Mis Historias Originales, Trabajadas con IA - Capítulo 25
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- Capítulo 25 - 25 Capítulo 11 El Éxtasis Prolongado
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25: Capítulo 11: El Éxtasis Prolongado 25: Capítulo 11: El Éxtasis Prolongado El timbre del teléfono cortó el silencio carnal como un cuchillo.
Valeria y Adrián, enredados en un sueño exhausto y satisfecho, tardaron un momento en reaccionar.
El sonido persistió, insistente, intrusivo.
Era el tono específico que Valeria había asignado a Julián.
El hechizo se quebró.
La realidad, en forma de un dispositivo electrónico, reclamaba su atención.
Valeria abrió los ojos, desorientada.
La luz del amanecer del tercer día filtraba tenuemente a través de las persianas.
Estaba acurrucada contra el pecho de Adrián, su mejilla apoyada en el vello áspero, su pierna enganchada sobre sus muslos.
Su cuerpo sentía cada uno de los abusos y placeres de las últimas cuarenta y ocho horas: músculos adoloridos, piel sensible al tacto, una ternura profunda y húmeda entre sus piernas que era un recordatorio constante de su posesión.
El teléfono seguía sonando.
“No lo contestes”, murmuró Adrián, su voz ronca por el sueño, apretándola más contra sí.
Pero era imposible.
El sonido era como un gancho en su conciencia, arrastrándola de vuelta a su otra vida.
Con un gemido de frustración, Valeria se liberó suavemente de su abrazo y se deslizó de la cama.
El aire fresco de la habitación la golpeó, recordándole su desnudez.
Encontró su bolso en el suelo, entre montones de ropa desechada, y sacó el teléfono.
La pantalla brillaba con la foto de Julián y Sofía, sonrientes bajo el sol en una playa familiar.
Un puñal de culpa, familiar pero ahora más agudo, se clavó en su pecho.
Respiró hondo y deslizó el dedo para contestar.
“¿Hola?” “Cariño, lo siento por llamar tan temprano.” La voz de Julián sonaba cansada, distante, con el ruido de fondo de un aeropuerto.
“Hay un problema con el proyecto en Bogotá.
Una de las licencias clave no salió, necesitan firmas físicas y reuniones de emergencia.
No va a ser cuestión de dos días más… probablemente toda la semana.” Valeria sintió que el mundo daba un vuelco.
Toda la semana.
No dos días, sino cinco más.
Cinco días más en esta burbuja.
Cinco días más con Adrián.
“Toda… toda la semana”, repitió, su voz apenas un susurro.
Sus ojos se encontraron con los de Adrián, que la observaba desde la cama, apoyado en un codo, su expresión alerta, inquisitiva.
“Sí.
Lo sé, es un fastidio.
Sofía está bien con mis padres, están encantados de tenerla más días.
Pero tú allí, sola… ¿estarás bien?
Podrías volver antes, pero con el lío de los vuelos por la temporada…” “No”, dijo Valeria demasiado rápido.
Luego, moderó su tono.
“Quiero decir, está bien.
Me quedo.
Aprovecho para… descansar.
Leer.
No te preocupes por mí.” Hubo una pausa incómoda al otro lado de la línea.
“¿Segura, Val?
Suenas… rara.” “Solo estaba dormida”, mintió, mirando fijamente a Adrián, quien ahora esbozaba una lenta y peligrosa sonrisa que empezaba en sus labios y llegaba a sus intensos ojos azules.
“Estoy bien, de verdad.
Haz lo que tengas que hacer.” “Te extraño”, dijo Julián, y la sinceridad en su voz le dio otro giro al puñal.
“Te llamo esta noche, ¿vale?” “Vale.
Cuídate.” Colgó y dejó el teléfono en la mesa de noche como si fuera una serpiente venenosa.
Se quedó de pie, desnuda, temblando levemente, no por el frío, sino por la tormenta de emociones que la embargaba: culpa, alivio, euforia, miedo, y un deseo tan punzante que la dobló por la cintura.
