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Mis Historias Originales, Trabajadas con IA - Capítulo 26

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Capítulo 26: Capítulo 12: La Dualidad Permanente

El regreso a la realidad fue un viaje lento, doloroso y extrañamente hermoso. En el auto que los llevaba desde el aeropuerto hacia sus vidas separadas, Valeria y Adrián permanecieron entrelazados de una manera que trascendía lo físico. Sus cuerpos, aunque ahora vestidos con ropa común, seguían buscando contacto. La mano de él sobre su muslo, su cabeza apoyada en su hombro, los dedos de ella jugueteando con los suyos. No hablaban mucho, pero cuando lo hacían, era con una ternura que cortaba el aire espeso de la despedida.

“Te extrañaré cada segundo”, murmuró Adrián, sus labios rozando su sien.

“Ya te extraño”, respondió Valeria, su voz un susurro cargado de emoción. “Dios, esto duele.”

“Pero valió la pena”, él dijo, con una certeza que ella quería creer. “Cada segundo valió la pena.”

Se besaban en los semáforos, largos besos suaves que sabían a lágrimas y promesas rotas. Adrián le acariciaba la mejilla con el dorso de los dedos, un gesto tan íntimo que hacía que el mundo exterior desapareciera. En una estación de servicio, él bajó a comprar agua y, al regresar, se inclinó por la ventanilla para besarla antes de subir, ignorando las miradas curiosas de otros viajeros. Eran dos amantes en su burbuja final, almacenando caricias para el invierno que se avecinaba.

Cuando llegaron a su vecindario, la tensión regresó. Los edificios familiares, las calles conocidas, todo parecía gritarles la normalidad que debían asumir. Adrián estacionó a una cuadra de la casa de Valeria.

“Aquí”, dijo, su voz grave. “No puedo llevarte hasta la puerta.”

Ella asintió, tragando el nudo en su garganta. Se miraron, memorizando cada detalle: el azul intenso de sus ojos inyectados en sangre por la falta de sueño y la emoción, la curva de sus labios hinchados por besos y mordiscos, la sombra de barba que cubría su mandíbula fuerte.

“Una última vez”, susurró ella, y se inclinó para besarlo. Fue un beso de desesperación, de hambre, de un amor que sabía condenado pero irrenunciable. Sus lenguas se enredaron, sus manos se aferraron a las prendas del otro, sus cuerpos se arquearon buscando una proximidad imposible en el asiento de un auto.

Finalmente, se separaron, jadeando.

“Te amo, Valeria Montes”, dijo Adrián, cada palabra un juramento tallado en piedra.

“Y yo te amo, Adrián Vidal. Siempre.”

Ella bajó del auto, tomó su maleta del asiento trasero y, sin mirar atrás, caminó hacia su casa. Cada paso resonaba como un martillazo en su pecho. Sintió el peso de los siete días en cada músculo, en cada moretón oculto bajo la ropa, en la sensación persistente y húmeda entre sus piernas donde él había dejado su marca por última vez hacía apenas horas.

Al abrir la puerta de su casa, un silencio opresivo la recibió. La casa estaba impecable, ordenada, muerta. Olía a limpio, a desinfectante, a ausencia. Dejó la maleta en la entrada y avanzó lentamente. Todo estaba en su lugar, pero todo parecía extraño, como si ella fuera la intrusa.

“¿Julián?”, llamó, su voz resonando en el vacío.

No hubo respuesta. Subió las escaleras hacia el dormitorio principal. La puerta estaba cerrada. Tocó suavemente.

“¿Julián? ¿Estás ahí?”

Un ruido leve, como un susurro o un gemido ahogado, llegó desde dentro. Luego, después de un momento, la voz de su esposo, débil y distante: “Sí… un momento.”

Valeria esperó, sintiendo una inquietud extraña. Cuando la puerta se abrió, contuvo un grito.

Julián estaba allí, pero era una versión espectral de sí mismo. Había adelgazado notablemente en solo una semana. Su rostro, normalmente sonrosado y lleno de vida, estaba pálido y demacrado, con profundas ojeras moradas. Sus ojos, antes brillantes, parecían opacos, hundidos en sus cuencas. Llevaba una bata de baño arrugada que le colgaba de los hombros, como si fuera demasiado grande. Parecía… exprimido. Vacío.

Pero al verla, una chispa de vida regresó a su mirada. Una sonrisa tensa, casi dolorosa, se dibujó en sus labios.

“Valeria… cariño, has regresado.”

Se inclinó para besarla en la mejilla. Su beso fue seco, frío. Al hacerlo, Valeria sintió cómo su cuerpo se tensaba. ¿Lo había notado? ¿Había captado el aroma que ella llevaba impregnado en la piel, en el cabello, en la ropa? Un aroma a sexo sudoroso, a semen seco, a intimidad compartida de manera bestial, a otro hombre.

Ella contuvo la respiración, preparándose para una pregunta, una acusación, un reproche.

Pero no llegó. Julián solo retrocedió, su sonrisa aún fija en su rostro demacrado. “El viaje… ¿bien?”

“Sí… sí, bien. Descansé”, mintió, las palabras sabiendo a cenizas en su boca. “Julián, ¿estás bien? Te ves… pálido.”

Él se encogió de hombros, un gesto que parecía requerir un esfuerzo enorme. “Un poco de gripe, nada más. Ya estoy mejor.” Su mirada vagó por el pasillo, evitando sus ojos. “Sofía está en casa de Elena. Dijo que le parecía bien, que la niña se divertía con sus hijos.”

Elena. La esposa de Adrián. El nombre cayó entre ellos como una losa. Valeria asintió, sintiendo un escalofrío recorrer su espina dorsal.

“Voy a prepararte algo de comer”, dijo, con una urgencia repentina de hacer algo, de ocupar sus manos, de huir de la mirada vacía de su esposo. “Tienes que alimentarte.”

Julián no protestó. Solo asintió y regresó a la habitación, cerrando la puerta suavemente detrás de sí.

