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Mis Historias Originales, Trabajadas con IA - Capítulo 17

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Capítulo 17: Capítulo 3: La Corrosión del Alma

Esta historia es de ritmo mas lento, pero es gratificante cuando culmina.

La lluvia de octubre golpeaba el techo de zinc con una persistencia que amenazaba con convertirse en inundación. Caracas se había vestido de gris, un color que parecía filtrarse en el estado de ánimo de sus habitantes. En la casa de Las Acacias, el sonido del agua era un telón de fondo constante para la rutina que se había establecido en las últimas semanas.

Julián despertó antes del amanecer, como siempre. Pero esta vez no fue el despertador ni los rayos del sol lo que lo sacó del sueño, sino una pesadilla vívida donde Valeria se reía en brazos de un hombre sin rostro mientras él observaba desde detrás de un vidrio, incapaz de moverse o gritar. Sudor frío le cubría la espalda cuando abrió los ojos, y tardó varios segundos en recordar dónde estaba, en reconocer la forma familiar de su esposa dormida a su lado.

Se levantó en silencio, evitando mirar a Valeria directamente. Una culpa recién horneada se asentaba en su estómago, aunque no podía identificar exactamente por qué. Los últimos días habían sido una espiral descendente en sus hábitos nocturnos, y la línea entre sus fantasías y la realidad comenzaba a difuminarse peligrosamente.

El día anterior, en la ferretería, había sucedido algo que lo había perturbado profundamente. Mientras atendía a una clienta—una mujer de unos cuarenta años, atractiva, con el anillo de casada brillando en su mano—su mente había comenzado a imaginar escenarios. ¿Cómo sería si esta mujer fuera infiel a su esposo? ¿Qué excusas inventaría? ¿Qué ropa usaría para sus encuentros secretos? La fantasía había sido tan vívida que había tenido que disculparse y retirarse al baño, donde se lavó la cara con agua fría, tratando de borrar las imágenes de su mente.

“Estoy perdiendo el control”, había murmurado a su reflejo en el espejo sucio del baño de la ferretería.

Pero esa noche, como todas las noches recientes, había vuelto a caer.

Ahora, en la penumbra del amanecer lluvioso, Julián se dirigió a la cocina con movimientos automáticos. Preparó el café, pero en vez de sentarse a beberlo como solía hacer, lo tomó de pie junto a la ventana, observando cómo la lluvia convertía su patio trasero en un pequeño lodazal. El limonero que Valeria tanto cuidaba se inclinaba peligrosamente bajo el peso del agua acumulada en sus ramas.

“Tendré que podarlo”, pensó, pero su mente inmediatamente saltó a otra parte: en un manga que había leído la noche anterior, el protagonista podaba un árbol mientras su esposa recibía a su amante en la casa. La escena era absurdamente específica, pero le había generado una excitación que aún recordaba con vergüenza.

El ruido de pasos en la escalera lo sacó de sus pensamientos. Valeria bajaba, ya vestida con ropa de trabajo—unos jeans ajustados y una blusa simple que, para la mente corrupta de Julián, parecía indecentemente sugestiva.

“Buenos días”, dijo ella, besándolo en la mejilla. “¿Dormiste bien?”

“Sí, normal”, mintió Julián, apartando la mirada.

Valeria lo observó un segundo más de lo necesario, como si detectara algo diferente en él, pero finalmente se sirvió café. “Hoy voy al centro a comprar materiales. Los precios son mejores allí, aunque el viaje es más largo.”

“Ten cuidado”, dijo Julián automáticamente. “Llueve mucho.”

“Ya sé. Por eso voy temprano.”

Desayunaron en un silencio incómodo que Valeria atribuyó al mal tiempo y Julián a su propia corrupción mental. Sofía bajó poco después, soñolienta pero lista para otro día de colegio.

“¿Puedo llevar paraguas, mamá? El mío es rosa.”

“Claro, cielo.”

Mientras llevaba a Sofía al colegio, Julián notó que la camioneta hacía un ruido nuevo—un chirrido agudo al frenar. Otro problema, otro gasto. La lista parecía crecer exponencialmente mientras sus recursos se mantenían estancados.

En la ferretería, el día transcurrió con una monotonía que había aprendido a apreciar. Don Ramón estaba de mal humor—una caída en las ventas del mes lo tenía preocupado—y descargaba su frustración en pequeños regaños y críticas constantes.

“Ese estante está mal organizado, Julián.”

“El piso no está bien barrido.”

“¿Por qué dejaste esa caja ahí?”

Julián aceptaba las reprimendas con una paciencia que le sorprendía a sí mismo. Su mente estaba en otra parte, anticipando la noche, cuando estaría solo con su computadora y sus secretos.

Al mediodía, mientras comía su arepa sola en el banco de atrás—Don Ramón había salido a hacer un recado—recibió un mensaje de Daniel: “¿Confirmado para mañana en la noche? Te espero.”

Julián había casi olvidado la reunión. La había mencionado a Valeria de pasada, y ella había puesto una objeción suave (“¿otra salida?”) pero finalmente había aceptado. Ahora, la perspectiva de pasar tiempo con Daniel—exitoso, seguro de sí mismo, todo lo que Julián no era—le generaba una mezcla de admiración y resentimiento.

“Confirmado”, respondió. “Gracias por la invitación.”

“Excelente. Trae ganas de conocer gente. Hay oportunidades interesantes.”

El resto de la tarde pasó lento. La lluvia había alejado a los clientes, y Julián se dedicó a organizar un depósito de herramientas viejas que nadie había tocado en años. Entre el polvo y las telarañas, encontró objetos curiosos: una llave inglesa oxidada que aún podía ser útil, un nivel de burbuja con el vidrio roto, y—enterrado en el fondo—un viejo candado con la inscripción “Amor Eterno” grabada en el metal.

