Mis Historias Originales, Trabajadas con IA - Capítulo 3
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Capítulo 3: Capítulo 3: El Peso de la Corona y del Deseo
La tercera luna del ciclo imperial colgaba, una hoz pálida en el cielo nocturno, como una sonrisa burlona sobre los jardines secretos del palacio. Dos semanas habían pasado desde aquel mediodía abrasador en el dormitorio imperial, donde el aceite de sándalo y canela se había mezclado con el sudor y el semen, marcando un punto de no retorno en el cuerpo y el alma de la emperatriz Li Wei.
Pero el camino hacia la corrupción total no era una línea recta. Era un sendero sinuoso, lleno de recaídas en la culpa, de arrepentimientos agónicos y de una tensión sexual que, lejos de disiparse durante el periodo de abstinencia impuesto por el remordimiento, se había condensado en algo más pesado, más palpable, como la atmósfera cargada antes de una tormenta tropical.
Li Wei se encontraba en el Pabellón de la Contemplación Serena, un espacio abierto rodeado por estanques de lotos que reflejaban la luna. Vestía una túnica sencilla de seda gris, sin bordados, sin joyas. Su cabello, normalmente recogido en elaborados peinados imperiales, caía suelto sobre sus hombros como una cascada de azabache. En sus manos sostenía un jarrón de porcelana fina, una reliquia de la dinastía anterior. Lo contemplaba sin verlo, sus ojos fijos en algún punto más allá del mundo físico.
El recuerdo de aquel día la atormentaba. No solo la lascivia, la obscenidad de haberse masturbado ante él, de haber sido cubierta con su semilla como una ramera común. Sino la paz que había sentido después, acurrucada contra su pecho, saboreando su esencia en sus labios. Ese contraste —la profanación absoluta y la ternura inesperada— había fracturado su identidad. Ya no era la emperatriz serena, la cultivadora disciplinada. Era una mujer dividida, un alma partida en dos: la que anhelaba la pureza espiritual y la que temblaba por el contacto profano.
Y su cuerpo… su cuerpo había cambiado. Levemente, pero de manera innegable. Sus pechos, masajeados con aquel aceite penetrante y bañados en su semen, se habían vuelto más sensibles, más pesados. Los pezones, antes discretos, ahora parecían permanentemente erectos, rozándose contra la seda de sus túnicas con una insistencia que la distraía durante las audiencias. Cada mañana, al mirarse en el espejo, creía verlos un poco más llenos, un poco más redondeados. Era una ilusión, sin duda, alimentada por su propia lujuria y las promesas susurradas de Herna. Pero la ilusión tenía el poder de una profecía autocumplida.
Había evitado verlo a solas durante diez días. Diez días de órdenes transmitidas a través de sirvientes, de miradas evitadas en los pasillos, de noches insomnes donde sus propias manos, traidoras y hábiles, repetían los movimientos que las de él habían enseñado, llevándola a orgasmos solitarios y vergonzantes que la dejaban vacía y llorosa.
Herna, por su parte, había respetado su espacio. Pero su presencia se hacía sentir de otras maneras. Informes detallados sobre la nobleza, análisis de las finanzas imperiales, advertencias sobre conspiraciones menores aparecían en su escritorio, escritos con una caligrafía precisa y poderosa. Eran consejos útiles, brillantes incluso. Al seguirlos, Li Wei había desarticulado una red de sobornos en el Ministerio de Obras Públicas y había aumentado la recaudación de impuestos en la próspera pero problemática Provincia del Sur en un quince por ciento. Cada éxito político llevaba su sello invisible, recordándole que su valor para ella iba más allá del dormitorio. Era una estrategia maestra: atarla a él no solo con cadenas de deseo, sino con lazos de dependencia pragmática.
Finalmente, la tensión y la soledad habían quebrado su resistencia. Esta tarde, un mensaje lacónico había llegado a sus aposentos, entregado por una doncella que no alzó la vista: “El estanque de los lotos negros. La hora del búho. H.”
Y ahora aquí estaba, esperando. El corazón le golpeaba las costillas como un pájaro prisionero.
Lo oyó llegar antes de verlo. No por el sonido de sus pasos, que eran silenciosos, sino por el cambio en la atmósfera. El aire se volvió más denso, cargado con esa energía masculina y terrenal que él desprendía. Apareció entre los arcos de bambú, vestido con su túnica negra habitual, pero esta noche sin mangas, mostrando sus brazos poderosos. La luz de la luna se deslizaba sobre los músculos definidos de sus hombros y bíceps, sobre la cabeza afeitada que brillaba como obsidiana pulida.
Se detuvo a unos metros de distancia, sus ojos ámbar captando la tenue luz y brillando con una intensidad felina.
—Majestad —saludó, su voz un bajo profundo que se mezcló con el croar de las ranas en los estanques.
—Herna —respondió ella, descubriendo que su voz sonaba quebradiza—. No debería haber venido.
—Pero viniste —afirmó él, dando un paso adelante. No como un súbdito, sino como un igual. Como un hombre que sabe que ha sido esperado—. Porque necesitas algo que solo yo puedo darte.
—¿El consejo de un asistente? —intentó decir con sarcasmo, pero sonó débil.