Valeria bajó a la cocina, sus manos temblando mientras abría la nevera. Los movimientos automáticos de cortar verduras, calentar caldo, batir huevos, la anclaron un poco a la realidad. Pero su mente estaba en otra parte: en el apartamento de Adrián, en su piel contra la suya, en sus gritos ahogados por placer, en la sensación de estar completamente poseída, reclamada, devorada.

Mientras la sopa se cocinaba, subió a su habitación, la que compartía con Julián. Abrió su maleta. El olor a Adrián brotó de la tela como una presencia fantasmal. Se arrodilló, enterrando su rostro en su ropa sucia, inhalando profundamente. Un gemido escapó de sus labios. Allí estaba: su colonia, su sudor, el aroma acre y dulce de su semen seco en su ropa interior. Lloró en silencio, abrazando la maleta como si fuera un salvavidas.

Luego, con una determinación férrea, se levantó. Sacó toda la ropa y la llevó directamente a la lavadora. No podía permitirse ese lujo, ese recordatorio físico. Pero incluso cuando la máquina comenzó a girar, supo que algunas manchas nunca se lavarían.

Sirvió la sopa y llamó a Julián. Él bajó, se sentó a la mesa y comió en silencio, con movimientos lentos y mecánicos. Valeria lo observaba, una mezcla de preocupación genuina y una distancia emocional que la alarmaba. Este hombre, su esposo por años, el padre de su hija, ahora le parecía un extraño. Un hombre frágil y roto cuyo dolor ella no podía (o no quería) comprender del todo.

“¿Has salido de la habitación estos días?” preguntó, tratando de sonar cariñosa.

“Poco”, admitió él, sin levantar la vista del plato. “Me sentía débil. Elena… Elena vino a traerme comida algunos días.”

Otra vez ese nombre. Valeria sintió un pellizco de algo que no era celos, sino una curiosidad oscura y retorcida. ¿Qué había pasado aquí mientras ella estaba ausente? ¿Qué dinámica se había establecido entre su esposo y la esposa de Adrián?

Pero no preguntó. En cambio, habló de cosas banales: el vuelo, el clima, anécdotas inocuas de su “descanso” en la ciudad. Julián asentía, pero su mente parecía a kilómetros de distancia.

Así comenzaron los días siguientes. Una convivencia extraña, paralela. Comían juntos, veían la televisión en el sofá, hablaban de los planes para Sofía, que regresaría en unos días. Todo era normal en la superficie, pero bajo ella, un abismo se había abierto.

Julián se encerraba en su habitación durante horas, a veces todo el día. Valeria escuchaba ruidos bajos, murmullos, a veces lo que sonaba como sollozos ahogados. Al principio, llamaba a la puerta, preocupada. Luego, dejó de hacerlo. Una parte de ella, una parte nueva y más fría que había nacido en los brazos de Adrián, no quería saber. Su preocupación se transformó en una aceptación distante. Si él quería encerrarse, estaba bien. Si quería su espacio, se lo daría.

Y ella, por su parte, también se alejaba. Físicamente estaba allí, pero su mente, su corazón, su deseo, estaban en otra parte. Ya no iniciaba el contacto físico. Ya no buscaba su mano. Ya no le contaba los pequeños detalles de su día con la animación de antes. Se había vuelto más independiente, más reservada, más… inalcanzable.

Y notó algo extraño: cuanto más distante se volvía, más parecía… animar a Julián. No de una manera evidente, sino sutil. Sus ojos, cuando la observaban a escondidas, tenían un brillo extraño, casi febril. Una vez, al pasar junto a ella en el pasillo, su mano rozó su cintura y ella sintió, a través de la tela de su pantalón, la firmeza de una erección. Se apartó rápidamente, sorprendida y confundida. Él bajó la vista, ruborizado, pero no se disculpó. Solo una sonrisa tensa, casi de vergüenza, cruzó su rostro.

Esa noche, mientras se preparaba para dormir (en la cama conyugal, pero dando la espalda, un espacio enorme entre ellos), Valeria pensó en eso. La reacción de su esposo a su frialdad. Y una idea repugnante y excitante a la vez se abrió paso en su mente: ¿le excitaba su indiferencia? ¿Le calentaba saber que ella ya no era completamente suya, que su mente y su cuerpo anhelaban a otro?

La idea la revolvió. Se tocó a sí misma en la oscuridad, silenciosamente, imaginando que era Adrián quien la observaba desde la puerta, excitado por su traición, por su lujuria por otro hombre. Llegó al orgasmo con los dientes apretados, ahogando un gemido en la almohada, una oleada de culpa y placer quemándole las entrañas.

Al día siguiente, recibió un mensaje. Un número desconocido, pero supo instantáneamente quién era.

“Necesito verte. Hoy. El café de la esquina de tu calle, 3 pm. A.”

El corazón le dio un vuelco. No habían acordado contactarse tan pronto. Era peligroso. Estúpido. Imposible de rechazar.

A las 2:55 pm, con la excusa de ir a comprar algo para la cena, salió de casa. Llevaba un vestido sencillo, pero sin ropa interior. Una decisión consciente, una promesa silenciosa.

Adrián estaba en una mesa del fondo, con gafas de sol y una gorra. Parecía un extraño, pero su postura, la curva de sus labios, le erizaron la piel al instante. Se sentó frente a él. Bajo la mesa, su rodilla encontró la suya inmediatamente.

“No deberíamos”, susurró ella, pero sus ojos decían lo contrario.

“Lo sé”, dijo él, su voz grave y directa. “No pude esperar. Necesitaba saber… si era real. Si no me había inventado todo.”

“Fue real”, dijo ella, su voz quebrada. “Es real.”

Su pie se deslizó por su pantorrilla, subiendo bajo el vestido. Valeria contuvo la respiración. En el café tranquilo, con gente leyendo periódicos y tomando capuchinos, la punta de su zapato encontró la cálida humedad entre sus piernas desnudas. Rozó su clítoris a través de la tela del vestido. Un espasmo de placer la recorrió.

“Dios… Adrián…” murmuró, sus mejillas sonrojadas.

“Quiero que vengas”, dijo él, su voz un susurro áspero. “Aquí. Ahora. Sin hacer ruido.”