El candado le recordó una historia que había leído en un foro la semana anterior: un hombre encontraba un candado similar en el garage de su casa, y descubría que su esposa lo usaba para asegurar un diario donde detallaba sus aventuras extramaritales. La historia era claramente ficticia—demasiado dramática, demasiado coincidente—pero le había mantenido despierto hasta altas horas de la madrugada, leyendo con una fascinación enfermiza.

“Julián.” La voz de Don Ramón lo sacó de sus pensamientos. “Ya puedes irte. Mañana no vengas hasta las diez, tengo que ir al médico.”

“De acuerdo, jefe.”

El viaje de regreso a casa fue particularmente miserable. La lluvia había aumentado, y el autobús estaba tan lleno que Julián tuvo que viaiar de pie, apretado contra desconocidos, respirando el aire viciado de ropa mojada y resignación. Por primera vez en semanas, no anticipaba con ansiedad llegar a casa. Algo había cambiado—su adicción secreta ya no le producía solo excitación, sino también una profunda vergüenza que comenzaba a filtrarse en sus interacciones diarias.

Cuando finalmente llegó, empapado a pesar del paraguas, encontró la casa vacía. Una nota de Valeria sobre la mesa: “Fui al centro. Regreso tarde. Hay comida en la nevera. Besos.”

Aliviado y al mismo tiempo decepcionado—una parte de él quería verla, otra parte temía que leyera sus pensamientos—Julián se cambió de ropa y calentó el sancocho que Valeria había dejado preparado. Comió solo, viendo la televisión sin realmente prestar atención, esperando que el tiempo pasara más rápido.

A las siete, todavía no había señales de Valeria. Preocupado, la llamó.

“¿Todo bien?” preguntó cuando ella contestó.

“Sí, sí. Es que conseguí unos hilos a muy buen precio, pero la cola era larguísima. Ya voy en el autobús.”

“Ten cuidado.”

“Claro. ¿Comiste?”

“Sí. Está rico.”

“Bueno, yo llego en como media hora. Dale un beso a Sofía.”

Colgó, y Julián se quedó mirando el teléfono. Sofía estaba en su cuarto, haciendo tarea. Podría pasar un rato con ella, preguntarle sobre su día, ser un padre presente. En vez de eso, sintió el llamado irresistible de su computadora.

Subió al pequeño estudio que compartían—un escritorio con la computadora, las manualidades de Valeria en estantes, los dibujos de Sofía pegados en las paredes. Encendió la máquina, y mientras cargaba, miró por la ventana. La lluvia había disminuido a un goteo constante, y el cielo comenzaba a oscurecer.

Primero revisó sus correos—nada importante—luego las cuentas de Valeria—un nuevo pedido pequeño de Colombia—y finalmente, cuando escuchó que Sofía bajaba las escaleras para buscar agua, abrió la carpeta oculta.

Había perfeccionado su sistema en las últimas semanas. Todo estaba en una carpeta dentro de otra carpeta, con nombres inocuos como “Facturas 2018” o “Manuales de instrucciones”. Dentro, un universo paralelo se desplegaba.

Esa noche comenzó con un video hentai que había descargado días antes. La animación era de alta calidad—demasiado alta, casi realista—y mostraba a una mujer casada siendo seducida por el mejor amigo de su esposo. La narrativa era elaborada: el esposo trabajaba demasiado, la mujer se sentía ignorada, el amigo la halagaba, la escuchaba, y finalmente la conquistaba. Lo que había comenzado como una simple fantasía para Julián se había convertido en algo más complejo: analizaba las motivaciones de los personajes, los diálogos, los pequeños detalles que hacían la infidelidad más creíble.

Mientras veía, con auriculares puestos para no alertar a Sofía, su mano descendió hacia su entrepierna casi por reflejo. Pero se detuvo. Algo era diferente esta noche. La excitación estaba allí, sí, pero mezclada con algo más oscuro: un reconocimiento de que estas fantasías ya no le bastaban. Quería más. Quería que fuera real.

“Papá.” La voz de Sofía en la puerta lo hizo saltar, cerrar ventanas frenéticamente.

“¿Sí, cielito?”

“¿Me ayudas con matemáticas? No entiendo los decimales.”

Julián respiró hondo, tratando de que su voz sonara normal. “Claro, voy en un minuto.”

Esperó a que Sofía bajara las escaleras, luego guardó todo, borró el historial—un ritual ya automático—y bajó. Ayudar a su hija con decimales fue un bálsamo de normalidad. Aquí no había infidelidades, no había corrupción, solo números y una niña que confiaba en él.

Cuando terminaron, Sofía lo abrazó. “Eres el mejor papá del mundo.”

La frase le atravesó como un cuchillo. “Tú eres la mejor hija del mundo”, respondió, pero las palabras le sabían a mentira.

Valeria llegó poco después de las ocho, cargada de bolsas y exhausta.

“El transporte está imposible”, dijo, dejando las bolsas en el suelo. “Pero mira lo que conseguí.” Sacó madejas de hilo de colores brillantes, cuentas que parecían de vidrio soplado, pequeños dijes de plata. “A mitad de precio, Julián. Imagina lo que puedo hacer con esto.”

“Es increíble”, dijo él genuinamente, aunque una parte de su mente ya estaba imaginando escenarios donde Valeria usaba estas mismas cuentas para adornarse para otro hombre.

Cenaron los tres juntos, y Valeria contó las peripecias de su día: el viaje en autobús lleno, la cola interminable, la amabilidad de una vendedora que le había guardado materiales cuando se dio cuenta de que era para un negocio familiar.

“La gente buena todavía existe”, dijo Valeria, y Julián sintió que la frase era un reproche indirecto hacia su secreto.

Después de acostar a Sofía, Valeria se sentó en el sofá junto a Julián con un suspiro de cansancio.