—La verdad —dijo él, simple y llanamente—. La verdad sobre tu poder, que es mayor de lo que crees. Y la verdad sobre tu cuerpo, que clama por ser usado, por ser moldeado. Te he dado ambas. Y has florecido. Los ministros hablan de tu nueva firmeza. Los números del tesoro lo demuestran. Y tú… —su mirada recorrió su cuerpo, a través de la sencilla túnica gris—. Tú te miras al espejo y ves los cambios. Pequeños, por ahora. Solo el comienzo.
Li Wei sintió un calor vergonzoso subir por su cuello. Él siempre veía demasiado.
—Me siento… sucia —confesó de repente, las palabras brotando como pus de una herida—. Después de lo que hicimos. Después de lo que permití. Soy la Emperatriz del Cielo, y me dejé… cubrir. Me dejé usar.
Herna cerró la distancia restante. Ahora estaba lo suficientemente cerca como para que ella sintiera el calor que irradiaba su cuerpo, para respirar el aroma limpio y espartano de su piel: jabón de ceniza, hierbas amargas y ese fondo indómito y masculino que era puramente él.
—¿Usar? —repitió, su tono serio—. Li Wei, te he venerado. Cada gemido tuyo ha sido una plegaria que he atesorado. Cada temblor, un sacrificio que he recibido con devoción. Te he mostrado un altar que tu marido ni siquiera sabe que existe. El altar de tu propia carne. ¿Eso es ser usada? O es, finalmente, ser adorada como mereces.
Sus palabras, como siempre, torcían la realidad, reformulando la profanación en sacramento. Y una parte enferma y hambrienta de ella quería creerlo.
—No toqué… nada de eso durante diez días —murmuró, mirando hacia los lotos—. Intenté purificarme. Meditar. Cultivar mi qi.
—¿Y? —preguntó él, desafiante—. ¿El río de tu energía fluye más sereno? ¿O está estancado, turbio, revolviéndose en los mismos lugares donde mis manos estuvieron?
Ella no respondió. No necesitaba hacerlo. Él sabía. Su qi era un caos. Los meridianos que una vez fueron canales luminosos ahora parecían pantanos oscuros, obsesionados con la memoria de sensaciones físicas.
—No puedo continuar así —dijo, y una lágrima, traicionera, se deslizó por su mejilla—. Me está destrozando.
Herna alzó la mano y, con una ternura que contrastaba brutalmente con su apariencia feroz, enjugó la lágrima con el pulgar.
—Shhh —susurró—. No te destrozaré. Te reconstruiré. Más fuerte. Más sabia. Y más libre. Pero para reconstruir, a veces hay que demoler los muros de la mentira en los que te has refugiado. La mentira de que no necesitas esto. La mentira de que no lo deseas.
Su pulgar se deslizó desde su mejilla hasta su labio inferior, presionándolo suavemente.
—Esta noche —continuó, su voz un hechizo sedoso—, no habrá aceite. No habrá promesas de crecimiento. Solo verdad. Cruda y simple. Te mostraré lo bajo que puedes caer… y lo alto que podemos ascender juntos desde allí. Y luego, si me lo pides, me iré y no te tocaré hasta que tú lo ordenes. Te daré el control.
Era una trampa. Li Wei lo sabía. Darle el control después de haberla sumergido en el abismo era como ofrecerle las riendas a un caballo después de haberlo lanzado al galope por un acantilado. Y sin embargo, la idea de tener la opción, de poder decir “basta”, era un cebo irresistible para la parte de ella que aún se aferraba a la ilusión de su propia voluntad.
—¿Qué… qué verdad? —preguntó, su voz apenas un susurro.
Herna tomó su mano y la guio, no hacia el interior del pabellón, sino hacia un rincón más oscuro, oculto por una cortina de glicinias que caían desde una pérgola. Allí, en la penumbra perfumada, había un banco bajo de piedra, pulido por el tiempo.
—Siéntate —indicó.
Ella obedeció, sus rodillas débiles. Herna se quedó de pie ante ella, su figura bloqueando la pálida luz de la luna, sumiéndola en su sombra.
—La verdad —dijo, desatando el cinturón de su túnica—, es que tu boca, que pronuncia decretos imperiales, anhela sabores prohibidos. Tu lengua, que dicta la ley, quiere servir a una ley mayor: la de la lujuria.
Dejó que la túnica se deslizara al suelo. Debajo, solo llevaba unos pantalones holgados de lino negro, atados con un cordón sencillo. Su torso desnudo era una escultura de ébano vivo en la oscuridad. Luego, con movimientos deliberados, desató el cordón y dejó que los pantalones cayeran.
Li Wei contuvo el aliento.
Él estaba completamente erecto, su miembro ya imponente en reposo, ahora un mástil de carne oscura y venosa que se alzaba desde un nido de vello rizado y negro. Los testículos, pesados y ovalados, colgaban debajo, en un saco oscuro y rugoso. La visión era primitiva, abrumadoramente masculina. No había belleza espiritual aquí, solo la cruda y magnífica biología del macho.
—Esta —dijo Herna, tomando su miembro en una mano, mostrándoselo—, es una herramienta. Una herramienta de placer, de dominio, de creación. Y esto —con la otra mano acarició suavemente sus testículos—, es el origen. La fuente. El poder vital crudo, sin refinar. Aquí es donde se cuece la semilla que promete cambiar tu cuerpo, llenar tu vientre, marcar tu alma.