Adrián se levantó de la cama.
Estaba completamente desnudo, su cuerpo una obra maestra de músculos relajados y somnolientos, su sexo en reposo pero aún imponente.
Cruzó la distancia entre ellos en dos zancadas silenciosas.
“¿Toda la semana?”, preguntó, su voz un susurro grave que le erizó la piel.
Valeria asintió, sin poder hablar.
Sus ojos se llenaron de lágrimas contradictorias.
Él levantó una mano y con el pulgar le enjugó una lágrima que había logrado escapar.
“No llores”, murmuró.
“No hoy.
Hoy no hay espacio para el remordimiento.” “Es que… es mucho tiempo”, logró decir.
“Demasiado.” “Nunca demasiado”, repitió él su mantra, pero esta vez su voz tenía una cualidad diferente, triunfante, voraz.
“Una semana entera.
Siete días.
Siete noches.” Su mirada recorrió su cuerpo desnudo, poseyéndola de nuevo con los ojos.
Valeria sintió cómo su piel respondía, cómo sus pezones se endurecían bajo su escrutinio, cómo una humedad familiar y vergonzosa comenzaba a brotar de su interior.
La culpa se desvaneció, ahogada por un torrente de lujuria pura y anticipación.
Un gemido escapó de sus labios, un sonido de rendición total.
Fue entonces cuando se abalanzó contra él.
No con suavidad, no con ternura, sino con una urgencia bestial, sucia, sonora.
Sus cuerpos chocaron, piel contra piel, sudor contra sudor residual.
Sus bocas se encontraron en un beso que no tenía nada de amoroso: era un combate, una devoración mutua.
Lenguas que forcejeaban, dientes que chocaban, labios que se aplastaban con fuerza.
Adrián gruñó contra su boca, sus manos agarrando sus nalgas con una fuerza que haría moretones, apretándola contra su entrepierna donde ya sentía el despertar rápido, implacable, de su erección.
“Dios, Valeria”, jadeó cuando rompieron el beso para respirar.
“Me vuelves loco.” “Y tú a mí”, ella respondió, su voz ronca por el deseo y el llanto reprimido.
Bajó una mano entre ellos, agarrando su sexo que crecía rápidamente, envolviendo sus dedos alrededor de la gruesa circunferencia.
“Es mío.
Esta semana es todo mío.” “Sí”, siseó él, sus caderas empujando hacia su puño.
“Todo tuyo.
Cada centímetro.
Cada gota.” La llevó de vuelta a la cama, no con romanticismo, sino arrojándola sobre las sábanas manchadas.
Cayó con un pequeño grito que se convirtió en risa, una risa liberada, lujuriosa.
Él se situó entre sus piernas, que ella abrió de par en par en una invitación obscena y sin vergüenza.
“Mírame”, ordenó, mientras con una mano guiaba la punta hinchada y morada de su pene a su entrada, empapada y palpitante.
“Mírame mientras te vuelvo a poseer.
Mientras convierto este coño en mi coño otra vez.” Valeria lo miró fijamente, clavando sus ojos en los suyos.
Vio el amor allí, sí, pero también una posesividad animal, un deseo crudo que la excitaba hasta la médula.
Asintió, incapaz de articular palabras.
Él empujó.
No con lentitud exquisita esta vez, sino con una embestida firme y profunda que la hizo arquearse y gritar.
Estaba tan sensible, tan abierta por el uso de los días anteriores, que la sensación de plenitud fue instantánea, abrumadora, perfecta.
“¡Dios, Adrián!”, gritó, sus uñas clavándose en sus antebrazos.
“Así”, gruñó él, comenzando a moverse con un ritmo rápido y decidido desde el primer momento.
“Grita.
Grita por mí.
Que toda la ciudad sepa que te estoy follando.” El sonido que llenó la habitación era primitivo, vergonzoso, glorioso.
