Mis Historias Originales, Trabajadas con IA - Capítulo 4
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- Capítulo 4 - 4 Capítulo 4 El Trueque de la Carne y el Conocimiento
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4: Capítulo 4: El Trueque de la Carne y el Conocimiento 4: Capítulo 4: El Trueque de la Carne y el Conocimiento La cuarta luna del ciclo imperial se alzaba, redonda y grávida como el vientre de una diosa fértil, inundando los jardines del palacio con una luz lechosa que convertía las sombras en manchas de tinta china sobre pergamino plateado.
Un mes había transcurrido desde el pacto sellado en el jardín de invierno, un mes donde la dinámica entre la emperatriz y su asistente se había transformado en un mecanismo de precisión obscena, un engranaje perfecto donde el conocimiento se intercambiaba por sumisión, la sabiduría por saliva, y el poder político por el sabor a sal y masculinidad de unos testículos que ahora eran el centro ritual de un imperio.
La rutina se había establecido con la puntualidad de un reloj de sol.
Al amanecer, Herna se presentaba en los aposentos privados de Li Wei, tras ser anunciado por una doncella muda y de mirada baja, la misma que limpiaba después.
Traía consigo un rollo de pergamino con el análisis del día: amenazas, oportunidades, reformas, datos económicos.
Se arrodillaba a una distancia respetuosa, presentaba el informe con ambas manos, y esperaba.
Li Wei, sentada en su lecho o en su escritorio de jade, vestida aún con sus ropas de dormir —una bata de seda que cada vez se anudaba con menos convicción—, leía en silencio.
Sus ojos, afilados por la inteligencia y ahora por una lujuria constantemente alimentada, absorbían cada carácter.
Luego, alzaba la mirada.
“Explícame el tercer punto, sobre el sistema de riego en las llanuras del norte”, podía decir.
O: “Esta táctica para dividir a los clanes menores del sur es arriesgada.
Convénceme.” O, más directamente: “Los números de la recaudación de aduanas no cuadran.
Encuentra el hueco.” Herna explicaba.
Su voz, ese bajo profundo que hacía vibrar el aire y, secretamente, el clítoris de Li Wei, desgranaba conceptos, estrategias, conocimientos que no tenían lugar en el mundo conocido.
Hablaba de rotación de cultivos para evitar el agotamiento del suelo, de ingenios hidráulicos con ruedas de palas movidas por la corriente que podían elevar agua a terrazas más altas sin esfuerzo humano, de principios básicos de “sanidad” que podían reducir las muertes por fiebres en los cuarteles a la mitad: hervir el agua, aislar a los enfermos, lavarse las manos con alcohol de grano.
Cada explicación era un mundo nuevo.
Li Wei aprendía sobre la “presión” que movía la sangre en los cuerpos, sobre los “microbios” invisibles que causaban enfermedades, sobre los principios de palanca y polea que podían mover montañas con la fuerza de un solo hombre.
Y todo, según él, legado de su misterioso maestro, un anciano que hablaba idiomas muertos y dibujaba esquemas de máquinas que volaban o de barcos que navegaban bajo el agua.
Tras la explicación, tras asegurarse de que Li Wei comprendía y asentía, llegaba el pago.
Un silencio cargado.
Li Wei se ponía de pie.
A veces temblorosa, otras con una determinación fría que era, en sí misma, una forma de excitación.
Caminaba hacia él.
Herna permanecía de rodillas, pero su postura ya no era la de un sirviente.
Era la de un sacerdote ante su ofrenda, un guerrero que sabe que la batalla ya está ganada.
Ella desataba el cinturón de su túnica.
Él ayudaba, levantando las caderas para que los pantalones de lino cayeran.
Su miembro, siempre imponente, ya estaba semierecto, anticipando el ritual.
Pero Li Wei, fiel al trueque, lo ignoraba.
Sus manos, manos que firmaban sentencias de muerte y decretos de vida, iban directas al saco escrotal.
Lo acariciaba, sintiendo el peso, la textura rugosa, el calor vital que emanaba.
A veces hablaba mientras lo hacía.
“El sistema de riego es brillante.
Los campesinos te bendecirán”, murmuraba, inclinándose.
Y luego, su boca.
Sus labios, pintados de carmín para las audiencias pero ahora desnudos y ansiosos, se posaban sobre la piel oscura.