“Estoy agotada.”

“Descansa. Mañana será otro día.”

“¿Vas a esa reunión con Daniel?”

“Sí. No será tarde.”

Valeria asintió, cerrando los ojos. “Oye, ¿todo bien contigo? Te noto… distante.”

Julián sintió un pánico súbito. “¿Distante? No, estoy bien. Solo cansado, como tú.”

“Quizás deberíamos tomarnos unas vacaciones. Un fin de semana en la playa, aunque sea cerca.”

“Con qué dinero, mi amor.”

Valeria abrió los ojos y lo miró. “Siempre con el dinero. A veces pienso que ya ni soñamos.”

“Claro que soñamos”, dijo Julián, tomando su mano. Pero su mente agregó: “Yo sueño con cosas que nunca te atreverías a imaginar.”

Se acostaron temprano, y Valeria se durmió casi inmediatamente. Julián yació despierto durante horas, escuchando su respiración regular, sintiendo el calor de su cuerpo junto al suyo. Finalmente, cuando el reloj marcó la una de la mañana, se levantó con cuidado.

No encendió la computadora esta vez. En vez de eso, tomó su teléfono y se encerró en el baño. Allí, sentado en el borde de la tina, comenzó a leer una novela que había descargado días antes. No era pornografía explícita—al menos no al principio—sino una historia bien escrita sobre un matrimonio en crisis. La esposa, una mujer de mediana edad, comenzaba un affair con un hombre más juego que conocía en el gimnasio.

La narrativa era tan convincente, los personajes tan bien dibujados, que Julián se perdió en la historia. Leía sobre los encuentros furtivos, las mentiras cada vez más elaboradas, la mezcla de culpa y placer que sentía la protagonista. Y luego, cuando la historia se volvía más explícita, su excitación crecía proporcionalmente.

Pero algo nuevo sucedió esa noche. Mientras leía una escena particularmente gráfica donde la esposa describía las diferencias sexuales entre su esposo y su amante, Julián no imaginó a una mujer anónima. Imaginó a Valeria. Imaginó a Valeria no como la esposa fiel que conocía, sino como esta versión corrompida, hambrienta, que comparaba a su esposo con otro hombre y encontraba a Julián deficiente.

La fantasía fue tan poderosa que terminó rápidamente, con la mano sobre su boca para ahogar cualquier sonido. Después, mientras limpiaba el desorden, se miró en el espejo del baño y no reconoció al hombre que veía reflejado. Sus ojos tenían un brillo febril, su piel estaba pálida, y había algo en su expresión que le recordaba a los adictos que veía en las callas del centro—hombres que habían sacrificado su dignidad por su vicio.

“Tengo que parar”, susurró. “Esto se me está yendo de las manos.”

Pero incluso mientras decía las palabras, sabía que no lo haría. La adicción ya estaba arraigada, y como cualquier adicto, necesitaba dosis cada vez más fuertes para alcanzar el mismo efecto.

El día siguiente amaneció soleado, como si la lluvia intensa hubiera lavado temporalmente la contaminación y la desesperanza de Caracas. Julián despertó con dolor de cabeza—había dormido mal después de su sesión en el baño—y una resaca moral que era peor que cualquier resaca física.

Valeria ya estaba despierta, haciendo desayuno.

“Te oí anoche”, dijo sin mirarlo mientras freía huevos. “En el baño. ¿Estás bien?”

Julián sintió que el corazón se le detenía. “¿Cómo?”

“Me desperté para ir al baño y oí que estabas allí. Pensé que estabas enfermo.”

“Solo… dolor de estómago. Ya pasó.”

Valeria finalmente lo miró, y en sus ojos había una preocupación genuina que le partió el alma a Julián. “Deberías ver a un médico. Te noto pálido últimamente.”

“Es el trabajo. El estrés.”

“Quizás sí.” Ella sirvió los huevos en dos platos. “Oye, hoy tengo que terminar el pedido para Miami. ¿Podrías ir tú a buscar a Sofía al colegio?”

“Claro.”

“Gracias.” Valeria se acercó y le dio un beso en la frente. “Cuídate, ¿ok?”

El gesto de ternura fue tan inesperado, tan contrario a las fantasías corrompidas de Julián, que por un momento sintió que se rompería en llanto. En vez de eso, asintió y comenzó a comer, aunque la comida le sabía a ceniza.

En la ferretería, el día transcurrió sin incidentes mayores. Don Ramón estaba más tranquilo—su visita al médico había ido bien—y hasta bromeó con algunos clientes habituales. Julián trabajó en modo automático, su mente dividida entre el remordimiento por la noche anterior y la anticipación por la reunión con Daniel esa tarde.

Al salir, a las cuatro, recibió un mensaje de Valeria: “Olvidé decirte que Sofía tiene tutoría hasta las 5:30. Puedes pasar por ella a esa hora.”

Tenía tiempo. Decidió caminar hacia el colegio—era una distancia considerable, pero necesitaba aire, necesitaba pensar. O mejor, necesitaba no pensar.

El trayecto lo llevó por calles comerciales llenas de tiendas y puestos informales. En una esquina, un vendedor ambulante ofrecía herramientas de segunda mano. Por algún impulso, Julián se detuvo a mirar.

“¿Busca algo en especial?” preguntó el vendedor, un hombre mayor con una cicatriz en la mejilla.

“No, solo mirando.”

Sus ojos recorrieron las herramientas—destornilladores oxidados, martillos con mangos astillados, llaves de dudosa procedencia. Y entonces vio algo que lo hizo detenerse: un juego de llaves allen todavía en su empaque original, con una etiqueta de precio en dólares.

“¿Cuánto por estas?” preguntó.

“Diez dólares. Son nuevas, nunca usadas.”

