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Mis Historias Originales, Trabajadas con IA - Capítulo 2

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Capítulo 2: Capítulo 2: El Aceite de la Sumisión

La segunda luna del ciclo imperial se alzaba sobre las Montañas Susurrantes, su luz plateada filtrándose a través de las celosías de madera de peral hacia los aposentos privados de la emperatriz. Dentro, el silencio era más espeso que la noche anterior, cargado ahora con el peso de la memoria y la anticipación.

Li Wei no había dormido.

Yacía en su lecho imperial, un vasto océano de sedas y almohadas de brocado, sintiendo cada hilo de la tela como si fuera una aguja contra su piel sensible. Su cuerpo, entrenado durante años para la contención y el equilibrio espiritual, había traicionado cada principio del cultivo. El qi que normalmente fluía por sus meridianos con la suavidad de un río sereno ahora era un torrente caótico, centrado en tres puntos de ignición: sus labios, sus pechos y ese lugar íntimo y húmedo entre sus piernas que palpitaba con un ritmo propio.

Se llevó los dedos a los labios otra vez. Aún podía sentir la presión de los de Herna, el sabor de su lengua, la manera dominante en que había invadido su boca. Un escalofrío recorrió su columna vertebral, pero no de frío. De calor. Un calor vergonzoso, prohibido, que hacía que se retorciera entre las sábanas.

“Tu cuerpo está hecho para ser poseído, Li Wei.”

Las palabras resonaban en su mente, una grabación lasciva que se repetía en bucle. ¿Cómo había permitido que llegara tan lejos? ¿Cómo había permitido que un sirviente, un hombre sin linaje espiritual notable, la tocara de esa manera? Las respuestas llegaron inmediatamente, en forma de recuerdos: la soledad de su lecho compartido solo en nombre, el desdén académico de su esposo, los años de ser admirada como una joya pero nunca deseada como una mujer.

Y luego estaba Herna. Su presencia física abrumadora. Sus manos grandes y oscuras. Esa confianza brutal que no pedía permiso, sino que tomaba. Que la hacía sentir… viva. Deseada. Poseída.

Se levantó de la cama, sus pies descalzos posándose sobre los fríos azulejos de jade. Se acercó al espejo de bronce, el mismo de la noche anterior. Esta vez, no vio solo a la emperatriz. Vio a una mujer con los labios ligeramente hinchados, los ojos con oscuras sombras por la falta de sueño pero brillantes con una luz que no reconocía. Se miró los pechos a través de la fina seda de su camisón de dormir. Se tocó uno, imitando el movimiento circular del pulgar de Herna. Un gemido escapó de sus labios.

“Pero sé que podrían ser más. Más llenos. Más pesados…”

¿Era posible? ¿Podía un hombre, con solo sus manos y su… su semilla, alterar el cuerpo de una cultivadora del Reino de la Fusión Media? Era una herejía contra todas las leyes del cultivo, que enseñaban que el cuerpo espiritual se perfeccionaba a través de la meditación y la absorción de qi, no a través de… de caricias lascivas. Y sin embargo, la idea no la repelía. La excitaba. La hacía imaginar sus pechos, más grandes, más sensibles, pesando en sus manos… en las manos de él.

Un golpe discreto en la puerta la hizo sobresaltarse.

—Majestad —dijo la voz de una sirvienta desde el otro lado—. Es hora de prepararse para la audiencia matinal. Los ministros del Tesoro y de Guerra esperan.

Li Wei cerró los ojos, intentando recuperar la máscara de la emperatriz. Tomó una respiración profunda, intentando canalizar el qi caótico de regreso a su dantian. Solo logró un éxito parcial.

—Que entren las doncellas —ordenó, su voz recuperando algo de su firmeza habitual.

Mientras tanto, en los cuarteles de los asistentes de confianza, Herna se preparaba para el día.

Estaba de pie frente a un espejo más pequeño y funcional, afeitándose la cabeza con una navaja precisa. Los músculos de sus brazos y hombros se tensaban y relajaban con cada movimiento. Su cuerpo era un mapa de cicatrices antiguas —recuerdos de una vida antes del palacio, de batallas no espirituales sino físicas, brutales— que contrastaban con la piel ébana pulida.

Su mente, sin embargo, no estaba en el presente, sino en el futuro inmediato. En ella.

La noche anterior había sido un éxito más allá de sus expectativas. La emperatriz no solo había cedido, sino que había respondido. Aquel gemido tembloroso, aquel arqueo de espalda, aquella boca inexperta pero ansiosa bajo la suya… Todo indicaba que el terreno era más fértil de lo que había imaginado. Los años de abandono habían creado una hambruna en ella, y él tenía el banquete perfecto.