Era una locura. Un desafío. Bajo la mesa, su pie presionó con más firmeza, frotando círculos precisos contra su núcleo sensible. Valeria apretó los muslos, tratando de contener la ola de sensaciones. Su respiración se aceleró. Miró a su alrededor, paranoica, pero nadie parecía notar nada. Eran solo una pareja más tomando café.

El placer se acumuló rápidamente, alimentado por el riesgo, por la prohibición, por la mirada intensa de Adrián a través de sus gafas de sol. Sus dedos se aferraron al borde de la mesa. Un temblor comenzó en sus piernas.

“Vas a venir para mí, ¿verdad, Valeria?” murmuró él, su pie nunca deteniendo su movimiento insistente, ahora más rápido, más firme.

Ella asintió, casi imperceptiblemente. Sus ojos se llenaron de lágrimas de éxtasis y tensión. La presión estalló en un orgasmo silencioso y violento que la sacudió por completo. Su cuerpo se arqueó levemente en la silla, un jadeo ahogado escapó de sus labios. La humedad empapó su vestido y, sin duda, la punta de su zapato.

Adrián retiró el pie lentamente, una sonrisa de triunfo bestial en sus labios.

“Buena chica”, murmuró. “Ahora, levántate y ven al baño conmigo. Quiero limpiar mi zapato con tu boca.”

Las palabras, sucias y autoritarias, la encendieron de nuevo instantáneamente. Con las piernas temblorosas, se levantó y caminó hacia el baño, un pequeño cuarto individual. Él entró detrás de ella y cerró la puerta con llave.

En el espacio reducido, lo único que existía era él. Lo empujó contra la puerta y se arrodilló, sin preámbulos. Abrió su bragueta y sacó su pene, ya medio erecto por la excitación del juego.

“Límpialo”, ordenó, señalando la punta de su zapato de cuero, manchada con su humedad.

Valeria, poseída por una sumisión que nacía del deseo más profundo, inclinó la cabeza y pasó la lengua por el cuero, saboreando su propio nectar mezclado con el polvo de la calle. El sabor era salado, terroso, íntimo. Un gemido de placer vibró en su garganta.

“Así”, dijo Adrián, su mano enredándose en su cabello. “Mi chica sucia. Mi puta obediente.”

Luego, guio su boca hacia su pene, que ahora estaba completamente erecto y palpitante. “Ahora, chúpamela. Hasta el fondo. Quiero correrme en esa garganta que gritó mi nombre toda la semana.”

Valeria abrió la boca y lo tomó, sin vacilar. Era su acto de adoración, su ritual de entrega. Lo chupó con devoción, usando su lengua, sus labios, su garganta. Aprendía su textura, su sabor, las venas que latían bajo su piel. Escuchaba sus gruñidos de aprobación, sus palabras sucias de alabanza.

“Dios, esa boca… está hecha para mí… más profundo, putita, trágatela toda… sí, así… me vas a hacer venir…”

Ella se aceleró, queriendo darle placer, queriendo ser la causa de su éxtasis. Sus manos agarraban sus muslos, sus uñas se clavaban en la tela de su pantalón. Cuando sintió que su cuerpo se tensaba, que sus gruñidos se hacían más guturales, se preparó. Sabía lo que quería.

Con un último gemido ahogado, Adrián eyaculó en su boca, chorros calientes y salados que llenaron su lengua y su garganta. Valeria no se movió. Tragó cada gota, limpiándolo con su lengua después, como una fiel sirvienta.

Él jadeó, apoyado contra la puerta, mirándola con ojos llenos de una mezcla de asombro, lujuria y amor profundo.

“Levántate”, dijo suavemente.

Ella lo hizo. Él la besó, un beso que sabía a él mismo, a ella, a su pecado compartido.

“Esta noche”, dijo contra sus labios. “Hotel Marqués, calle Serrano, habitación 712. A las 9. Dúchate antes. No uses ropa interior. Lleva el vibrador que te compré. Y prepárate.”

“¿Para qué?” preguntó ella, temblando de anticipación.

“Para empezar tu entrenamiento”, respondió él, sus ojos azules ardiendo con una llama intensa. “Para convertirte oficialmente en mía. En mi sumisa. Mi amante. Mi posesión.”

Ella asintió, sin miedo, solo con un deseo enorme y una fe ciega en él, en esto, en lo que estaban construyendo.

“Iré”, prometió.

Esa noche, después de una cena silenciosa con Julián (él había vuelto a encerrarse un rato, saliendo con la ropa desaliñada y un brillo extraño en los ojos), Valeria se preparó. Se duchó meticulosamente, se depiló por completo, se perfumó con una loción neutra. Se vistió con un elegante vestido de cóctel negro, tacones altos, y nada debajo. En su bolso, el vibrador de doble terminación. Su corazón latía como un tambor de guerra.

Llegó al hotel a las 9:05 pm. La habitación 712 era una suite lujosa, con vistas a la ciudad. Adrián la esperaba, vestido con un traje negro impecable. Parecía un ejecutivo de alto nivel, pero sus ojos la desnudaron al instante.

Sin mediar palabra, se acercó, la tomó del mentón y la besó con una posesividad que le quitó el aliento.

“Reglas”, dijo, al separarse. Su voz era clara, firme, la voz de un dominante seguro. “Aquí, durante el tiempo que estemos en esta habitación o en cualquier lugar que yo designe como nuestro espacio, tú eres mía. Me perteneces. Tu placer es mío para darlo o retenerlo. Tu obediencia es absoluta. Siempre tendrás una palabra de seguridad: ‘Límite’. Si la dices, todo se detiene. ¿Entendido?”

Valeria, con las rodillas débiles, asintió. “Sí.”

“Sí, ¿qué?”

“Sí, Adrián”, corrigió, sintiendo cómo el uso de su nombre en ese contexto la encendía.

“Bien”, dijo, una sonrisa de satisfacción en sus labios. “Primera lección: presentación. Desvístete. Lentamente. Y mientras lo haces, dime por qué estás aquí.”

Valeria, con manos temblorosas, comenzó a desabrochar su vestido. “Estoy aquí… porque te pertenezco.”

“Más específico”, ordenó él, cruzando los brazos, observándola como un coleccionista observa una pieza valiosa.