Julián consideró su presupuesto—diez dólares era mucho—pero las necesitaba para un proyecto en casa que había pospuesto durante semanas. Además, Valeria había recibido el pago por adelantado de Miami…

“Las tomo”, dijo, sacando un billete de diez dólares que llevaba reservado para emergencias.

Mientras el vendedor le daba las llaves, una voz a su espalda dijo: “Buenas elección. Esas llaves allen alemanas son de las mejores.”

Julián se volvió. El hombre que había hablado era… impresionante. Alto—más de un metro ochenta—con una complexión atlética que se notaba incluso bajo la camisa casual que llevaba. Tenía la piel morena oscura, casi ébano, que contrastaba dramáticamente con su cabello rubio natural—no teñido, se notaba en las raíces—que llevaba cortado corto pero con estilo. Sus ojos eran de un azul intenso, casi eléctrico, y su rostro tenía esa combinación rara de rasgos masculinos fuertes—mandíbula cuadrada, pómulos altos—y una simetría perfecta que lo hacía parecer salido de una revista.

Pero lo más sorprendente no era su belleza física, sino la energía que emanaba: una combinación de confianza sin arrogancia, amabilidad genuina y una vitalidad que parecía irradiar de él.

“Gracias”, dijo Julián, recuperándose de su sorpresa. “Sí, necesitaba unas buenas.”

“Para proyectos en casa, ¿verdad?” El hombre sonrió, mostrando dientes perfectamente blancos. “Se nota en las manos. Tienes manos de quien trabaja.”

Julián miró sus propias manos, callosas y con cortes pequeños de su trabajo en la ferretería. “Algo así.”

“Yo soy Adrián”, dijo el hombre, extendiendo su mano. Su apretón fue firme pero no agresivo.

“Julián.”

“Un placer, Julián.” Adrián soltó su mano y señaló las herramientas. “Yo soy carpintero. Muebles personalizados. Por eso reconozco las buenas herramientas.”

“Carpintero. Interesante.”

“Sí, me va bien. La gente todavía valora el trabajo hecho a mano.” Adrián miró el reloj. “Oye, me estaba tomando un café en ese local de allí. ¿Te apetece uno? Me gusta conocer a gente que aprecia las buenas herramientas.”

La invitación fue tan natural, tan sincera, que Julián no supo cómo rechazarla. Además, Adrián era exactamente el tipo de persona que Julián habría imaginado en sus fantasías: atractivo, seguro, el tipo de hombre que podría seducir a cualquier mujer, incluyendo a Valeria.

“Un café rápido”, aceptó. “Tengo que recoger a mi hija pronto.”

“Perfecto.”

El café era un lugar pequeño pero limpio, con mesas de madera que, Julián notó, parecían hechas a mano. Cuando mencionó esto, Adrián sonrió.

“De hecho, estas mesas son mías. Las hice hace un año para el dueño. A cambio de café gratis por seis meses.”

“Son hermosas”, dijo Julián genuinamente. La madera tenía un acabado perfecto, los detalles eran precisos sin ser ostentosos.

“Gracias. Es mi pasión.” Adrián pidió dos cafés y se sentó. “¿Y tú? ¿En qué trabajas?”

“En una ferretería. Ayudante.”

“Pero sabes de herramientas, se nota.” Adrián tomó un sorbo de su café. “Eso es valioso. Mucha gente compra lo más barato sin importar la calidad.”

Hablaron de herramientas, de materiales, de proyectos. Adrián era increíblemente fácil de hablar—preguntaba, escuchaba, compartía anécdotas sin monopolizar la conversación. Julián se encontró relajándose, disfrutando de la charla de una manera que no había hecho en meses.

“¿Tienes familia?” preguntó Adrián en un momento dado.

“Sí, una esposa y una hija de ocho años.”

“Que bueno. La familia es lo más importante.” Adrián miró su propio anillo de casado—Julián no lo había notado antes. “Yo también estoy casado. Con mi high school sweetheart. Diez años ya.”

“Felicidades.”

“Gracias. No siempre es fácil, pero vale la pena.” Adrián hizo una pausa. “Oye, disculpa si es muy personal, pero… ¿todo bien en casa?”

La pregunta tomó a Julián por sorpresa. “¿Por qué?”

“Perdona, no quiero entrometerme. Es solo que… a veces reconozco las señales. El estrés en los ojos, la tensión. Yo pasé por una época difícil hace unos años, casi me cuesta mi matrimonio.”

Julián sintió una mezcla de vergüenza y curiosidad. “¿Qué pasó?”

“El trabajo. Me obsesioné con crecer el negocio, descuidé a mi esposa, a mis hijos… casi lo pierdo todo.” Adrián jugueteó con su taza. “Menos mal que reaccioné a tiempo. Ahora tengo una regla: nunca trabajo después de las seis, y los fines de semana son solo para la familia.”

“Eso es admirable.”

“No es admiración, es sentido común.” Adrián sonrió, y de nuevo Julián fue impactado por la genuina calidez de ese hombre. “El dinero viene y va, pero el tiempo con los que amas no regresa.”

La conversación continuó unos minutos más, hasta que Julián miró el reloj y se dio cuenta de que se hacía tarde.

“Tengo que irme. Mi hija…”

“Claro, no te detengos.” Adrián sacó una tarjeta de su bolsillo—simple, elegante, con solo su nombre, número y “Muebles Personalizados”. “Fue un placer conocerte, Julián. Si alguna vez necesitas algo, o solo quieres tomar otro café…”

“Gracias. Igualmente.”

Se despidieron con otro apretón de manos, y Julián salió del café sintiéndose extrañamente renovado. Adrián era… diferente. No era como Daniel, cuyo éxito parecía tener un precio oculto. No era como los hombres de sus fantasías, que eran caricaturas de seductores. Era genuino, auténtico, el tipo de persona que Julián aspiraba a ser.