Terminó de afeitarse y se lavó la cabeza, el agua fría cayendo sobre el cuero cabelludo liso. Luego se vistió con su habitual túnica negra de lino, pero hoy eligió una de manga más corta, que dejaba al descubierto sus poderosos antebrazos, venosos y marcados. Un detalle pequeño, pero significativo. Quería que ella viera más de él. Que se acostumbrara a la vista de su cuerpo.

En un cofre junto a su cama, guardaba varios frascos de aceites y ungüentos. No eran espirituales, sino mundanos, hechos con hierbas raras que había adquirido a través de sus contactos en los mercados negros del imperio. Seleccionó uno: un aceite de color ámbar oscuro, espeso, con un aroma a sándalo, canela y algo más… animal, terroso. Lo había preparado él mismo, añadiendo ciertos ingredientes que promovían la sensibilidad cutánea y la absorción de… fluidos corporales.

Sonrió. Hoy no sería solo un masaje. Hoy sería una lección. Una iniciación.

Guardó el frasco en un pliegue de su túnica y salió de su habitación.

La Sala del Trono Auxiliar, donde la emperatriz atendía asuntos de estado en ausencia del emperador, estaba llena de la pompa y la ceremonia habituales. Ministros con túnicas de seda bordadas según su rango se inclinaban ante el estrado elevado donde Li Wei estaba sentada, su rostro una máscara perfecta de serenidad imperial.

Herna se encontraba en su posición habitual: de pie, a la derecha y ligeramente detrás del trono, lo suficientemente cerca para escuchar cada palabra, lo suficientemente discreto para parecer parte del mobiliario. Pero hoy, su presencia se sentía diferente. Para Li Wei, al menos.

Cada vez que movía la cabeza, podía verlo con el rabillo del ojo. Esos antebrazos desnudos, oscuros como la noche sin estrellas, cruzados sobre su pecho. La manera en que la túnica se tensaba sobre sus hombros. Y recordaba cómo esos hombros se habían inclinado sobre ella, cómo esos antebrazos habían sostenido su peso.

—Majestad —decía el ministro de Guerra, un hombre grueso con bigote gris y ojos como pasas—. Las incursiones de los bárbaros del Desierto Escamoso han aumentado en un treinta por ciento este ciclo. Nuestras guarniciones en la Fortaleza del Colmillo de Jade piden refuerzos.

Li Wei intentó concentrarse. El asunto era grave. Los bárbaros del desierto, aunque no cultivadores, eran guerreros feroces que montaban enormes lagartos escamosos y atacaban las caravanas que transportaban cristales de qi.

—¿Cuántos hombres se necesitan? —preguntó, su voz clara y fría.

—Al menos cinco cohortes de la Guardia del Dragón, Majestad. Y tal vez… un cultivador de alto rango para liderarlos.

Eso era problemático. Los cultivadores de alto rango no se desperdiciaban en escaramuzas fronterizas. Estaban ocupados meditando, buscando la iluminación, o protegiendo lugares de poder.

—El maestro Fen, del Reino de la Fusión Alta, está disponible —sugirió el ministro de los Cultivadores, un hombre delgado con largos dedos que siempre parecían estar contando cuentas de jade invisibles.

Li Wei iba a responder cuando sintió una presencia a su lado. No había oído acercarse a Herna, pero ahora estaba allí, inclinándose para susurrarle al oído. Su aliento, caliente, rozó su lóbulo.

—Majestad, el maestro Fen es leal al príncipe Kang, su cuñado —murmuró, su voz tan baja que solo ella podía oírlo—. Enviarlo al frente podría ser… una forma elegante de alejar a un rival potencial.

Li Wei contuvo la respiración. No solo por la información —que era valiosa—, sino por la proximidad. Por el calor de su cuerpo a solo centímetros. Por el modo en que sus labios casi tocaban su oreja.

—Gracias, asistente —dijo, apartándose levemente. Luego, alzando la voz: —El maestro Fen será asignado a la Fortaleza del Colmillo de Jade por tres ciclos lunares. Que se prepare para partir en dos días.

La decisión fue recibida con asentimientos. El ministro de los Cultivadores pareció molesto, pero inclinó la cabeza.