El vestido cayó a sus pies. Quedó en tacones altos y nada más. Su piel se erizó bajo su mirada.

“Estoy aquí porque quiero que me entrenes. Porque quiero ser tu sumisa. Porque mi cuerpo y mi mente te necesitan… para mandar, para usarme, para darme placer a tu manera.”

“Bien”, dijo él, acercándose. Su mano recorrió su cuello, su clavícula, bajó por el centro de sus pechos, pasó por su abdomen plano y se detuvo en el montón de Venus, completamente depilado. “Eres hermosa. Perfecta. Hecha para mí.”

Su dedo se deslizó entre sus labios, encontrándola empapada. Un gruñido de aprobación vibró en su pecho.

“Segunda lección: postura. Arrodíllate.”

Valeria obedeció, arrodillándose en la alfombra gruesa, mirándolo desde abajo. La sensación de vulnerabilidad y entrega era intoxicante.

“Manos a la espalda”, ordenó.

Ella cruzó las muñecas en la espalda. Él sacó unas esposas de cuero suave, más elegantes que las de felpa, y se las colocó. El cierre fue firme, ineludible.

“Ahora, bésame los pies”, dijo.

Sin vacilar, Valeria inclinó la cabeza y besó la punta de sus zapatos de cuero pulido. Luego, bajo su instrucción, besó sus tobillos, sus pantorrillas a través del traje. Cada beso era un acto de sumisión, una afirmación de su lugar.

“Bien”, dijo, su voz un poco más suave. “Levántate.”

La ayudó a ponerse de pie. Luego, la llevó hacia el centro de la habitación, donde había una silla de respaldo alto.

“Inclínate sobre el respaldo”, ordenó. “Piernas abiertas. Culo hacia mí.”

Valeria se inclinó, presentándose ante él. Escuchó el sonido de su bragueta abriéndose, luego la sensación de la punta de su pene, grande y dura, rozando sus labios.

“¿Quieres esto?” preguntó, frotando la punta por su entrada, sin penetrar.

“Sí, Adrián. Por favor.”

“¿Para qué lo quieres?”

“Para… para sentirte dentro. Para que me poseas. Para ser tuya.”

“Correcto.”

Y la penetró de un solo golpe, profundo, llenándola hasta el fondo. Valeria gritó, el sonido ahogado por el respaldo de la silla.

“Silencio”, ordenó él, comenzando a moverse con embestidas largas y lentas. “A menos que te ordene gritar.”

Ella asintió, mordiendo su labio inferior. El sexo era diferente ahora. No solo era pasión animal, sino una demostración de poder, de control. Cada embestida estaba calculada, cada ángulo buscaba enseñarle, moldearla.

“Eres mía”, dijo él, su voz grave junto a su oído. “Cada jadeo, cada gemido, cada gota de tu coño mojado es mía. Me entrega tu voluntad, Valeria. Déjame llevarte a lugares donde nunca has estado.”

Y lo hizo. La folló sobre la silla hasta que sus piernas temblaban. Luego la puso a cuatro patas en la cama y la tomó desde atrás, sus manos agarrando sus caderas con fuerza posesiva, marcándola. Después, la hizo acostarse boca arriba, le ató los tobillos a los postes de la cama con unas cintas de seda y se sentó a observarla, desnuda, expuesta, gimiendo de necesidad.

“Por favor… Adrián… necesito…”

“¿Necesitas qué?” preguntó, acariciando su propio miembro erecto lentamente.

“¡Necesito que me toques! ¡Que me hagas venir!”

“Pídemelo bien.”

“¡Por favor, dueño mío, hazme venir! ¡Usa a tu puta! ¡Por favor!”

La palabra “dueño” salió de sus labios de manera natural, y ambos sintieron su poder. Adrián sonrió, una sonrisa feroz y satisfecha.

“Como mi puta lo pide.”

Se colocó entre sus piernas abiertas y, en lugar de penetrarla, bajó la cabeza. Su lengua, experta e implacable, atacó su clítoris. Valeria gritó, sus caderas arqueándose, pero las ataduras la contenían. Él la lamió, la succionó, la mordió suavemente, llevándola una y otra vez al borde del orgasmo y deteniéndose, hasta que ella lloraba y suplicaba sin coherencia.

Finalmente, cuando decidió concederle el alivio, su orgasmo fue tan violento que la hizo perder la noción de dónde estaba, quién era. Gritó su nombre una y otra vez, mientras él bebía sus fluidos directamente de su fuente, como un hombre sediento en el desierto.

Luego, la desató, la abrazó contra su cuerpo sudoroso y le susurró al oído: “Eres increíble. Mi valiente, hermosa, sumisa perfecta.”

El entrenamiento continuó esa noche y en las citas que siguieron. Adrián era un maestro exigente pero atento. Exploraron nuevas dimensiones de sumisión y placer:

En el cine: No solo una mamada rápida. Él la hizo arrodillarse en el suelo frente a su asiento en la última fila y chuparlo lentamente, durante toda una escena de acción, mientras él miraba la película, acariciando su cabello ocasionalmente. Le ordenó que no se corriera hasta que los créditos comenzaran. Valeria, con la mandíbula adolorida y la boca llena de él, obedeció, y cuando finalmente le permitió tragar, el orgasmo de él fue tan profundo que tembló en silencio durante minutos.

En un restaurante de lujo: Durante la cena, bajo la mesa, él le insertó un plug anal pequeño pero constante. Luego, a través de un control remoto en su bolsillo, lo hizo vibrar en diferentes intensidades mientras ella trataba de mantener la compostura, contestando preguntas del camarero con la voz quebrada. En el baño, después del postre, él la penetró analmente por primera vez sin juguetes, preparándola con dedos y lubricante en el cubículo, antes de follarla por el culo contra la puerta, su mano sellando su boca para silenciar sus gritos de dolor y éxtasis transformándose rápidamente en placer puro.

