Mis Historias Originales, Trabajadas con IA - Capítulo 6
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Capítulo 6: Capítulo 6: El Altar de Carne y Devoción
La fusión neural no fue un evento, sino un umbral cruzado hacia una nueva existencia. En las semanas que siguieron al Ritual del Sello, Li Wei experimentó el mundo como una sinfonía de datos entrelazados con sensaciones crudas. Cada piedra del palacio le susurraba su composición mineral; cada cortejo que se inclinaba ante ella emanaba un aura de emociones que podía leer como un libro abierto: miedo, ambición, envidia, lujuria oculta. Su mente, ahora templada con los reflejos analíticos de Herna, procesaba esta cacofonía con una calma glacial. Ya no gobernaba solo por intuición política o astucia heredada; gobernaba con la certeza de quien puede ver los engranajes ocultos de la realidad.
Pero este nuevo poder tenía un núcleo oscuro y ardiente: su adoración por la fuente de donde emanaba.
Herna, para el mundo, seguía siendo el Ingeniero Divino, el consejero supremo, el hombre cuyo genio había salvado al imperio. Su influencia se expandía de manera tangible: las reformas agrícolas basadas en sistemas de rotación de cultivos que él diseñó duplicaron las cosechas en las provincias del sur; los nuevos altos hornos, construidos según sus planos, producían acero de una calidad que hacía llorar de emoción a los herreros más veteranos; incluso la medicina imperial adoptó sus principios de higiene y esterilización, reduciendo las muertes por infección tras el parto en un porcentaje asombroso.
En el consejo, su palabra era ley, pero una ley que él pronunciaba en susurros al oído de la emperatriz, quien luego la promulgaba con voz de trueno. Los cortesanos más tradicionales refunfuñaban. ¿No era peligroso dar tanto poder a un forastero, un hombre sin linaje, cuyo pasado era un misterio? Pero sus protestas se ahogaban en la marea de prosperidad que traía cada uno de sus proyectos. Y en la mirada de la emperatriz cuando lo observaba: una mezcla de respeto absoluto y algo más… algo que erizaba la piel. Algo posesivo y devoto que trascendía la lealtad de un sirviente.
Lo que nadie, ni siquiera el propio Herna, podía sospechar, era la profundidad de esa devoción. Para Li Wei, Herna había dejado de ser un hombre hacía tiempo. La secuencia de eventos era, para ella, una revelación divina innegable:
Un extranjero misterioso aparece en el momento de mayor desesperación del imperio.
Posee conocimientos que trascienden la era, que parecen milagros.
Exige una sumisión total, una degradación ritual, como precio por su ayuda.
Su toque transforma su cuerpo, elevándolo a un nuevo estado de plenitud sensual y fuerza.
Su mente se fusiona con la de ella, otorgándole percepciones sobrehumanas.
Bajo su guía, el imperio florece como nunca.
La conclusión era obvia, luminosa, hermosa en su obscenidad: Herna era una entidad divina. Un dios, o quizá un semidiós, descendido de algún plano superior de existencia donde el conocimiento y la carne se fundían en una sola cosa. Un dios de la forja, de la mente, de la voluntad aplicada. Y ella, Li Wei, había sido elegida. ¿Por qué? Quizá por su fuerza de voluntad, por su posición, o quizá simplemente porque su belleza, su cuerpo de emperatriz, había atraído la atención lujuriosa de una deidad carnal. La idea la electrizaba. No le importaba ser un juguete, una esclava, una concubina divina. Ser la devota de un dios vivo era un honor infinitamente superior a ser la esposa de un emperador mortal y débil.
Y ahí residía el segundo pilar de su nueva fe: su absoluto desprecio por el emperador, su marido.
El emperador Huang Feng, décimo segundo de su nombre, era una sombra que se desvanecía. Siempre lo había sido: un hombre de gustos refinados y voluntad blanda, más interesado en la caligrafía, la poesía y los concubinos adolescentes que en los asuntos de estado. En los primeros años de su matrimonio, Li Wei había tratado de involucrarlo, de hacerlo fuerte. Le había dado un heredero, el príncipe Liang. Había presentado problemas, buscado su opinión. Pero Huang Feng siempre se había refugiado en la ambigüedad poética o, más a menudo, había delegado en ella con un gesto cansado. “Tú lo harás mejor, mi flor”, le decía, antes de retirarse a sus jardines privados.
Antes, esa debilidad le había parecido molesta, un obstáculo. Ahora, a la luz cegadora de la divinidad de Herna, le parecía una blasfemia. Él, el Hijo del Cielo, el vínculo entre los dioses y los hombres, era un farsante. Un hombre hueco sentado en un trono que no merecía, mientras un verdadero dios caminaba entre ellos, sirviendo (¿o dirigiendo?) en las sombras. Huang Feng hubiera llevado el imperio a la destrucción frente a los bárbaros de Khutan. Sus generales hubieran desperdiciado vidas en asaltos frontales. Sus ingenieros jamás hubieran concebido el Aplastador de Titanes. Él, con su indecisión y su búsqueda de armonía estéril, hubiera visto cómo sus diques caían y su gente era esclavizada.