Mientras la audiencia continuaba, Herna no regresó a su posición. Permaneció a su lado, tan cerca que su brazo casi rozaba el suyo. En un momento, cuando Li Wei extendió la mano para tomar una taza de té, la mano de Herna se adelantó para ajustar la bandeja. Sus dedos se rozaron. Un contacto breve, eléctrico, que hizo que Li Wei casi derramara el té.

—Disculpe, Majestad —dijo Herna, su tono formal, pero sus ojos ámbar brillaban con complicidad.

Los ministros intercambiaron miradas. El asistente estaba siendo… más atento de lo habitual. Algunos fruncieron el ceño. Otros, los más astutos, sonrieron interiormente. El palacio era un nido de víboras, y cualquier cambio en la dinámica de poder era observado.

Finalmente, después de tres horas, la audiencia terminó. Los ministros se retiraron, dejando a Li Wei sola en el gran salón, con solo Herna y unos guardias en la entrada.

Ella se levantó, sintiendo la tensión en los hombros, la misma tensión que él había masajeado la noche anterior. Pero ahora era peor, porque cada músculo recordaba sus manos.

—Herna —dijo, sin mirarlo—. En mis aposentos. Tengo que revisar los decretos antes de sellarlos.

—Como ordene Su Majestad.

Caminaron en silencio por los largos corredores, los pasos de Herna silenciosos como los de un gran felino, los de Li Wei ligeros pero tensos. Los guardias en cada puesto los saludaban con una inclinación de cabeza, pero Li Wei sentía sus miradas en la espalda. ¿Sabrían? ¿Sospecharían?

Al llegar a sus aposentos, despidió a las doncellas con la excusa de necesitar concentración. Cuando la puerta se cerró, quedaron solos otra vez.

La habitación estaba bañada por la luz del mediodía, que entraba por las ventanas abiertas al jardín privado. El aroma de las flores de ciruelo y jazmín flotaba en el aire, mezclándose con el incienso.

Li Wei se acercó a su escritorio, cubierto de pergaminos, pero no hizo ademán de sentarse. Se quedó de pie, mirando por la ventana, sintiendo la presencia de Herna a sus espaldas. Grande. Oscura. Inevitable.

—El ministro de los Cultivadores no estaba contento con tu sugerencia —dijo finalmente, rompiendo el silencio.

—El ministro de los Cultivadores es un cobarde que juega a la política mientras otros defienden el imperio —respondió Herna, su voz ahora libre de la formalidad de la corte—. El maestro Fen es ambicioso. Enviarlo al desierto lo mantendrá ocupado y lejos de tus… de los asuntos del palacio.

Ella notó la corrección. “Tus asuntos”. No “los asuntos imperiales”. Otro pequeño acto de posesión.

—¿Y si muere en batalla? —preguntó, volviéndose para mirarlo.

Herna estaba más cerca de lo que esperaba. A solo dos pasos de distancia. Su altura hacía que tuviera que alzar la vista para mirarlo a los ojos.

—Entonces el palacio estará más seguro —dijo él, sencillamente—. Y tú también.

“Tú”. No “Su Majestad”. Li Wei sintió un escalofrío. No de miedo, sino de algo más complejo.

—Hablas como si el palacio fuera un campo de batalla —murmuró.

—Lo es —asintió él, dando un paso más cerca—. Solo que las armas aquí son susurros, venenos, y la ambición disfrazada de lealtad. Y tú… has estado luchando sola durante demasiado tiempo.

Su voz era suave ahora, casi tierna. Una contradicción con su apariencia feroz.

—No estoy sola —protestó débilmente—. Tengo guardias, ministros…

—Guardias que protegen tu cuerpo, no tu espíritu. Ministros que buscan su propio beneficio. Un esposo que medita mientras tu lecho se enfría. —Otro paso. Ahora estaba lo suficientemente cerca como para tocarla—. ¿Cuánto tiempo hace que nadie te pregunta qué necesitas tú, Li Wei? No la emperatriz. La mujer.

Ella no pudo responder. Las palabras la habían desarmado, porque eran ciertas. Absolutamente ciertas.

Herna alzó la mano, lentamente, dandole tiempo para retroceder. Ella no lo hizo. Sus dedos, aquellos dedos largos y oscuros, se posaron en su mejilla, acariciando la línea de su mandíbula con el dorso de los nudillos.

—Anoche —susurró él—, no podía dejar de pensar en ti. En cómo gemiste cuando te toqué. En cómo tu cuerpo respondió al mío. En lo húmeda que estabas… lo sentí a través de la seda.

Li Wei jadeó. Su lenguaje era tan crudo, tan obsceno, que debería haberla indignado. En cambio, el calor entre sus piernas se intensificó, una humedad traidora que empapaba su ropa interior.