Se arrodilló lentamente ante ella, hasta que su rostro estuvo a la altura de su regazo. Aún sostenía su miembro, que ahora apuntaba, palpitante, hacia su rostro.
—La verdad, Li Wei, es que quieres someterte. No a un emperador ausente. A un hombre presente. Y quieres hacerlo de la manera más humilde, más servil, más deliciosamente degradante que existe. Quieres arrodillarte tú ante mí. Pero esta noche… —su voz se suavizó—, esta noche, te daré un regalo. Te mostraré que la sumisión no es unidireccional. Que incluso un dios puede arrodillarse ante su sacerdotisa.
Y entonces, antes de que ella pudiera procesar sus palabras, Herna inclinó la cabeza y enterró su rostro entre sus piernas, a través de la fina seda de su túnica gris.
El contacto fue electrizante. Su boca, caliente y húmeda, se aplicó directamente sobre su sexo. La tela, delgada como una membrana, apenas era una barrera. Li Wei lanzó un grito ahogado, sus manos volando hacia la cabeza afeitada de él, aferrándose a ella no para empujarlo, sino para mantenerlo allí, para hundir sus dedos en el cuero cabelludo liso y duro.
—¡Oh, cielos! —jadeó.
Herna no respondió con palabras. Respondió con acción. Su lengua, ancha y poderosa, se alzó y presionó contra su clítoris a través de la seda, trazando círculos firmes y húmedos. La sensación, amortiguada por la tela pero no disminuida, fue brutal en su intensidad. Él gruñó, el sonido vibrándole en la boca y transmitiéndose a través de su cuerpo, un zumbido lascivo que hizo que Li Wei se arqueara sobre el banco de piedra.
Luego usó sus dientes. Suavemente, con precisión quirúrgica, mordisqueó el tejido sensible, tirando de la seda empapada contra sus labios y su clítoris. Cada pequeño pellizco enviaba ondas de choque de placer doloroso a través de su sistema nervioso. Sus manos se movieron hacia sus caderas, aferrándolas con fuerza, clavando los dedos en su carne a través de la túnica, inmovilizándola para su banquete.
—¡Herna! ¡Por favor! —suplicó ella, sin saber qué estaba suplicando.
Él se detuvo un momento, alzando la mirada. Sus ojos, en la penumbra, brillaban como brasas.
—“Por favor” no es una orden, Majestad —dijo, su voz ronca por la excitación y la proximidad a su sexo—. Di lo que quieres. Ordena a tu sirviente que te sirva.
Era una crueldad exquisita. Forzarla a verbalizar su deseo, a reclamar su propia degradación.
—¡Lámeme! —gritó Li Wei, la vergüenza quemándole el rostro pero la necesidad siendo más fuerte—. ¡Por favor, lámeme ahí!
Una sonrisa lenta y satisfecha se dibujó en los labios de Herna.
—Como ordene Su Majestad.
Esta vez, no perdió tiempo con la seda. Con un movimiento brusco y decisivo, agarró el dobladillo de su túnica gris y la rasgó. El sonido de la seda desgarrándose fue obscenamente alto en el silencio del jardín nocturno. El aire fresco de la noche acarició su piel desnuda desde el vientre hasta los muslos. Sus partes íntimas, ya humedecidas por su excitación y la saliva de él a través de la tela, quedaron completamente expuestas a su vista y a su boca.
Herna emitió un sonido gutural de pura avidez.
—Mira —susurró, separando sus labios con los pulgares—. Mira cómo brilla para mí. Es más hermoso que cualquier joya en tu tesoro.
Y luego descendió.
Su lengua, desnuda y caliente, tocó por primera vez directamente su clítoris.
Li Wei gritó, un sonido que se perdió entre las enredaderas de glicinia. Fue una sensación tan intensa, tan específica, que borró todo pensamiento. Su lengua era áspera y suave a la vez, una herramienta perfecta de tortura y éxtasis. La lamió lentamente al principio, de arriba a abajo, recogiendo sus fluidos, saboreándola. Luego se centró en el clítoris, ahora hinchado y palpitante, chupándolo en su boca, jugando con él con la punta de la lengua.
—¡Ah! ¡Ah, dios! ¡Sí! —gemía Li Wei, su cuerpo contorsionándose sin control, sus caderas empujando hacia adelante, buscando más presión, más contacto.
Herna respondió aumentando el ritmo. Su boca era voraz, insaciable. Una de sus manos soltó su cadera y se deslizó hacia arriba, por su vientre, hasta encontrar uno de sus pechos. Lo apretó a través de la túnica rasgada, masajeando la carne ya más pesada, pellizcando el pezón endurecido. La doble estimulación fue demasiado. Li Wei sintió que el orgasmo se acumulaba en su base de la espalda, una presión implacable.
—¡Voy a… voy a venir! —advirtió, su voz estrangulada.
Herna no se detuvo. En cambio, intensificó sus esfuerzos, introdujo dos dedos dentro de ella, encontrándola increíblemente estrecha y caliente, y los movió en un gesto de “ven aquí” mientras succionaba su clítoris con fuerza.
