Mis Historias Originales, Trabajadas con IA - Capítulo 9
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Capítulo 9: Capítulo 1: El Encuentro en el Camino Real
Misma historia que la anterior, pero en el medievo XD. Tenga en cuenta que le deje muchos nombres la IA. Pero no todos.
El otoño en el Reino de Valerium siempre traía consigo una melancolía dorada. Las hojas de los robles centenarios que bordeaban el Camino Real caían en espirales lentas, cubriendo la tierra con un manto crujiente de tonos ámbar, carmesí y ocre. El aire olía a tierra húmeda, a musgo y a la promesa de las primeras heladas. Los días se acortaban, y las noches descendían con premura, envolviendo el mundo en una penumbra azulada que precedía a la oscuridad total.
La carroza real avanzaba con pesadez sobre el empedrado irregular, los caballos resoplando columnas de vapor en el aire cada vez más frío. Dentro, la Reina Lysandra de Valerium observaba el paisaje que se desdibujaba tras la ventanilla, sus pensamientos tan cambiantes como las hojas que caían. Regresaba de visitar a su madre, la Duquesa Eleanor, en las Tierras Altas del Este. Una visita obligada por protocolo, agridulce por circunstancia. Su madre, siempre crítica, siempre remarcando que un reinado sin heredero era un reinado destinado al polvo. Las palabras aún resonaban en sus oídos, mezclándose con el traqueteo de las ruedas.
“Veintiocho años y ningún bebé en la cuna, Lysandra. El rey no es joven. El pueblo murmura. Necesitas un heredero, o todo esto”, su madre había dicho con un gesto amplio que abarcaba las tierras desde la ventana de la torre, “se desvanecerá como humo.”
El rey Edric. Su esposo. Un hombre bueno, honorable, pero veinte años mayor que ella, consumido por la gota y los asuntos del reino. Su lecho conyugal era un lugar de descanso, no de pasión. Un lugar donde ella cumplía su deber con los ojos cerrados, pensando en el reino, en la estabilidad, en todo menos en el placer que las doncellas susurraban que existía. Un placer que para ella era tan mítico como los dragones que adornaban los tapices de la gran sala.
“Majestad”, la voz de Ser Loras, el capitán de la guardia, interrumpió sus reflexiones al asomarse por la ventanilla. “La noche cae rápido y los caballos están fatigados. Hay un claro conocido junto al arroyo, a media legua de aquí. Es defendible y tenemos agua. ¿Ordena que pernoctemos allí?”
Lysandra asintió, sintiendo el peso del cansancio en sus propios huesos. “Que así sea, Ser Loras. Estableced el campamento. Mañana llegaremos al castillo.”
“Sí, Majestad.”
La carroza se desvió del camino principal, adentrándose en un sendero menos transitado que serpenteaba entre altos abetos. Pronto llegaron a un claro iluminado por la luz plateada de la luna llena que comenzaba a ascender. Un arroyo de aguas cristalinas cantaba su canción eterna sobre guijarros pulidos. Los soldados, hombres experimentados, comenzaron su rutina con eficiencia silenciosa: encendieron hogueras, levantaron las tiendas reales (una más espaciosa para la reina, otras para la guardia), y aseguraron el perímetro.
Lysandra descendió de la carroza, estirando su espalda adolorida. El aire fresco de la noche le acarició el rostro, despejando un poco la niebla de sus pensamientos. Se había cambiado el pesado vestido de viaje por una bata de lino más simple, aunque fina, y una capa de lana gruesa. Caminó hacia el arroyo, alejándose un poco del bullicio controlado del campamento. Necesitaba un momento de soledad, de escuchar algo que no fueran ruedas, caballos o consejos.
Se sentó en una piedra plana junto al agua, sumergiendo la punta de los dedos en la corriente helada. La luna se reflejaba en la superficie, destrozada y reconstruida una y otra vez por el fluir del agua. Fue entonces cuando lo oyó. No era el sonido del bosque, ni el del agua. Era un golpe sordo, rítmico, seguido de un suave susurro de esfuerzo. Provenía de la espesura al otro lado del arroyo.
El corazón le dio un vuelco. ¿Bandidos? ¿Una bestia? Su mano buscó instintivamente el pequeño puñal que siempre llevaba en el cinturón, pero lo había dejado en la carroza. Se puso lentamente de pie, listo para gritar por sus guardias, cuando una figura emergió de entre los árboles.