En un parque a altas horas de la noche: La llevó a un claro apartado. Le vendó los ojos, le ató las manos con una cuerda suave a una rama baja (no demasiado apretada, siempre segura), y luego procedió a usar su boca, sus dedos, su pene, y una pequeña vara de cuero en cada parte de su cuerpo, describiéndole cada sensación, haciéndola adivinar qué vendría después. La hizo llegar al orgasmo solo con palabras, describiéndole obscenamente cómo la follaría después, antes de liberarla y cumplir cada una de esas promesas salvajemente.

En su coche, estacionado en un mirador: Le enseñó a masturbarse para él, a tocarse mientras él conducía o simplemente observaba, ordenándole ritmos y formas, elogiándola cuando lo hacía bien, regañándola suavemente cuando se apresuraba. “Tu placer es mío para controlarlo”, le recordaba. “Viene cuando yo lo diga.” Y ella aprendió a retrasar su propio clímax hasta que la palabra de permiso era dada, lo que hacía que sus orgasmos, cuando finalmente llegaban, fueran explosiones casi dolorosas de éxtasis.

El entrenamiento también incluía tareas. Le ordenó que, en su vida diaria, llevara siempre el vibrador dentro de ella (en su vagina o en su ano, según el día) y lo mantuviera apagado hasta que él, mediante un mensaje, activara un patrón específico durante una reunión, una compra o una conversación con Julián. Valeria obedecía, y el secreto, el peligro de ser descubierta con un juguete vibrando dentro de ella mientras hablaba con el verdulero o ayudaba a Sofía con los deberes, era un afrodisíaco constante.

También le ordenó que se grabara a sí misma, contándole sus fantasías más sucias, describiendo lo que había hecho con él y lo que quería que le hiciera. Él luego escuchaba esas grabaciones y, en sus próximas citas, cumplía esas fantasías, una por una, a menudo agregando su propio giro perverso.

“Quiero que me orines encima”, había confesado ella en una grabación, con voz temblorosa por la vergüenza y la excitación. Una semana después, en un hotel, después de una larga sesión de sexo, Adrián la llevó a la ducha.

“Arrodíllate”, dijo. Y cuando ella lo hizo, bajo el agua caliente, él comenzó a orinar sobre su pecho, su vientre, su rostro. No era un acto humillante, sino de una intimidad bestial y extrema. Valeria abrió la boca, bebió, se frotó con el líquido dorado y caliente, llorando y riendo al mismo tiempo, sintiéndose más poseída, más marcada que nunca. Luego, él la lavó con ternura, la secó y la abrazó durante mucho tiempo.

“Eres la mujer más valiente que he conocido”, le susurró. “Y completamente mía.”

Su sumisión no era ciega. Era consensuada, negociada, deseada. Después de cada sesión intensa, había después de cuidados: caricias, baños compartidos, conversaciones profundas sobre sus sentimientos, sus miedos, sus límites. Adrián siempre verificaba su estado emocional, siempre le recordaba su palabra de seguridad, siempre la trataba como a un tesoro, incluso cuando la trataba como a su puta personal. Era esa dualidad lo que la enganchaba: el salvaje y el amante, el dueño y el compañero.

Y mientras su vida secreta se intensificaba, su vida normal seguía su curso, pero irremediablemente transformada.

Sofía regresó a casa. Valeria fue una madre amorosa y atenta, pero había una parte de ella que siempre estaba en otra parte, escuchando su teléfono, esperando un mensaje, recordando la sensación de las esposas en sus muñecas o del plug en su trasero durante el día. A veces, mientras abrazaba a su hija, sentía un escalofrío de culpa al recordar que unas horas antes había estado de rodillas, limpiando el semen de Adrián del piso de un hotel con su lengua, por orden suya.

Julián… Julián continuaba su extraña transformación. Había recuperado algo de peso, pero su personalidad era diferente. Más reservado, pero también más… atento a ella de una manera obsesiva. La observaba constantemente, pero no con celos, sino con una fascinación intensa. Notaba sus cambios: cómo caminaba con más confianza, cómo su mirada a veces se perdía en la distancia con una sonrisa secreta, cómo su estilo de vestir se había vuelto un poco más atrevido, mostrando más piel, usando vestidos más ajustados.

Una noche, después de que Valeria regresara de una “clase de yoga” (una cita de tres horas con Adrián que involucró ser atada a un sillón de hotel y follada en cada posición imaginable mientras le susurraba obscenidades al oído), se sentó en el sofá con Julián a ver una película. Llevaba una camiseta holgada y pantalones cortos. Sin pensarlo, se acurrucó en un extremo del sofá, dejando un espacio entre ellos.

Julián la miró, y en lugar de acercarse, se quedó donde estaba. Pero sus ojos recorrían su cuerpo. Valeria, exhausta y satisfecha, casi en un estado de trance post-sexual, notó su mirada. Se volvió hacia él.

“¿Qué?” preguntó, su voz un poco ronca por los gritos ahogados de horas antes.

“Nada”, dijo él rápidamente, desviando la mirada. Pero no antes de que ella viera el bulto creciendo en su pantalón de pijama. Un rubor subió por su cuello. No dijo nada. Volvió a la película, pero una parte de ella se estremeció de excitación y disgusto consigo misma. Su alejamiento, su traición, lo excitaba. Era un secreto sucio que compartían sin hablar.

Al día siguiente, mientras desayunaban, Julián dijo de repente: “Elena me invitó a almorzar hoy. A mí y a Sofía. Dijo que tú también podías ir si querías.”

El nombre de Elena otra vez. Valeria sintió una punzada de curiosidad aguda. “¿A qué hora?”

“A la una. En su casa.”

La casa de Adrián. El lugar donde él vivía con su mujer. Un nudo se formó en su estómago. Era una locura. Peligroso. Irresistible.

“Iré”, dijo Valeria, tratando de sonar casual.

La casa de Adrián y Elena era amplia, luminosa, llena de vida y de recuerdos familiares. Fotografías de ellos con sus hijos, de vacaciones, en bodas. Valeria sintió que caminaba sobre un campo minado. Adrián no estaba; según Elena, estaba en el gimnasio.

Elena era una mujer hermosa, de una belleza clásica y serena. Tenía una sonrisa cálida, pero sus ojos, de un gris claro, parecían ver demasiado. Saludó a Valeria con un abrazo que duró un segundo más de lo normal.