El clímax la golpeó como un látigo de luz blanca. Gritó, un sonido crudo y animal que no reconocía como propio. Su cuerpo se arqueó violentamente, sus músculos vaginales se apretaron alrededor de los dedos de Herna en espasmos rítmicos y fuertes. Oleadas de placer, mezcladas con un dolor agudo de vergüenza y éxtasis, la barrieron. Él la bebió, literalmente, tragando sus fluidos mientras ella se estremecía, manteniendo su boca firmemente sobre ella hasta que el último temblor la abandonó.
Cuando terminó, Li Wei quedó jadeante, colapsada contra el respaldo frío del banco de piedra, cubierta de sudor y con la túnica destrozada. Herna se separó lentamente, limpiándose la boca con el dorso de la mano, sus labios brillantes con su humedad. Su miembro, que no había sido tocado, palpitaba en el aire, más erecto que nunca, una gota de fluido preseminal brillando como un diamante sucio en la punta.
—Esa —dijo, su voz grave y satisfecha—, es una verdad. La verdad de tu cuerpo respondiendo a su dueño legítimo.
Li Wei lo miró, sus ojos llenos de lágrimas que ahora eran de una emoción indescriptible: gratitud, odio, lujuria, desesperación.
—Ahora —continuó Herna, poniéndose de pie—, viene la otra verdad. La que duele más.
Se colocó directamente frente a ella, su miembro a la altura de su rostro. El olor a su propia excitación, mezclado con el aroma limpio y masculino de su piel y el perfume dulzón de las glicinias, creaba un cóctel embriagador.
—Ábreme —ordenó, su tono suave pero inflexible—. Con tus manos. Tócame como quieras. Y luego… pon tu boca donde nunca ha estado la boca de una emperatriz.
Li Wei miró el miembro que se cernía ante ella. Las venas palpitaban, la piel parecía tensa como el pergamino sobre el hierro. Era aterrador. Era hermoso. Era la encarnación física de todo lo que había perdido y todo lo que había ganado en las últimas semanas.
Extendió una mano temblorosa. Su toque fue tan ligero como una pluma al principio, recorriendo la longitud desde la base hasta la punta. La piel era aterciopelada, increíblemente suave, pero debajo estaba la dureza indomable. Herna emitió un gruñido profundo, sus músculos abdominales se tensaron.
Animada, Li Wei tomó más confianza. Envolvió sus dedos alrededor de la circunferencia. Ni siquiera podía unir el pulgar y el índice. Lo apretó suavemente, y sintió un latido poderoso, como un segundo corazón. Luego, movida por un impulso que surgía de lo más profundo de su corrupción, inclinó la cabeza y lamió la gota de fluido preseminal de la punta.
El sabor fue salado, amargo, terroso. Puramente masculino. Puramente él. Un sabor a pecado y a poder.
—Así —alabó Herna, su respiración entrecortada—. Ahora, más abajo. Los huevos. Tócalos. Siente el peso de tu futuro en ellos.
Li Wei bajó la mirada. Sus testículos colgaban, pesados, en su escroto oscuro y rugoso. Con una mezcla de fascinación y repulsión, extendió la mano y los acunó en su palma. Eran cálidos, sorprendentemente pesados, y se movieron bajo su tacto. Sintió las venas, la textura de la piel. Era íntimo de una manera que incluso el sexo oral no lo había sido. Esto era tocar la fuente, la fábrica.
—Bésalos —susurró Herna, su voz ahora cargada de una tensión cruda—. Muéstrales tu devoción.
Li Wei sintió un nuevo estallido de lágrimas. Esto era demasiado. Esto era… animal. Pero su cuerpo, aún vibrante por el orgasmo, su mente, intoxicada por la sumisión, le ordenó obedecer. Cerró los ojos, inclinó la cabeza y presionó sus labios contra la piel áspera y cálida del saco escrotal.
Un temblor recorrió el cuerpo de Herna. Un gruñido ronco salió de su garganta.
—Sí —jadeó—. Así. Con sentimiento.
Li Wei lo hizo. Besó cada testículo, suavemente al principio, luego con más firmeza, abriendo la boca para lamer la piel salada, para inhalar el aroma musgoso y primitivo que emanaba de allí. Su propia excitación, que había amainado, volvió a encenderse, un fuego vergonzoso y húmedo entre sus propias piernas. Estaba besando los testículos de un sirviente en un jardín secreto, y una parte de ella nunca había estado más viva.
Herna dejó que continuara por un minuto, sus músculos tensos como cuerdas, su miembro palpitando violentamente. Luego, con un esfuerzo visible de control, dio un paso atrás.
—Es suficiente —dijo, su voz ronca—. Por ahora.
Li Wei abrió los ojos, desorientada, su boca todavía humedecida por el sabor de él. Lo vio ponerse los pantalones con movimientos bruscos, cubriendo la evidencia de su excitación. Él evitaba su mirada.
—Herna… —comenzó ella, confundida por su retirada.
—¡No! —cortó él, y por primera vez, Li Wei oyó algo parecido a la frustración, incluso a la angustia, en su voz—. Esto… me he pasado.
Se volvió hacia ella, y en la luz de la luna, su rostro, normalmente una máscara de confianza impasible, mostraba conflicto.
—Te he hecho lamer mis huevos en un banco de piedra, como a una perra en celo. Eres la Emperatriz. Y yo… —hizo un gesto amplio con la mano, como si abarcara su propia existencia—. Soy un soldado. Un asesino con buenos modales. Esto es una profanación. Una locura.