El chapoteo húmedo y sonoro de sus cuerpos uniéndose, los gemidos guturales de Adrián, los chillidos y suplicas de Valeria, el crujido rítmico de la cama contra la pared.
No había preliminares, no había juego, solo la necesidad urgente de reafirmar su conexión, de celebrar el tiempo robado que acababan de recibir.
Adrián la folló con una intensidad que raya en la violencia, pero cada embestida, cada agarre brutal, estaba impregnado de una pasión tan profunda que trascendía lo meramente físico.
Le hablaba, palabras sucias y amorosas mezcladas en un torrente.
“Este coño es el cielo… tan caliente, tan apretado para mí… te amo, Valeria, te amo mientras te destrozo… eres mía, solo mía esta semana… vas a venir, ahora, ¡viene para mí!” Y ella venía, una y otra vez, orgasmos más cortos pero intensísimos, eléctricos, que la sacudían como convulsiones.
Cada grito, cada lágrima que brotaba (ahora solo de puro éxtasis), era un himno a su lujuria compartida.
Cuando Adrián finalmente llegó al clímax, con un rugido que pareció sacudir las paredes, enterrándose hasta el fondo y derramándose dentro de ella en chorros calientes e interminables, Valeria tuvo otro orgasmo, uno profundo y resonante que le hizo ver blanco por un instante.
Colapsó sobre ella, jadeando, su corazón martillándole contra las costillas de ella.
Estaban pegados, sudorosos, el olor a sexo rancio y fresco mezclándose en el aire.
“Una semana”, murmuró Adrián contra su cuello, después de un largo silencio.
“Dime qué quieres.
Dime qué hacemos.” Valeria, con una claridad sorprendente, supo la respuesta.
“Todo”, susurró.
“Quiero todo contigo.
Dentro y fuera de esta cama.
Quiero citas.
Quiero que me lleves a cenar y luego me follees en el baño del restaurante.
Quiero juguetes.
Quiero explorar cada fantasía.
Quiero que esta semana sea un infierno de placer del que nunca queramos despertar.” Él se separó lo suficiente para mirarla a los ojos.
En su mirada azul ardía una llama de puro desafío y deseo.
“Entonces eso es lo que haremos.” Día 3: La Cita y el Juguete Esa tarde, después de dormir unas horas más y de darse una ducha larga y lujuriosa que involucró más sexo bajo el agua caliente, Adrián anunció que tenía un plan.
“Vamos a salir”, dijo, vistiéndose con unos pantalones de vestir negros y una camisa azul celeste que hacía resaltar sus ojos.
“A un lugar bonito.
Donde tengas que ponerte ese vestido negro que trajiste, el que se te ve tan jodidamente sexy.” Valeria se sintió una adolescente preparándose para una cita.
Se maquilló con cuidado, se puso el vestido corto y ceñido de tirantes finos, unos tacones altos.
Cuando salió del baño, la mirada de Adrián fue una recompensa en sí misma.
Era una mirada de hambre pura, de orgullo posesivo.
“No vamos a llegar al postre”, anunció él, su voz grave.
El restaurante era íntimo, con mesas con manteles blancos y velas.
Adrián la trató como a una reina: sacó su silla, eligió el vino, le hizo probar de su plato.
Conversaron, rieron, sus pies se tocaban bajo la mesa.
Era una cita normal, maravillosa, pero cargada de electricidad sexual.
Cada mirada sostenida, cada roce de sus manos al pasar la sal, era una promesa.
A mitad de la cena, Valeria fue al baño.
Cuando salió del cubículo, Adrián estaba allí, apoyado en el lavabo, habiendo entrado silenciosamente en el baño de mujeres.
La puerta estaba bloqueada con un cenicero de pie.
“¿Qué…?” empezó ella, pero él ya estaba sobre ella.
La besó con furia, sus manos subiendo por sus muslos debajo del vestido, encontrando que no llevaba ropa interior.
Un gruñido de aprobación vibró en su pecho.
“Te dije que no llegaríamos al postre”, murmuró contra sus labios.
