiar, de las risas, de la sensación de pertenencia.
En un momento, cuando Valeria y su madre estaban en la cocina preparando café, Tía Vicky se acercó a Julián.
“Oye, sobrino, ¿tú trabajas en una ferretería?”
“Sí, señora.”
“¿Y Valeria hace esas manualidades? ¡Qué talento! En Maracaibo hay mucho mercado para eso. Las mujeres allá les encanta adornarse.”
“¿En serio?”
“Claro. Yo podría ayudarla a vender. Tengo muchas amigas.”
Julián sintió una esperanza nueva. Quizás las oportunidades no venían de hombres sombríos como Rafael, sino de familia, de conexiones genuinas.
“Eso sería maravilloso, tía.”
Cuando se fueron, ya tarde, Valeria sonreía.
“¿Viste? Quizás tía Vicky nos ayude.”
“Sí. Las cosas se van alineando.”
Se acostaron esa noche con un optimismo que hacía tiempo no sentían. Pero justo cuando Julián estaba a punto de dormirse, su teléfono vibró. Un mensaje de Daniel: “Hola Julián, espero no molestarte tan tarde. Estoy organizando una pequeña reunión de negocios el sábado en mi casa. Algunos colegas del sector. Me gustaría que vinieras. ¿Te interesa?”
Julián leyó el mensaje dos veces. Una reunión de negocios. Colegas del sector. Esto sonaba serio.
Respondió: “Me interesa. ¿A qué hora?”
“8 pm. Te mando la dirección.”
Julián guardó el teléfono. Al lado, Valeria respiraba profundamente, ajena a este nuevo desarrollo. Él la miró, y por primera vez, no sintió culpa por sus fantasías. Sintió algo diferente: anticipación. Como si algo estuviera por comenzar, algo que cambiaría todo.
Pero no podía saber que esa reunión del sábado sería el catalizador, el evento que desencadenaría el sistema que dormía en su subconsciente, esperando el momento preciso para despertar y ofrecerle un pacto diabólico: la felicidad de su familia a cambio de su corrupción.
Todo, como siempre en la vida, comenzaría con una invitación inocente.
Les dejo mi Patreon. Les recomiendo leer mis otras historias, en las cuales sí hice la mayor parte del trabajo yo, solo con consejos de IA y algunas cositas más.
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Ustedes lean mis fanfics y, bueno, espero que me apoyen económicamente. Sinceramente, la que más les recomiendo es “Madre en DC”. Esa es la que planeo que sea mi mejor obra.
Gracias por leer y por dedicar su valioso tiempo a estas cosas.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com