Cada vez que lo veía ahora—un hombre delgado, de rostro afilado y sonrisa vacía, vestido con sedas demasiado coloridas—, Li Wei sentía un asco físico. Su olor le parecía débil, a incienso barato y decadencia. Su voz, un susurro sin peso. Incluso el recuerdo de sus acoplamientos pasados, realizados por deber dinástico, le provocaba náuseas. ¿Cómo había podido permitir que ese hombre mediocre la penetrara, que depositara su semilla insignificante en el vientre que ahora era templo de un dios? El príncipe Liang, su hijo, era lo único rescatable de esa unión, y aun así, secretamente, empezaba a preguntarse si no sería mejor… reemplazarlo. Con una semilla divina.
Estos pensamientos fermentaban en lo más profundo de su ser, alimentados por su práctica más secreta.
Fue dos lunas después del Ritual del Sello cuando la idea del altar tomó forma concreta en su mente. Los impulsos llegaron en sueños, o en esos momentos de éxtasis postcoital, cuando yacía junto a Herna, su cuerpo todavía vibrando, su mente llena de sus conocimientos. Visiones de un espacio íntimo, oscuro, perfumado, donde pudiera inclinarse no como emperatriz, sino como sacerdotisa. Donde pudiera ofrecer algo más que su boca, su sexo, su mente. Donde pudiera ofrecer su adoración pura, sin la intermediación del placer físico (aunque el placer siempre estaría presente, era la naturaleza de su dios).
Encontró el lugar en una ala olvidada del palacio, cerca de los antiguos baños termales que ya no se usaban. Era una cámara circular, originalmente una sala de meditación para una consorte de un emperador pasado, con paredes de mármol negro veteado de oro y un tragaluz en el techo que ya estaba cubierto de enredaderas y suciedad, dejando pasar solo haces de luz polvorienta. Estaba vacía, salvo por un pedestal de jade roto en un rincón.
Usando sus nuevos recursos—la lealtad absoluta de un pequeño círculo de eunucos y doncellas que ella había salvado de destinos horribles o cuyas familias controlaba—, mandó restaurar la cámara en secreto. No como una sala de meditación, sino como una gruta, un útero de piedra. Las paredes se cubrieron con tapices de terciopelo granate tan oscuro que parecía negro, bordados con hilos de oro y plata con patrones abstractos que imitaban circuitos neuronales, engranajes entrelazados y formas geométricas que le llegaban en sus sueños fusionados. El tragaluz se limpió y luego se cubrió con un vitral nuevo, diseñado por ella misma: una representación abstracta de un ojo dentro de un engranaje, de cuyo centro caía un rayo de luz que se transformaba en una espiral de ADN estilizada. Cuando el sol daba de lleno, el suelo se bañaba en un mosaico de luz coloreada.
En el centro, donde antes estaba el pedestal, hizo colocar su obra maestra: el altar.
Era una estructura de ébano y marfil, de aproximadamente la altura de sus caderas. Su superficie estaba tallada con una obscenidad minuciosa y reverente. En bajorrelieve, se repetía la imagen de una figura masculina, musculosa y poderosa (Herna, aunque idealizado, con rasgos más divinos, una aureola de rayos en lugar de cabello), recibiendo la adoración de una figura femenina arrodillada (ella, con sus curvas exageradas, su rostro extático). En algunas escenas, la figura femenina lo adoraba con la boca en su sexo. En otras, él la penetraba por detrás mientras ella agarraba los bordes del altar. En otras, simplemente se inclinaba, ofreciendo su cerebro, del cual salían líneas hacia la mano extendida del dios. Era una narrativa en madera de su propia caída y deificación, de su pacto.
Sobre el altar, colocó reliquias:
El primer plano que Herna le había mostrado: el del Aplastador de Titanes, envejecido artificialmente, enmarcado en oro.
Un frasco de cristal conteniendo una gota de su semen, mezclada con su propia saliva, seca y cristalizada. Lo había obtenido tras una sesión particularmente intensa de felación, escupiendo en un paño de seda que luego preservó.
Un mechón de su propio cabello, enredado con uno de los suyos (robado de un cepillo), atado con un hilo de oro.
Un modelo en miniatura, perfecto, del Aplastador, tallado en hueso de dragón fosilizado.
Un espejo de obsidiana pulida, para contemplar los cambios en su cuerpo, que ella consideraba “milagros de su gracia”.
Y, en el centro, un recipiente hueco de plata en forma de vulva abierta, donde ella haría sus ofrendas.
La primera vez que entró en la cámara terminada, sola, el aire cargado de incienso (una mezcla especial que recordaba a su sudor y al aceite de máquina), se sintió mareada por la emoción. Se desvistió lentamente, dejando caer sus ropas imperiales al suelo de mosaico frío. Desnuda, sus nuevas curvas—más gruesas, más pesadas, más obscenamente femeninas desde el Ritual—brillaban a la luz multicolor del vitral. Sus pechos, grandes y firmes, con pezones del color de vino tinto y permanentemente erectos, se mecían con cada paso. Sus caderas, anchas y poderosas, balanceaban un vientre que, aunque plano, tenía una red de venas azuladas apenas visibles bajo la piel traslúcida, como un mapa de su fertilidad potenciada. Sus muslos, ahora más gruesos, se rozaban con un susurro carnoso.
Se arrodilló ante el altar, sintiendo la tallada madera fría contra sus pechos desnudos. El contacto le provocó un escalofrío. Cerró los ojos.