“Ponte de cara al lavabo.” “Adrián, aquí no…”, protestó débilmente, pero su cuerpo ya respondía, humedeciéndose.
“Aquí sí.
Ahora.” La autoridad en su voz la encendió.
Obedeció, doblando levemente la cintura, apoyando las manos en el frío mármol del lavabo.
Él levantó su vestido por la espalda, revelando sus nalgas desnudas.
El aire frío del baño le erizó la piel.
Oyó el sonido de su bragueta abriéndose, luego la sensación de la punta, dura y caliente, buscando su entrada.
Con un empuje, la penetró por completo, ahogando su grito con una mano sobre su boca.
“Chitón”, susurró en su oído, comenzando a mover sus caderas con embestidas cortas y potentes.
“No quieren oírte fuera.” Era rápido, sucio, peligroso.
El riesgo de ser descubiertos añadía una capa de excitación prohibida que hizo que Valeria llegara al orgasmo en cuestión de minutos, mordiendo la mano de él para silenciar sus gemidos.
Él siguió poco después, derramándose dentro de ella con un jadeo sofocado, ambas manos agarrando sus caderas con fuerza.
Se arreglaron rápidamente, entre miradas cómplices y risas nerviosas.
Cuando volvieron a la mesa, el camarero ni sospechó.
Pagaron la cuenta y salieron, la tensión sexual entre ellos ahora palpable como una niebla espesa.
De vuelta en el apartamento, Adrián sacó una bolsa discreta de una tienda para adultos que había visitado mientras ella se preparaba.
“Elegí algunas cosas”, dijo con una sonrisa pícara.
Dentro había un vibrador de doble terminación (para él y para ella), unas esposas de felpa suaves pero resistentes, un antifaz de seda, una pequeña vara de impactación de cuero suave, y un lubricante con sabor.
Valeria los observó, su corazón acelerándose.
“Quiero probarlo todo”, dijo, su voz temblorosa de anticipación.
“Empecemos por aquí”, dijo él, tomando las esposas y el antifaz.
“Confía en mí.” Ella asintió.
Él la condujo al dormitorio, donde encendió velas nuevas.
La hizo sentarse en el borde de la cama y, con movimientos deliberados, le vendó los ojos con el antifaz.
El mundo desapareció, dejando solo sonidos, olores y sensaciones.
“Manos atrás”, ordenó su voz, suave pero firme.
Ella cruzó las muñecas a la espalda.
Sintió el tacto suave de la felpa, luego el cierre seguro, no apretado, pero inescapable.
La vulnerabilidad fue instantánea y electrizante.
No podía ver, no podía tocar.
Solo podía sentir.
Oyó sus pasos alejándose, luego regresando.
Sintió primero su aliento en su cuello, luego sus labios.
Besos suaves que recorrían su piel, bajando por su clavícula, hacia la parte superior de sus senos, expuestos por el escote del vestido que aún llevaba.
Sus manos (sus libres, poderosas manos) deslizaron las tiras del vestido hacia abajo, liberando sus pechos.
Su boca capturó un pezón inmediatamente, succionándolo con fuerza mientras sus dedos pellizcaban y torturaban el otro.
Valeria gimió, su cuerpo arqueándose hacia él.
La impotencia de no poder guiarlo, de no saber qué vendría después, aumentaba cada sensación al doble.
“Por favor…”, suplicó.
“Por favor, ¿qué?” murmuró él, su boca húmeda aún contra su piel.
“No sé… más… tócame.” Sus manos descendieron por su vientre, encontrando el borde de su vestido.
Lo levantó lentamente, exponiendo completamente su entrepierna desnuda.
Un dedo, luego dos, se deslizaron dentro de ella sin preámbulos, encontrándola empapada.
“Dios, siempre estás lista para mí”, dijo con asombro.
Sus dedos comenzaron un movimiento experto dentro de ella, frotando su punto G mientras su pulgar encontraba su clítoris.