—No deberías decir esas cosas —protestó, pero su voz era un suspiro.

—Porque no son verdad? —preguntó, deslizando el pulgar sobre su labio inferior—. O porque lo son, y temes lo que significa?

Bajó la cabeza, acercando su rostro al de ella. Sus labios estaban a centímetros de distancia.

—He preparado algo para ti —murmuró—. Un aceite especial. Para el masaje de hoy. Promete aliviar la tensión… y realzar la sensibilidad. Para que sientas cada caricia con una intensidad que no has conocido.

Li Wei tembló. Sabía lo que esto significaba. Un paso más allá. Menos ropa. Más contacto. Y ese aceite… ¿qué haría?

—Herna, yo…

—Shhh —interrumpió él, sellando su protesta con un beso.

No fue el beso dominante de la noche anterior. Este era suave, persuasivo. Sus labios se movieron sobre los de ella con una lentitud exquisita, saboreándola, invitándola. Sus manos se posaron en sus caderas, tirando de ella suavemente hacia su cuerpo. Li Wei sintió la dura protuberancia de su erección contra su vientre, y un gemido le brotó del pecho hacia su boca.

Herna aprovechó para profundizar el beso. Su lengua se deslizó entre sus labios, encontrando la suya. Esta vez, Li Wei no estuvo pasiva. Sus propias manos se alzaron, aferrándose a sus poderosos bíceps, sintiendo el hierro vivo de sus músculos bajo la tela. Su lengua se movió contra la de él, torpemente al principio, luego con más confianza, aprendiendo el ritmo que él establecía.

Besaron durante largos minutos, un intercambio húmedo y lascivo que dejó a Li Wei sin aliento y con las rodillas débiles. Cuando Herna finalmente separó sus labios, ambos respiraban con dificultad.

—Hoy —dijo él, su voz ronca por el deseo—, quiero verte. No a la emperatriz tras la seda. A la mujer. ¿Me permitirás?

Li Wei miró sus ojos ámbar, viendo en ellos el fuego del deseo, pero también algo más… algo que parecía genuina adoración. Asintió, incapaz de hablar.

Herna sonrió, una expresión lenta y satisfecha. Luego la tomó de la mano y la guió, no hacia el diván de la sala de recepción, sino hacia el dormitorio privado. Hacia el lecho imperial.

El dormitorio era aún más íntimo que la sala de recepción. El aire olía a ella, a su perfume personal de orquídea y nieve. El gran lecho, con sus cuatro columnas talladas con dragones y fénix, dominaba la habitación.

—Quítate el manto exterior —ordenó Herna, su tono suave pero innegablemente una orden.

Con manos temblorosas, Li Wei desató el cinturón de jade de su túnica de audiencia y dejó que la pesada seda brocada se deslizara al suelo, formando un charco de color zafiro a sus pies. Quedó en una prenda interior de seda más ligera, un qípao de dormir color crema que llegaba hasta el suelo pero era translúcido a la luz del sol.

Herna la miró, sus ojos recorriendo su cuerpo con una intensidad que hizo que la piel de Li Wei se erizara.

—Hermosa —murmuró—. Pero aún hay demasiada tela entre tú y yo.

Se acercó y, con movimientos deliberados, comenzó a desatar los pequeños botones de nudo que corrían por el frente del qípao de dormir. Li Wei contuvo la respiración, observando sus manos grandes y hábiles trabajando en los delicados lazos. Uno por uno, fueron cediendo.

Cuando el último botón se soltó, el qípao se abrió, revelando lo que había debajo: un corsé de seda color piel que sostenía sus pechos, y unas bragas a juego, ambas finas como la tela de araña. Li Wei intentó cruzar los brazos sobre su pecho, pero Herna lo impidió, tomando sus muñecas con suavidad.

—No te escondas de mí —dijo—. Nunca de mí.

Dejó que el qípao se deslizara de sus hombros hasta caer al suelo. Ahora estaba casi completamente expuesta, solo la fina seda del corsé y las bragas cubriendo sus partes más íntimas. Su piel, pálida como la luna, brillaba a la luz del mediodía. Sus pechos, moderados pero bien formados, se elevaban y bajaban con su respiración acelerada.

Herna la estudió como un coleccionista estudia una obra de arte rara.

—Acuéstate boca abajo en el lecho —instruyó—. Empezaremos con la espalda.