Era un hombre. Alto, tan alto que tuvo que agachar la cabeza para salir de bajo una rama baja. La luz de la luna lo bañó, revelando una silueta que parecía esculpida en ébano vivo. Iba desnudo de cintura para arriba, a pesar del frío, mostrando un torso ancho y musculoso que brillaba con una fina capa de sudor. Sus hombros eran masivos, sus brazos, gruesos como troncos jóvenes, estaban surcados por venas que latían suavemente. En sus manos llevaba un hacha enorme, de mango largo, que descansaba sobre su hombro con una naturalidad aterradora.
Lysandra contuvo la respiración. Nunca había visto un hombre así. No en la corte, donde los nobles eran pálidos y de constituciones más finas, o marcados por la buena vida. Este hombre era… primitivo. Poderoso. Su piel era del color de la tierra fértil después de la lluvia, un negro profundo y cálido que parecía absorber la luz de la luna en lugar de reflejarla. Su cabello, negro como el azabache, le caía en largas rastas gruesas hasta la mitad de la espalda, algunas adornadas con pequeñas cuentas de hueso y madera.
Pero lo que más la conmocionó fue su rostro. De facciones fuertes, mandíbula cuadrada, labios bien definidos y una nariz ancha y orgullosa. Sus ojos, que ahora la miraban fijamente desde el otro lado del arroyo, brillaban con una inteligencia alerta y una calma inquietante. No parecía sorprendido, ni amenazante. Solo… observador.
“No te acerques”, dijo Lysandra, tratando de imprimir autoridad a su voz, que le salió más temblorosa de lo que hubiera deseado. “Hay guardias reales a solo unos pasos. Un grito mío y te atravesarán con sus lanzas.”
El hombre inclinó ligeramente la cabeza, pero no se movió. Su voz, cuando habló, era tan profunda y resonante como el retumbar lejano de un trueno, pero sorprendentemente suave. “No tengo intención de hacer daño, señora. Solo estaba cortando leña para mi hogar.” Hizo un gesto con la cabeza hacia atrás, y Lysandra distinguió el contorno de una pequeña cabaña de troncos semioculta entre los árboles. “El bosque es libre para quien no cause daño. Incluso para una reina, supongo.”
Lysandra parpadeó. “¿Cómo… cómo sabes quién soy?”
Una leve sonrisa curvó sus labios. “La carroza con el emblema del león rampante de Valerium no es común por estos caminos. Y tu manera de hablar, tu postura… incluso con una simple capa, la realeza no se esconde fácilmente.”
Era perspicaz. Lysandra bajó un poco la guardia, pero no del todo. “¿Y tú? ¿Qué eres? ¿Un leñador? ¿Un cazador furtivo?”
“Soy Julian”, dijo él, bajando el hacha para apoyarla en el suelo. “Y soy muchas cosas. Conozco este bosque, sus caminos, sus secretos. Cazo, sí, pero solo lo que necesito. Cultivo un pequeño huerto. Y leo.” Esto último lo dijo con un toque de orgullo, como si supiera que era lo último que ella esperaría.
“¿Lees?” La incredulidad se coló en su voz.
“Los libros no son solo para los castillos, alteza”, respondió Julian, y su sonrisa se amplió un poco, mostrando dientes blancos y perfectos. “Un mercader ambulante, hace años, me dio un par de tomos a cambio de unas pieles. Aprendí. La historia, la filosofía, incluso algo de las artes arcanas menores.”
Lysandra lo estudió, fascinada a pesar de sí misma. Aquel coloso de músculos y oscuridad, hablando de filosofía junto a un arroyo bajo la luna. Era una contradicción viviente. “Las artes arcanas… ¿eres un mago?”
Julian negó con la cabeza. “No un mago. Pero el mundo está lleno de hilos de energía. Algunos de nosotros… los sentimos. Podemos influir en ellos, un poco. Para sanar una planta mustia, para calmar a un animal asustado, para encontrar agua bajo la tierra.” Hizo una pausa, mirándola directamente. “Tu escolta no está completa, alteza. Ser Loras es un buen hombre, pero ha dejado el flanco sur demasiado abierto. Las bestias de la Noche Lóbrega merodean por estas partes cuando la luna está alta.”
Un escalofrío que no tenía que ver con el frío recorrió la espina dorsal de Lysandra. Las Bestias de la Noche Lóbrega eran criaturas deformes, restos corrompidos de magia antigua que cazaban en la oscuridad. Rara vez se acercaban tanto al Camino Real, pero no era imposible. “¿Cómo sabes eso?”