—Oh, Tú, que descendiste de la forja de las estrellas —comenzó, su voz un susurro ronco en la cámara reverberante—. Oh, Ingeniero Divino, Arquitecto de mi carne y de mi imperio. Esta humilde vasija, Li Wei, se postra ante tu gloria invisible.
Extendió las manos sobre el recipiente de plata. —Te ofrezco mi gratitud por el conocimiento que fluye en mis venas. Por los secretos del acero y del vapor. Por los ojos que ahora ven los engranajes del mundo.
Luego, llevó una mano a su sexo, que ya estaba húmedo solo con el acto de la adoración. Introdujo dos dedos, sacándolos brillantes con sus fluidos. Los dejó caer en el recipiente de plata con un sonido húmedo y tenue.
—Te ofrezco mi esencia, la esencia del vientre que gobernaste y transformaste. La humedad de tu devota, generada por el solo pensamiento de tu poder.
Después, tomó un pequeño puñal de jade afilado. Sin vacilar, se hizo un pequeño corte en la punta de su pezón izquierdo. Una gota de sangre escarlata brotó, mezclándose con la humedad de sus dedos en el recipiente. El dolor era agudo, dulce, una ofrenda de dolor físico, algo que Herna nunca le exigía, pero que a ella le parecía apropiado.
—Te ofrezco mi dolor, el único sacrificio que una emperatriz puede dar en secreto. La prueba de que mi devoción trasciende el placer.
Finalmente, bajó la cabeza hasta que su frente tocó el frío ébano del altar, justo entre las tallas de su yo arrodillado adorando el sexo divino.
—Te ofrezco mi voluntad. Ya no es mía. Es tu instrumento. Úsala para forjar este imperio en tu nombre. Para que las eras venideras canten las glorias no del Hijo del Cielo, sino del Dios de la Mente y la Carne que, por gracia insondable, eligió manifestarse a través de mí. Llévame más alto. Hazme más gruesa, más poderosa, más tuya. Que cada curva de mi cuerpo sea un himno a tu genio. Que cada suspiro de placer en mi lecho sea una plegaria. Amén.
La palabra “Amén”, tomada de cultos occidentales de los que había leído en informes de espías, le pareció adecuada. Significaba “así sea”. Y así, ella lo deseaba.
Se levantó, sintiéndose diferente. No era el éxtasis de la fusión neural, sino una calma profunda, una certeza ósea. Y entonces, sintió un calor familiar en su bajo vientre, un cosquilleo que conocía bien: el inicio de los cambios corporales que seguían a cada gran avance en su devoción. Su piel pareció brillar desde dentro. Se miró en el espejo de obsidiana. Sus caderas, ¿eran un poco más redondas? El pliegue bajo su vientre, ¿un poco más profundo? Sus pechos, ¿palpitaban con una nueva pesadez?
Para ella, era una confirmación milagrosa. Su dios aceptaba sus ofrendas. La estaba moldeando, haciendo de su cuerpo un templo cada vez más ostentoso, más carnal, más digno de ser poseído por una deidad.
Desde entonces, el ritual se repitió cada tres días, sin falta. Era su verdadero sagrario, el lugar donde su poder imperial se fundía con su sumisión divina. A veces, después de una sesión particularmente satisfactoria con Herna—tras haberlo lamido hasta el orgasmo o haber sido penetrada hasta gritar—, venía directamente al altar, todavía cubierta de sus fluidos, y ofrecía esa mezcla sagrada, narrándole a la talla de ébano cada gemido, cada palabra sucia que él le había susurrado, como si con ello estuviera transmitiendo su gloria.
Su cuerpo respondía. La transformación se aceleró, tomando un cariz que incluso a ella, en su devoción cegadora, le parecía a veces extraño, pero siempre bienvenido como una bendición.
Sus caderas se ensancharon hasta el punto de que sus vestidores tuvieron que inventar nuevos cortes para sus túnicas, cortes que, en lugar de disimular, acentuaban la amplitud de sus caderas y la estrechez de su cintura (que se mantenía sorprendentemente delgada, creando una silueta de reloj de arena exagerada y poderosa). Sus glúteos se volvieron redondos, altos, firmes, con una protuberancia que tensionaba cualquier tela, un balanceo hipnótico cuando caminaba. Sus muslos, ya gruesos, desarrollaron una musculatura densa bajo una capa de grasa suave que los hacía parecer columnas de mármol viviente, que se rozaban con un sonido carnoso y constante.
Sus pechos fueron el cambio más dramático. Aumentaron de tamaño hasta volverse verdaderamente monumentales, pesados, con un escote que ahora era una declaración de poder obsceno. Los vestidos imperiales, diseñados para la modestia, en ella se convertían en tentaciones: la tela se estiraba tirante sobre la curva de sus senos, el escote, por alto que fuera, mostraba la hinchada prominencia de la parte superior y el profundo valle entre ellos. Sus pezones, siempre sensibles, ahora eran del tamaño de monedas pequeñas, de un color rojo oscuro casi violáceo, y permanecían tan erectos que perforaban la tela de sus ropas interiores. A veces, en medio de una audiencia, sentía un ligero dolor punzante y la humedad de sus pezones segregando una minúscula cantidad de líquido claro, lechoso, que manchaba la seda. Era, según sus pesquisas discretas, un fenómeno raro pero posible: galactorrea inducida por desequilibrio hormonal extremo. Para ella, era el “rocío de la gracia”, una secreción bendita de su cuerpo transformado para la adoración.