Empezaba con besos, suaves, casi reverenciales, en la superficie del escroto.
Luego, usando las manos para separar suavemente, exponía cada testículo.
Los lamía, larga y sensualmente, de polo a polo, saboreando la sal de su piel, el aroma musgoso y profundo que era la esencia misma de su masculinidad.
A veces los chupaba, metiéndolos enteros en su boca uno por uno, jugueteando con ellos con la lengua, sintiendo cómo se tensaban y se movían bajo su atención.
Herna jadeaba.
Gruñía.
Sus manos se aferraban a sus propios muslos, los nudillos blancos.
Miraba hacia abajo, viendo la cabeza negra como el azabache de su emperatriz moviéndose entre sus piernas, sirviéndole de la manera más humilde y a la vez más poderosa imaginable.
Él no llegaba al orgasmo.
Ese no era el trato.
El placer para él era agónico, edging constante, una tortura exquisita que alimentaba su devoción y su deseo de darle más, siempre más, para recibir este servicio único.
Ella, por su parte, llegaba al clímax con frecuencia.
Solo con el acto, con la sumisión consciente, con el sabor de él en su boca y el conocimiento de que estaba comprando el futuro de su imperio con su degradación voluntaria.
A veces, tras minutos de chupar y lamer, un temblor la recorría, su sexo se apretaba contra la nada, y un orgasmo seco y eléctrico la sacudía, dejándola jadeando contra sus testículos, su saliva mezclándose con el sudor de su entrepierna.
Luego, ella se separaba.
Se limpiaba la boca con el dorso de la mano, un gesto que se había vuelto habitual, casi descarado.
Herna se levantaba, se vestía con movimientos precisos, y se retiraba con una inclinación de cabeza, dejándola a ella con el informe y con el fuego húmedo entre sus propias piernas.
Esa era la mañana.
Pero el trueque no se limitaba al amanecer.
Había crisis, urgencias.
Y cada vez que Herna llegaba con noticias urgentes, con soluciones inmediatas, el pago era inmediato también.
En el salón del trono, tras una audiencia, él podía acercarse y susurrarle al oído: “El enviado de los bárbaros del oeste miente.
Su tributo es un tercio de lo que debería.
Sé cómo verificarlo.” Y Li Wei, con una mirada lasciva y fría, ordenaba: “A mis aposentos.
Ahora.” O en los pasillos, al atardecer: “Majestad, la plaga de insectos en los arrozales del sur no es natural.
Es sabotaje del clan rival.
Tengo el antídoto y el nombre del culpable.” Y ella, sin romper el paso: “El pabellón de los ciruelos.
En cinco minutos.” Y allí, entre la vegetación o tras puertas cerradas, ella se arrodillaba, le abría los pantalones, y en cuestión de segundos tenía sus testículos en la boca, chupando con una urgencia que igualaba la de la crisis, mientras él, con voz entrecortada pero clara, le daba los detalles: la fórmula del pesticida (una mezcla de ceniza, cal y un extracto de una hierba amarga que solo él conocía), el nombre del traidor, la evidencia.
La dependencia se había vuelve absoluta.
Y con ella, la adicción física.
Li Wei notaba que ya no necesitaba verlo.
Solo oír su voz.
En medio de una reunión del consejo, mientras Herna, de pie en un rincón, ofrecía un dato seco sobre la logística militar, la voz grave de él resonaba en la sala y Li Wei sentía un espasmo húmedo entre sus piernas.
Un calor súbito le subía por el cuello.
Sus pezones, aún más sensibles y llenos (¿realidad o sugestión?), se ponían duros como guijarros contra el pesado brocado de su túnica imperial.
Tenía que cruzar las piernas bajo la mesa, apretar los músculos vaginales, concentrarse en la respiración para no gemir en voz alta.
Herna lo notaba, por supuesto.
Sus ojos ámbar, siempre observadores, captaban el rubor repentino, el parpadeo rápido, el modo en que sus dedos se apretaban alrededor del mango del abanico de jade.
Una sonrisa casi imperceptible, un brillo de triunfo y de lujuridad compartida, cruzaba su rostro por un instante.
Pero no hacía nada.
No se aprovechaba.
Respetaba el trueque.
Esperaba a ser pagado.
Y Li Wei, por su parte, se mantenía firme.