“Lo siento”, dijo Julian simplemente. “Y las huéllalas. Frescas. A menos de una hora.” Se agachó junto al arroyo, sumergió sus enormes manos y bebió un sorbo. Los músculos de su espalda se movieron bajo la piel como bestias dormidas. Lysandra no pudo evitar mirar. La amplitud de sus hombros se estrechaba en una cintura sorprendentemente delgada, marcada por los músculos abdominales profundamente definidos. Un vello fino y oscuro trazaba una línea desde su ombligo hasta donde desaparecía bajo los pantalones de cuero desgastado.
Se sintió repentinamente avergonzada de sus pensamientos. ¿Qué le ocurría? Era la reina. Él era un… un habitante del bosque. Apartó la mirada, sintiendo un calor inusual en sus mejillas.
“Debes avisar a tu capitán”, dijo Julian, poniéndose de pie. “Reforzar el perímetro. Las hogueras deben mantenerse altas. Esa bestia en particular… huele el miedo. Y la sangre.”
En ese momento, un grito desgarrador atravesó la noche. Provenía del campamento, seguido por el sonido metálico de espadas desenvainadas y los relinchos agudos de caballos asustados.
“¡Por todos los dioses!”, exclamó Lysandra, dándose la vuelta para correr.
“¡Espera!” La voz de Julian fue un mando, no una súplica. En dos zancadas enormes, cruzó el arroyo, saltando de piedra en piedra con una agilidad felina que contrastaba con su tamaño. Estaba frente a ella, tan cerca que podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, oler el aroma a pino, a tierra y a sudor masculino, limpio y salado. “No corras a ciegas. Quédate detrás de mí.”
Sin esperar respuesta, empuñó su hacha y se interpuso entre ella y la dirección del campamento. Su espalda, ahora ante sus ojos, era un muro de músculo sólido. Lysandra, contra todo protocolo y razón, obedeció. Había una autoridad en él, una certeza serena que desarmaba su resistencia.
Avanzaron rápidamente pero con cautela. Al llegar al borde del claro del campamento, la escena era de caos controlado. Una de las tiendas de los soldados estaba desgarrada. En el centro, iluminada por el parpadeo de las hogueras, había una criatura. Era como un lobo, pero del tamaño de un pequeño caballo, con un pelaje enmarañado y sucio, ojos que brillaban con un fulgor amarillo enfermizo, y colmillos que goteaban saliva espumosa. Uno de los soldados yacía en el suelo, quieto, con el brazo ensangrentado. Otros tres lo rodeaban con lanzas, pero la bestia los acorralaba con movimientos espasmódicos y rápidos.
Ser Loras cargó con un grito de batalla, su espada brillando. La bestia se giró con una rapidez antinatural y embistió, derribando al capitán con un golpe de su cabeza nodriza. La espada salió volando de la mano de Loras.
“¡Maldita sea!”, gritó Julian, y entonces cargó.
No era la carga de un soldado entrenado, sino la de un forcejeo natural, poderosa y directa. La bestia, distraída por Loras, no lo vio venir hasta que fue demasiado tarde. Julian no usó el filo del hacha. Con un movimiento brutal, giró el arma y golpeó el costado de la criatura con el contrapeso de la cabeza, un THUD sordo y huesudo que resonó en el claro. La bestia aulló de dolor y se volvió hacia él, pero Julian ya estaba en movimiento. Esquivó una zarpa que podría haberle abierto el vientre, y con una mano libre tan grande como un jamón, agarró al animal por el cuello.
Los músculos de sus brazos se tensaron como cables de acero. Lysandra lo observó, boquiabierta. El hombre luchaba con la bestia como si fuera un perro rabioso, usando pura fuerza bruta contenida. La bestia forcejeaba, gruñía, intentaba morder, pero la presión en su garganta era implacable. Julian la levantó, sus propios músculos abultándose de manera obscena bajo la piel, y la arrojó contra el tronco de un roble cercano con un CRACK seco. La criatura cayó, jadeante, aturdida.
“¡Ahora!”, rugió Julian hacia los soldados.
Reaccionando, dos de ellos se abalanzaron y clavaron sus lanzas en los flancos de la bestia. Un último espasmo, un gorgoteo final, y luego la quietud.
