Mis Historias Originales, Trabajadas con IA - Capítulo 24
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Capítulo 24: Capítulo 10: El Festín de los Sentidos Prohibidos
El apartamento de Carlos existía en un limbo sonoro, un espacio suspendido entre el ajetreo de Caracas y el silencio absoluto. Para Valeria, que cruzó su umbral a las once de la mañana del viernes, fue como entrar en una burbuja donde las reglas del mundo exterior no solo se flexibilizaban, sino que se disolvían por completo.
Las llaves pesaron en su mano como un símbolo de lo que estaba a punto de ocurrir. Julián se las había entregado con un beso en la frente y un “diviértete, mi amor”. Las palabras, sencillas, estaban cargadas de un significado oculto que ambos comprendían pero no nombraban. Valeria sintió un escalofrío de culpa, rápido y afilado, seguido de una oleada de anticipación tan potente que le secó la boca.
El lugar era exactamente como lo recordaba de su visita previa con Adrián: amplio, minimalista, bañado en la luz blanca que se filtraba por los grandes ventanales. Los muebles, cubiertos con sábanas blancas, parecían fantasmas expectantes. El aire olía a polvo, a ausencia, y a posibilidades infinitas.
Dejó su maleta pequeña junto al sofá y comenzó el ritual de apropiación. Retiró las sábanas, revelando un sofá de cuero beige y una mesa de centro de cristal. Abrió las persianas, dejando que la luz del mediodía inundara la sala. Luego, de su bolso, sacó los elementos que había traído para transformar este espacio anónimo en el escenario de su pecado consentido: velas de sándalo, un difusor de aceites esenciales con esencia de ylang-ylang, un mantel suave de algodón para la mesa del comedor, las sábanas de seda que había comprado en secreto la semana anterior, de un color azul oscuro casi negro, como la noche sin estrellas.
Mientras trabajaba, su mente no dejaba de generar imágenes: Adrián llegando, su figura alta llenando el marco de la puerta; sus manos, aquellas manos callosas que conocían ya tantos secretos de su piel, desvaneciendo la distancia entre ellos; sus labios, que habían dictado un nuevo vocabulario de placer en su cuerpo. Un calor húmedo y familiar se encendió en su entrepierna. Se detuvo, apoyó las manos en el respaldo del sofá y respiró hondo. No podía llegar ya excitada, desesperada. Quería que todo fuera lento, una degustación, no un banquete devorado con ansiedad.
A la una en punto, sonó el timbre. Su corazón se aceleró, golpeando contra sus costillas como un pájaro enjaulado. Cruzó la sala con pasos que intentaron ser calmados y fallaron. Al abrir la puerta, allí estaba él.
Adrián llevaba jeans oscuros y una camisa de lino blanca, desabrochada en el cuello, las mangas remangadas hasta los antebrazos. En una mano sostenía una bolsa de comestibles; en la otra, una botella de vino tinto. Pero lo que capturó la atención de Valeria fueron sus ojos. Esos ojos azules, normalmente llenos de una calma oceánica, hoy brillaban con una intensidad eléctrica, una franqueza hambrienta que le hizo contraer el estómago.
“Hola”, dijo él, y su voz, grave y un poco ronca, fue como un roce directo sobre su piel.
“Hola”, respondió ella, apartándose para dejarlo pasar.
Entró, y su presencia inmediatamente llenó el espacio, cambió su química. Dejó la bolsa y la botella en la mesa de la entrada y, sin preámbulos, se volvió hacia ella. No la tocó. Solo la miró, su mirada recorriendo su cuerpo con una lentitud deliberada, desde los rizos sueltos de su cabello hasta los dedos de sus pies descalzos, pasando por el vestido ligero de algodón que se ceñía a sus curvas.
“Te ves… expectante”, comentó finalmente, una esquina de su boca levantándose en una media sonrisa.
“Y tú… decidido”, replicó Valeria, encontrando algo de su aplomo habitual.
“Lo estoy.” Dio un paso adelante, reduciendo la distancia a menos de medio metro. El aire entre ellos se espesó, se cargó con el olor a limpio de su colonia mezclado con el calor de su piel. “He pensado en esto cada hora de estos últimos días. En ti. En nosotros. Aquí.”
Valeria no pudo responder. Su boca estaba seca, su pulso cantaba en sus oídos. Adrián levantó una mano y, con el dorso de los dedos, le acarició la mejilla. El contacto, tan simple, fue electrizante. Un estremecimiento la recorrió de la cabeza a los pies.
“No tengas miedo”, murmuró él, su aliento cálido rozando su piel.
“No es miedo”, susurró ella. “Es… todo. Es demasiado.”
“Nunca es demasiado.” Su mano se deslizó hasta su nuca, sus dedos entrelazándose en su cabello. “Vamos a tomarnos nuestro tiempo. Todo el tiempo del mundo.”
Y entonces la besó. No fue el beso apasionado y urgente que ella medio esperaba, sino algo más profundo, más fundamentado. Un beso de llegada, de reconocimiento. Sus labios se movieron contra los de ella con una ternura exquisita, saboreando, prometiendo. Valeria se derritió contra él, sus manos encontrando su camino hacia su espalda, aferrándose a la tela de su camisa como a un ancla. El mundo exterior—Caracas, su matrimonio, su hija, las responsabilidades—se desvaneció hasta convertirse en un rumor lejano e insignificante. Solo existían sus bocas unidas, el sabor a café y a hombre, el sonido suave y húmedo de sus labios separándose y encontrándose de nuevo.