No se lanzaba sobre él en pleno consejo.
Aguardaba.
Sufría.
Anhelaba.
Y cuando finalmente podía pagar, el acto de sumisión era aún más intenso, más cargado, más sucio.
A veces, en su desesperación, no se limitaba a chupar.
Usaba las manos para masajear su perineo, lamía el surco detrás de sus testículos, mordisqueaba suavemente la piel del escroto hasta hacerlo gruñir de placer y dolor.
Era una esclava de su propio deseo, pero una esclava que controlaba las riendas del imperio gracias a la moneda de cambio que su boca proporcionaba.
Una tarde, la crisis llegó en una forma que ni siquiera los conocimientos de Herna podían resolver de inmediato.
Estaban en la biblioteca imperial, un vasto salón con estanterías que alcanzaban el techo, repletas de rollos y libros.
Li Wei investigaba tratados de agricultura antigua, buscando alguna solución desesperada.
Herna estaba a su lado, seleccionando mapas.
—Majestad —dijo su voz, y Li Wei sintió el familiar calambre en el bajo vientre—.
Los informes de los espías en el reino de Khotan son concluyentes.
No es una sequía común.
Li Wei alzó la vista del rollo.
“¿Qué es entonces?” —Es una estrategia.
Han desviado el curso superior del Río Amarillo con una serie de diques masivos, hechos con una técnica… que no es de este tiempo.
—La cara de Herna estaba seria, sin rastro de la lascivia habitual—.
Usan un material, una mezcla de cal, arena y un aglutinante que los hace más duros que la roca, que fragua incluso bajo el agua.
Mi maestro lo llamaba ‘cemento’.
Solo él y yo sabemos de él en este lado del mundo.
Li Wei se puso pálida.
El Río Amarillo era la aorta del norte de su imperio.
Sin sus aguas, las provincias de granero se convertirían en desiertos en una temporada.
Hambruna, revueltas, el colapso.
—¿Khutan?
Son bárbaros nómadas.
¿Cómo…?
—Tienen un asesor —dijo Herna, sus ojos oscuros—.
Un hombre con un rostro marcado por cicatrices de viruela, que viste una túnica gris y habla el idioma clásico de los Han con un aciente extraño.
Mi maestro… tenía un rival.
Un hermano en conocimiento, pero con ambiciones diferentes.
Llamémosle el Arquitecto.
Parece que ha encontrado nuevos patrones.
El aire se espesó.
Esta era una amenaza de otro nivel.
No eran clanes avariciosos o príncipes conspiradores.
Era una guerra de conocimientos ocultos, de tecnologías prohibidas.
—¿Qué hacemos?
—preguntó Li Wei, y su voz no tembló por lujuria, sino por miedo genuino.
Herna se acercó, bajando la voz.
Su proximidad, normalmente una provocación, ahora era un consuelo.
—Necesito tiempo.
Necesito estudiar sus diques, entender la técnica.
Y necesito recursos.
Muchos recursos.
Para construir algo que pueda contrarestarlos.
—¿Qué?
—Una máquina de asedio, pero no para murallas.
Para diques.
Basada en principios de… palancas hidráulicas y fuerza de torsión.
Mi maestro la diseñó, pero nunca la construyó.
La llamó ‘El Aplastador de Titanes’.
—Herna la miró—.
Necesitaré control total sobre los talleres imperiales, los fundidores de hierro, los carpinteros maestros.
Y dinero.
Mucho dinero.
Li Wei no lo dudó.
—Lo tendrás.
Todo.
—Y —continuó Herna, su voz bajando aún más, hasta convertirse en un susurro áspero—, necesitaré que confíes en mí como nunca antes.
Esto me llevará al borde de lo que sé.
Habrá fracasos.
Gastos inútiles.
Críticas.
Li Wei asintió.
Luego, como actuando por un instinto más profundo que el miedo, sus manos fueron al cinturón de su túnica.
No la suya, sino la de él.
—Págame ahora —dijo, su voz áspera—.
Págame por la esperanza.
Dame algo a lo que aferrarme mientras preparas esa máquina.
No hubo jardín secreto.
No hubo banco de piedra.
Fue allí, entre el polvo sagrado de la biblioteca imperial, entre los rollos que contenían la historia de mil años, donde Li Wei se arrodilló sobre la fría losa de mármol.
Los pantalones de Herna cayeron.