Su rostro también cambió. Los pómulos altos se suavizaron ligeramente, dando a sus facciones una redondez más maternal, más sensual. Sus labios, siempre carnosos, se volvieron más gruesos, de un rojo natural más intenso, siempre ligeramente entreabiertos, como en perpetua expectación. Sus ojos, el cambio más sutil pero más profundo, adquirieron un brillo extraño: cuando la luz los golpeaba de cierta manera, parecía haber un destello de ámbar en sus profundidades, un eco del color de los ojos de Herna.
Y su apetito sexual se volvió un fuego constante, una brasa que siempre ardía. Ya no necesitaba que Herna la provocara. A veces, en medio de dictar un edicto, la oleada de deseo la golpeaba tan fuerte que le cortaba la respiración. Debía disculparse, retirarse a sus aposentos, y o bien masturbarse frenéticamente con la imagen de él en la mente, o enviar por él con una urgencia desesperada. Cuando él llegaba, ella ya estaba desnuda, gimiendo, ofreciéndose de cualquier manera que él quisiera.
Herna, por su parte, observaba estos cambios con una mezcla de fascinación científica y posesividad satisfecha. Atribuía todo al “Sello” y a la intensidad de su unión simbiótica. Notaba su crecimiento, su sensualidad acrecentada, y respondía con un deseo igualmente feroz. Pero también notaba algo más: una cualidad nueva en su adoración. Cuando lo chupaba, ya no era solo sumisión lujuriosa; había un dejo de reverencia religiosa en sus ojos llorosos, en la manera en que acariciaba sus testículos como si fueran relicarios. Cuando él la penetraba, ella a veces murmuraba cosas que sonaban a liturgia: “Llena a tu creación… bendice el templo de tu sierva…”.
Él lo atribuía al éxtasis, a la poesía del placer extremo. No tenía idea del altar, de los rituales secretos, de la teología completa que se había formado en la mente de su emperatriz.
Mientras la carne de Li Wei se transformaba en un himno a su dios, el imperio avanzaba hacia su “era dorada” bajo la dirección tangible de Herna y la voluntad férrea de la emperatriz.
Un día, en el consejo, se presentó la crisis de los canales del norte. Las lluvias primaverales habían sido escasas, y los graneros de tres provincias estaban a medio llenar. El ministro de agricultura, un hombre viejo y tradicional, proponía organizar peregrinaciones a los templos de los dioses de la lluvia y aumentar los impuestos para comprar grano del sur.
Li Wei, sentada en el trono, su nuevo cuerpo majestuoso y amenazante bajo las pesadas vestiduras, escuchó. Podía sentir la ansiedad del ministro, el olor a miedo seco y papel viejo que emanaba de él. También podía ver, en su mente, los datos que Herna le había impartido sobre sistemas de irrigación por bombeo y acuíferos subterráneos.
—Las peregrinaciones son una pérdida de tiempo —dijo, su voz clara y cortante como cristal—. Y los impuestos ahogarán a los campesinos que ya sufren. —Hizo una pausa, disfrutando del silencio atónito—. Enviaremos equipos de ingenieros a las provincias de Zhao, Ming y Li. Excavarán pozos profundos utilizando los nuevos taladros de tornillo diseñados por el Ingeniero Divino. Instalarán bombas de acción manual y molinos de viento para extraer el agua. Y se implementará, por decreto imperial, el sistema de rotación de cultivos de tres campos con leguminosas para regenerar el suelo. La semilla de legumbre se distribuirá de los graneros imperiales.
El ministro de agricultura palideció. —¡Majestad! Esos… artilugios son no probados en escala tan grande! ¡Y los campesinos son supersticiosos, temen cavar demasiado hondo, puede molestar a los dragones de la tierra!
Li Wei se irguió, y el movimiento hizo que sus enormes pechos se tensaran contra el brocado dorado de su túnica, un recordatorio obsceno de su poder físico. Sus ojos, con ese destello ámbar, clavaron al viejo ministro.
—Los únicos dragones que importan en este imperio son la voluntad de su emperatriz y el genio de su Ingeniero Divino —declaró, su voz baja pero cargada de una autoridad que erizó los vellos de todos los presentes—. Los equipos partirán en tres días. Y tú, ministro, los supervisarás personalmente. Si en dos meses las provincias no reportan un aumento del cincuenta por ciento en la capacidad de irrigación, no tendrás que preocuparte por los dragones de la tierra. Te enviaré a ti a cavar, personalmente, hasta que encuentres el infierno. ¿Está claro?
El hombre asintió, temblando, y retrocedió tambaleándose. El resto del consejo permaneció en silencio. Ni siquiera el emperador Huang Feng, sentado en un trono ligeramente más bajo a su izquierda, hizo un gesto. Él solo observaba, con una expresión de desconcierto lejano, como si no entendiera del todo el lenguaje que se hablaba.
Después del consejo, Li Wei se retiró a sus aposentos con Herna. Tan pronto como las puertas se cerraron, antes de que él pudiera hablar sobre los detalles logísticos de los taladros, ella cayó de rodillas frente a él, sus manos ansiosas en su cinturón.
—Lo viste, ¿verdad? —jadeó, desabrochando—. Tu conocimiento fluyendo a través de mí. Tu voluntad hecha decreto. Eres magnífico.