El silencio que siguió solo fue roto por el crepitar de las hogueras y la respiración entrecortada de los hombres. Todos miraban a Julian, quien se enderezza, su poderoso pecho subiendo y bajando. Gotas de sudor le corrían por el torso, brillando como diamantes negros a la luz del fuego. Su mirada buscó a Lysandra, asegurándose de que estuviera a salvo, antes de dirigirse al soldado herido.
Se arrodilló junto al hombre, ignorando la sangre. Puso una mano sobre la herida desgarrada en el brazo. “Tranquilo, amigo. La herida es profunda, pero no mortal.” Cerró los ojos, y Lysandra vio cómo una suave luz dorada, tenue como la primera luz del alba, emanaba de su palma y se fundía con la carne lacerada. El soldado gimió, pero no de dolor, sino de alivio. La sangre dejó de fluir con furia, y los bordes de la herida parecieron… calmarse, cerrarse un poco, lo suficiente para estabilizarlo.
Ser Loras, recuperándose, se acercó tambaleante. “Por el acero y el fuego… ¿quién… qué eres?”
Julian abrió los ojos, la luz dorada desvaneciéndose. “Un vecino”, dijo simplemente. Luego miró a Lysandra. “Alteza, el campamento no es seguro. Mi cabaña es pequeña, pero sus paredes son de roble sólido. Tiene una chimenea. Estás invitada, tú y tus heridos, hasta el amanecer.”
Lysandra miró a su capitán, que asintió con pesar. “Tiene razón, Majestad. No sabemos si hay más de esas cosas. Necesitamos un lugar más defendible para pasar la noche y atender a los hombres.”
La decisión era lógica. Pero algo en el fondo de Lysandra, algo que había permanecido dormido durante años, sintió un estremecimiento de anticipación al pensar en pasar la noche bajo el mismo techo que aquel hombre enigmático.
“De acuerdo”, dijo, su voz recuperando algo de su firmeza real. “Aceptamos tu hospitalidad, Julian. Y te agradezco tu ayuda.”
La cabaña de Julian era, por dentro, tan sorprendente como el hombre mismo. Esperando el desorden espartano de un cazador, Lysandra encontró un espacio ordenado, limpio y sorprendentemente acogedor. Las paredes de troncos estaban cubiertas con estantes llenos de libros de distintos tamaños y estados, junto a frascos de hierbas, instrumentos de talla de madera y algunos objetos curiosos: un cráneo de ciervo con runas grabadas, un cristal que parecía contener luz interior, un arpa pequeña y sencilla. Un fuego crepitaba en la chimenea de piedra, llenando la habitación de un calor seco y el olor a madera de pino quemada. En un rincón había una cama amplia, cubierta con pieles de oso y lana gruesa. En el centro, una mesa de roble macizo y un par de sillas toscas pero sólidas.
Los heridos, dos soldados incluido el que había sido atacado, fueron acomodados en mantas cerca del fuego. Julian se movía con una eficiencia silenciosa, preparando una infusión de hierbas en una tetera de hierro colgado sobre las llamas. Su presencia llenaba la cabaña, no solo por su tamaño, sino por una energía tranquila y segura que parecía impregnar el aire.
Lysandra se sentó en una de las sillas, observándolo. Se había puesto una túnica sencilla de lino, pero esta se abría en el pecho, mostrando la parte superior de su torso musculoso. Cada movimiento, cada giro, revelaba el juego de músculos bajo la tela. Era hipnótico.
“Tu magia…”, comenzó Lysandra, buscando algo que decir. “No es como la de los magos de la corte. La de ellos es… ruidosa. Llamas y truenos. La tuya es silenciosa. Como la tierra misma.”
Julian sirvió la infusión en tazas de barro y le pasó una. “Porque no es magia en el sentido que ellos usan, alteza. Ellos fuerzan los hilos, los doblegan con su voluntad. Yo… los escucho. Los persuado. Es más lento, menos espectacular. Pero a veces, más profundo.” Se sentó en la otra silla, frente a ella. Las piernas de él eran tan largas que sus rodillas casi tocaban las de ella bajo la mesa. Lysandra tuvo que hacer un esfuerzo consciente para no retirar las suyas.
“¿Cómo llegaste a vivir aquí, solo?” preguntó, tomando un sorbo de la infusión. Estaba caliente, amarga y con un regusto a menta y a algo más, algo terroso y reconfortante.