Cuando finalmente se separaron, ambos respiraban con dificultad. Valeria tenía los labios hinchados, sensibles; podía sentir el latido de su propio corazón en ellos.
“Primera orden del fin de semana”, dijo Adrián, su voz un susurro ronco contra su boca. “Ningún ‘debería’, ningún ‘no puedo’. Solo lo que queremos. Solo lo que sentimos.”
Valeria asintió, sin confiar en su voz. Adrián la tomó de la mano y la guió a la cocina, donde comenzó a desenvolver los comestibles con una calma doméstica que contrastaba extrañamente con la carga sexual del momento. Había queso, frutas, pan crujiente, aceitunas, chocolate negro.
“Almuerzo”, anunció, y su sonrisa era juguetona, íntima.
Comieron de pie, en la cocina, alimentándose el uno al otro con los dedos. Un trozo de queso brie cremoso, una uva jugosa que estalló en la boca de Valeria, una aceituna que Adrián colocó en sus labios y luego besó para recuperar el hueso. Cada bocado era un pretexto para tocar, para saborear, para reír con nerviosismo y deseo contenido. El vino, un tinto suave, les tiñó los labios de púrpura.
Valeria se sintió liviana, eufórica, como si estuviera borracha sin haber bebido casi nada. La culpa seguía allí, en un rincón de su mente, pero era un susurro ahogado por el torrente de sensaciones nuevas, por la libertad vertiginosa de estar allí, con él, sin excusas.
Después de comer, Adrián la tomó de la mano de nuevo y la llevó al baño principal, espacioso y con una bañera enorme.
“Segunda orden”, dijo, encendiendo el agua caliente. “Relajación total.”
Mientras la bañera se llenaba de agua humeante y burbujas de un gel aromático que olía a lavanda y vainilla, Adrián se paró detrás de Valeria. Con movimientos lentos y deliberados, comenzó a desabrochar los botones de su vestido. La tela cayó a sus pies, formando un círculo suave a su alrededor. Ella estaba temblando, pero no de frío. Sus dedos encontraron el cierre de su sostén, lo soltaron. La prenda se unió al vestido. Luego, sus manos se deslizaron bajo la cintura de sus bragas, empujándolas lentamente por sus caderas, sus muslos, hasta que ella pudo liberar un pie y luego el otro. Quedó completamente desnuda ante él, de pie frente al espejo empañado por el vapor.
Adrián no la tocó más. Solo la observó, sus ojos recorriendo su reflejo con una mezcla de admiración y posesividad que la hizo sentir poderosa y vulnerable a la vez.
“Eres una obra de arte”, murmuró, y luego se inclinó para dejar un beso en la curva donde su cuello se encontraba con su hombro.
Un estremecimiento la recorrió. Él se enderezó y comenzó a desvestirse. Valeria lo observó, hambrienta de cada centímetro de piel revelada. Primero la camisa, descubriendo su torso amplio y musculado, marcado por antiguas cicatrices blancas y un vello oscuro y sedoso que se estrechaba hacia la cintura. Luego el cinturón, la bragueta de los jeans. Cuando finalmente se despojó de su ropa interior, Valeria contuvo el aliento.
Era imponente. No solo en longitud, sino en grosor. En reposo, ya era considerable, pesada, con las venas marcadas bajo la piel. Sus testículos, grandes y pesados, colgaban con una promesa que hizo que la boca de Valeria se llenara de agua. Nunca había visto un pene tan… escultural. Era como el resto de él: poderoso, bien formado, inequívocamente masculino.
“No te asustes”, dijo Adrián, sonriendo al notar su mirada fija.
“No… es solo… eres… grande”, logró decir Valeria, sintiendo un rubor caliente subir por su pecho y su cuello.
“Todo estará bien”, prometió, tomándola de la mano para ayudarla a entrar en la bañera.
El agua caliente fue un abrazo inmediato. Se sumergieron uno frente al otro, sus piernas entrelazándose bajo el agua espumosa. Durante un largo rato, no hablaron, no se tocaron más allá del contacto de sus pieles bajo el agua. Simplemente se miraron, permitiendo que la tensión se acumulara, que el deseo se cocinara a fuego lento.
Fue Adrián quien rompió el hechizo. Tomó una esponja natural y la empapó en el agua jabonosa.
“Permíteme”, dijo, y su voz era un susurro grave que resonó en el espacio acústico del baño.
Comenzó por sus hombros, lavándolos con movimientos circulares, lentos, firmes. La esponja era áspera pero no desagradable; la sensación, combinada con la presión de sus manos, hizo que Valeria cerrara los ojos y dejara escapar un suspiro. Bajó por sus brazos, tomándose su tiempo, lavando cada dedo con minuciosidad. Luego, la espalda, sus músculos tensos cediendo bajo su atención.
Cuando la esponja se deslizó por el arco de su columna y llegó a la curva de sus nalgas, Valeria contuvo el aliento. Adrián no se apresuró. Masajeó cada mejilla con la esponja, luego con la mano, sus dedos fuertes hundiéndose en la carne suave, explorando el surco entre ellas sin penetrar, solo insinuando.
“Gira”, ordenó suavemente.