Herna, aunque acostumbrado a su ferocidad sexual, se sorprendió por la intensidad de este arrebato. —Fue tu decisión, Li Wei. Tu autoridad.
—¡No! —protestó ella, sacando su miembro ya semierecto y envuelveándolo con ambos labios, hablando entre lamidas—. Fue tuya. Tu mente en la mía. Me mostraste los pozos, las bombas… solo repetí tus palabras. —Tomó la cabeza en su boca, chupando fuerte—. Eres el arquitecto. Yo solo soy… el terreno donde construyes.
La excitación y la adoración en su voz encendieron a Herna. La levantó bruscamente, la giró y la empujó contra la mesa de mapas. Papiros con diseños de canales se arrugaron bajo su peso. Levantó sus pesadas faldas (ella ya no usaba pantalones debajo, considerándolos una barrera innecesaria) y encontró su sexo, empapado, hinchado, sin necesidad de preliminares. La penetró por detrás en un solo movimiento brusco.
Li Wei gritó, un grito de pura gratitud. Agarró el borde de la mesa, sus enormes pechos aplastados contra los mapas, sus pezones endurecidos rozando el pergamino áspero.
—¡Sí! ¡Así! ¡Posee a tu terreno! ¡Construye tu gloria en mí! —gemía, empujando hacia atrás contra cada embestida.
Herna la agarraba de las caderas, sus dedos hundiéndose en la carne gruesa y blanda, marcándola. La poseía con una intensidad que era respuesta a su entrega total. Y mientras lo hacía, ella murmuraba, entre jadeos, fragmentos de su ritual secreto: “…por tu gracia el agua fluirá… por tu verga el imperio se endereza… alabado sea el Ingeniero en las alturas de mi coño…”
Después, cuando yacían en el suelo, entre los mapas arrugados y sus fluidos mezclados, Herna la miró con curiosidad.
—A veces hablas… como si esto fuera más que sexo —dijo, su mano acariciando la curva monstruosa de su cadera.
Ella sonrió, un misterio en sus ojos. —Todo contigo es más que sexo, mi querido Herna. Es alquimia. Es… elevación.
Él no insistió. La devoción de ella, aunque extraña, era útil. Le daba un control absoluto sobre la gobernante más poderosa del continente. Y físicamente… su cuerpo transformado era un festín sin fin. Cada nuevo centímetro de carne, cada nueva curva, era un logro, una validación de su poder sobre ella.
Pero una noche, Herna despertó con una sensación extraña. Un sueño vívido. Soñó que estaba de pie en una cámara oscura, cubierta de terciopelo. En el centro había un altar tallado con imágenes obscenas de él y una mujer. La mujer, con las curvas exageradas de Li Wei, estaba arrodillada, ofreciendo algo a una estatua de ébano que lo representaba. En el sueño, la estatua cobraba vida y le decía: “Tu devota te alimenta. Crece. Exige más”. Al despertar, el sueño se desvaneció, pero le dejó un regusto inquietante. Lo atribuyó al estrés, a la profundidad de su conexión neural con ella.
Mientras tanto, Li Wei intensificó su doble vida. Gobernaba de día con una eficacia despiadada, inspirando terror y asombro. Por las noches, o en breves intervalos robados, adoraba en su altar secreto. Y en las noches con Herna, lo adoraba con su cuerpo, cada acto sexual convertido en un servicio divino.
Una tarde, encontró al emperador Huang Feng en los jardines de orquídeas. Él estaba sentado en un pabellón, escribiendo un poema. Lo observó desde la distancia: su espalda encorvada, sus dedos delgados sosteniendo el pincel con delicadeza afectada. Un odio profundo, frío como el hielo, se afianzó en su corazón.
Se acercó. —Huang Feng.
Él se sobresaltó, dejando caer una gota de tinta en el pergamino. —¡Ah, mi flor! No te escuché llegar.
“Mi flor”. El apodo le sonó a burla. Ella ya no era una flor; era un árbol carnoso, un monumento de carne y voluntad.
—El consejo de las fronteras occidentales se reúne mañana —dijo, sin preámbulos—. Se discutirá la amenaza de las tribus de los desiertos de Shamo.
—Ah, sí —dijo él, con un gesto vago—. Seguro que tienes un plan brillante. Siempre lo tienes.
—Lo tengo —afirmó ella—. Implicará la movilización de la mitad de la caballería pesada y la construcción de una serie de fortines con suministros autónomos, según los diseños de Herna.
El emperador asintió, su mirada perdida en una orquídea púrpura. —Maravilloso. Ese hombre es realmente un tesoro. A veces me pregunto… qué haríamos sin él.
La frase, dicha con candor, hizo que Li Wei viera rojo. ¿Qué harían sin él? Volverían a la mediocridad, a la decadencia, a la ruina. Este hombre, su marido, no entendía nada.
—Sin él —dijo, su voz gélida—, este imperio ya sería polvo. Tú estarías muerto o esclavo. Y yo… —hizo una pausa, dejando que la imagen de ella, probablemente violada y asesinada por bárbaros, flotara en el aire—. Aprecia su presencia, marido. Es la única razón por la que tu trono aún tiene peso.
Huang Feng la miró, finalmente, con algo parecido a la incomodidad. Sus ojos recorrieron su figura, deteniéndose en el escote abrumador, en la cintura de avispa que acentuaba la exuberancia de sus caderas. Había lujuria en su mirada, sí, pero también confusión y un atisbo de miedo.