Con la vista privada, cada toque, cada caricia, era una sorpresa.
Valeria se retorcía, sus gemidos cada vez más altos, más desesperados.
Justo cuando sentía que el orgasmo se acercaba, él detuvo su movimiento.
Oyó un sonido, un zumbido bajo.
El vibrador.
“Voy a jugar un poco”, dijo su voz, justo antes de que la fría punta del juguete, ya lubricada, rozara sus labios exteriores.
Lo guió sobre su clítoris, sin presión, solo la vibración intensa que la hizo saltar.
Luego, lo deslizó hacia su entrada, empujando suavemente la punta dentro.
La sensación de plenitud vibrante fue abrumadora.
Él lo movió dentro y fuera, lentamente, cambiando los patrones de vibración, encontrando el que la hacía gritar.
“¿Te gusta?”, preguntó, su voz áspera junto a su oído.
“¡Sí!
¡Dios, sí!” “Bueno, esto es solo el comienzo.” Retiró el vibrador.
Oyó el sonido de un cinturón, de una cremallera.
Luego, sus manos la levantaron y la colocaron a cuatro patas en el centro de la cama.
Sintió el colchón hundirse cuando él se arrodilló detrás de ella.
La punta de su pene, dura como el acero, rozó sus nalgas, luego se deslizó hacia su entrada.
“Esta vez”, dijo, su voz cargada de lujuria, “voy a follarte hasta que no puedas más.
Y vas a contar cada embestida.” Penetró de un solo golpe, profundo, llenándola por completo.
Valeria gritó, el sonido amortiguado por el antifaz.
“Una”, contó él, retirándose casi por completo antes de volver a entrar con fuerza.
“¡Dos!” “Tres!” “¡Cuatro!” Sus embestidas eran metronómicas, potentes, profundas.
Valeria, ciega y esposada, solo podía recibir, su cuerpo balanceándose hacia adelante con cada empuje.
El sonido de sus cuerpos chocando era obsceno en el silencio de la habitación, solo roto por su cuenta y sus gemidos.
Llegó a veinte, treinta, cuarenta.
Valeria perdió la cuenta, perdida en una niebla de sensaciones.
Él varió el ángulo, golpeando un punto que la hizo ver estrellas incluso a través de la oscuridad.
Su propio deseo era una bestia viva, rugiendo dentro de ella.
“¡Adrián, por favor, déjame venir!”, suplicó.
“No todavía”, jadeó él, su ritmo nunca decayendo.
“No hasta que yo lo diga.” Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, gruñó: “Ahora.
Viene conmigo.” Un último empuje brutal, y sintió la explosión caliente de su semen dentro de ella al mismo tiempo que un permiso tácito en su mente.
Su cuerpo, tan al borde, se desató en un orgasmo violento y prolongado que la hizo temblar de pies a cabeza, un grito ronco escapando de sus labios.
Él cayó sobre su espalda, todavía dentro de ella, ambos jadeando.
Después de un momento, liberó sus muñecas y le quitó el antifaz.
La luz de las velas le dio brillo a sus ojos llenos de lágrimas de éxtasis.
“Te amo”, dijo él, sencillamente.
“Y yo a ti”, respondió ella, y supo que nunca había significado algo tan profundamente.
Días 4 y 5: La Espiral Bestial Los siguientes días se convirtieron en una espiral descendente (o ascendente) hacia un hedonismo puro.
Los límites entre ellos se desdibujaron.
Comían cuando tenían hambre, dormían cuando el agotamiento los vencía, y el resto del tiempo lo dedicaban a explorar sus cuerpos y sus deseos más oscuros.
Adrián usó la vara de impactación, azotando suavemente las nalgas y los muslos de Valeria hasta que estuvieron sonrosados y sensibles, cada golpe seguido de un beso o una lamida que convertía el dolor en placer.
Valeria, por su parte, aprendió a usar su boca y sus manos con una confianza salvaje.