Ella obedeció, ahora de frente a él, su pecho al nivel del agua, sus pezones endurecidos y oscuros visibles a través de la espuma. Adrián los miró con aprecio hambriento antes de continuar con su lavado ritual. La esponja descendió por su esternón, entre sus senos, alrededor de cada uno, haciendo círculos que se estrechaban gradualmente hasta rodear sus pezones sin tocarlos directamente. Era una tortura exquisita. Valeria mordió su labio, sus manos aferrándose al borde de la bañera.
“Por favor”, escapó de sus labios, un susurro quebrado.
“Por favor, ¿qué?” preguntó Adrián, su voz serena, sus ojos brillando con malicia consciente.
“Tócalos.”
Él dejó la esponja a un lado. Con ambas manos, tomó sus senos, no con suavidad, sino con una firmeza posesiva que hizo que Valeria arqueara la espalda. Sus pulgares frotaron sus pezones, al principio con suavidad, luego con más presión, pellizcándolos levemente.
“Aquí es donde más te gusta, ¿verdad?” murmuró, observando cómo su rostro se contorsionaba con el placer. “Tus pezones son tan sensibles. Se ponen duros y oscuros, como bayas maduras.”
Sus palabras, sucias y precisas, añadieron otra capa de excitación. Valeria gimió, su cabeza cayendo hacia atrás. Adrián se inclinó y capturó un pezón entre sus labios, succionándolo fuerte, su lengua jugueteando con la punta endurecida. La sensación fue tan intensa, tan directa, que una oleada de humedad, distinta del agua de la bañera, brotó de entre sus piernas.
Él lo sintió, o lo intuyó. Con un gruñido de satisfacción, una de sus manos abandonó su seno y se deslizó bajo el agua, por su vientre, a través del vello púbico empapado, hasta encontrar el núcleo palpitante de su deseo.
“Dios, ya estás empapada”, murmuró contra su piel, sus dedos rozando sus labios exteriores, ya hinchados y sensibles.
Valeria no podía hablar. Solo podía gemar, su cuerpo convertido en un arco de necesidad. Sus dedos encontraron sus hombros, sus uñas se clavaron en su piel. Adrián jugueteó con su clítoris, ya hinchado y prominente, haciendo círculos lentos y firmes con la punta de dos dedos.
“Así”, susurró, observando cada reacción en su rostro. “Déjame verte venir. Déjame ver cómo se apodera de ti.”
Valeria estaba al borde, temblando, su respiración un jadeo irregular. Pero justo cuando la ola del orgasmo comenzaba a elevarse dentro de ella, Adrián detuvo su movimiento.
“No”, dijo simplemente, retirando su mano. “Todavía no.”
La frustración fue un grito mudo en su garganta. Lo miró con ojos suplicantes, cegados por el deseo.
“Shhh”, él acarició su mejilla. “La paciencia mejora el placer. Salgamos.”
La ayudó a salir de la bañera y la envolvió en una toalla grande y suave, frotándola con vigor antes de secarse a sí mismo. Luego, tomándola de la mano, la guió desnuda a través del apartamento, hacia el dormitorio donde ella había colocado las sábanas de seda.
La habitación estaba en penumbra, las persianas medio cerradas, las velas de sándalo parpadeando en la mesita de noche, lanzando danzas de sombras sobre las paredes. El aire olía a sexo anticipado y a cera caliente.
Adrián la tendió sobre las sábanas, que se sintieron frescas y líquidas contra su piel. Ella lo observó mientras él se arrodillaba junto a la cama, su erección completa ahora imponente, la punta ya húmeda con una gota de fluido claro.
“Ahora”, dijo, su voz cargada de una autoridad que hizo estremecer a Valeria, “vamos a explorar. Sin prisa. Sin metas. Solo sensaciones.”
Comenzó por sus pies. Tomó uno y lo masajeó con sus manos grandes, presionando puntos en la planta que enviaron destellos de placer directamente a su núcleo. Luego, inclinándose, besó el tobillo, la pantorrilla, la parte posterior de su rodilla, un punto tan sensible que Valeria saltó.
“¿Aquí?” preguntó él, interesado, y volvió a pasar su lengua por ese mismo lugar, lamiendo la piel fina, mordiéndola suavemente.
Ascendió por sus muslos, besando, lamiendo, mordiendo levemente, dejando marcas rosadas que declaraban su posesión temporal. Cuando su aliento caliente llegó a la unión de sus muslos, Valeria contuvo el aliento. Pero él no fue allí directamente. Se desvió, besando sus caderas, su vientre bajo, el hueso pélvico.
“Por favor, Adrián”, suplicó ella, sus manos hundiéndose en su cabello.
“¿Por favor, qué? Dilo.”
“Mi… mi coño. Por favor.”
La palabra vulgar, saliendo de sus labios, fue como un interruptor. Un gruñido gutural escapó de Adrián. Finalmente, hundió su rostro entre sus muslos.
Su lengua fue como nada que Valeria hubiera experimentado antes. Ancha, plana, poderosa. No solo lamió; exploró, saboreó, adoró. La cubrió por completo, desde la entrada de su vagina, ya palpitante y húmeda, hasta su clítoris, al que dedicó una atención minuciosa, succionándolo en su boca, jugueteando con la punta con movimientos rápidos de su lengua.