Li Wei obedeció, trepando al enorme lecho y acomodándose entre las sedas. La tela fresca contra su piel caliente le produjo un escalofrío. Oyó el sonido de Herna desatándose el cinturón, luego el leve susurro de tela. Se volvió la cabeza para mirar.

Él se había quitado la túnica. Su torso desnudo era una visión que le quitó el aliento. Los músculos no eran los de un cultivador espiritual, definidos por el qi, sino los de un guerrero físico, forjados a través de esfuerzo y combate real. Su pecho era ancho, con pectorales marcados y un abdomen de bloques duros que descendían hasta la línea de vello que desaparecía dentro de sus pantalones. Su piel ébana parecía absorber la luz, haciéndolo parecer una estatua de obsidiana viviente.

—No me des la espalda —dijo él, su voz grave—. Quiero que me veas. Que veas lo que eres para mí.

Se acercó al borde de la cama y abrió el frasco de aceite que había traído. Un aroma intenso a sándalo, canela y algo más —algo primitivo, masculino— llenó el aire. Vertió una generosa cantidad en la palma de su mano, frotando ambas manos para calentarlo.

Luego se arrodilló en la cama junto a ella. La altura del lecho imperial era tal que, incluso arrodillado, su cabeza estaba por encima de la suya.

—Relájate —murmuró, colocando sus manos aceitosas en la parte baja de su espalda, justo por encima de las bragas.

El primer contacto del aceite caliente hizo que Li Wei jadeara. Era más que solo calidez; era una sensación que se extendía, penetrante, como si el aceite mismo tuviera vida.

—Este aceite es especial —explicó Herna, comenzando a masajear con movimientos firmes y circulares—. Contiene extractos de la flor de luna negra, que abre los poros y los sentidos. Y de la raíz del deseo, que aumenta el flujo sanguíneo hacia la piel… y hacia otros lugares.

Sus manos se movieron hacia arriba, deslizándose por su columna vertebral, amasando los músculos de su espalda. Cada movimiento estaba calculado, cada presión diseñada para relajar pero también para excitar. Sus dedos pulgares encontraron los músculos a cada lado de su columna, presionando puntos que hicieron que el qi de Li Wei se estremeciera.

—Tu energía está bloqueada aquí —dijo, presionando un punto particularmente tenso entre los omóplatos—. Demasiada responsabilidad. Demasiada contención. Déjame liberarla.

Presionó más fuerte, y Li Wei gimió, un sonido largo y gutural que la sorprendió por su crudeza. Pero la sensación no fue de dolor, sino de liberación, como si un nudo que había estado apretándose durante años finalmente se soltara.

—Así —alabó Herna—. Suéltalo. Suelta todo.

Sus manos continuaron trabajando, bajando ahora hacia la curva de sus nalgas. Masajeó los músculos glúteos a través de la fina seda de sus bragas, con una presión que era a la vez terapéutica y lasciva. Li Wei enterró su rostro en las almohadas, sus caderas arqueándose involuntariamente hacia sus manos.

—Te gusta eso, ¿verdad? —susurró Herna, inclinándose sobre ella, su boca cerca de su oído—. Sentir mis manos en tu trasero. Saber que puedo hacer lo que quiera contigo.

Una de sus manos se deslizó por el borde de sus bragas, metiendo los dedos debajo de la tela para masajear la carne desnuda de una nalga. Li Wei gritó suavemente, sus dedos aferrándose a las sábanas.

—Herna, por favor…

—¿Por favor, qué? —preguntó él, su dedo medio deslizándose aún más abajo, rozando el comienzo de su hendidura—. ¿Por favor, para? ¿O por favor, continúa?

—No sé… —gimió ella, perdida en la sensación.

—Sí lo sabes —insistió él, su dedo trazando un círculo alrededor de su entrada, aún separada por la tela de las bragas—. Tu cuerpo lo sabe. Está empapado, ¿no es cierto? Puedo olerlo. El dulce aroma de tu excitación, mezclándose con el aceite.

Era verdad. El aceite, su sudor, y su propia humedad habían creado un perfume embriagador en el aire. Li Wei sintió una ola de vergüenza, seguida inmediatamente por una ola aún mayor de excitación.

—Voltéate —ordenó Herna, retirando sus manos.

Li Wei dudó solo un momento antes de obedecer, girando sobre su espalda. Ahora estaba completamente expuesta ante él, solo el corsé y las bragas delgadas cubriendo sus partes más íntimas. Su pecho subía y bajaba rápidamente, sus pezones erectos y visibles a través de la tela de seda.

Herna la miró, sus ojos oscuros con deseo.