Li Wei se cubrió instintivamente con los jirones de su túnica, el súbito cambio de tono dejándola aún más desequilibrada. Un momento antes, él era el dios del deseo, guiándola al abismo. Ahora parecía… arrepentido.
—Tú… tú me ordenaste —balbuceó.
—¡Y tú debiste negarte! —rugió él, aunque el rugido estaba ahogado, dirigido más a sí mismo que a ella—. Debió haber un límite. Una línea que ni siquiera yo cruzara. Esa línea estaba en el momento en que te puse de rodillas no en espíritu, sino literalmente, y te puse mi mierda en la boca.
Usó la palabra vulgar, cruda, y a Li Wei le impactó como un bofetón.
—No es… no es mierda —susurró, sin saber por qué lo defendía—. Es… tú.
Herna la miró, sus ojos ámbar brillando con una emoción compleja.
—Eres demasiado buena para esto, Li Wei. Demasiado pura, incluso ahora. He usado tu soledad, tu hambre, como una palanca. Y te he llevado a un lugar del que quizás no haya retorno. —Se pasó una mano por la cabeza afeitada, un gesto inusual de inquietud—. Te dejaré. No volveré a tus aposentos. Los informes seguirán llegando. Pero mis manos… no te tocarán. A menos que tú, con plena conciencia de lo que soy y lo que te hago, me llames. Y no para esto. No solo para esto.
Sin esperar respuesta, recogió su túnica del suelo, se la puso rápidamente y se dio la vuelta para marcharse.
—¡Espera! —gritó Li Wei, poniéndose de pie, la túnica destrozada cayendo, exponiéndola de nuevo.
Él se detuvo, pero no se volvió.
—¿Me estás abandonando? —preguntó, y el pánico en su voz era real, más aterrador que cualquier deseo—. ¿Después de… de todo esto? ¿Después de haberme roto?
—Te estoy salvando —dijo él, su espalda ancha y rígida—. De mí.
Y luego se fue, desapareciendo entre las sombras de las glicinias y los bambúes, dejándola sola, desgarrada, cubierta de su saliva y el olor de él, con su propio sexo hinchado y sensible y un vacío en el pecho que parecía más profundo que el cosmos.
Los días que siguieron fueron un peculiar purgatorio.
Herna cumplió su palabra. No se presentó en sus aposentos. En las audiencias, mantenía una distancia respetuosa, su mirada baja, su tono impersonablemente formal. Era el asistente perfecto, invisible y eficiente. Los rumores que habían comenzado a circular se apagaron, desinflados por la aparente normalidad.
Pero la ausencia de su toque, de sus miradas lascivas, de sus susurros obscenos, fue en sí misma una presencia. Una presencia fantasmal que habitaba cada rincón del palacio para Li Wei. Su lecho imperial era demasiado grande, demasiado frío. Sus baños de jade no lograban limpiar la sensación de sus manos en su piel. Y en el espejo, los pequeños cambios en su cuerpo —la plenitud de sus pechos, la sensibilidad constante— eran recordatorios mudos y crueles de lo que había sucedido y de lo que se había interrumpido.
Sin embargo, también hubo una calma extraña. Una paz fría. Sin las tormentas de lujuria y culpa, Li Wei encontró que podía pensar con más claridad. Y los consejos de Herna, que seguían llegando en pergaminos sellados, eran su salvación política.
Un día, el informe versaba sobre la economía. No eran generalidades, sino un análisis brutal de los cuellos de botella.
“Majestad —decía la escritura precisa—, la sal. El monopolio estatal está estrangulado por los clanes Liang y Cho en el este. Suben los precios artificialmente y se reparten el excedente. El pueblo paga, el tesoro recibe migajas. Solución: Crear una nueva ruta de sal desde las minas del desierto occidental, gestionada directamente por la guardia imperial. Ofrecer precios un veinte por ciento más bajos. Los clanes se arruinarán o se someterán. Los ingresos del tesoro se duplicarán en un ciclo.”
Li Wei lo implementó. La rebelión esperada de los clanes fue rápidamente sofocada por “recomendaciones” estratégicas de Herna sobre puntos débiles en sus defensas y deudas ocultas. El flujo de plata hacia las arcas imperiales fue inmediato y copioso.
Otro día, el tema fueron los impuestos.
“El sistema de recaudación por ‘producto principal’ es arcaico. Un granjero que pierde su cosecha de arroz por plagas paga igual que el que tuvo éxito. Así se crean pobres y rebeldes. Impuesto por tierra y rendimiento estimado. Un funcionario imperial evalúa cada parcela antes de la siembra. Se paga en función del potencial, no del resultado. El campesino no se arruina en un mal año. La lealtad crece. La recolección se vuelve predecible.”
La reforma fue un terremoto administrativo. Requirió el despliegue de cientos de nuevos funcionarios, seleccionados mediante pruebas diseñadas por Herna para evitar el nepotismo. La nobleza local rugió, pero el apoyo del pueblo común, que por primera vez veía una medida imperial que lo protegía, fue un muro que los nobles no pudieron derribar.
Y luego estaban las amenazas internas. Herna tenía un ojo de halcón para la deslealtad.