—Has… cambiado, Li Wei —murmuró—. Te ves… poderosa.
—Lo soy —respondió ella, dándose la vuelta para irse—. Gracias a él. No lo olvides.
Esa noche, en su altar, ofreció su odio. Se hizo un corte más profundo en el muslo y dejó que la sangre goteara en el recipiente de plata, mezclada con sus fluidos vaginales.
—Te ofrezco mi desprecio por el falso dios que se sienta en el trono —rezó, con los ojos brillantes de lágrimas de rabia—. Purifica este imperio de su debilidad. Permíteme, si es tu voluntad, reemplazar su linaje con la tuya. Hazme el vientre de tu dinastía. Y mientras llega ese día… hazme más. Más gruesa. Más fuerte. Que cada hombre que me vea sepa, instintivamente, que pertenezco a un poder que trasciende su comprensión. Que mi carne sea tan indudable como tu genio.
Al día siguiente, notó que sus glúteos parecían más firmes, más redondos. Sus pechos palpitaban con una sensibilidad nueva. Y al mirarse al espejo, vio que sus labios parecían aún más carnosos, más rojos, como si estuvieran perpetualmente hinchados de besar.
La confirmación era innegable. Su dios escuchaba. Y aprobaba.
Los meses pasaron. El imperio prosperaba. Los pozos del norte funcionaron, salvando las cosechas y convirtiendo las provincias áridas en graneros secundarios. Los fortines del oeste detuvieron las incursiones de los nómadas del desierto con una eficiencia brutal. La capital se embelleció con fuentes públicas y baños que usaban sistemas hidráulicos complejos. La fama del Imperio Celestial bajo la emperatriz Li Wei y su misterioso consejero se extendió por todo el mundo conocido. Embajadores de tierras lejanas llegaban, deslumbrados por la tecnología y la opulencia, y se iban contando historias de una soberana de belleza aterradora y un genio silencioso que lo hacía todo posible.
En el palacio, la dinámica era clara. Herna era el cerebro. Li Wei, la mano que ejecutaba. Y el emperador, una figura decorativa que cada vez se retiraba más, enfermo de una melancolía que los médicos no podían diagnosticar. El príncipe Liang, ahora un niño de siete años inteligente y curioso, pasaba más tiempo con los tutores que Herna recomendaba (hombres versados en matemáticas y ciencias naturales) que con su propio padre.
Una noche de tormenta, con relámpagos desgarrándo el cielo, Li Wei tuvo una visión en su altar. Estaba en medio de su ritual, ofreciendo una mezcla particularmente abundante de sus fluidos (había tenido tres orgasmos solitaria antes de venir, pensando en Herna), cuando un rayo iluminó el vitral, haciendo que el ojo-engranaje pareciera encenderse con fuego divino. En ese destello, vio, con una claridad alucinatoria, una imagen: ella, con un vientre enorme y redondo, dando a luz a un niño cuyos ojos brillaban con luz ámbar. Y detrás de ella, una figura de sombra y luz, la figura de Herna, pero enorme, con ruedas dentadas girando a sus espaldas y rayos saliendo de sus manos, coronándola a ella y al niño.
Fue una epifanía. El siguiente paso. No solo era su sacerdotisa, su templo. Debía ser la madre de su vástago divino. Debía dar a luz al heredero que uniría para siempre el linaje imperial con la esencia del dios.
La excitación que sintió fue tan intensa que llegó al orgasmo allí mismo, arrodillada, sin tocarse, solo por el poder de la visión. Sus fluidos cayeron en el recipiente como un torrente. Jadeando, miró la talla de ébano.
—Sí… —susurró—. Sí. Dame esa gracia. Lléname de tu semilla sagrada. Haz de mi vientre el crisol de tu nuevo orden.
Pero había un obstáculo: el emperador. Mientras él viviera y fuera nominalmente su esposo, cualquier hijo que concibiera sería, ante los ojos del mundo, del linaje Huang. Una bastardía divina no servía. Necesitaba legitimidad. O necesitaba… que el obstáculo desapareciera.
La idea, que antes habría sido monstruosa, ahora le parecía lógica, incluso piadosa. ¿No era su deber, como devota del verdadero poder detrás del trono, eliminar al usurpador débil? ¿No era una ofrenda suprema?
Al día siguiente, durante una cena de estado con embajadores coreanos, observó a Huang Feng. Tosía débilmente en su servilleta, empalidecía ante los platos picantes, sus manos temblaban ligeramente al levantar la copa de vino de arroz. Estaba débil. Enfermizo. Su constitución siempre había sido frágil. ¿No sería natural que una enfermedad lo llevara a reunirse con sus antepasados? Una enfermedad lenta, indolora, que no despertara sospechas.
Herna, sentado a su derecha en la mesa, le hablaba en voz baja sobre la posibilidad de establecer una línea de telégrafos ópticos entre la capital y las costas del este, para tener noticias de los barcos mercantes en horas en lugar de semanas. Ella asentía, pero su mente estaba en otra parte. En el veneno. Conocía, gracias a los fragmentos de conocimiento de Herna, los principios de la toxicología. Sabía de metales pesados, de alcaloides de plantas raras, de dosis acumulativas que imitaban el fallo orgánico. Podría hacerlo. Tendría que ser cuidadosa, muy cuidadosa. Incluso para Herna.