—Quítate el corsé —dijo.

Con manos temblorosas, Li Wei alcanzó la atadura frontal y la desató. El corsé se abrió, revelando sus pechos. Eran más pequeños de lo que ella habría querido, pero perfectamente formados, con areolas del color de la flor de cerezo y pezones erectos y rosados.

Herna los miró con aprobación, pero también con la mirada crítica de un escultor que ve el bloque de mármol antes de empezar a tallar.

—Hermosos —dijo—. Un buen comienzo. Pero como te dije… pueden ser más. Deben ser más.

Vertió más aceite en sus manos y comenzó a masajear sus pechos directamente. El aceite caliente se extendió sobre su piel, y casi inmediatamente, Li Wei sintió una diferencia. Su piel se volvió más sensible, cada roce, cada presión, amplificada. Los pezones, en particular, parecieron cobrar vida propia, endureciéndose hasta el punto del dolor, pero un dolor dulce, electrizante.

—El aceite está haciendo efecto —explicó Herna, sus dedos pulgares frotando círculos alrededor de sus areolas—. La sangre está fluyendo hacia aquí. La piel se está expandiendo. Y cuando añada mi semilla… crecerán. Se llenarán. Se volverán pesados y sensibles, perfectos para mis manos y mi boca.

La imagen que pintó —sus pechos, más grandes, llenos, goteando quizás de su leche— hizo que Li Wei gimiera, un sonido de pura lujuria. Sus caderas se arquearon, frotándose inconscientemente contra el aire.

—Veo que te gusta la idea —observó Herna, sonriendo—. A mí también.

Bajó la cabeza y tomó uno de sus pezones en su boca.

Li Wei gritó, sus manos volando hacia la cabeza afeitada de Herna, aferrándose a ella. Su boca era caliente, húmeda, y su lengua era un instrumento de tortura exquisita. Chupó, lamió, mordisqueó suavemente, mientras su mano continuaba masajeando el otro pecho. La combinación fue abrumadora. Li Wei sintió que su mente se desconectaba, que solo existía esta sensación, este hombre, esta boca en su pecho.

Después de varios minutos, Herna cambió al otro pecho, dándole la misma atención devoradora. Luego besó su camino hacia arriba, por su esternón, su cuello, hasta encontrar su boca otra vez. Este beso fue salado con el sabor de su sudor y el aceite, y profundamente posesivo.

—Ahora las bragas —dijo, separándose—. Quítatelas.

Li Wei, ahora más allá de la vergüenza, se deslizó las bragas por las caderas y las piernas, dejándolas caer al borde de la cama. Ahora estaba completamente desnuda, expuesta bajo la luz del día a este hombre que no era su esposo.

Herna bebió la vista de su cuerpo desnudo, sus ojos oscuros recorriendo cada curva, cada pliegue. Su mirada se detuvo en el triángulo de vello negro, lacio y fino, y en los labios hinchados y húmedos que asomaban debajo.

—Perfecta —murmuró—. Pero como tus pechos, esto también puede ser… mejor.

Vertió aceite en su mano y, sin previo aviso, colocó la palma sobre su pubis, frotando el aceite en su vello y en los labios exteriores. Li Wei jadeó, sus caderas empujando hacia su mano.

—Imagínalo —susurró Herna, su dedo medio deslizándose entre sus labios, encontrando el clítoris hinchado—. Más grueso. Más carnoso. Un coño realmente digno de ser rellenado una y otra vez. Por esta polla.

Con su otra mano, se desató los pantalones y los bajó lo suficiente para liberar su erección. Saltó hacia afuera, enorme, venosa, la cabeza de un rojo violáceo oscuro que brillaba con fluido preseminal. Era incluso más impresionante a la luz del día: su longitud, su grosor, las venas que latían a lo largo del eje.

Li Wei lo miró, con los ojos muy abiertos, una mezcla de miedo y deseo en su rostro.

—Tócala —ordenó Herna, tomando su mano y guiándola hacia su miembro—. Acostúmbrate a su tamaño. Porque pronto estará dentro de ti.

La mano de Li Wei, pequeña y pálida, apenas podía rodear la circunferencia. La piel era caliente, casi ardiente, y suave como terciopelo sobre el hierro vivo debajo. Cuando la tocó, Herna emitió un gruñido gutural, y más fluido preseminal brotó de la punta.

—Así —dijo, su respiración entrecortada—. Ahora tú. Quiero que te toques mientras yo te miro.

Li Wei lo miró, confundida.