Mientras caminaba hacia el colegio, su teléfono vibró. Un mensaje de Daniel confirmando la reunión de esa noche. Antes, el mensaje lo habría emocionado. Ahora, después de conocer a Adrián, le parecía… vacío. Falso.

Recogió a Sofía, quien venía cargada de dibujos y historias sobre su día. En el camino a casa, ella habló sin parar, y Julián la escuchó realmente, por primera vez en semanas. Notó detalles que antes habría pasado por alto: cómo se le había caído un diente delantero, cómo su mochila tenía una nueva calcomanía de un personaje de moda, cómo usaba palabras más complejas, señal de que estaba creciendo.

“Papá, ¿podemos ir al parque el sábado? Hace mucho que no vamos.”

“Claro que sí, princesa.”

“¿En serio?”

“En serio.”

En casa, Valeria estaba terminando de empaquetar las pulseras para Miami. El estudio parecía una explosión de color: hilos, cuentas, herramientas esparcidas por todas partes.

“¿Cómo te fue?” preguntó ella sin levantar la vista de su trabajo.

“Bien. Conocí a un carpintero interesante.”

“¿Ah sí?”

“Sí. Un tipo llamado Adrián. Muy amable.”

Valeria finalmente lo miró. “¿Adrián?”

“Sí. ¿Lo conoces?”

“No, no creo.” Ella volvió a su trabajo. “Solo que es un nombre poco común.”

Julián ayudó a Sofía con su tarea mientras Valeria terminaba. Después, mientras preparaba la cena—arroz, pollo guisado, ensalada—Valeria entró a la cocina.

“Oye, sobre la reunión de esta noche… ¿seguro que quieres ir? Pareces cansado.”

“Prometí que iría. Además, Daniel dice que hay oportunidades.”

Valeria asintió, pero su expresión era dubitativa. “Solo… ten cuidado, ¿ok? No confíes demasiado rápido.”

“Claro.”

Cenaron, acostaron a Sofía, y a las ocho Julián se preparó para salir. Se vistió con su mejor ropa—la misma camisa azul de su entrevista con Rafael—y se miró en el espejo. El hombre que veía no era Adrián, con su confianza radiante. Tampoco era Daniel, con su éxito evidente. Era solo Julián, un hombre de treinta y cinco años con más preguntas que respuestas, más deudas que activos, más secretos que verdades.

La casa de Daniel estaba en un sector más acomodado de Caracas, un apartamento en un edificio moderno con seguridad las 24 horas. Julián se sintió fuera de lugar desde que entró al lobby de mármol, con su aire acondicionado que funcionaba perfectamente y su silencio casi opresivo.

Daniel lo recibió en la puerta de su apartamento, con una sonrisa amplia y un apretón de manos efusivo. “¡Julián! Me alegra que hayas venido.”

“Gracias por la invitación.”

El apartamento era exactamente lo que Julián esperaba: moderno, minimalista, con muebles que parecían más esculturas que objetos funcionales. En la sala, tres hombres más esperaban, todos con el mismo aire de éxito que Daniel.

“Amigos, les presento a Julián. Un hombre de recursos, como decimos.” Daniel hizo las presentaciones: Miguel, constructor; Carlos, importador; Andrés, dueño de una cadena de ferreterías.

Julián saludó a cada uno, sintiendo cómo evaluaban su ropa, sus modales, su valor potencial. La reunión, que había imaginado como una charla entre colegas, resultó ser algo mucho más calculado.

“Julián está interesado en oportunidades”, dijo Daniel, sirviendo whisky caro en vasos de cristal pesado. “Y nosotros siempre estamos buscando talento, ¿verdad, muchachos?”

Los otros asintieron. Miguel, el constructor, fue el primero en hablar. “Daniel me dijo que tienes experiencia en mantenimiento. Estoy buscando a alguien para supervisar mis obras. El pago sería en dólares, por supuesto.”

“¿Supervisar?” preguntó Julián, sorprendido.

“Sí. Necesito ojos en el terreno, alguien que se asegure de que los materiales se usen correctamente, que los trabajadores no roben, que los plazos se cumplan.”

“Suena bien, pero… ¿por qué yo? No me conocen.”

Daniel sonrió. “Por eso estamos aquí. Para conocerte. Y yo tengo buen ojo para la gente, Julián. Te veo potencial.”

La conversación continuó por más de una hora. Hablaron de negocios, de la economía, de oportunidades. Pero entre líneas, Julián detectaba algo más: insinuaciones sobre “canales no tradicionales”, “favores” que requerían “discreción”, “asociaciones” que no siempre aparecían en los contratos.

Carlos, el importador, fue el más directo: “En este país, Julián, las reglas son flexibles para quienes saben jugar el juego. Lo importante es tener los contactos correctos.”

Julián asintió, pero su mente estaba en otra parte. Recordaba las palabras de Adrián: “El dinero viene y va, pero el tiempo con los que amas no regresa.” Estos hombres hablaban solo de dinero, de éxito, de escalar. Nadie mencionó familias, valores, lo que realmente importaba.

Al final de la noche, Daniel lo acompañó a la puerta. “Piensa en lo que hablamto, Julián. Miguel está realmente interesado. Podrías empezar la próxima semana.”

“Gracias. Lo pensaré.”

“Excelente.” Daniel le dio otro apretón de manos. “Ah, y una cosa más… estas oportunidades requieren lealtad. Una vez que estás dentro, estás dentro. ¿Entiendes?”

Julián entendía perfectamente. “Sí.”

“Bueno, entonces hablamos.”

En el taxi de regreso a casa, Julián miró por la ventana la Caracas nocturna, una ciudad de contrastes donde la opulencia y la miseria coexistían en calles paralelas. Tenía una oferta concreta frente a él: más dinero del que había ganado en su vida, una oportunidad de salir del agujero financiero en el que estaban. Pero el precio… el precio era su integridad, su tiempo, posiblemente su seguridad.