“No siempre estuve solo”, dijo Julian, su voz adoptando un tono más grave. “Mis padres eran de las Tierras del Sur, más allá del Mar de Dunas. Mercaderes. Su caravana fue atacada por bandidos cuando yo era un niño. Yo escapé, corrí hasta que no pude más. Este bosque me acogió. Un viejo ermitaño, un hombre que también sentía los hilos, me encontró. Me crió. Me enseñó lo que sabía. Cuando murió, me quedé.”
“Lo siento”, murmuró Lysandra, y el sentimiento era genuino. Vio la pérdida reflejada en sus ojos profundos, una sombra de un dolor antiguo. “El reino… debería ser más seguro. Las caravanas…”
“El mundo es un lugar peligroso, alteza. A veces, la seguridad es una ilusión. Solo podemos prepararnos, y ser fuertes.” Su mirada se posó en ella, intensa. “Y a veces, la fuerza no está en la espada, sino en saber cuándo no usarla.”
La conversación fluyó desde ahí. Hablaron de los libros de Julian (tenía tratados de historia, de botánica, incluso un viejo y desgastado volumen de poesía élfica), de las hierbas que cultivaba, de las costumbres de los animales del bosque. Lysandra, acostumbrada a las conversaciones políticas y frívolas de la corte, se encontró absorta. Julian era sabio de una manera práctica, terrenal. Su inteligencia no era la de un erudito encerrado en una torre, sino la de un hombre que había aprendido a leer el mundo directamente, en sus texturas, sus sonidos, sus ciclos.
Él, a su vez, le hizo preguntas sobre el reino, sobre la justicia, sobre los impuestos a los campesinos. Sus preguntas eran agudas, mostrando una comprensión sorprendente de la gobernanza. Lysandra se descubrió explicándole los desafíos de equilibrar el presupuesto del reino, los problemas con los nobles ambiciosos, la presión por producir un heredero. Cosas de las que nunca hablaba abiertamente, fluían de sus labios en el ambiente íntimo y seguro de la cabaña, acunadas por el crepitar del fuego y la noche oscura fuera.
“Suena… solitario”, dijo Julian en un momento dado, después de que ella mencionara las largas horas que pasaba en la sala del trono, escuchando quejas y peticiones.
Lysandra soltó una risa breve y amarga. “Es el peso de la corona. El rey Edric… es un buen hombre. Un gobernante justo. Pero sus salud…” No terminó la frase. No necesitaba hacerlo. La compasión en los ojos de Julian era elocuente.
“El deber puede ser una prisión dorada”, musitó él, su voz tan baja que casi se perdió en el sonido del fuego. “A veces, el alma necesita… más.”
Sus ojos se encontraron y, por un momento, el tiempo pareció detenerse. En la penumbra, con solo el fuego como testigo, la distancia entre ellos, física y social, pareció reducirse a nada. Lysandra podía ver cada detalle de su rostro: la pequeña cicatriz que le surcaba la ceja izquierda, la textura de sus labios, la profundidad de su mirada que parecía ver a través de su capa de realeza, directo a la mujer que había debajo. Una mujer cansada, curiosa, hambrienta de algo que no podía nombrar.
Un soldado tosió en su sueño, rompiendo el hechizo. Julian parpadeó y se levantó. “Debes descansar, alteza. Te ofrezco mi cama. Yo dormiré aquí, junto al fuego.”
La idea de acostarse en su cama, rodeada por su aroma en las pieles, hizo que un nuevo calor se extendiera por el vientre de Lysandra. “No, no puedo desalojarte de tu propio lecho. Yo puedo…”
“Eres la reina”, dijo él, con una sonrisa que desarmaba cualquier protesta. “Y mi invitada. Por favor.” Su tono era respetuoso, pero firme.
Finalmente, Lysandra aceptó. Se acostó en la cama, hundiéndose en las pieles suaves y cálidas. El aroma a él era abrumador: a bosque, a sudor limpio, a algo masculino y esencial que le hacía dar vueltas en la cabeza. A través de sus pestañas entrecerradas, vio a Julian arrellanarse en un montón de pieles en el suelo, cerca del fuego. Su espalda ancha estaba hacia ella. La luz de las llamas bailaba sobre la piel oscura, resaltando la poderosa definición de sus músculos dorsales, la columna vertebral hundida, las caderas estrechas. Incluso en reposo, emanaba una potencia latente.
Durmió, pero su sueño estuvo plagado de imágenes confusas: bestias con ojos amarillos, un hacha que giraba, y unos brazos fuertes y oscuros que la envolvían, no para atraparla, sino para protegerla, para sostenerla de una manera que nunca había sido sostenida.