—Tócate —repitió él, más firmemente—. Muéstrame lo que te hago. Muéstrame lo mojada que estás por mí.

Tímidamente, Li Wei llevó su otra mano entre sus piernas. Sus propios dedos se sintieron fríos e ineptos comparados con los de él. Pero cuando tocó su clítoris, un temblor la recorrió.

—Así —alabó Herna, observando con ojos hambrientos—. Muéstrame. Abre esos labios bonitos. Déjame ver ese coño rosado y apretado.

Avergonzada pero excitada más allá de la razón, Li Wei separó sus labios con los dedos, exponiendo la entrada rosa y brillante de humedad.

—Hermoso —susurró Herna, su voz ronca—. Ahora métete un dedo. Déjame ver cómo te gusta.

Li Wei, temblando, deslizó un dedo dentro de sí misma. Estaba tan apretada, tan húmeda, que la penetración fue difícil incluso con su propio dedo delgado. Un gemido le escapó.

—Solo un dedo te llena —observó Herna, una sonrisa lasciva en sus labios—. Imagina esto.

Empujó su miembro hacia adelante, rozando la punta contra sus dedos, contra su entrada. La cabeza, ancha como un huevo, empujó contra su abertura, pero no entró. Solo presionó, mostrándole el tamaño, la imposibilidad.

—Te romperé —prometió, su voz un susurro lleno de anticipación—. Y luego te reconstruiré. Más ancha. Más profunda. Más receptiva.

Retiró su miembro y, en su lugar, colocó dos de sus dedos aceitosos en su entrada, empujándolos dentro. Li Wei gritó, sus paredes vaginales estirándose alrededor de sus dedos gruesos.

—Ya estás más abierta que ayer —observó, moviendo los dedos dentro de ella—. Tu cuerpo me está esperando. Lo sabe.

Comenzó a mover los dedos, un movimiento de “ven aquí” que rozó un punto dentro de ella que hizo que sus ojos se pusieran blancos. Un orgasmo, inesperado y violento, la golpeó. Gritó, su cuerpo arqueándose, sus paredes vaginales apretándose alrededor de sus dedos.

Herna la observó, fascinado, mientras ella temblaba bajo su toque. Cuando los espasmos disminuyeron, retiró sus dedos, brillantes con su humedad, y se los llevó a la boca, saboreándolos.

—Dulce —dijo—. Como néctar. Pero pronto sabrá a mi semilla. Estará lleno de ella.

Se arrodilló entre sus piernas, su enorme miembro palpitando sobre su vientre.

—Ahora —dijo, tomando su mano otra vez y guiándola hacia su miembro—. Quiero que nos hagamos esto al mismo tiempo. Yo a mí, tú a ti. Y nos miraremos.

Li Wei, todavía jadeando por el orgasmo, tomó su miembro con una mano, mientras con la otra volvió a su sexo. Herna se tomó la base de su propia erección con una mano grande, comenzando a masturbarse con movimientos largos y firmes.

—Así —dijo, sus ojos fijos en los de ella—. Muéstrame cómo te gusta. Déjame verte venir otra vez.

Li Wei, bajo su mirada intensa, comenzó a frotar su clítoris otra vez, más rápido esta vez, empujada por la obscenidad de la situación —desnuda, aceitada, masturbándose mientras un hombre que no era su esposo hacía lo mismo sobre ella.

La habitación se llenó con los sonidos húmedos de sus manos trabajando, con sus jadeos, con los gruñidos bajos de Herna. Él se masturbaba con una eficiencia brutal, su mano subiendo y bajando por su enorme longitud, el prepucio deslizándose sobre la cabeza brillante. El fluido preseminal goteaba copiosamente, cayendo sobre el vientre de Li Wei, caliente y pegajoso.

—Mírala —gruñó Herna, refiriéndose a su propio miembro—. Está goteando por ti. Toda esa leche, destinada a llenarte. A hacerte crecer. A marcarte como mía.

Li Wei, hipnotizada, miraba su mano subiendo y bajando, la forma en que las venas palpitaban, la cabeza morada que aparecía y desaparecía dentro de su puño. Su propia mano se movía más rápido, acercándose a otro clímax.

—Vas a venir —afirmó Herna, no como pregunta—. Vamos a venir juntos. Pero no dentro de ti. No todavía. Hoy es solo una muestra.

Se inclinó hacia adelante, su miembro ahora directamente sobre su sexo. Con una mano, separó sus labios, exponiendo su clítoris hinchado y su entrada palpitante.