Valeria gritó, sus caderas empujándose contra su rostro sin su permiso, perdida en la tormenta de sensaciones. Era demasiado, no era suficiente, quería que parara, quería que nunca parara. Su mundo se redujo al punto donde su boca se encontraba con su carne, al sonido húmedo, obsceno, glorioso de su lengua trabajándola, a sus propios gemidos, que sonaban a animal herido.
Adrián era implacable. Cambiaba de ritmo, de presión, manteniéndola al borde del orgasmo sin permitirle caer. Cuando sentía que su cuerpo se tensaba hacia la liberación, se detenía, acariciaba sus muslos internos con sus manos, murmuraba palabras sucias y elogiosas.
“Qué dulce sabes… tan mojada para mí… tu coñito es perfecto, tan apretado, tan caliente… vas a venir para mí, Valeria, pero cuando yo lo decida.”
Finalmente, cuando ella estaba al borde del llanto por la frustración, cuando su cuerpo era un arco tenso de necesidad, Adrián introdujo dos dedos dentro de ella mientras succionaba su clítoris con fuerza renovada.
Eso fue todo. El orgasmo la golpeó como un tren, violento, total, arrancándole un grito desgarrado de lo más profundo de su ser. Sacudió su cuerpo, sus músculos vaginales agarrando los dedos de Adrián con fuerza convulsiva, oleadas de placer radiando desde su centro hacia cada extremidad. Lloró, sin saber por qué, las lágrimas rodando por sus sienes hacia el cabello.
Adrián la sostuvo durante todo el temblor, sus dedos moviéndose suavemente dentro de ella, prolongando las contracciones, sus labios ahora suaves, besando su pubis, sus muslos. Cuando finalmente el último espasmo la abandonó, ella quedó tendida, exhausta, flotando, completamente vacía y completamente llena.
Él se arrastró sobre ella, su peso una bienvenida ancla a la realidad. La besó, profunda y lentamente, y Valeria pudo saborearse a sí misma en sus labios, un sabor salado, metálico, íntimo que la excitó de nuevo de manera perversa.
“Eso fue solo el principio”, murmuró él contra su boca.
Pasaron la tarde enredados en las sábanas, explorando. Adrián era un amante meticuloso, atento, creativo. Encontró cada punto sensible que ella tenía y algunos que ella no conocía. Le hizo venir dos veces más, una con sus dedos, jugando con su punto G hasta que vio estrellas, y otra frotando su erección, ya dolorosamente dura y palpitante, entre sus labios vulvares, embadurnándose ambos con sus fluidos mezclados, hasta que la fricción y la presión la llevaron a otro orgasmo, este más suave pero no menos profundo.
Valeria, por su parte, perdió toda inhibición. Le tocó, lo saboreó, aprendió el sabor de su piel salada, la textura de sus pezones pequeños y duros, el peso y la sensación aterciopelada de sus testículos en su mano. Pero evitó deliberadamente su pene, sintiendo una mezcla de reverencia y temor ante su tamaño.
Al anochecer, hambrientos, salieron desnudos a la cocina y prepararon una cena sencilla de pasta, riendo, besándose, tocándose constantemente. Comieron en la cama, derramando salsa sobre las sábanas, sin importarles. El apartamento se había transformado en su universo privado, un santuario donde solo existían el placer y la conexión creciente entre ellos.
Después de comer, Adrián se recostó contra los cabeceros, atrayendo a Valeria para que se recostara contra su pecho. Sus manos trazaban patrones ociosos en su brazo.
“¿En qué piensas?” preguntó él, su voz vibrante contra su espalda.
“En que esto no puede ser real”, admitió ella en un susurro. “En que mañana despertaré y esto habrá sido un sueño.”
“Es real.” Sus brazos se cerraron alrededor de ella. “Y mañana estaremos aquí. Y pasado mañana también.”
“Y después…”, la palabra ‘después’ colgó en el aire, cargada de la realidad que les esperaba fuera de esta burbuja.
“Después, encontraremos una manera”, dijo él, pero su voz carecía de su certeza habitual. “Por ahora, solo ‘ahora’.”
Se quedaron en silencio un rato, escuchando los sonidos nocturnos de la ciudad que se filtraban por las ventanas.
“Valeria”, dijo Adrián finalmente, su tono cambiando, volviéndose más serio, más vulnerable. “Hay algo que quiero pedirte. Algo que he estado pensando todo el día.”
Ella se giró dentro de su abrazo para mirarlo a la cara. “¿Qué?”
Él la miró directamente, sus ojos azules serios en la luz de las velas. “Quiero que me hagas un sexo oral. Que me beses… allí. Que me tomes en tu boca.”
La declaración, tan directa, le quitó el aire. Valeria lo había hecho antes, con Julián, pero era algo raro, íntimo, que siempre la hacía sentir un poco torpe, un poco insegura. Y Adrián era… enorme. La idea de tener todo eso en su boca, de intentar complacerlo, la aterrorizó y la excitó al mismo tiempo.
Vio la duda cruzar por sus ojos y añadió rápidamente: “No tienes que decidir ahora. Y si no quieres, está bien. De verdad.”
Valeria alejó su mirada, contemplando la llama de una vela cercana. Su mente era un torbellino de imágenes: su boca estirándose alrededor de su grosor, el sabor de su piel, la sensación de poder sobre él. Pero también estaba la realidad física: su tamaño, su propia inexperiencia relativa. Y, flotando por encima de todo, la sombra de Julián, la sensación de que esto sería una traición de un tipo nuevo, más profundo.