Cuando llegó a casa, ya era tarde. Valeria estaba dormida en el sofá, la televisión encendida con el volumen bajo. La observó por un momento, su rostro relajado en sueños, y sintió un amor tan abrumador que le faltó el aire.

La despertó suavemente. “Vamos a la cama, mi amor.”

“¿Cómo te fue?” murmuró ella, medio dormida.

“Interesante. Te cuento mañana.”

La ayudó a subir las escaleras, y juntos se acostaron. Valeria se durmió casi inmediatamente, pero Julián permaneció despierto, mirando al techo.

Su teléfono vibró en la mesita de noche. Un mensaje de un número desconocido: “Hola Julián, soy Adrián. Espero no molestarte tan tarde. Solo quería decir que fue un gusto conocerte hoy. Si algún día quieres ver mi taller, estás invitado. Buenas noches.”

El mensaje era tan simple, tan sincero, que contrastaba dramáticamente con la calculada amabilidad de Daniel y sus socios. Julián sonrió en la oscuridad. Quizás no todas las conexiones tenían que ser transaccionales. Quizás aún podía tener amistades genuinas.

Respondió: “Gracias, Adrián. Igualmente. Me encantaría ver tu taller algún día. Buenas noches.”

Apagó el teléfono y finalmente cerró los ojos. Esa noche, por primera vez en semanas, no sintió el impulso de buscar sus fantasías oscuras. En vez de eso, soñó con un taller lleno de luz, con el olor a madera recién cortada, con charlas honestas sobre la vida y el amor.

Pero el descanso sería breve. Porque mientras Julián dormía, Valeria se despertó con sed. Bajó a la cocina, bebió un vaso de agua, y al subir de nuevo, notó que la luz del estudio estaba encendida.

“Se habrá olvidado Julián”, pensó, y entró a apagarla.

La computadora estaba en modo de suspensión, pero al mover el mouse para apagarla correctamente, la pantalla se encendió. Y allí, en el escritorio, abierta pero minimizada, estaba una ventana del navegador.

Valeria no era una persona que revisara las cosas de su esposo. Confiaba en él, siempre había confiado. Pero algo—quizás la intuición femenina, quizás las señales sutiles que había notado en Julián últimamente—la hizo hacer clic.

La ventana se maximizó. Y lo que vio la dejó paralizada.

Era un foro. Un foro con un título explícito sobre infidelidad conyugal. Y el usuario conectado tenía el nombre de usuario “JulianVzla”. Y debajo, una lista de temas recientes que había visitado:

“Mi esposa y mi mejor amigo – CONFESIÓN”

“¿Cómo saber si tu mujer te es infiel?”

“Fantasías de compartir a mi esposa”

“Relatos eróticos de madres infieles”

Valeria sintió que el mundo se detenía. Sus manos comenzaron a temblar. Con movimientos torpes, abrió el historial del navegador. Lo que vio fue un descenso a los infiernos.

Página tras página de pornografía explícita centrada en infidelidad. Novelas eróticas descargadas con títulos como “La Esposa Préstamo” y “Madre por la Noche”. Juegos hentai con imágenes de mujeres casadas seduciendo a hombres más jóvenes. Mangas, cómics, manwhas—todos con la misma temática recurrente: traición conyugal.

Pero lo peor no era la existencia de este material. Lo peor eran las búsquedas específicas:

“esposas venezolanas infieles”

“madres casadas buscando amantes”

“cómo seducir a una mujer casada”

Y luego, las más perturbadoras:

“mi esposa Valeria”

“Valeria infiel”

“fantasías con Valeria y otros hombres”

Valeria retrocedió como si la pantalla le hubiera quemado. Su respiración se aceleró, se hizo superficial. El cuarto comenzó a girar. Se apoyó contra el escritorio, tratando de no caer.

No. No podía ser. Esto no podía ser su Julián. El hombre que había amado por doce años, el padre de su hija, el hombre que decía amarla cada día…

Pero allí estaba la evidencia, innegable, explícita.

Con manos temblorosas, abrió la carpeta de descargas. Archivo tras archivo, organizados meticulosamente por categorías. “Esposas”, “Madres”, “Suegras”… y luego una carpeta marcada simplemente “V”.

Valeria hizo clic. Contenía imágenes—no fotos reales, sino imágenes de internet—de mujeres que se parecían vagamente a ella. Mujeres morenas, de pelo negro, de figura similar. Y en muchas de las imágenes, estas mujeres estaban con hombres que no eran sus esposos.

Pero lo que la hizo vomitar—literalmente, tuvo que correr al baño y devolver el agua que había bebido—fue encontrar un documento de Word. Un relato escrito por Julián.

Era una historia ficticia, claramente, pero los personajes tenían nombres familiares: “Julio” y “Valeria”. Y en la historia, Valeria tenía un affair con un vecino. Los detalles eran gráficos, obscenos, pero lo más perturbador era que la historia estaba escrita desde la perspectiva de Julio, quien espiaba la infidelidad de su esposa y… disfrutaba de ello.

Valeria regresó al estudio, pálida como un fantasma. Abrió más carpetas, más archivos. Encontró juegos que Julián había descargado—juegos donde el objetivo era seducir a mujeres casadas. Encontró conversaciones en foros donde Julián, bajo su seudónimo, preguntaba sobre cómo introducir fantasías de infidelidad en su matrimonio.

Cada descubrimiento era una puñalada. Cada archivo, una traición.

Finalmente, cuando ya no pudo soportar más, cerró todo. Borró el historial de lo que ella había visto—una ironía amarga—y apagó la computadora. Luego se sentó en la silla del escritorio, mirando la pantalla negra que reflejaba su rostro desencajado.