Su miembro estaba flácido, la tensión de la crisis había apagado incluso su deseo constante.
Pero sus testículos, esas fuentes pesadas de vida y conocimiento, colgaban allí.
Li Wei no los besó con sensualidad.
Los tomó con desesperación.
Envolvió toda el área con sus manos y su boca, lamiendo, chupando, casi masticando la piel en un acto de pura necesidad animista, como si pudiera extraer la sabiduría de su maestro directamente de las gónadas de su discípulo.
Gemía, sollozaba contra su carne, sus lágrimas se mezclaban con su saliva y el sudor de su entrepierna.
—Sálvame —murmuraba entre lametones—.
Sálvame a mí, a mi hijo, a mi imperio.
Toma todo lo que tengo.
Pero sálvame.
Herna, de pie sobre ella, miraba hacia abajo.
Su rostro no mostraba placer, sino una intensa concentración, una determinación feroz.
Puso una mano en su cabeza, no para guiarla, sino en un gesto de posesión solemne.
—Lo haré —prometió, su voz un juramento en la penumbra de la biblioteca—.
A cambio de esto.
A cambio de tu fe.
Esa noche, el trueque escaló a un nuevo nivel.
En los talleres imperiales, convertidos en un hervidero de actividad día y noche, Herna reveló el primer plano.
No era un dibujo, era una pesadilla geométrica de palancas, contrapesos, ruedas dentadas y un brazo principal con una gigantesca bola de hierro.
Los maestros artesanos, hombres venerables con barbas blancas, miraban los esquemas con incredulidad y luego con asombro creciente.
—Estas proporciones… —murmuró el maestro fundidor, tocando un cálculo al margen—.
El par de torsión… es brillante.
Pero el material para el brazo… no existe.
—Existe —dijo Herna.
Sacó un pequeño lingote de un metal grisáceo, más liviano que el hierro pero con una dureza que demostró golpeándolo con un martillo: solo dejó una marca leve—.
Lo llamo ‘acero’.
Es hierro purificado y mezclado con carbono bajo un calor extremo.
Sé cómo hacerlo.
Les enseñaré.
Los ojos de los artesanos brillaron con la chispa del conocimiento nuevo.
Herna se convirtió en su maestro, su oráculo.
Y mientras él trabajaba, Li Wei gobernaba, sofocando los rumores de gastos extravagantes con la mano férrea que él le había enseñado.
Y cada noche, él acudía a sus aposentos a informar.
Y cada noche, el pago era más extremo.
Ya no era solo chupar testículos.
Era una servidumbre completa.
Una noche, Herna llegó cubierto de hollín y sudor, oliendo a carbón y metal caliente.
“Los primeros moldes han fallado.
La aleación no es uniforme.
He ajustado las proporciones.
Necesitamos más mineral de hierro de las minas de Yun.” Li Wei, sin decir una palabra, se arrodilló.
Pero esta vez, después de chupar sus testículos hasta hacerlo gemir, se inclinó más y empezó a lamerle el sudor del perineo, del vello pubis, incluso de la base de su miembro, ahora semi-erecto por la estimulación.
Sabía a sal, a trabajo, a hombre.
Ella lo lamía como un animal lame a su cachorro, limpiándolo, reverenciándolo.
—El mineral llegará mañana —jadeó ella, su rostro embadurnado con su esencia.
Otra noche, la crisis fue política.
“El ministro de Finanzas cuestiona el gasto.
Dice que es magia negra, que arruinará el tesoro.” Li Wei, en un acto de desesperación y dominación combinadas, lo llevó a su lecho imperial.
No para el sexo.
Lo hizo tumbarse boca arriba.
Luego, montó su rostro, no su sexo, sino más abajo.
Se sentó directamente sobre su boca, pero orientada de manera que su sexo y su ano quedaran sobre su barbilla, y sus propios labios descendieran sobre sus testículos.
—Cállalo —ordenó, mientras empezaba a chupar sus huevos con una furia concentrada—.
Usa lo que sea.
Pruebas falsas, deudas ocultas, lo que sea.
Pero cállalo.
Herna, con su boca parcialmente obstruida por sus nalgas, gruñió su asentimiento.
Sus manos se aferraron a sus caderas, hundiendo los dedos en la carne mientras ella lo servía.