Lo masturbaba durante horas, aprendiendo cada centímetro de su sexo, saboreando cada gota de su pre-eyaculación, haciéndole llegar al borde y deteniéndose una y otra vez hasta que él le suplicaba.
Una tarde, Adrián llegó con más juguetes: un consolador doble (para penetración simultánea vaginal y anal) y un anillo vibrador para él.
“¿Te atreves?”, preguntó, su mirada desafiante.
Valeria, que nunca había explorado el sexo anal más allá de tocamientos superficiales, sintió un miedo y una excitación paralizantes.
Miró el juguete, luego a él.
“Solo si es contigo”, dijo finalmente.
“Y con mucho, mucho lubricante.” El proceso fue lento, meticuloso.
Adrián la preparó con dedos y lubricante durante lo que pareció una eternidad, deteniéndose cada vez que ella se ponía tensa, besándola, murmurándole palabras de aliento y deseo sucio.
Cuando finalmente, con ella a cuatro patas y él arrodillado detrás, guió la punta del consolador a su trasero mientras la penetraba vaginalmente con su propio sexo (reforzado por el anillo vibratorio), Valeria pensó que se desmayaría.
La sensación de estar completamente llena, invadida en ambos orificios, fue abrumadora, casi intolerable.
Pero luego, él comenzó a moverse, y el anillo vibró, y la sensación se transformó en algo totalmente nuevo, una plenitud extática que tocaba lugares en su cerebro que no sabía que existían.
Cuando llegó al orgasmo, fue silencioso, profundo, una convulsión interna que la dejó sin aliento y llorando sin control.
Después, él la sostuvo durante largo rato, acariciando su cabello, diciéndole lo valiente que era, lo perfecta que era.
También salieron más.
A un cine, donde ella le hizo una mamada en la última fila, tragando cada gota de su semen mientras en la pantalla explotaban naves espaciales.
A un parque nocturno, donde la arrastró a unos arbustos y la penetró por detrado contra un árbol, sus manos sellando su boca para ahogar sus gritos.
El sexo era constante, animal, bestial.
Se mordían, dejando marcas en hombros, cuellos, pechos, muslos.
Se chupaban la piel hasta formar moretones.
Se lamían el sudor el uno del otro, se bebían los fluidos del otro directamente de la fuente.
Hablaban sucio constantemente, un diálogo crudo y explícito que alimentaba sus fogatas internas.
“Quiero que me llenes el culo de leche”, le dijo ella una noche, arrodillada ante él, mirándolo fijamente mientras lo masturbaba.
“Y yo quiero orinar en ese coño perfecto y luego limpiarlo con mi lengua”, respondió él, sus ojos oscuros de deseo.
Lo discutieron, lo negociaron, establecieron límites dentro de su espacio sin límites.
Algunas cosas se quedaron en fantasía verbal, otras las llevaron a cabo con un frenesí que los dejaba exhaustos y eufóricos.
Ya no usaban protección.
La entrega era total.
Adrián se corría dentro de ella, en su boca, en su cara, en sus senos.
Valeria lo recibía todo, lo saboreaba, se frotaba con ello, lo reclamaba como suyo.
Su olor mutuo los impregnaba, una mezcla de sexo, sudor y piel que se convirtió en su perfume personal.
Dormían abrazados, a menudo con él aún semiduro dentro de ella, como si ni en el sueño pudieran soportar la separación.
Día 6: El Punto de Quiebre Al sexto día, la realidad comenzó a filtrarse.
Una llamada de la hija de Valeria, Sofía, preguntando cuándo volvería mamá.
Un correo electrónico de Julián con una foto de ellos tres, felices.
La burbuja mostró grietas.
Valeria cayó en un estado de melancolía repentina después de la llamada.
Se sentó en el borde de la cama, mirando por la ventana a la ciudad que continuaba su vida ajena.
Adrián lo notó inmediatamente.
Se sentó a su lado, sin tocarla al principio.
“El mundo está llamando a la puerta”, dijo suavemente.