—Aquí —dijo, posicionando la punta de su miembro justo encima de su clítoris—. Siente la caliente.

Dejó caer una gota gruesa de fluido preseminal directamente sobre su clítoris. La sensación —caliente, pegajosa, íntima— hizo que Li Wei gritara. Luego otra gota, y otra, cubriendo su sexo con su humedad.

—Ahora ven —ordenó—. Ven con mi semilla caliente sobre tu coño.

Esa fue la chispa final. Li Wei gritó, su cuerpo convulsionando en un segundo orgasmo, más intenso que el primero. Al mismo tiempo, Herna gruñó, su cuerpo se tensó, y su miembro explotó en chorros gruesos y blancos de semen que cayeron sobre el vientre, los pechos y el sexo de Li Wei.

Fue una cantidad obscena, más de lo que ella habría creído posible de un hombre. Chorros tras chorros, calientes y espesos, cubriendo su piel pálida con pinturas blancas contrastantes. El olor, salado y masculino, llenó el aire.

Cuando terminó, ambos jadeaban, cubiertos de sudor, aceite y semen. Herna miró su obra: la emperatriz del Imperio Celestial, desnuda y cubierta de su semilla, temblando por orgasmos múltiples.

—Hermosa —murmuró, cayendo a su lado en la cama—. Así es como deberías estar siempre. Marcada por mí.

Tomó su dedo y recogió algo de su semen de su vientre, llevándolo a sus labios. Li Wei, en un estado de post-orgasmo dócil, abrió la boca, permitiéndole deslizar su dedo dentro, saboreando su propia humedad mezclada con el sabor salado y amargo de su semen.

—Acostúmbrate al sabor —dijo—. Porque pronto será tu alimento principal.

Se recostó, tomándola en sus brazos, su cuerpo grande y sudoroso envolviendo el suyo más pequeño. Li Wei se acurrucó contra él, sintiendo una paz que no había sentido en años, mezclada con una culpa profunda y una excitación aún más profunda.

—¿Qué… qué pasa ahora? —preguntó, su voz pequeña.

—Ahora —dijo Herna, acariciando su cabello—, esperamos. Dejas que el aceite y mi semilla hagan su trabajo. Y esta noche, cuando estés sola, te tocarás y pensarás en mí. En esto. Y mañana… mañana iremos un paso más allá.

—¿Y el emperador? —preguntó Li Wei, la realidad filtrándose a través de la niebla del placer.

Herna se rió, un sonido bajo y sin humor.

—El emperador está en su Cámara del Dragón Durmiente, buscando la trascendencia. Que busque. Mientras tanto, su esposa está aquí, en mis brazos, cubierta de mi leche. ¿Quién crees que está ganando?

Li Wei no respondió. Sabía la respuesta. Y lo más aterrador era que, en ese momento, no le importaba.

Se quedaron abrazados hasta que la luz del sol comenzó a declinar. Luego Herna se levantó, se vistió, y con un beso final —suave, casi tierno— la dejó.

Li Wei se levantó y se acercó al espejo. Su reflejo la miraba: su cabello despeinado, su cuerpo aún brillante con aceite y cubierto de manchas secas y blancas de su semen. Se tocó un pecho. Ya se sentía… diferente. Más lleno. Más sensible.

“Puedo hacer que crezcan.”

Cerró los ojos. El camino que había tomado no tenía retorno. Y esa noche, sola en su lecho imperial, se tocó hasta llegar al orgasmo tres veces más, cada vez imaginando sus manos, su boca, su enorme miembro dentro de ella.

Mientras tanto, en los pasillos del palacio, los rumores comenzaban. El asistente Herna había estado demasiado tiempo en los aposentos de la emperatriz. Habían sido vistos demasiado cerca durante la audiencia. Algo estaba sucediendo. Y en el nido de víboras del Palacio de la Perenne Primavera, cualquier cambio en el viento podía significar una tormenta.

Herna, caminando hacia sus aposentos, sonreía. La primera fase estaba completa. La emperatriz estaba enganchada. Ahora comenzaría la transformación. Y mientras tanto, los hilos del poder en el imperio se tensarían. Él lo sabía. Y estaba preparado.

Después de todo, no era un cultivador. No necesitaba qi para ganar batallas. Solo necesitaba inteligencia, fuerza, y el control sobre la mujer más poderosa del imperio después del emperador.

Y esa mujer, en este momento, estaba en su habitación, tocándose mientras pensaba en él.

La segunda semilla de la corrupción había sido plantada. Y estaba germinando rápidamente.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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