Fue la posición más degradante hasta la fecha, y Li Wei llegó al orgasmo solo por la sensación de poder y sumisión, su jugo goteando sobre la barbilla de él mientras la leche preseminal de él humedecía sus labios.
El ministro de Finanzas fue arrestado al día siguiente por corrupción.
Se encontraron “pruebas” de que desviaba fondos.
Nadie preguntó demasiado.
La adicción de Li Wei se volvió física, visceral.
Empezó a soñar con sus testículos.
Soñaba que eran frutas maduras que colgaban de un árbol, y ella las mordía, y brotaba un néctar dulce que la llenaba de conocimiento.
Se despertaba con las sábanas empapadas, su sexo palpitando, su boca ansiosa por un sabor que solo él podía proporcionar.
En las audiencias, a veces se perdía, imaginando la escena: él de pie, ella de rodillas, la pesadez de sus testículos en su lengua, el sonido de sus gruñidos.
Una vez, durante un informe del embajador de Corea, la imagen fue tan vívida que un gemido leve escapó de sus labios.
El embajador se detuvo, confundido.
Herna, desde su rincón, tosió suavemente.
Li Wei se recuperó, el rostro ardiente, pero debajo de la mesa, su mano apretaba el abanico con tanta fuerza que el jade crujió.
La construcción de la máquina, “El Aplastador de Titanes”, avanzaba.
Era un monstruo que crecía en los patios de los talleres, un esqueleto de acero y madera reforzada que inspiraba temor y asombro.
Herna era omnipresente, durmiendo apenas unas horas, comiendo donde podía.
Y cada vez que lograba un avance, acudía a ella.
El trueque se volvió público en su intimidad.
Ya no hablaban de política durante el acto.
Ella solo chupaba, lamía, adoraba.
Y él, de pie sobre ella o sentado en un trono improvisado que ella le ofrecía, le acariciaba el cabello y le hablaba de la máquina, de la ciencia, de cosas que ella apenas comprendía pero que amaba escuchar porque salían de él.
“La torsión se almacena en estas cuerdas de tripa retorcida”, decía mientras ella masajeaba sus testículos con una mano y con la otra se masturbaba lentamente, mirándolo a los ojos.
“La energía es enorme.
Cuando se libere, la bola viajará a una velocidad que puede astillar roca.” Ella asentía, su boca llena, sus ojos vidriosos de placer y adoración.
“El acero es la clave”, jadeaba él en otra ocasión, mientras ella, en un arranque de inventiva perversa, envolvía sus testículos en hielo de la nevera imperial y luego los calentaba con su aliento y su lengua, alternando sensaciones que lo hacían retorcerse.
“El hierro es débil.
El acero es la voluntad purificada por el fuego y la presión.
Como tú, Li Wei.
Como nosotros.” Ella creía cada palabra.
Él no era solo su amante, su sirviente, su maestro.
Era el profeta de una nueva era, y su boca era el altar donde se sellaba el pacto.
Finalmente, llegó el día de la prueba.
La máquina fue transportada en secreto, en piezas, a un valle deshabitado en la frontera norte.
Un dique de prueba, una réplica a escala del de Khutan, había sido construido siguiendo las instrucciones capturadas de un espía.
Era una pared de ese “cemento” gris y liso, más alta que tres hombres, que desafiaba el curso de un arroyo.
Li Wei viajó disfrazada, con una escolta mínima.
Herna iba a su lado.
La tensión entre ellos era palpable, pero ya no era solo sexual.
Era la tensión del creador ante su obra, de la soberana ante la posible salvación o ruina.
La máquina, ensamblada, era un coloso.
El brazo de acero, con su bola de hierro del tamaño de un carro, estaba tensado hacia atrás con un complejo sistema de cuerdas y ruedas.
Una docena de hombres, siguiendo las órdenes de Herna, giraban una enorme manivela.
El sonido de la madera que crujía y del metal tensándose llenó el valle.
Herna dio la orden final.
Con un hacha, cortó la cuerda maestra.
El brazo se soltó.
Hubo un silbido en el aire, un sonido como el de un dios enfurecido.
La bola de hierro describió un armo perfecto y golpeó el centro del dique.
El impacto fue atronador.
Un estallido seco, como un trueno en un día claro.
El dique… no se rompió.
Se desintegró.
Una sección entera, de tres metros de ancho, se pulverizó en una nube de polvo y esquirlas.