“El Duque Wen de la Provincia del Lago Esmeralda organiza cacerías con los comandantes de la guarnición local. Demasiadas cacerías. Sus hijas se casan con demasiados oficiales jóvenes. No está planeando una rebelión abierta. Está tejiendo una red de obligaciones. Sugerencia: Ascender al comandante de la guarnición, un hombre leal pero ambicioso llamado General Mao, a un puesto en la capital. Ofrecer al duque la supervisión de las… insípidas… minas de plomo del norte. Verá el mensión. Su red se deshará sin una gota de sangre.”
Li Wei siguió el consejo. El duque Wen, un hombre orgulloso, palideció cuando recibió el edicto “honorífico”. Sabía que había sido descubierto. Aceptó con una sonrisa tensa y partió al exilio efectivo. La provincia permaneció en calma.
Cada éxito, cada problema resuelto, hacía que Li Wei dependiera más de la mente de Herna. Él no solo le daba peces; le enseñaba a pescar con métodos despiadadamente eficientes. Y en el proceso, ella gobernaba mejor que nunca. El consejo de ministros, al principio receloso de su nueva firmeza, comenzó a mostrar un respeto genuino, mezclado con un miedo saludable. El emperador, en una de sus raras salidas de la Cámara del Dragón Durmiente, incluso comentó: “El imperio prospera bajo tu mano, esposa. Tu qi debe estar especialmente armonizado.”
La ironía casi la hizo reír a gritos. Su qi era un desastre. Pero su imperio florecía.
La tensión entre ellos, lejos de disiparse, se transformó. Del calor húmedo de la lujuria pasó a ser un frío eléctrico, una corriente de respeto no dicho, de necesidad intelectual y emocional, y de un deseo sexual que, al ser negado, se refinó y se volvió más punzante, más omnipresente. Se veían a diario, intercambiaban palabras sobre asuntos de estado, y en el aire vibraba todo lo que no se decía: el recuerdo de su boca entre sus piernas, de sus labios en sus testículos, de la paz de estar abrazados.
Li Wei comenzó a observarlo de otra manera. No solo como una fuente de placer o de poder, sino como un hombre. Un hombre de una disciplina férrea, capaz de reprimir su propio deseo monstruoso por respeto a ella. Un hombre cuya inteligencia era una espada que podía esgrimir con precisión quirúrgica. Un hombre cuyo pasado era un misterio, pero cuyas cicatrices contaban historias de violencia y supervivencia.
Una noche, tras una agotadora jornada resolviendo una disputa fronteriza usando una de sus sugerencias (una compleja maniobra de diplomacia y despliegue militar mínimo que dejó boquiabiertos a los veteranos ministros), Li Wei no pudo soportarlo más.
Estaba en sus aposentos, el silencio era ensordecedor. Los pergaminos de Herna estaban sobre su escritorio, su escritura ordenada llenando el espacio que su cuerpo no podía ocupar. Necesitaba verlo. No para que la tocara. Solo para verlo. Para probar su propia fuerza.
Envió a una doncella con un mensaje. Simple. “El jardín de invierno. Ahora.”
El jardín de invierno era un lugar pequeño, amurallado, lleno de pinos y piedras, diseñado para la contemplación en la estación fría. A esta hora, estaba desierto y bañado por la luz plateada de una luna casi llena.
Herna llegó poco después. Vestía una túnica gris sencilla, similar a la que ella había destrozado semanas atrás. Su rostro era una máscara de expectativa cautelosa.
—Majestad —saludó con una inclinación de cabeza.
—Herna —dijo ella. Estaba sentada en un banco de piedra, bajo un pino—. He estado pensando.
—Es una de sus cualidades más destacadas —respondió él, manteniendo la distancia.
—En tus informes… nunca hablas de ti. De dónde aprendiste todo esto. Estrategia. Economía. La naturaleza humana.
Él se encogió ligeramente de hombros.
—Antes de ser soldado, fui hijo de un mercader. Un mercader que fracasó porque no entendió las reglas del juego. Yo las aprendí demasiado tarde para salvarlo a él, pero a tiempo para salvarme a mí. El resto… la guerra es la mejor maestra de la verdad. Desnuda a los hombres y a los estados.
—¿Y las cicatrices? —preguntó Li Wei, su mirada bajando instintivamente a su torso, aunque la túnica lo cubría.
—Lecciones individuales —dijo, un atisbo de su antigua sonrisa asomando a sus labios—. Cada una con un nombre y un rostro.
Ella asintió, mirando las agujas de pino en el suelo.
—He implementado todas tus sugerencias. El imperio es más estable, más rico, más seguro que nunca bajo mi regencia.
—Usted es una gobernante excepcional —afirmó él.
—¡No! —exclamó ella, alzando la vista, sus ojos brillando—. ¡Lo es por ti! Por tu mente. Tu… tu servicio.
La palabra “servicio” resonó entre ellos, cargada de todos los significados que tenía.
—Es mi deber —dijo él, simplemente.
—¿Y tu otro… servicio? —preguntó Li Wei, su voz bajando a un susurro—. ¿El que interrumpiste?
Herna contuvo el aliento. Su máscara de formalidad se agrietó, revelando el deseo ardiente que ardía debajo.
—Ese servicio… no era apropiado. Corrompía a la soberana.