Ella asintió, una lágrima silenciosa corriendo por su mejilla.
“Sofía… mi niña.
Me pregunta si extraño la playa con ella.” Él permaneció en silencio, respetando su dolor.
“¿Qué estamos haciendo, Adrián?”, preguntó, su voz quebrada.
“Esto… esto no puede durar.
Tú lo sabes.
Yo lo sé.” “Lo sé”, admitió él, su voz también cargada de una tristeza profunda.
“Pero eso no significa que no sea real.
Que lo que sentimos no sea lo más real que he experimentado en mi vida.” Ella se volvió hacia él, su rostro bañado en lágrimas.
“Te amo.
Dios, te amo hasta el dolor.
Y eso hace que todo sea diez veces peor.” Él la tomó en sus brazos entonces, fuerte, casi desesperadamente.
“Yo también te amo.
Y no tengo respuestas, Valeria.
Solo sé que estos días… han sido un regalo.
Un regalo robado, prohibido, pero un regalo al fin.” Se besaron, pero esta vez no hubo lujuria, solo una tristeza profunda y un amor desgarrador.
Fue un beso de despedida, aunque aún les quedaba un día.
Esa noche, hicieron el amor de manera diferente.
Lento, triste, profundo.
Cada caricia, cada penetración, cada gemido estaba impregnado de la conciencia del final inminente.
Follaron durante horas, pero era una conexión melancólica, un intento de fusionarse tanto que la separación fuera imposible.
Después, acostados de lado, él dentro de ella desde atrás, sus cuerpos encajados como piezas de un puzzle, Adrián murmuró en su oído: “Pase lo que pase… nunca olvides esto.
Nunca olvides cómo te amo.
Cómo tu cuerpo se abre para mí.
Cómo gritas mi nombre.” Valeria no pudo responder.
Solo apretó su mano contra la que él tenía enroscada alrededor de su cintura y lloró en silencio.
Día 7: La Última Cena y la Despedida de Fuego El último día amaneció gris y lluvioso.
Parecía que el clima se unía a su estado de ánimo.
Decidieron hacer una “última cena” elaborada en el apartamento.
Adrián cocinó, Valeria puso la mesa con el mantel de algodón y las velas.
Se vistieron bien, como para una ocasión solemne.
Comieron langosta y bebieron champagne, hablando de todo menos de lo que se avecinaba.
Hablaron de libros, de música, de sus infancias.
Se rieron.
Pero bajo la superficie, la tensión crecía, una presión que solo podía liberarse de una manera.
Cuando terminaron, Adrián miró a Valeria a través de la mesa.
Sus ojos azules ardían con una intensidad feroz y dolorosa.
“Una última vez”, dijo, su voz grave.
“De la manera más salvaje, más bestial, más posesiva que podamos.
Quiero que recuerdes esto hasta el último día de tu vida.
Quiero que mi olor, mi sabor, mi marca en tu piel, te persigan para siempre.” Valeria se levantó, su corazón latiendo con fuerza.
“Sí”, dijo, solo esa palabra, pero cargada de todo su ser.
No fueron al dormitorio.
Se quedaron en la sala.
Adrián despejó la mesa de un manotazo, los platos y copas estrellándose contra el suelo en una cacofonía gloriosa.
La levantó y la sentó sobre el borde de la mesa, apartando bruscamente su vestido y su ropa interior.
“Hoy”, dijo, abriendo su bragueta y liberando su erección, ya plena y palpitante, “no hay juegos.
No hay juguetes.
Solo tú, yo, y el hecho de que te voy a follar hasta que ninguno de los dos pueda pararse.” Y lo hizo.
La penetró allí mismo, sobre la mesa, con una fuerza que hizo que el mueble se arrastrara por el suelo.
Fue rápido, duro, implacable.
Valeria gritó, aferrándose a sus hombros, sus piernas enroscadas alrededor de su cintura.
Era un apareamiento animal, una afirmación final de posesión.