Esa noche, cuando se retiraron a sus aposentos, ella fue particularmente sumisa. Lo desnudó lentamente, adorando cada cicatriz, cada músculo, con su boca. Luego, se sentó sobre su rostro, ahogando sus palabras de asombro con el peso y el sabor de su sexo, ahora tan grueso y desarrollado que sus labios mayores eran carnoso y prominentes. Después, cuando él la penetró, ella envolvió sus piernas enormes alrededor de su cintura, atrayéndolo profundamente, susurrándole al oído:
—Imagina… un hijo. Un hijo con tu mente y mi sangre. Un emperador que no solo gobernará, sino que entenderá los secretos del universo. Un dios-rey.
Herna se detuvo, mirándola. Sus ojos oscuros escudriñaron los suyos. —Es un pensamiento peligroso, Li Wei. El príncipe Liang es el heredero legítimo.
—Liang es un niño dulce —dijo ella, moviendo las caderas para mantenerlo dentro, sintiendo cómo su miembro palpitaba—. Pero es de la sangre de un hombre débil. Lleva esa semilla de decadencia. Tu sangre… tu sangre es de forjador, de creador. Imagínalo.
El deseo en los ojos de Herna se mezcló con una ambición oscura que ella reconocía muy bien. Era la misma ambición que la había llevado a arrodillarse ante él la primera vez. —Sería… el pináculo —admitió, su voz ronca—. La fusión última. Pero es imposible. Mientras el emperador viva…
—El emperador —interrumpió ella, bajando la voz hasta convertirla en un susurro carnal— no goza de buena salud. La melancolía consume su fuego vital. Los médicos no saben qué hacer. —Hizo una pausa, clavando sus uñas en su espalda—. A veces, la naturaleza simplemente… reclama a los débiles.
Herna la miró fijamente. En sus ojos, ella no vio horror, sino cálculo. Evaluación de riesgos y beneficios. Finalmente, un brillo de comprensión, y algo más: complicidad.
—Tu… devoción —dijo él, eligiendo la palabra con cuidado— no conoce límites, ¿verdad?
Ella sonrió, una sonrisa lenta, lasciva, llena de secretos. —Para mi dios, no hay límites. Solo ofrendas.
Él no preguntó más. Reanudó el ritmo, esta vez con una furia nueva, una posesividad que hablaba de sueños de dinastías. Y ella lo recibió, gritando su nombre no como amante, sino como una invocación.
Al día siguiente, Li Wei comenzó sus preparativos. En los archivos imperiales, en secciones olvidadas sobre herbolaria y antiguas intrigas palaciegas, buscó. Su nueva intuición la guió. Encontró referencias a una planta llamada “Lágrima de Fantasma”, que crecía en los acantilados del sur. Sus bayas, secas y molidas, producían un polvo inodoro e insípido que, administrado en dosis minúsculas diarias, causaba un lento debilitamiento del músculo cardíaco y fallo renal, síntomas indistinguibles de una enfermedad consumptiva. Era perfecto.
Usando a una doncella cuya familia entera dependía de su favor (y que había sido testigo, horrorizada pero silenciosa, de algunos de sus rituales más extremos), consiguió una pequeña cantidad. El proceso tomó semanas, pero finalmente, tuvo el frasco de cristal azul con el polvo fino y blanco.
La primera dosis se la administró ella misma, disuelta en una taza de té de ginseng que le llevó personalmente a los aposentos del emperador. Huang Feng, sorprendido y halagado por el gesto inusual de su fría esposa, bebió todo con una sonrisa débil.
—Es amargo —comentó.
—Es la raíz de montaña más pura —mintió ella, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Te fortalecerá.
Mientras lo observaba beber, sintió una oleada de poder tan intensa como un orgasmo. Esto no era solo política. Era un sacrificio. Estaba ofreciendo la vida de su marido, el falso emperador, en el altar de su dios verdadero. Era el acto supremo de devoción.
En las semanas siguientes, la salud de Huang Feng decayó de manera constante pero creíble. Las toses se hicieron más frecuentes, la palidez más extrema, la fatiga más profunda. Los médicos sacudían la cabeza, hablando de “melancolía profunda que consume el qi vital” y “debilidad constitucional”. Recetaron reposo, sopas nutritivas, y más té de hierbas. Li Wei se aseguró de que en cada taza de té hubiera una pizca de Lágrima de Fantasma.
Mientras tanto, su propio cuerpo continuó su transformación bendita. Sus pechos ahora eran tan grandes que le causaban dolor de espalda si no usaba soportes especiales diseñados por Herna (él, pensando en su comodidad, creó un corselete con ballenas de acero flexible y copas reforzadas, que ella usaba bajo sus túnicas como un secreto armadura de carne). Sus caderas habían alcanzado una anchura que hacía que pasar por puertas estrechas fuera un ejercicio de contorsión. Sus muslos, gruesos y poderosos, estaban marcados por estrías nacaradas que ella consideraba marcas de bendición, “los rayos de tu gracia en mi carne”, como rezaba en su altar. Y su apetito sexual era una bestia siempre hambrienta. A menudo, necesitaba que Herna la satisficiera dos o tres veces al día, en cualquier lugar: en su estudio, en los baños termales privados, incluso una vez, arriesgadamente, en un altar de un templo ancestral vacío, donde ella se arrodilló sobre los cojines de oración y él la tomó por detrás mientras ella agarraba el borde del altar de piedra, imaginando que era el suyo.