El regreso al castillo al día siguiente fue cargado de una tensión nueva y eléctrica. Julian, a petición expresa de Lysandra (y tras un intenso debate privado con Ser Loras, quien al final accedió, impresionado por su valor y habilidades), los acompañó. Viajaba a caballo, un animal grande y oscuro que parecía hecho a su medida, al lado de la carroza real. Lysandra lo observaba a través de la ventanilla, su postura recta y relajada, sus ojos escudriñando constantemente el bosque. Era un guardián natural.
En el castillo, su llegada causó revuelo. La presencia de Julian era imposible de ignorar. Los susurros seguían su estela: “¿Quién es ese bárbaro?” “Mirádlo, parece un dios antiguo.” “Dicen que mató a una Bestia de la Noche Lóbrega con sus propias manos…”
El rey Edric, un hombre de rostro cansado y cuerpo grueso, recibió a su esposa con afecto distraído. Escuchó el relato de la aventura con interés moderado. “Un hombre valiente, sin duda”, dijo, al ver a Julian inclinarse ante él en la gran sala. La reverencia de Julian era torpe, pero no faltaba de respeto. “Y dices que tiene habilidades curativas y conoce el bosque. Bien. El reino siempre puede usar hombres capaces. ¿Qué recompensa deseas, buen hombre?”
Julian levantó la mirada, sus ojos encontrando brevemente los de Lysandra antes de volver al rey. “Ninguna, su majestad. Solo pediría permiso para quedarme en la ciudad, encontrar un trabajo honesto. Mis habilidades con las bestias y las plantas podrían ser útiles en las caballerizas o los jardines.”
Fue Lysandra quien habló, antes de que el rey pudiera responder. “Creo que sus habilidades son demasiado valiosas para eso, mi señor. Y su conocimiento del reino, desde una perspectiva… fuera de la corte, podría ser invaluable. Propongo que se una al personal del castillo como asistente real. Un puesto que le permita usar sus diversos talentos donde más se necesiten.”
El rey Edric arqueó una ceja, sorprendido por el ímpetu de su esposa. Pero era un hombre práctico. “¿Asistente real? Es un puesto de cierta confianza, Lysandra.”
“Lo sé. Pero ha demostrado lealtad al arriesgar su vida por su reina. Y su inteligencia es clara. Podría ayudarme con la catalogación de la biblioteca de hierbas medicinales, por ejemplo. Y estar disponible para tareas que requieran… fuerza y discernimiento.”
El rey reflexionó un momento, luego encogió los hombros. “Como gustes, mi querida. Si crees que será útil. Bienvenido al servicio de la corona, Julian.”
Así fue como Julian se instaló en el castillo. Se le asignó una habitación pequeña pero decente en la torre oeste, cerca de las dependencias de los sirvientes de mayor rango. Al principio, su presencia era una curiosidad, luego, gradualmente, se convirtió en parte del paisaje. Cumplía sus deberes con una eficiencia silenciosa: reorganizó la biblioteca de hierbas, mejoró la salud de los caballos de la caballeriza con sus infusiones, e incluso ayudó a los guardias a perfeccionar su lucha cuerpo a cuerpo con técnicas brutales pero efectivas.
Pero su principal deber, el que más tiempo consumía, era asistir directamente a la reina. Lysandra lo encontraba razones para tenerlo cerca: necesitaba que la acompañara en sus paseos por los jardines (para discutir la rotación de cultivos, decía), que estuviera presente durante las audiencias menores (para dar su perspectiva única, argumentaba), que la ayudara a revisar mapas y informes de las tierras fronterizas.
En esos momentos, la tensión del claro del bosque, de la cabaña, volvía a crecer. Era una corriente subterránea que fluía entre ellos, invisible para los demás pero palpable como una tormenta a punto de estallar. Se manifestaba en miradas sostenidas un segundo más de lo necesario, en el roce casual de sus manos al pasar un pergamino, en la forma en que la voz de Julian se suavizaba cuando le hablaba a ella en privado.
Lysandra luchaba contra sus propios pensamientos, cada vez más oscuros y lascivos. En su lecho conyugal, junto al ronquido del rey Edric, soñaba con las manos de Julian, imaginaba cómo se sentiría su piel áspera y caliente sobre la suya. Se avergonzaba de sus fantasías, pero eran como una planta venenosa y hermosa que crecía en la oscuridad de su mente, alimentada por cada interacción.