El agua del arroyo, contenida, rugió a través de la brecha como una bestia liberada.
Un silencio absoluto cayó sobre el valle.
Luego, los ingenieros, los soldados, todos prorrumpieron en gritos de asombro y júbilo.
Li Wei miró la destrucción, luego miró a Herna.
Él estaba inmóvil, observando su obra con una expresión crítica, evaluando ángulos, fuerzas.
Pero cuando volvió su mirada hacia ella, vio algo más: triunfo absoluto.
Y debajo, el deseo ardiente, el hambre que solo ella podía saciar.
Esa noche, acamparon en el valle.
En la tienda imperial, mucho más grande y lujosa que las demás, Li Wei no esperó.
Tan pronto como las cortinas se cerraron, se arrodilló.
Ni siquiera le quitó la ropa a Herna.
Abrió su cinturón y sus pantalones con manos temblorosas y enterró su rostro en su entrepierna.
Esta vez no hubo lameduras ceremoniosas.
Fue una festín salvaje, hambriento.
Chupó sus testículos con una fuerza que lo hizo gruñir de dolor y placer, los mordisqueó, los lamio por todas partes, inhalando profundamente su aroma a sudor, a polvo, a victoria.
Gemía contra su carne, sus propias manos bajaron entre sus piernas, y se masturbó frenéticamente mientras lo servía.
—¡Lo lograste!
—jadeaba entre lametones—.
¡Eres un dios!
¡Un dios de metal y conocimiento!
¡Esto es tuyo!
¡Todo esto es tuyo!
Herna, al borde del colapso, finalmente perdió el control.
Sus manos se enredaron en su cabello, no con suavidad, sino con fuerza bruta, empujando su rostro más contra él.
—¡Sí!
—rugió, su voz un trueno en la intimidad de la tienda—.
¡Es tuyo!
¡El imperio es tuyo!
Pero esto… ¡esto es mío!
Y por primera vez desde su primer encuentro, desde que el trueque comenzó, Herna no se contuvo.
El placer, la tensión de meses, la visión de su emperatriz convertida en una devota salvaje a sus pies, fue demasiado.
Un estremecimiento violento lo recorrió.
Su miembro, que había sido ignorado durante tanto tiempo en favor de sus testículos, palpitó y luego explotó.
Un chorro grueso y caliente de semen salió disparado, no en su boca, sino sobre su rostro, sobre su cabello, sobre sus párpados cerrados.
Li Wei se quedó congelada por un instante, sorprendida por la violencia de la eyaculación, por el calor del fluido en su piel.
Luego, un gemido largo y tembloroso salió de su garganta.
Extendió la lengua, lamiendo el semen que goteaba por sus labios, sus mejillas.
El sabor era más intenso, más acre, más masculino que nunca.
Y eso, combinado con la humillación extrema de ser marcada así, de ser usada como un recipiente para su semilla después de meses de solo servir a sus testículos, la llevó a un orgasmo cataclísmico.
Su cuerpo se sacudió, cayendo hacia adelante, su rostro embadurnado se enterró en su vientre, mientras su sexo se contraía en espasmos incontrolables alrededor de sus propios dedos.
Jadeando, temblando, quedaron así: ella, deshecha y cubierta con su esencia, arrodillada; él, todavía palpitante, sus manos aferrándose a su cabello.
Cuando pudo hablar, Herna lo hizo con una voz ronca, llena de una emoción nueva.
—El trueque… ha cambiado.
Li Wei alzó la vista.
Su rostro estaba pintado de blanco pegajoso.
Sus ojos, sin embargo, brillaban con una claridad absoluta.
—Sí —dijo, su voz serena a pesar de todo—.
Ya no es un trueque.
Es una fusión.
Tú me das el mundo.
Yo te doy… todo lo que soy.
Herna se arrodilló frente a ella.
Tomó su rostro entre sus manos, manchándolas con su propio semen.
La miró a los ojos.
—El Arquitecto en Khutan… ahora sabrá lo que hemos hecho.
La guerra no será con ejércitos.
Será con máquinas, con ideas, con venenos y curas.
Será una guerra de conocimiento.
Y yo… —su mirada era feroz—, necesitaré acceder a todo lo que mi maestro guardó.
Sus libros prohibidos.