¿Cuánto tiempo? ¿Cuánto tiempo llevaba Julián consumiendo esta… esta basura? ¿Y por qué? ¿Qué había hecho ella para merecer esto? ¿En qué había fallado como esposa?

Las preguntas se acumulaban, pero las respuestas no llegaban. Solo llegaba el dolor, un dolor tan profundo y agudo que pensó que se desmayaría.

Escuchó pasos en las escaleras. Julián bajaba, probablemente notando que ella no estaba en la cama.

“¿Valeria?” Su voz venía del pasillo.

Ella no respondió. No podía. Su garganta estaba cerrada, su cuerpo entumecido por el shock.

Julián apareció en la puerta del estudio. “¿Qué haces despierta? ¿Todo bien?”

Valeria se volvió lentamente para mirarlo. En sus ojos, Julián vio algo que nunca antes había visto: un horror absoluto, una desilusión tan profunda que parecía haber cambiado la esencia misma de su esposa.

“Valeria, ¿qué pasa? ¿Estás enferma?”

Ella abrió la boca, pero solo salió un sonido entrecortado, un cruce entre un sollozo y un grito ahogado.

Julián se acercó, alarmado. “Mi amor, ¿qué…?”

“NO ME TOQUES.”

El grito fue desgarrador, salido de lo más profundo de su alma. Julián retrocedió como si lo hubieran golpeado.

“Valeria, por favor, dime qué…”

“Lo sé”, susurró ella, y su voz era ahora fría, muerta. “Lo sé todo.”

Julián palideció. “¿Qué… qué sabes?”

“Tus secretos. Tus… tus fantasías.” La palabra salió cargada de veneno. “Tu pornografía. Tus historias. Tus juegos.”

El mundo de Julián se desmoronó en ese instante. Sintió que el suelo se abría bajo sus pies, que el aire se volvía irrespirable.

“No… Valeria, yo…”

“¿Qué, Julián? ¿Qué puedes decir?” Ella se levantó, y aunque era más baja que él, en ese momento parecía dominar la habitación con su dolor convertido en ira. “¿Que no es cierto? ¿Que no pasas horas mirando cómo mujeres como yo traicionan a sus esposos? ¿Que no escribes historias sobre mí acostándome con otros hombres?”

“Es… no es lo que piensas”, balbuceó Julián, pero las palabras sonaban huecas, falsas incluso para sus propios oídos.

“¿NO? ¿ENTONCES QUÉ ES, JULIÁN?” Ahora sí gritaba, y Julián temió que despertara a Sofía. “¡DIME QUÉ ES SI NO ES LA PEOR TRAICIÓN QUE PODRÍAS HABERME HECHO!”

Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas, pero su expresión seguía siendo de una furia glacial.

“¿En qué momento, Julián? ¿En qué momento dejé de ser suficiente para ti? ¿En qué momento nuestro amor, nuestra vida juntos, se volvió tan aburrida que necesitaste esto?” Señaló la computadora con un gesto brusco.

“No es eso, Valeria, te lo juro…”

“¿QUÉ JURAS? ¿JURAS QUE NO MASTURBAS PENSANDO EN MÍ CON OTROS HOMBRES? ¿JURAS QUE NO DESCARGAS IMÁGENES DE MUJERES QUE SE PARECEN A MÍ SIENDO… SIENDO VIOLADAS POR EXTRAÑOS?”

La palabra “violadas” resonó en la habitación como un disparo. Porque en la carpeta “V”, Valeria había visto eso también: imágenes más extremas, más violentas, donde el consentimiento era ambiguo o inexistente.

“Eso no… yo no…” Julián trataba de explicar, de defenderse, pero ¿cómo? ¿Cómo explicar algo que ni él mismo entendía?

Valeria se derrumbó. Cayó de rodillas, y los sollozos la sacudieron con tal violencia que Julián temió por su salud.

“¿Por qué, Julián? ¿Por qué?” repetía entre lágrimas. “¿Qué te hice? ¿En qué fallé?”

“No fallaste, Valeria. Nunca fallaste.” Julián se acercó, pero ella levantó una mano para detenerlo.

“NO. No te acerques. No puedo… no puedo soportar que me toques ahora. Me das asco.”

La frase fue el golpe final. Julián sintió que algo se rompía dentro de él, algo fundamental, irreparable.

“Lo siento”, murmuró, y eran las palabras más insuficientes que había pronunciado en su vida. “Lo siento mucho.”

“¿Lo sientes? ¿LO SIENTES?” Valeria se levantó de nuevo, con dificultad. “¿Sabes lo que vi, Julián? Vi una historia que escribiste. Sobre nosotros. Sobre mí. Y en esa historia, tú… disfrutabas. Disfrutabas viéndome con otro hombre. ¿ES ESO LO QUE QUIERES? ¿QUERES VERME CON OTRO HOMBRE?”

Julián no respondió. No podía. Porque en lo más profundo de su ser, en la parte más oscura y corrupta de su alma, la respuesta era sí. Sí, lo quería. Y ese reconocimiento lo hundió en un abismo de vergüenza del que supo que nunca saldría.

Valeria leyó la respuesta en su silencio. Su rostro se transformó, de la furia a algo peor: a una comprensión horrorizada.

“Dios mío”, susurró. “Es verdad. Lo quieres.”

“Valeria, por favor…”

“NO. No más.” Ella secó sus lágrimas con un gesto brusco. “No quiero escuchar tus excusas. No quiero tus explicaciones. Sal.”

“¿Qué?”

“Sal de esta casa. Ahora.”

“Valeria, no puedes…”

“¡SAL!” El grito fue tan desesperado, tan lleno de dolor, que Julián supo que no había opción.

“Así… así no podemos resolver esto”, intentó.