La llevó al suelo sobre la alfombra, la puso a cuatro patas y la tomó desde atrás, sus manos agarrando sus caderas con tanta fuerza que seguramente le dejarían moretones en forma de dedos.
El sonido de sus cuerpos chocando era brutal, húmedo, infinito.
“¡Dime que es mío!”, rugió, sus embestidas perdiendo todo ritmo, convirtiéndose en una serie de empujes caóticos y profundos.
“¡Tuyo!
¡Solo tuyo!”, gritó ella, llorando, su cuerpo respondiendo con una entrega total.
La levantó y la apretó contra la pared, sosteniéndola en el aire mientras la penetraba, sus muslos temblando con el esfuerzo.
Valeria se aferró a él, enterrando su cara en su cuello, mordiéndolo, saboreando el sudor salado.
Finalmente, cayendo de rodillas en el suelo, frente al sofá, él la tumbó boca abajo sobre los cojines y se colocó sobre ella.
Esta fue la posición final.
Su peso completo sobre ella, sus bocas cerca, susurrándose palabras rotas de amor y deseo, mientras sus caderas se movían en un ritmo final, agonizantemente lento y profundo.
“Te amo… te amo… te amo…”, él repetía como un mantra con cada embestida.
“Y yo a ti… siempre… siempre…”, ella respondía, cada palabra un jadeo.
Cuando sus orgasmos finales llegaron, fueron simultáneos, silenciosos esta vez, profundos como abismos.
Una convulsión compartida que los dejó vacíos, exhaustos, desgarrados.
Adrián se derrumbó a su lado, sin energía ni siquiera para separarse de ella por completo.
Permanecieron en el suelo, entre los restos de su cena y su pasión, durante mucho tiempo, escuchando la lluvia golpear los ventanales.
Al final, él fue quien rompió el silencio.
“Tienes que irte mañana temprano.” “Lo sé.” “Yo… limpiaré esto.
Borraré las huellas.” Ella se giró para mirarlo, su corazón hecho añicos.
“No puedes borrarte a ti mismo de mí.” Él sonrió, una sonrisa triste y hermosa.
“No.
Y no quiero.” Pasaron su última noche abrazados, sin hacer el amor, solo tocándose, memorizando las texturas, los latidos, las respiraciones.
Durmieron poco.
A la mañana siguiente, Valeria empacó en silencio.
El apartamento, que había sido su universo, ahora parecía vacío y triste otra vez.
Adrián la ayudó, sus manos rozándose por última vez.
En la puerta, se enfrentaron.
No había nada más que decir que no se hubiera dicho.
Se besaron, un beso largo, lento, dulce y desgarrador.
Sabor a despedida, a sal, a amor imposible.
“Adiós, Valeria”, dijo él, su voz ronca por la emoción.
“Adiós, Adrián.” Ella tomó su maleta y salió, sin mirar atrás.
Sabía que si lo hacía, no tendría la fuerza para irse.
El ascensor bajó.
La puerta del apartamento se cerró.
Dos mundos que se habían fusionado de manera explosiva volvían a separarse.
En el taxi al aeropuerto, Valeria miró por la ventana la ciudad que pasaba.
Su cuerpo aún sentía cada uno de los siete días.
Su piel llevaba sus marcas.
Su interior llevaba su esencia.
Su corazón llevaba una cicatriz nueva, profunda y permanente.
Había probado el festín de los sentidos prohibidos.
Se había hartado.
Y ahora, tendría que vivir el resto de su vida con el recuerdo de ese sabor, y con el hambre de nunca poder probarlo de nuevo.
El teléfono vibró.
Un mensaje de Adrián: “Siempre tuyo.
Siempre.” Ella apretó el teléfono contra su pecho y cerró los ojos, dejando que las lágrimas silenciosas lavaran, pero no borraran, nada.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES DaoistaOceanSong Les dejo mi Patreon.
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Esa es la que planeo que sea mi mejor obra.
Gracias por leer y por dedicar su valioso tiempo a estas cosas.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com