“Valeria, cuánto tiempo. Julián me ha hablado mucho de ti estos días.”

¿Estos días? Valeria forzó una sonrisa. “Todo bien, espero.”

“Oh, sí”, dijo Elena, su mirada recorriéndola de manera casi imperceptible. “Muy bien.”

El almuerzo fue agradable en la superficie. Los niños, Sofía y los dos hijos de Elena y Adrián, jugaban en el jardín. Julián y Elena conversaban con una familiaridad que a Valeria le resultaba desconcertante. Hablaban de libros, de música, de trivialidades, pero había una corriente subterránea, una complicidad tácita que la excluía.

En un momento, Valeria fue a la cocina a ayudar a Elena a traer el postre. Mientras sacaban un pastel del refrigerador, Elena se quedó quieta, mirándola.

“Es difícil, ¿verdad?” dijo de repente, su voz suave.

Valeria se congeló. “¿El qué?”

“Mantener las apariencias. Llevar una vida doble.” Los ojos grises de Elena la sostuvieron, sin juicio, solo con un conocimiento profundo y cansado.

El corazón de Valeria se detuvo. “No sé de qué hablas.”

Elena sonrió, una sonrisa triste. “Claro que sí. Yo también tengo mis… escapadas. Julián es un hombre encantador, muy… necesitado. Y muy discreto.”

Las palabras cayeron como ladrillos. Valeria sintió que el suelo se movía bajo sus pies. ¿Julián y Elena? ¿Mientras ella estaba con Adrián? ¿Era eso lo que había estado pasando? ¿Las ausencias de Julián, su palidez, su extraña energía?

“No…” logró decir.

“No juzgues”, dijo Elena suavemente, cortando el pastel. “Este mundo… a veces nos doblamos hasta rompernos. Buscamos calor donde podemos. Adrián… es un hombre intenso. Un torbellino. Necesita cosas que yo no puedo, o no quiero, darle. Y tú… eres exactamente su tipo.” Miró a Valeria directamente. “Solo ten cuidado. No te pierdas a ti misma en él.”

Valeria estaba demasiado conmocionada para responder. Regresaron al comedor con el postre, sus mentes dando vueltas. Julián la miró, y por un segundo, su máscara de normalidad se cayó. En sus ojos vio una confesión, una vergüenza, y un extraño desafío. Él también sabía. Sabía que ella sabía. Y no le importaba. O tal vez, le importaba de una manera retorcida.

Esa noche, después de regresar a casa y poner a Sofía a dormir, Valeria se encerró en el baño. Lloró, se rió, se sintió al borde de la locura. Su esposo tenía un affair con la esposa de su amante. Era una comedia perversa, una madeja de engaños y deseos cruzados.

Su teléfono vibró. Un mensaje de Adrián: “Hotel Royal. Suite penthouse. Mañana, 11 am. Vendrás desnuda bajo el abrigo. Te espero.”

No preguntó cómo estaba. No mencionó a Elena, a Julián, al almuerzo. Solo una orden. Una expectativa. Y Valeria, a través de las lágrimas y la confusión, sintió un alivio enorme. Allí, con él, en su dinámica de dueño y sumisa, no tenía que pensar, no tenía que entender el enredo moral. Solo tenía que obedecer, sentir, entregarse.

“Iré”, respondió.

Al día siguiente, hizo exactamente lo que le ordenaron. Se puso un largo abrigo de lana sobre su cuerpo desnudo, unos tacones altos, y tomó un taxi al Hotel Royal. En el ascensor hacia el penthouse, su corazón latía con fuerza. La puerta de la suite estaba entreabierta.

Entró. La suite era enorme, con ventanales desde el suelo hasta el techo que mostraban la ciudad. Adrián estaba de pie junto a la ventana, de espaldas, vestido solo con un pantalón de seda negra.

“Cierra la puerta”, dijo, sin volverse.

Ella lo hizo. Luego, se quedó quieta, esperando.

“Quítate el abrigo.”

Valeria desabrochó el abrigo y lo dejó caer al suelo. Quedó desnuda ante él, la luz de la mañana bañando su piel.

Él se volvió lentamente. Sus ojos azules la recorrieron de pies a cabeza, poseyéndola con la mirada. No sonreía. Su expresión era seria, intensa.

“Arrodíllate”, ordenó.

Ella obedeció, arrodillándose en la alfombra gruesa.

“Hoy”, dijo, acercándose, “no vamos a follar.”

Valeria parpadeó, sorprendida.

“Hoy, vas a servirme. Vas a ser mis ojos, mis manos, mi boca, donde yo te diga. Es una prueba de devoción. De entrega total.”

La llevó a la enorme sala. Había un caballete con un lienzo en blanco, pinturas, pinceles. Una guitarra acústica apoyada en un sofá. Una computadora portátil abierta en un escritorio.

“Voy a pintar”, dijo. “Y tú vas a ser mi modelo. Pero no una modelo pasiva. Una modelo activa. Harás lo que te diga, cuando te lo diga.”

Durante las siguientes cuatro horas, Adrián pintó. Y Valeria, desnuda, fue su instrumento viviente. La colocó en poses específicas, a veces eróticas, otras simplemente hermosas. Pero no era solo eso.

“Ven aquí”, ordenaba, y cuando ella se acercaba, le señalaba un color en la paleta. “Pon esto en mi pincel.” Ella tomaba el pincel y lo sumergía en el color, luego se lo daba. Sus dedos se manchaban de pintura.

“La guitarra”, decía. Y ella la llevaba. “Afínala.” Y ella, que tenía conocimientos básicos, intentaba afinar las cuerdas bajo su mirada atenta.

“Tengo sed.” Y ella iba a la cocina, desnuda, y le preparaba un vaso de agua con hielo y limón, sirviéndoselo de rodillas.

“Mi cuello está tenso.” Y ella se ponía de pie detrás de él, masajeando sus hombros y cuello con sus manos, sintiendo los músculos poderosos bajo sus dedos.

“Háblame. Cuéntame un secreto que nunca le hayas contado a nadie.” Y ella, en voz baja, le contaba sobre la primera vez que se masturbó, sobre una fantasía de adolescente con su profesor de matemáticas, sobre el miedo a envejecer y no ser deseada.