—¿Y qué si la soberana quiere ser corrompida? —susurró ella, poniéndose de pie—. ¿Qué si la soberana ha pasado semanas fría, gobernando con una eficiencia perfecta y sintiéndose como un fantasma? ¿Qué si ha extrañado no solo el fuego entre sus piernas, sino la… la verdad en los ojos de un hombre que la ve, realmente la ve, no como un símbolo, sino como Li Wei?
Caminó hacia él, deteniéndose a solo un paso de distancia. Podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, ver el pulso latiendo en su cuello.
—Me dijiste que no me tocarías a menos que te llamara —dijo, su voz firme ahora—. Con plena conciencia de lo que eres y lo que me haces.
—Sí —jadeó él, su control resquebrajándose.
—Pues te llamo, Herna. Pero no para lo de antes. No para ser una perra en celo en un banco de piedra. —Extendió la mano y posó la palma plana sobre su pecho, sobre su corazón. Latía como un tambor de guerra—. Te llamo para un intercambio. Un trueque. Como un mercader… y su soberana.
Herna la miró, confundido, su respiración entrecortada.
—¿Qué trueque?
Li Wei bajó la mano, deslizándola por su torso, sobre el tejido de la túnica, hasta el nudo de su cinturón. Con un tirón suave, lo soltó.
—Me das tu consejo. Tu sabiduría mundana. Ahora. Aquí. Habla. Cuéntame la siguiente amenaza, la siguiente reforma. Enséñame. —Mientras hablaba, deslizó la túnica por sus hombros. Él no se resistió. Cayó al suelo, dejando al descubierto su torso glorioso a la luz de la luna—. Y mientras hablas… yo te serviré a ti. De la manera que una emperatriz puede servir a su más valioso… activo.
Comprendiendo, un gruñido profundo surgió del pecho de Herna. Sus ojos ardían con una mezcla de lujuria y algo parecido a la adoración.
—La próxima amenaza —comenzó, su voz ronca mientras ella se arrodillaba lentamente ante él—. Es el Clan Zhang. Controlan el comercio de hierro y acero. Están acumulando armas de manera encubierta, no para rebelarse, sino para… chantajear. Para que se les concedan monopolios en las nuevas rutas de sal.
Li Wei, ya de rodillas, desató el cordón de sus pantalones. Él estaba semi-erecto, pero a medida que ella los bajaba, su miembro saltó, llenándose rápidamente hasta alcanzar su plena y formidable erección. Pero esta vez, ella no se centró en él. Sus manos fueron directamente a sus testículos, acunando ese saco pesado y oscuro.
—¿Cómo se neutraliza? —preguntó, su aliento caliente sobre su piel.
Herna jadeó cuando sus dedos lo tocaron.
—Se… se encuentra su punto débil. No es el patriarca. Es la segunda esposa. Tiene deudas de juego enormes con una casa de préstamos en la ciudad portuaria de Linhai. Compra el favor del prestamista, obtén las notas de deuda, y… la esposa convencerá al patriarca de ser razonable.
—Inteligente —murmuró Li Wei. Luego, sin más preámbulos, inclinó la cabeza y besó suavemente la punta de su miembro. Un acto de sumisión, pero también de control. Ella dictaba el ritmo.
Herna tembló, pero continuó, su voz cada vez más tensa.
—La reforma… la próxima reforma debe ser en la justicia. Los magistrados locales son corruptos. El pueblo no cree en la ley. Hay que crear un cuerpo de inspectores itinerantes, pagados directamente por el tesoro imperial, con autoridad para juzgar a los magistrados. La gente debe poder apelar directamente a ellos.
—¿Cómo se seleccionan? —preguntó Li Wei, ahora lamiendo a lo largo del eje, saboreando el sabor salado de su piel, la promesa de su esencia.
—Ex… ex militares —jadeó Herna, sus manos apretándose en puños a los lados—. Honrados pero desilusionados. Hombres que aún creen en el honor. Yo… tengo una lista.
Li Wei asintió, su boca descendiendo ahora hacia su objetivo principal. Sus testículos. Los acarició con sus mejillas, inhalando su aroma intenso y masculino. Luego, mirándolo a los ojos —él la observaba, hipnotizado, con una mezcla de asombro y deseo desbocado—, abrió la boca y tomó uno de sus testículos con suavidad.
El sonido que salió de Herna fue un rugido ahogado. Sus rodillas casi cedieron.
—¡Li Wei!
—Sigue —ordenó ella, su boca llena, la palabra distorsionada—. La economía. Los impuestos del sur.
Él luchó por controlar su respiración, por concentrarse. El calor de su boca, la suave presión de su lengua sobre la piel más sensible de su cuerpo, era una tortura divina.
—Los… los impuestos del sur… —tragó saliva—. Se basan en el arroz. Pero el clima está cambiando. Sequías. Hay que diversificar… incentivar el cultivo de té y seda en las laderas… menos dependencia del agua… crear reservas estatales de grano para… para estabilizar precios en… en años malos…
Cada palabra era un esfuerzo hercúleo. Li Wei lo escuchaba, absorbiendo cada idea, cada estrategia, mientras servía a la fuente de su propia transformación con una humildad deliberada y poderosa. Pasó al otro testículo, lamiéndolo, chupándolo con suavidad, mostrando una devoción que era tanto sumisión como dominio.