“¿Puedo… tener un tiempo para pensarlo?” pidió, su voz pequeña.
“Claro.” Él la besó en la frente. “Todo el tiempo que necesites. No hay reloj aquí.”
Se levantó para ir al baño, dándole espacio. Valeria se quedó sentada en la cama, abrazando sus rodillas contra su pecho. Pensó en Julián. En su rostro cuando le dio las llaves. En su promesa de amor incondicional. ¿Esto estaba incluido en ese ‘incondicional’? ¿Darle placer oral a otro hombre? La culpa mordió, aguda. Pero luego recordó el sabor de su propio placer en la boca de Adrián, la manera en que él la había adorado, la había hecho sentir como una diosa. ¿No merecía él lo mismo? ¿No era esto un intercambio, un dar y recibir?
Y estaba su propio deseo, oscuro y retorcido. La curiosidad por saber cómo sería, por dominar algo tan poderoso, por hacerle perder el control a un hombre como Adrián. Un calor húmedo se encendió de nuevo entre sus piernas.
Cuando Adrián regresó, ella había tomado una decisión. Lo miró directamente.
“Sí”, dijo, su voz más firme de lo que esperaba. “Lo haré.”
Él se detuvo junto a la cama, su expresión una mezcla de sorpresa, gratitud y deseo intensificado. “¿Estás segura?”
“Sí. Pero… sé paciente conmigo. Soy… no soy muy experta.”
Una sonrisa lenta iluminó su rostro. “No se trata de experiencia. Se trata de ti y yo. Eso es todo.”
Él se recostó contra los cabeceros, su erección ya semi-dura volviendo a la plena turgencia bajo su mirada. Valeria se arrodilló entre sus piernas, su corazón latiendo con fuerza. De cerca, era aún más imponente. Largo, grueso, las venas palpitantes, la cabeza grande y de un color púrpura oscuro, brillando con fluido pre-eyaculatorio. Sus testículos, pesados y llenos, colgaban debajo, la piel de su escroto tensa.
Tomó aire y, antes de que el miedo pudiera detenerla, se inclinó y colocó un beso suave en la punta. Un sabor salado, limpio. Adrián contuvo el aliento.
Animada, abrió la boca y trató de tomar la cabeza dentro. Era demasiado ancha. Se ajustó, estirando los labios lo más que pudo, y logró envolver la corona. La sensación fue extraña y poderosa: la piel como terciopelo sobre una dureza de acero, el latido de su pulso contra su lengua, el sabor acre y masculino.
Adrián emitió un gemido bajo, sus manos hundiéndose en su cabello pero sin presionar, solo sosteniendo. “Dios, Valeria… así…”
Ella comenzó a mover la cabeza, intentando un ritmo, tomando un poco más cada vez. Pronto, tuvo casi la mitad de su longitud dentro de su boca. La sensación de plenitud era abrumadora, casi violenta. Tenía que concentrarse en respirar por la nariz, en relajar su garganta. Los sonidos que hacían eran obscenos: los chasquidos húmedos de su boca, los gemidos guturales de Adrián, su propia respiración entrecortada.
“Usa tu mano… en la base…”, jadeó él.
Ella obedeció, envolviendo su puño alrededor de lo que no podía meter en su boca, creando un movimiento sincronizado. Su otra mano encontró sus testículos, masajeándolos suavemente. Estaban increíblemente llenos, pesados como piedras lisas en su mano.
Adrián estaba perdiendo el control. Sus caderas comenzaron a moverse en pequeñas embestidas, su respiración se convirtió en jadeos entrecortados. “Voy a… Valeria, voy a venir…”
Ella asintió, acelerando su ritmo, deseando llevarlo al borde, deseando ser la causa de su perdición. Con un grito ahogado, su cuerpo se tensó. Valeria sintió el primer chorro, caliente y espeso, golpeando la parte posterior de su garganta. Fue mucho, y más espeso de lo que recordaba. Casi la ahogó. Tosió, parte del semen le salió por la comisura de los labios, pero se recuperó, tragando con dificultad mientras más chorros seguían, llenándole la boca con un sabor salado, amargo, terroso, que era extrañamente primitivo y excitante.
El aroma era fuerte, masculino, penetrante. Y de alguna manera, ese olor, combinado con la sensación de poder y sumisión, la llevó a un orgasmo leve propio, un temblor silencioso que la estremeció mientras seguía chupando, extrayendo las últimas gotas.
Cuando finalmente se calmó, ella se liberó suavemente, limpiándose la boca con el dorso de la mano. Adrián estaba tendido, jadeando, cubierto de un sudor brillante, una expresión de asombro absoluto en su rostro.
“Dios mío”, murmuró, su voz completamente rota. “Eso fue… nunca…”
Valeria se arrastró para acostarse a su lado, sintiendo una extraña mezcla de vergüenza, orgullo y excitación residual. Él la envolvió en sus brazos, apretándola contra su pecho.
“Eres increíble”, susurró en su cabello. “Totalmente increíble.”
Luego, como si recordara algo, se separó un poco. “Mi turno.”