Él escuchaba, pintando, a veces haciendo una pregunta, otras solo asintiendo. No la tocó sexualmente en todo ese tiempo. Pero la posesión era más profunda que cualquier penetración. Era una entrega de su voluntad, de su servicio, de su atención plena.

Cuando finalmente terminó la pintura (un cuadro abstracto y poderoso que capturaba la esencia de su cuerpo en movimiento y color), Adrián dejó el pincel. Se acercó a ella, que estaba de rodillas limpiando un derrame de pintura del suelo con un trapo.

La levantó por la barbilla. Su rostro estaba manchado de pintura azul y roja. Él la miró, y por primera vez ese día, su expresión se suavizó.

“Hermosa”, murmuró. “Perfecta.”

Y entonces, finalmente, la besó. Un beso lento, profundo, lleno de un aprecio que iba más allá de lo carnal. Sus manos recorrieron su cuerpo, no con lujuria voraz, sino con una reverencia casi táctil.

“Ahora”, susurró contra sus labios, “ahora puedes tener tu recompensa.”

La llevó al dormitorio de la suite, donde la cama era enorme y las sábanas de seda negra. Pero no la tiró sobre la cama. La hizo acostarse boca arriba y luego procedió a hacerle el amor de la manera más lenta, exquisita y detallada que jamás había experimentado.

La besó en cada centímetro de su piel, dedicando minutos a cada lugar: la parte interna de sus muñecas, la curva de sus codos, detrás de sus rodillas, los arcos de sus pies. Usó sus manos, su boca, su lengua, su pene, pero con una paciencia infinita, construyendo su placer capa por capa, hasta que ella estaba llorando y suplicando, no por un orgasmo rápido, sino por la continuación de esa tortura divina.

Cuando finalmente la penetró, fue con una lentitud agonizante, mirándola a los ojos, susurrándole lo mucho que la amaba, lo preciosa que era para él, lo orgulloso que estaba de su entrega.

“Eres mía”, dijo, moviéndose dentro de ella con embestidas profundas y pausadas. “No solo tu cuerpo. Tu espíritu. Tu valentía. Tu capacidad de amar tan profundamente. Todo es mío.”

“Sí”, lloró ella, abrazándolo, aferrándose a él como a la única verdad en su mundo volcado. “Todo tuyo. Siempre.”

Sus orgasmos, cuando llegaron, no fueron explosiones salvajes, sino oleadas profundas y resonantes que los envolvieron a los dos, fundiéndolos en un solo ser tembloroso y completo.

Después, acurrucados en la cama, él le acariciaba el cabello.

“Sabes lo de Elena y Julián, ¿verdad?” preguntó suavemente.

Valeria se tensó. “¿Tú también lo sabías?”

“Sospechaba. Elena y yo… hace tiempo que no somos amantes en el sentido verdadero. Somos compañeros, padres, amigos. Pero el fuego se apagó. Ella tiene sus necesidades. Yo tengo las mías.” Miró a Valeria. “No estoy celoso. Es extraño. Solo quiero que sepas que… esto nuestro, no es un juego de venganza. No es por ellos. Es por nosotros. Por este… esto.” Apretó su mano.

“Lo sé”, susurró ella. “Nada ha sido tan real para mí como esto.”

“Va a ser difícil”, advirtió él. “Más difícil aún ahora. Pero no quiero dejarte ir. No puedo.”

“Yo tampoco”, dijo ella, y era la verdad más pura que conocía.

Así continuaron sus vidas, durante semanas, luego meses. Una danza compleja y peligrosa.

Valeria y Adrián se veían al menos dos veces por semana, a veces más. Sus encuentros eran una mezcla de entrenamiento sexual intenso, exploración de fantasías cada vez más profundas, y momentos de intimidad romántica y conversaciones sinceras. Adrián continuaba entrenándola, empujando sus límites de manera segura pero firme:

La enseñó a disfrutar del dolor transformado en placer, usando pinzas para pezones, velas de cera caliente, y azotes más intensos que dejaban sus nalgas marcadas por días, marcas que ella llevaba con una mezcla de vergüenza y orgullo secreto.

Exploraron el exhibicionismo controlado: él la hacía pasear desnuda por la suite de hotel con las cortinas abiertas, sabiendo que los edificios de enfrente podían ver, o la llevaba a un club swinger exclusivo donde la observaban follarla, pero sin permitir que otros la tocaran. “Solo yo”, le recordaba. “Solo mis manos, mi boca, mi polla te pertenecen.”

Introdujo juegos de rol elaborados: él era el profesor y ella la alumna castigada, el jefe y la secretaria rebelde, el captor y la prisionera. Cada escenario era una excusa para reafirmar su dinámica de poder y explorar nuevas facetas de su sumisión.

La entrenó para tener orgasmos múltiples y sostenidos, para eyacular como una mujer (squirting) bajo su instrucción, algo que ella nunca había logrado y que la hizo sentir más poderosa y conectada con su cuerpo que nunca.

El sexo era constante, creativo, y profundamente conectado. Follaban en los lugares más arriesgados: el vestíbulo de un cine vacío, el ascensor de un edificio de oficinas después de horas, el baño de un avión durante un vuelo corto que tomaron juntos (con identidades falsas). Cada encuentro era una afirmación de su pasión y un desafío al mundo que intentaba separarlos.

Mientras tanto, en casa, su matrimonio con Julián se había convertido en una simulación casi perfecta. Eran amables el uno con el otro, cariñosos incluso, pero era un cariño vacío, de superficie. Dormían en la misma cama, pero no se tocaban. A veces, Julián intentaba un acercamiento, un beso en la mejilla que duraba demasiado, una mano en su cintura, pero Valeria se retiraba instintivamente, y él… él parecía aceptarlo, incluso apreciarlo. Su excitación secreta por su distancia era un elefante en la habitación que ninguno mencionaba.

Sofía crecía, feliz, ajena a las tormentas subterráneas. Valeria era una madre devota, pero siempre dividida. Amaba a su hija con locura, pero sabía que una parte esencial de su ser pertenecía a otro hombre, a una vida secreta de oscuridad y éxtasis.