Herna estaba al borde del colapso. Su cuerpo estaba tenso como un arco, el sudor brillaba en su piel oscura. Sus manos se alzaron, temblando, como para aferrar su cabeza, pero se detuvieron, sin atreverse a tocarla sin permiso.
—Dime… la amenaza más grande —susurró Li Wei, separándose por un momento, sus labios brillantes—. La que ni siquiera los ministros ven.
Herna la miró, sus ojos vidriosos por el placer, pero su mente aún luchando por funcionar.
—El… el Príncipe Kang… tu cuñado… —jadeó—. No busca el trono… busca controlar al próximo emperador. Su hija… tiene la edad de tu hijo… planea un matrimonio… envenenará lentamente al niño emperador… dejará a su hija como regente… y a él… como poder tras el trono…
La revelación fue un balde de agua fría en la lujuria de Li Wei. Un peligro real, tangible, para su hijo. El instinto maternal se disparó, nítido y claro.
—¿Pruebas? —preguntó, su voz seria.
—Un eunuco en su servicio… leal a… a mí —confesó Herna—. Tiene registros… de compras de hierbas raras… de correspondencia codificada…
Li Wei asintió, la información almacenándose en su mente junto con las estrategias económicas y judiciales. Luego, en un acto final de sellado, de gratitud y de marca, se inclinó de nuevo y tomó ambos testículos en su boca, lo mejor que pudo, rodeándolos con sus labios y su lengua en un beso húmedo, cálido y profundamente íntimo.
Herna no pudo contenerse más. Un gemido largo, gutural, salió de lo más profundo de su ser. Su cuerpo se estremeció violentamente, pero no llegó al orgasmo. Ella no lo estaba estimulando para eso. Esto era diferente. Era un ritual. Una ceremonia de trueque: sabiduría por sumisión. Poder por devoción.
Cuando ella se separó, ambos estaban jadeando. Herna se derrumbó de rodillas frente a ella, sus manos en el suelo, su cabeza colgando, su cuerpo sacudido por temblores residuales.
Li Wei se puso de pie, mirándolo. Sintió una calma extraña, un poder sereno. Había tomado lo que necesitaba —consejo, poder, protección para su hijo— y había dado lo que quería dar —un acto de sumisión que, en su ejecución, había sido un acto de supremo control.
—Levántate, Herna —dijo, su voz la de la emperatriz otra vez, pero con una nueva profundidad.
Él alzó la vista. En sus ojos no había humillación, sino algo parecido al asombro.
—Has… has ganado esta ronda, Majestad —dijo, su voz ronca.
—No es una guerra —respondió ella, extendiendo una mano para ayudarlo a levantarse—. Es una alianza. Tú me das un imperio fuerte. Yo… —su mirada bajó a sus pantalones aún bajados, a su miembro todavía palpitante—… te doy un propósito más allá de la batalla. Y acceso a una verdad que solo yo puedo ofrecer.
Herna se puso de pie, arreglándose la ropa con manos temblorosas. La miró, y en su rostro había una nueva expresión: respeto absoluto, mezclado con un deseo ahora templado por algo más profundo.
—¿Qué hacemos con el Príncipe Kang? —preguntó, volviendo al asunto práctico, pero su voz era la de un compañero, no de un sirviente.
Li Wei miró hacia la luna, su mente ya trabajando con la información.
—Tu eunuco. Tráeme las pruebas. Discretamente. Luego… invita al Príncipe Kang a una partida de weiqi. En mis aposentos. Yo jugaré con él. Y mientras lo hago, tú estarás allí. Y le mostraremos… las reglas de un juego nuevo.
Una sonrisa lenta, peligrosa y satisfecha se extendió por el rostro de Herna. Era la sonrisa de un lobo que ve a su pareja de caza descubrir sus colmillos.
—Como ordene, Majestad.
Esa noche, no hubo contacto sexual más allá de lo ya sucedido. No hubo penetración. No hubo aceites ni promesas de crecimiento. Pero se selló un pacto más profundo. Uno de intelecto, de voluntad y de deseo mutuo, cuidadosamente canalizado.
Li Wei regresó a sus aposentos sintiéndose, por primera vez en meses, entera. Dividida, sí, entre la emperatriz y la mujer, entre la cultivadora y la amante, pero ambas partes aliadas, no en guerra. Y en el centro de esa alianza estaba Herna: su espada, su escudo, su tentación y su maestro.
El camino de la corrupción continuaba, pero ya no era una caída pasiva. Era un descenso deliberado, con los ojos abiertos, hacia un poder que el cultivo espiritual nunca le había ofrecido: el poder de gobernar no solo con el qi, sino con la mente, el cuerpo y el alma de un hombre que era, a la vez, su mejor sirviente y su más peligroso amo.
Y en los pasillos del palacio, los más astutos notaron algo nuevo. La emperatriz no solo era firme. Era impredecible. Brillante. Y a su lado, el asistente Herna ya no parecía un mueble. Parecía un centinela. O un consorte en todo menos en el nombre.
La tormenta que se avecinaba no sería de escándalo sexual. Sería una purga política, silenciosa y mortal. Y sus arquitectos estarían en el dormitorio imperial, intercambiando susurros estratégicos y besos prohibidos, forjando un nuevo tipo de alianza que haría temblar los cimientos del Imperio Celestial.
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