Antes de que ella pudiera protestar, había deslizado su cuerpo hacia abajo, separando sus piernas. Esta vez, su lengua no fue juguetona. Fue directa, hambrienta, experta. Se concentró en su clítoris, que ya estaba sensible y hinchado por el orgasmo previo, y en minutos, la hizo venir de nuevo, un orgasmo más agudo, más eléctrico, que la hizo gritar y arquearse de la cama.
Después, exhaustos, se enredaron el uno en el otro, pegados por el sudor, los fluidos secos y la cercanía absoluta. Se durmieron así, sin lavarse, el olor a sexo llenando la habitación como un incienso pagano.
Día Dos: El Vórtice
Valeria despertó al amanecer con el peso del brazo de Adrián sobre su cintura, su respiración cálida en su nuca. La luz gris del amanecer filtraba las persianas, bañando la habitación en un tono plateado. Por un momento, la desorientación fue total. Luego, los eventos del día anterior cayeron sobre ella en un torrente sensorial: el sabor de él todavía en su boca, la sensibilidad dolorosamente dulce entre sus piernas, el recuerdo de sus propios gritos.
Se giró lentamente para mirarlo dormir. En reposo, su rostro perdía parte de su intensidad, pareciendo más joven, vulnerable. Las pestañas oscuras descansaban sobre sus pómulos altos. Valeria sintió una punzada de algo que no era deseo, sino más profundo, más peligroso. Afecto. Cariño. Algo muy parecido al amor.
Como si sintiera su mirada, Adrián abrió los ojos. Sus azules se encontraron con los suyos, y una sonrisa lenta, perezosa, iluminó su rostro.
“Buenos días”, murmuró, su voz ronca por el sueño.
“Buenos días”, susurró ella.
Sin más preámbulos, la atrajo hacia sí y la besó, un beso de buenos días que rápidamente se volvió profundo, lento, lujurioso. Su erección, dura y caliente, se presionó contra su muslo. Valeria gimió contra sus labios, su propio deseo encendiéndose instantáneamente, como si nunca se hubiera apagado.
No salieron de la cama hasta bien pasado el mediodía. El segundo día adquirió un cariz diferente. La exploración tímida del primer día fue reemplazada por una confianza feroz, una hambre que no conocía saciedad. Ya no salieron del apartamento. El mundo exterior dejó de existir.
Adrián se reveló como un amante desinhibido y verbal. Susurraba, ordenaba, elogiaba con un vocabulario sucio que hacía arder a Valeria.
“Abre más esas piernas, déjame ver cómo te gotea por mí.”
“Tu coño me pertenece este fin de semana, ¿entiendes? Solo a mí.”
“Mírame cuando vengas. Quiero ver cómo se te va la luz de los ojos.”
Y Valeria, para su propio asombro, respondía en especie. Encontraba una parte de sí misma que no conocía: una mujer lasciva, hambrienta, que pedía lo que quería sin vergüenza.
“Más duro, Adrián, por favor.”
“Lámeme otra vez, ahí, sí, justo ahí.”
“Quiero sentarte en mi cara, quiero ahogarme en ti.”
Después de un almuerzo rápido y desordenado (comieron fruta directamente del refrigerador, alimentándose mutuamente, jugando a que los trozos de mango o fresa eran preludios de otros sabores), Adrián anunció que quería darle un masaje “de verdad”.
Extendió una toalla grande en el suelo de la sala y la hizo tenderse boca abajo. Trajo aceite de coco calentado entre sus manos y comenzó.
Este no fue un masaje sensual y ligero. Fue profundo, casi terapéutico, destinado a liberar tensiones musculares reales. Sus manos, fuertes como tenazas, trabajaron cada nudo en sus hombros, su espalda, sus glúteos. Valeria gemía de dolor y placer mezclados.
“Eres toda tensión acumulada”, murmuró él, presionando un punto particularmente sensible cerca de su omóplato. “Años de aguantar, de cargar, de no quejarse.”
Las lágrimas brotaron inesperadamente de los ojos de Valeria, empapando la toalla bajo su rostro. Él no comentó, solo continuó su trabajo, sus movimientos volviéndose un poco más suaves, más compasivos. Cuando finalmente la hizo girar boca arriba, sus mejillas estaban húmedas.
“Shhh”, dijo, besando sus lágrimas. “Déjalo salir. Todo. Estoy aquí.”
Y luego, el masaje se transformó. Sus manos, ahora cubiertas de aceite, deslizaron desde su cuello hasta sus senos, masajeándolos no con ternura, sino con una posesividad ardiente. El aceite brillaba en su piel, en sus pezones endurecidos. Bajó por su vientre, hasta el monte de Venus, donde sus dedos se hundieron en su carne ya sensible, buscando su centro.
“Ya estás mojada otra vez”, observó, su voz cargada de asombro y deseo. “Incluso llorando, tu cuerpo me quiere.”
Y era verdad. A pesar de las lágrimas emocionales, su cuerpo respondía a su toque con una humedad traicionera, una necesidad física que parecía separada de su mente. Era como si él hubiera conectado directamente con sus nervios, saltándose su cerebro y su conciencia.
Él se colocó entre sus piernas, pero no la penetró. En cambio, aplicó más aceite en sus manos y comenzó a frotar su clítoris y sus labios con una técnica que era pura tortura deliberada. Rápido, luego lento. Fuerte, luego suave. Circular, luego lineal. La mantuvo al borde del orgasmo durante lo que pareció una eternidad, observando con fascinación cómo su cuerpo se retorcía, cómo sus senos se mecían, cómo sus dedos se aferraban a la toalla.