Una tarde, unas tres semanas después de su llegada, estaban en la sala de estudio de la reina. Julian estaba de pie frente a un alto estante, alcanzando un pesado libro de registros de impuestos. Lysandra estaba sentada en su escritorio. Él se estiró, y su túnica, simple y de lino, se tensó sobre su espalda, delineando cada músculo de sus hombros y brazos. Luego, al bajar el libro, un movimiento hizo que la tela se pegara a su pecho, revelando los contornos duros de sus pectorales y la pequeña protuberancia de sus pezones.
Lysandra sintió que su boca se secaba. Un calor familiar y vergonzoso se encendió entre sus piernas. Miró hacia otro lado, forzándose a concentrarse en el documento que tenía delante, pero las palabras bailaban sin sentido.
“Aquí está, alteza”, dijo Julian, colocando el libro ante ella. Su brazo pasó rozando el suyo. Un contacto breve, eléctrico. Lysandra contuvo un estremecimiento.
“Gra… gracias, Julian”, tartamudeó.
Él no se retiró inmediatamente. Se quedó de pie a su lado, mirando la página que ella supuestamente leía. Su presencia era una fuerza gravitacional. Podía sentir el calor de su cuerpo, oler su aroma limpio y masculino, ahora mezclado con el polvo de los libros y el aroma herbal del jabón del castillo.
“Este registro de la cosecha de trigo en las Tierras del Norte parece… inconsistente”, dijo Julian, señalando una columna de números con un dedo largo y calloso. Su voz era un susurro cerca de su oído.
Lysandra apenas podía respirar. “¿Inconsistente? ¿En qué sentido?”
“Los rendimientos reportados son demasiado bajos para la calidad de la tierra, incluso teniendo en cuenta la sequía del año pasado. Y los impuestos pagados son proporcionalmente aún más bajos.” Se inclinó un poco más, su aliento caliente rozando su cuello. “Alguien está desviando grano, alteza. O mintiendo sobre la producción.”
Su mente, nublada por la proximidad, trató de enfocarse en el problema. Julian tenía razón. Los números no cuadraban. “El conde de Northwood es responsable de esa región”, murmuró, girando la cabeza para mirarlo. Sus rostros estaban a solo unos centímetros de distancia. Sus labios, tan cerca…
Los ojos de Julian bajaron hasta sus labios, luego volvieron a encontrarse con los de ella. En sus profundidades marrones, Lysandra vio no solo inteligencia y lealtad, sino un fuego oscuro, una necesidad reflejada que hizo que su propio deseo se estremeciera en respuesta. El aire entre ellos pareció espesarse, cargado de una electricidad no dicha.
Un ruido fuera de la puerta, los pasos de una doncella, los separó. Julian se enderezza con una rapidez casi sobrenatural, adoptando una postura respetuosa y neutral. Lysandra se aclaró la garganta, sintiendo que su corazón latía como un pájaro atrapado.
“Investigaré lo del conde Northwood”, dijo, intentando que su voz sonara normal. “Buen trabajo, Julian.”
Él asintió con la cabeza, una sombra de algo —¿frustración? ¿Anticipación?— cruzando su rostro antes de que su expresión se volviera impasible de nuevo. “Siempre a su servicio, alteza.”
Los días siguientes fueron una tortura deliciosa. La atracción crecía, alimentada por miradas furtivas, encuentros casuales en pasillos desiertos, conversaciones que siempre parecían bordear un abismo no nombrado. Lysandra se descubrió arreglándose más de lo habitual, eligiendo vestidos que sabía que realzaban su figura. Julian, por su parte, parecía más consciente de su propia presencia, su postura más erguida, su mirada más intensa cuando creía que ella no lo veía.
El punto de ruptura llegó una semana después. Había sido un día particularmente agotador. El rey Edric había sufrido un ataque de gota más severo, sumiéndolo en un estado de mal humor y dolor que había ensombrecido todo el castillo. Lysandra había pasado horas a su lado, escuchando sus quejas, calmando a los consejeros alarmados, tomando decisiones en su nombre. El peso de la corona, de su matrimonio, de su vida estéril, se sentía más pesado que nunca.