Una tarde, meses después de comenzar su affair, Valeria estaba en casa, ayudando a Sofía con un proyecto escolar. Julián estaba encerrado en su habitación, como de costumbre. Sonó su teléfono. Un mensaje de Adrián.

“Necesito verte. Ahora. Nuestro lugar del parque. Ven tal como estás.”

“Nuestro lugar del parque” era un claro apartado donde él la había atado a un árbol una noche lluviosa y la había follado hasta que ambos estaban cubiertos de barro y hojas.

Valeria miró a su hija, concentrada en pegar brillantina en un cartón. La culpa la atravesó como un cuchillo. Pero la necesidad, el impulso de obedecer, de estar con él, fue más fuerte.

“Cariño, mamá tiene que salir un momento. Una emergencia de trabajo. ¿Te quedarás bien con papá?”

Sofía asintió, absorta en su trabajo.

Valeria subió corriendo, se puso un abrigo sobre sus jeans y suéter, y salió. No se molestó en arreglarse. Él había dicho “tal como estás”.

Él ya estaba allí, de pie bajo un roble grande, las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta de cuero. Parecía tenso, diferente.

Cuando la vio, no sonrió. Solo abrió los brazos. Ella corrió hacia ellos, enterrándose en su abrazo, inhalando su olor a cuero, a frío, a él.

“¿Qué pasa?” preguntó, su voz ahogada por su chaqueta.

“Elena quiere una separación”, dijo, su voz grave y plana. “No por nosotros. Por ella. Encontró a alguien. Alguien serio. Quiere mudarse con él. A otra ciudad.”

El mundo se detuvo. Valeria se separó lo suficiente para mirarlo a la cara. “¿Y los niños?”

“Se los lleva. O eso quiere.” Finalmente, mostró emoción: una rabia profunda y un dolor desgarrador. “Mis hijos, Valeria. Mis hijos.”

Ella lo abrazó con fuerza, sintiendo su temblor. Este hombre fuerte, su dueño, su amante, estaba roto.

“Lo siento… lo siento tanto…”

“No sé qué hacer”, admitió él, su voz quebrada. “Pelearé por ellos. Pero… esto cambia todo. Si ella se va, si la custodia se complica… no podré verte con la misma libertad. Todo será más difícil, más peligroso.”

Valeria sintió que un pozo se abría bajo sus pies. Pero en lugar de desesperación, una calma extraña la invadió. Levantó la mano y le acarició la mejilla.

“Entonces nos adaptaremos”, dijo, con una certeza que no sabía que tenía. “Te amo. Eso no va a cambiar. Lucharemos. Esperaremos. Haremos lo que sea necesario.”

Él la miró, sus ojos azules llenos de una mezcla de dolor, amor y gratitud. Luego, la besó. Un beso desesperado, hambriento, lleno de todas las palabras no dichas, de todos los miedos del futuro.

“Te necesito”, jadeó contra sus labios. “Ahora. Aquí.”

No había necesidad de más palabras. En el claro frío del parque, a la luz gris de la tarde, con el riesgo de que alguien pasara en cualquier momento, él la empujó contra el árbol. Abrió su jeans y los bajó junto con sus bragas. Su propio pantalón cayó hasta los muslos. No hubo preliminares, no hubo juegos. Solo la necesidad cruda de conexión, de afirmación.

La penetró con una embestida profunda y gutural, uniendo sus cuerpos con una fuerza que hizo que la corteza del árbol le raspara la espalda a través del suéter. Follaron así, de pie, con una intensidad feroz y silenciosa, sus jadeos formando nubes de vapor en el aire frío. Era sexo de consuelo, de posesión, de promesa. Cada embestida decía “Eres mía”, cada gemido ahogado respondía “Y yo a ti”.

Cuando llegaron al clímax, fue rápido, explosivo, un grito sofocado de Adrián en su cuello, un sollozo de Valeria en su hombro. Permanecieron así, unidos, temblando, durante largo rato, mientras el mundo a su alrededor continuaba, ignorante de su pequeño cataclismo privado.

“No importa lo que pase”, susurró Adrián finalmente, todavía dentro de ella. “Eres el amor de mi vida. Mi igual. Mi sumisa. Mi todo.”

“Y tú el mío”, respondió ella, sellando la promesa con un beso suave. “Siempre.”

El camino por delante sería un infierno de complicaciones legales, emocionales y logísticas. Lo sabían. Pero también sabían que lo que tenían, esta conexión bestial y profunda, este amor sucio y puro a la vez, era más fuerte que cualquier obstáculo.

Regresaron a sus vidas separadas, a sus matrimonios vacíos, a sus roles sociales. Valeria volvió a casa, a su hija, a su esposo fantasmal. Adrián volvió a su casa, a la guerra fría con su esposa, a la lucha por sus hijos.

Pero algo había cambiado para siempre. Ya no eran dos personas que tenían un affair. Eran dos mitades de un todo, atrapadas en vidas separadas, pero conectadas por un hilo de deseo, amor y sumisión que nada podría romper.

Y en la quietud de sus noches separadas, cada uno en su cama conyugal, soñaban con el día en que, tal vez, de alguna manera, su mundo secreto podría convertirse en su único mundo. Hasta entonces, tenían sus encuentros robados, su entrenamiento continuo, su sexo bestial y amoroso, y la certeza de que, en el centro del caos, se pertenecían el uno al otro, completamente, irrevocablemente.

El festín de los sentidos prohibidos había terminado. Ahora comenzaba el banquete permanente de un amor imposible, alimentado por la lujuria, la entrega y la esperanza obstinada de que, al final, el placer encontraría una manera.

Les dejo mi Patreon. Les recomiendo leer mis otras historias, en las cuales sí hice la mayor parte del trabajo yo, solo con consejos de IA y algunas cositas más.

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Ustedes lean mis fanfics y, bueno, espero que me apoyen económicamente. Sinceramente, la que más les recomiendo es “Madre en DC”. Esa es la que planeo que sea mi mejor obra.

Gracias por leer y por dedicar su valioso tiempo a estas cosas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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