Sus esquemas de máquinas que ni siquiera yo he visto.
Sus notas sobre… sobre la modificación del cuerpo humano, la prolongación de la vida, la fuerza sobrehumana.
Li Wei sintió un escalofrío.
Pero también una excitación profunda.
Esto era lo desconocido absoluto.
Y él era su guía.
—¿Dónde está?
—preguntó.
—En una cripta.
Bajo las montañas del Fin del Mundo.
Solo puedo acceder con… con una llave.
—Herna bajó la mirada a sus testículos, luego a su rostro manchado—.
La llave es un ritual.
Uno que involucra la devoción absoluta de un soberano.
Una transferencia de… energía vital.
Mi maestro lo llamó ‘El Sello del Discípulo Imperial’.
Li Wei comprendió.
No con su mente, pero con su cuerpo, con su alma corrupta y hambrienta.
El siguiente paso no era chupar testículos.
Era algo más.
Algo que uniría sus destinos de una manera que ni la política ni el sexo habían logrado.
—Enséñame —dijo, sin vacilar—.
Enséñame el ritual.
Herna asintió, solemne.
—No aquí.
En la cripta.
Tendremos que viajar.
Lejos.
Durante semanas.
Dejarás el imperio en manos de tu hijo y del consejo.
Era una locura.
Una emperatriz, abandonando el trono.
Pero Li Wei ya no era solo la emperatriz.
Era la discípula, la amante, la devota.
—Lo haré —dijo.
—Y el precio, por ahora —continuó Herna, su mirada oscureciéndose con la lujuria—, es limpiar tu rostro.
Con tu boca.
Límpiame a mí.
Lame cada gota de mi semilla de tu piel.
Y luego… lámela de donde salió.
Directamente de la fuente.
Bébela mientras aún está caliente.
Li Wei, sin romper el contacto visual, obedeció.
Con movimientos lentos y deliberados, pasó la lengua por sus propios labios, por sus mejillas, recogiendo el semen.
Luego, se inclinó hacia su miembro, que aún estaba semierecto y brillante con los restos de su eyaculación.
Lo tomó en su boca, no para chupar, sino para limpiar, lamiéndolo de base a punta, bebiendo las últimas gotas de su esencia.
El sabor la embriagó.
Cuando terminó, Herna se puso de pie.
—Prepara el viaje.
Diles que vas a un retiro espiritual a las montañas sagradas.
Llevaremos una escolta mínima.
Y cuando lleguemos… tu educación real comenzará.
Mientras Li Wei organizaba el viaje en los días siguientes, la rutina continuó, pero con una urgencia nueva.
Cada consejo, cada dato, cada preparativo, eran pagados con su boca en sus testículos, pero ahora también con besos en su miembro, con lametones a su semen, con una sumisión que era total.
En su última noche en palacio, antes de partir, Herna llegó a sus aposentos con el plano final de la ruta y los documentos falsos.
Li Wei lo recibió desnuda, salvo por el manto imperial sobre los hombros.
—¿Estás lista?
—preguntó él.
Ella respondió arrojando el manto al suelo y arrodillándose.
No dijo una palabra.
Solo abrió su boca y se inclinó hacia su entrepierna, comenzando el ritual que ahora era tan natural como respirar.
Mientras chupaba, pensó en las montañas, en la cripta, en el conocimiento prohibido.
Pensó en la guerra que se avecinaba.
Pero sobre todo, pensó en el peso de sus testículos en su lengua, en el sabor que era ahora el sabor del poder, del futuro, de su propia alma reescrita.
Y supo, con una certeza que venía de lo más profundo de su corrupción, que no importaba lo que encontraran en esa cripta.
Ella ya había cruzado el punto de no retorno.
Había intercambiado la pureza del qi por el conocimiento sucio y sublime que brotaba de las entrañas de un hombre.
Y no había vuelta atrás.
El imperio podría temblar, las guerras podrían llegar.
Pero ella, Li Wei, la emperatriz que chupaba testículos a cambio de sabiduría, había encontrado su verdadero trono: de rodillas, con la boca llena, y el destino del mundo balanceándose entre sus labios y la semilla del hombre que lo había conquistado todo, sin blandir una sola espada.
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Sinceramente, la que más les recomiendo es “Madre en DC”.
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Gracias por leer y por dedicar su valioso tiempo a estas cosas.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com