“Por favor… Adrián… no puedo más…” suplicó, su voz un hilo quebrado.
“Sí puedes”, dijo él, implacable. “Puedes aguantar más. Para mí.”
Finalmente, cuando ella estaba al borde de un colapso nervioso, le ordenó: “Ponte a cuatro patas.”
Ella obedeció, temblorosa. Él se arrodilló detrás de ella. Valeria escuchó el sonido de él aplicándose aceite a su propia erección, que había estado presionando contra su nalga todo el tiempo. Su corazón se aceleró. ¿Sería ahora? ¿Finalmente?
Pero no. En cambio, presionó la punta de su pene contra su entrada, rozándola, empapándola con su fluido pre-eyaculatorio y su propia humedad, pero sin entrar.
“Este coño es mío este fin de semana”, murmuró, su voz áspera justo detrás de su oído. “¿Lo entiendes?”
“Sí”, jadeó Valeria.
“¿De quién es?”
“Tuyo”, gimió, empujando sus caderas hacia atrás en un intento desesperado por sentirle dentro.
Él se apartó, negándoselo. “No todavía. Primero, quiero que grites.”
Y con eso, deslizó una mano por debajo de ella, encontrando su clítoris, mientras con la otra le masajeaba un pecho, pellizcando el pezón. Su boca encontró el lado de su cuello, mordiéndolo, chupándolo, dejando una marca que seguramente sería morada al día siguiente.
La combinación fue demasiado. El orgasmo que estalló en Valeria fue cataclísmico. Gritó, un sonido largo, gutural, que resonó en el apartamento vacío, un grito de pura rendición animal. Sus músculos vaginales se apretaron en espasmos violentos, y un chorro de líquido, diferente a su lubricación habitual, brotó de ella, empapando la toalla y sus propios muslos. Había llegado a un orgasmo de squirt, algo que solo le había sucedido una vez antes en su vida, y nunca con tanta fuerza.
Adrián la sostuvo mientras temblaba, sus propias manos temblorosas. “Dios… eso fue… hermoso”, murmuró, asombrado.
Cuando finalmente se calmó, exhausta, temblorosa, casi inconsciente, él la acostó suavemente de lado y se acurrucó contra su espalda, abrazándola. No hablaron. No había palabras.
La Transgresión Final
La tarde del segundo día se deslizó hacia el anochecer en un estado de languidez sensual. Estaban sentados en el sofá, Valeria recostada sobre el pecho de Adrián, viendo sin realmente ver una película antigua en la televisión. Sus cuerpos estaban doloridos, saturados de placer, pero la llama del deseo, aunque baja, seguía ardiendo.
Fue entonces cuando Adrián, jugueteando con su cabello, dijo suavemente: “¿Estás cansada?”
Valeria negó con la cabeza contra su pecho. “No. Saturada, pero no cansada.”
“Hay… algo más que quiero”, dijo él, su voz cuidadosamente neutral. “Algo que hemos estado rodeando desde ayer.”
Ella lo sabía. Lo había sentido en el aire cada vez que sus cuerpos se alineaban, en la manera en que él se contenía cada vez que estaban en la posición perfecta. La penetración. El acto final. La última frontera.
Su corazón dio un vuelco. Asintió lentamente.
“Yo también”, susurró.
Él apagó la televisión. La habitación quedó en silencio, solo roto por el leve zumbido del refrigerador y el sonido de su respiración. La luz del atardecer, dorada y melancólica, entraba por la ventana.
Sin prisa, como si realizaran un ritual sagrado, se trasladaron al dormitorio. Esta vez, no hubo juegos preliminares. No eran necesarios. Sus cuerpos estaban sincronizados, sus deseos alineados.
Adrián la acostó sobre las sábanas de seda, ahora arrugadas y manchadas de sus encuentros previos. Se colocó sobre ella, apoyándose en sus codos, su peso una bienvenida familiar. Sus ojos, intensamente azules, se clavaron en los de ella.
“¿Estás segura?” preguntó, por última vez.
“Estoy segura”, dijo Valeria, y era la verdad más pura que había pronunciado en mucho tiempo.
Él asintió. Con una mano, guió su pene hacia su entrada, ya hinchada, abierta, empapada para recibirlo. La punta, ancha y pulsante, se presionó contra sus labios.
“Relájate”, murmuró él. “Para mí.”
Ella intentó, respirando hondo, permitiendo que sus músculos se ablandaran. Luego, con una lentitud exquisita, una presión inexorable, Adrián comenzó a entrar.
El sentimiento fue abrumador. Una sensación de plenitud, de estiramiento, de ser penetrada de una manera que su cuerpo nunca había experimentado. No era dolor, no exactamente, pero era intenso, casi demasiado. Valeria jadeó, sus uñas se clavaron en sus brazos.
“Shhh, mi amor, mi amor”, él susurró, deteniéndose cuando estuvo a medio camino. “Estás tan apretada… tan perfectamente apretada para mí.”
Permanecieron así por un momento, permitiendo que su cuerpo se adaptara. Valeria podía sentir cada latido de su pene dentro de ella, cada centímetro de su piel quemándose contra la suya. Luego, con otra embestida lenta, él se hundió hasta el fondo.