“¿RESOLVER? ¿QUÉ HAY QUE RESOLVER, JULIÁN? ¿CÓMO SE RESUELVE QUE MI ESPOSO FANTASEE CON QUE ME COJA OTRO HOMBRE?”

La crudeza de sus palabras los dejó a ambos sin aire. Valeria respiró profundamente, tratando de controlarse.

“Vete, Julián. Por favor. Necesito… necesito estar sola. Necesito pensar.”

“¿Y Sofía?”

“¡NO MENCIONES A SOFÍA!” Valeria casi gritó de nuevo, pero se contuvo, bajando la voz a un susurro roto. “No la invoques en esto. Por favor. Solo vete.”

Julián miró a su esposa—la mujer que había amado por doce años, la madre de su hija, su compañera en todo—y vio que ya no lo veía como a su esposo. Lo veía como a un extraño, como a alguien peligroso, corrupto.

Asintió lentamente. “¿Adónde voy a ir?”

“No sé. A casa de Luis. A un hotel. No me importa. Solo sal.”

Julián dio media vuelta y subió las escaleras con movimientos automáticos. Empacó una mochila con lo esencial—ropa, artículos de aseo, su teléfono y cargador. Al pasar por la habitación de Sofía, se detuvo y abrió la puerta con cuidado.

Su hija dormía profundamente, su oso sin oreja abrazado contra su pecho. Julián sintió que las lágrimas finalmente llegaban, calientes y vergonzosas. ¿Qué había hecho? ¿En qué se había convertido?

Bajó las escaleras. Valeria seguía en el estudio, de pie frente a la ventana, mirando la noche.

“Valeria”, dijo suavemente.

Ella no se volvió.

“Te amo. A pesar de todo… te amo.”

Ella no respondió. Solo continuó mirando por la ventana, su silueta recortada contra el vidrio como la estatua de una pena inmensa.

Julián salió. La puerta se cerró detrás de él con un click final que sonó como el cierre de un ataúd. Afuera, la noche estaba fresca después de la lluvia. No tenía adónde ir. Caminó sin dirección, la mochila pesando en su espalda no por su contenido físico, sino por el peso de lo que acababa de perder.

Mientras caminaba por las calles desiertas de Las Acacias, su teléfono vibró. Lo miró, esperando—¿qué? ¿Un mensaje de Valeria pidiéndole que regresara? ¿Una oportunidad de explicarse?

Pero no era Valeria. Era una notificación del sistema que había estado dormido en lo más profundo de su psique, alimentándose de sus fantasías, de su corrupción, de su deseo oscuro. Y ahora, con su matrimonio hecho añicos, con su vida en ruinas, el sistema finalmente se activaba.

Una interfaz transparente apareció ante sus ojos, superpuesta a la realidad:

[SISTEMA DE CORNUDISMO ACTIVADO]

[ANFITRIÓN: JULIÁN MÁRQUEZ]

[ESTADO: MATRIMONIO EN CRISIS – NIVEL 1 DESBLOQUEADO]

[OBJETIVO PRINCIPAL: ENTREGAR A TU ESPOSA VALERIA A LOS PLACERES CARNALES CON OTROS HOMBRES]

[RECOMPENSAS: PUNTOS DE CORNUDISMO, MEJORAS FÍSICAS Y PSÍQUICAS, DINERO, OBJETOS ESPECIALES]

[¿ACEPTAS EL CONTRATO?]

[SÍ] [NO]

Julián se detuvo en medio de la calle vacía, mirando la interfaz que flotaba en el aire. No era una alucinación—era demasiado definida, demasiado real. Podía ver los detalles, el texto brillante, los botones que parecían pulsar con una luz interna.

Su primer impulso fue rechazarlo. Esto era una locura, una fantasía llevada al extremo. Pero entonces recordó la expresión de Valeria—el asco, el horror—y supo que lo había perdido todo. Su matrimonio estaba terminado, su vida familiar destruida. No tenía nada que perder.

Y en lo más profundo de su ser, en ese lugar oscuro que había estado alimentando durante semanas, una vocecita susurró: “Acepta. Esto es lo que siempre quisiste. Esto es tu destino.”

Con una mano temblorosa, Julián alcanzó y tocó el botón [SÍ].

La interfaz brilló intensamente, y una oleada de energía recorrió su cuerpo—una mezcla de placer y dolor, de corrupción y poder. Cuando la luz se desvaneció, la interfaz mostraba nuevos elementos:

[CONTRATO ACEPTADO]

[BIENVENIDO, ANFITRIÓN]

[PUNTOS DE CORNUDISMO INICIALES: 100]

[OBJETIVO INMEDIATO: RECONCILIACIÓN APARENTE CON VALERIA]

[RECOMPENSA: 500 PUNTOS DE CORNUDISMO + $1000]

Julián miró sus propias manos. Sentía diferente. Más fuerte, más seguro. Y en su bolsillo, sintió el peso nuevo de billetes que no estaban allí antes.

El sistema era real. Y él había aceptado el contrato.

Mientras caminaba hacia la casa de Luis—el único lugar donde podía ir—Julián no sintió remordimiento por lo que acababa de hacer. En vez de eso, sintió una excitación enfermiza, una anticipación perversa. El camino estaba trazado ahora. Solo tenía que seguirlo.

Pero en algún lugar de su alma, aún no completamente corrompida, un último fragmento de decencia lloraba por lo que había sido, por lo que había perdido, y por el monstruo en el que se estaba convirtiendo.

Les dejo mi Patreon. Les recomiendo leer mis otras historias, en las cuales sí hice la mayor parte del trabajo yo, solo con consejos de IA y algunas cositas más.

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Ustedes lean mis fanfics y, bueno, espero que me apoyen económicamente. Sinceramente, la que más les recomiendo es “Madre en DC”. Esa es la que planeo que sea mi mejor obra.

Gracias por leer y por dedicar su valioso tiempo a estas cosas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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