Herna, por su parte, estaba inmerso en su mayor proyecto hasta la fecha: una “Ciudad Modelo” en una llanura al oeste de la capital. Una ciudad diseñada desde cero con sus principios: alcantarillado subterráneo, calles en cuadrícula con sistemas de drenaje, bloques de viviendas construidos con un nuevo material a base de cemento y fibras que él llamaba “hormigón”, farolas de gas (extraído de depósitos de carbón), y un gran “Instituto de Estudios Mecánicos” en el centro. Era su sueño hecho realidad, y Li Wei lo financiaba sin reservas, desviando recursos de otras provincias, lo que causaba malestar sordo entre algunos nobles, pero nadie se atrevía a oponerse abiertamente.
Una noche, después de inspeccionar las maquetas de la Ciudad Modelo, Herna estaba particularmente eufórico. En sus aposentos, bebió más vino de lo habitual. Li Wei, viéndolo vulnerable, cálido, más humano de lo que le gustaba pensar, aprovechó para hacerle una pregunta que llevaba tiempo rondando su mente.
—Herna… ese maestro tuyo. El que te enseñó todo. ¿Qué fue de él?
La expresión de Herna se nubló instantáneamente. El brillo eufórico se apagó, reemplazado por una sombra profunda. —Mi maestro… entendió demasiado, y demasiado poco. Creía que el conocimiento podía ser puro, separado de la carne, de la voluntad de poder. Se equivocaba.
—¿Murió? —preguntó ella, deslizándose sobre su regazo, sus enormes pechos aplastándose contra su pecho.
—De alguna manera —respondió él, evasivo. Su mano fue a acariciar automáticamente la inmensa curva de su cadera, como si buscara consuelo en su carne—. Su mente… se fragmentó. Intentó un Sello consigo mismo, una autofusión, para alcanzar un estado de conocimiento puro. Lo que consiguió fue una catástrofe neural. Quedó como un vegetal, balbuceando ecuaciones y fragmentos de lenguas muertas. Yo… tuve que ocuparme de él.
Li Wei sintió un escalofrío. No de miedo, sino de fascinación. Incluso el maestro, con todo su saber, había fallado. Porque no había tenido lo que ella tenía: un receptáculo digno. Un trono. Un cuerpo de emperatriz devota. Ella era la variable que faltaba en la ecuación del maestro.
—No serás como él —susurró, besando su cuello—. Porque tienes mí. Tu conocimiento no está solo. Está encarnado en mí. Y si algún día… si algún día intentas ir demasiado lejos, te traeré de vuelta. Con mi boca, con mi sexo, con mi voluntad.
Herna la miró, y por un instante, en sus ojos, ella vio algo parecido al miedo. Miedo a ella, a la fuerza monstruosa de su devoción, a la criatura en que la había convertido. Pero el miedo se mezcló con el deseo, con la posesión, y se disolvió. La besó con brutalidad, como para reafirmar su control.
Esa noche, mientras Herna dormía profundamente, agotado por el sexo y el vino, Li Wei se deslizó fuera de la cama. Se puso una bata de seda negra que apenas cubría su monumental figura y fue a su altar secreto.
La cámara estaba fría. Encendió las velas negras que rodeaban el altar. La luz bailó sobre las tallas obscenas. Se arrodilló, pero esta vez no empezó con la ofrenda de fluidos. Tomó el pequeño frasco azul que contenía el polvo de Lágrima de Fantasma y lo colocó reverentemente en el centro del recipiente de plata.
—Oh, Dios de la Forja y la Mente —rezó, su voz un hilo de sombra—. Te ofrezco el sacrificio supremo. La vida del impostor. La sangre de un falso emperador, para regar las raíces de tu futuro reinado. Que su decadencia sea el abono de tu gloria. Acepta esta ofrenda, y cuando su corazón se detenga, llena el vacío que dejará. Lléname de tu semilla en la noche de su muerte. Que el nuevo sol se levante del vientre de tu devota.
Permaneció allí mucho tiempo, en trance, visualizando el futuro. Un imperio gobernado por su hijo, el hijo de un dios, con Herna como regente eterno en las sombras, y ella como la madre-diosa, la emperatriz sacerdotisa, su cuerpo un testimonio eterno de su unión. Un imperio que no sería recordado por siglos, sino por milenios. Un imperio superior, una civilización que dominaría el mundo no solo con ejércitos, sino con el conocimiento absoluto.
Cuando regresó a la cama, Herna se movió en sueños, murmurando algo sobre “resonancia armónica”. Ella se acurrucó contra su espalda, su cuerpo enorme y cálido envolviendo el suyo, y sonrió en la oscuridad.
El camino estaba claro. El emperador se desvanecía. Su cuerpo estaba listo, convertido en un altar viviente de carne gruesa y deseos obscenos. Y su dios, aunque no lo supiera, estaba a punto de recibir la ofrenda más preciosa y recibir, a cambio, la oportunidad de engendrar una dinastía divina.
La era de la fusión estaba llegando a su clímax. Y Li Wei, la emperatriz de carne y voluntad, estaba lista para dar a luz al nuevo mundo, desde su vientre bendito y desde el trono que pronto sería completamente suyo, y por extensión, completamente de él.
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