Un grito ahogado escapó de sus labios. Estaba completamente llena, invadida, poseída en el sentido más físico y primitivo. Adrián enterró su rostro en su cuello, gruñendo, su cuerpo temblando con el esfuerzo de contenerse.
“Dios… Valeria…”, su voz era un quejido roto. “Eres increíble.”
Comenzó a moverse entonces, al principio con movimientos lentos, profundos, de extracción casi completa y luego de empuje total. Cada embestida frotaba puntos dentro de ella que enviaban descargas eléctricas de placer. Valeria se envolvió alrededor de él, sus piernas enganchadas en su espalda baja, sus caderas encontrando el ritmo del suyo.
Pronto, la lentitud dio paso a una urgencia creciente. Los movimientos de Adrián se volvieron más rápidos, más potentes. El sonido de sus cuerpos chocando, húmedos y sudorosos, llenó la habitación, un ritmo obsceno y primitivo. Las palabras se desintegraron en gemidos, gruñidos, súplicas sin sentido.
Valeria perdió toda noción de sí misma. Se convirtió en pura sensación: el golpe de sus caderas contra las suyas, la fricción de su vello púbico contra su clítoris, el sabor salado de su piel bajo su lengua, el sonido bestial que salía de su propia garganta. Vio estrellas, oyó campanas. Estaba siendo follada, en el sentido más crudo, más glorioso de la palabra, y lo amaba cada segundo.
Adrián la volteó, la puso a cuatro patas, y la tomó desde atrás, sus embestidas ahora más profundas, más animales. Sus manos agarraban sus caderas con fuerza, marcándola. Valeria gritó en la almohada, su cuerpo siendo impulsado hacia adelante con cada empuje.
“¡Sí, así, toma mi verga, todo!”, rugió él, perdiendo todo vestigio de su habitual compostura.
Luego, de nuevo sobre su espalda, con sus piernas sobre sus hombros, una posición que la abría de una manera que la hacía sentir completamente expuesta, completamente vulnerable, completamente suya. Desde este ángulo, cada embestida golpeaba directamente su punto G. Los orgasmos comenzaron a rodar sobre ella, uno tras otro, no como olas separadas sino como un tsunami continuo de placer que la ahogaba. Gritó, lloró, suplicó, maldijo.
Adrián estaba más allá de las palabras. Su respiración era un fuelle roto, su cuerpo brillaba con sudor, sus músculos estaban tensos como cuerdas. El sonido de sus encuentros era de película pornográfica: chapoteos húmedos, chasquidos de piel, el crujido de la cama golpeando la pared, sus voces roncas gritando obscenidades y el nombre del otro.
Finalmente, con un rugido gutural que pareció salir de las entrañas de la tierra, Adrián se enterró hasta el fondo y se detuvo. Valeria sintió el calor explosivo de su eyaculación dentro de ella, chorro tras chorro, llenándola. La sensación, combinada con la presión de su cuerpo y su propia excitación extrema, la llevó a un último, violento orgasmo que blanqueó su mente, que la hizo gritar hasta que se le rasgó la garganta.
Colapsó, él sobre ella, ambos incapaces de moverse, jadeando como criaturas moribundas, pegados por el sudor, el semen, los jugos vaginales que habían chorreado por los muslos de Valeria y empapado las sábanas debajo.
El tiempo perdió todo significado. Pudo haber sido minutos u horas. Poco a poco, la conciencia regresó, trayendo consigo el dolor de músculos usados más allá de sus límites, la sensibilidad extrema de cada centímetro de su piel, y un agotamiento que era total, absoluto, beatífico.
Adrián se separó de ella con un gemido suave y se desplomó a su lado, sin energía ni siquiera para ir al baño. Tomó su mano, entrelazando sus dedos pegajosos con los de ella.
Ninguno habló. No había nada que decir que no hubieran dicho con sus cuerpos. El aire olía a sexo salvaje, a sal, a humedad, a humanidad cruda. Las sábanas estaban arruinadas, manchadas con la evidencia de su lujuria.
Finalmente, cuando la luz del atardecer se había convertido en oscuridad, Adrián se arrastró para traer una botella de agua y una toalla húmeda. La limpió con ternura, besando cada parte que limpiaba. Luego se limpió a sí mismo y se acostó de nuevo a su lado, abrazándola contra su cuerpo.
“Valeria”, susurró en la oscuridad.
“¿Hmm?”
“Te amo.”
Las palabras cayeran en el silencio, pesadas y verdaderas. Valeria sintió las lágrimas llenarle los ojos de nuevo, pero esta vez no eran de placer físico ni de liberación emocional. Eran de reconocimiento. Porque ella también lo amaba. De una manera complicada, enredada, imposible, pero innegable.
“Yo también te amo”, susurró de vuelta, y al decirlo, supo que algo dentro de ella había cambiado para siempre.
Se durmieron así, enredados en el desastre glorioso que habían creado, el sonido de sus respiraciones sincronizándose lentamente, el olor a su amor físico llenando el aire como un voto sagrado.
Fuera del apartamento, en la ciudad indiferente, la vida continuaba. Pero dentro de esas cuatro paredes, dos almas habían cruzado un umbral del que no había retorno. Habían probado el fruto prohibido, y su sabor había sido tan dulce, tan intenso, que ya nada volvería a ser igual.
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