Al anochecer, exhausta, despidió a sus doncellas con la excusa de querer leer un rato en su estudio privado, una habitación más pequeña y acogedora anexa a sus aposentos, alejada de las dependencias del rey. Encendió un solo candelabro, se quitó la pesada corona y la dejó sobre la mesa con un suspiro. Se soltó el pelo, dejando que la cascada castaña cayera sobre sus hombros, y se quitó el manto exterior, quedándose con una bata de seda más ligera.
No podía concentrarse en la lectura. Los pensamientos volvían a Julian. A la seguridad de sus brazos esa noche en el bosque. A la calma de su voz. A la promesa oscura en sus ojos. Un impulso temerario, nacido de la soledad y el cansancio, se apoderó de ella. Envió un mensaje discreto con un paje de confianza, pidiendo a Julian que acudiera a su estudio para “consultar un asunto urgente sobre las defensas del norte”.
No tuvo que esperar mucho. Un suave golpe en la puerta, y él entró. Iba vestido con ropas sencillas de trabajo, pero en la penumbra, parecía más imponente que nunca. Sus ojos se adaptaron rápidamente a la luz tenue, encontrándola a ella junto a la ventana, bañada por la luz plateada de la luna que entraba por los vitrales.
“Alteza”, dijo, inclinando la cabeza. “Me pidieron que viniera. ¿Hay algún problema?”
Lysandra respiró hondo, sintiendo cómo el aire se le escapaba. “Sí, Julian. Hay un problema.” Se acercó a él, deteniéndose a una distancia peligrosa. El candelabro proyectaba sombras danzantes sobre su rostro. “El problema es que no puedo dejar de pensar.”
Él se quedó muy quieto, como un lobo percibiendo una trampa… o una presa. “¿En qué, alteza?”
“En la noche del bosque. En tu cabaña. En la forma en que luchaste. En la forma en que hablas.” Cada palabra era un susurro cargado. “En la forma en que me miras cuando crees que no me doy cuenta.”
Julian no se movió, pero una tensión palpable lo recorrió. Sus músculos se tensaron bajo la tela. “Alteza, yo… no debería…”
“¿No debería qué?” interrumpió ella, dando otro paso. Ahora podía sentir el calor que irradiaba. “¿No debería notar que la reina es una mujer, además de una soberana? ¿No debería sentir lo que yo siento?”
La franqueza de sus palabras pareció romper algo dentro de él. Su respiración se hizo más profunda, el amplio pecho subiendo y bajando. “Lo que sientes…”, repitió, su voz ronca.
“Confusión. Curiosidad. Un… deseo.” La última palabra salió como un suspiro, casi inaudible, pero él la captó. Sus ojos se oscurecieron, el fuego que ella había vislumbrado antes ahora ardía abiertamente, alimentado por su propia confesión.
“Lysandra…”, murmuró, usando su nombre por primera vez. Fue una transgresión, un delito, pero en sus labios sonó a plegaria.
Ese nombre, pronunciado con esa voz profunda y rota, fue la chispa. Lysandra cerró la distancia restante y, con una valentía que no sabía que poseía, puso sus manos en su pecho. La tela de su túnica era delgada, y pudo sentir el calor y la dureza del músculo debajo, el latido acelerado de su corazón.
Julian emitió un sonido gutural, un gruñido bajo de pura necesidad contenida. Sus propias manos se alzaron, se cerraron sobre sus hombros, no para apartarla, sino para anclarla, para sentirla. Sus dedos largos y fuertes se hundieron en la seda de su bata, en la carne de sus brazos.
“Esto es una locura”, susurró él, pero no la soltó. “Un peligro. Para ti. Para mí.”
“Lo sé”, dijo Lysandra, levantando el rostro hacia el suyo. Sus labios estaban a un soplo de distancia. “Pero esta noche… no quiero ser la reina. Y no quiero que seas mi sirviente.”
Esa fue la última barrera. Con un grito ahogado que era mitad resignación, mitad triunfo, Julian bajó la cabeza y capturó sus labios con los suyos.
El primer contacto fue electrizante. Sus labios eran más suaves de lo que ella esperaba, pero firmes, demandantes. Un shock de puro placer, crudo y primitivo, recorrió todo su cuerpo, concentrándose en un punto ardiente entre sus piernas. Ella gimió contra su boca, una pequeña y vergonzosa explosión de sonido que él devoró.
El beso no fue tierno ni exploratorio. Fue una afirmación, una conquista mutua. Julian sabía besar. Sus labios se movieron sobre los de ella con una confianza devastadora, su lengua solicitando entrada, que ella concedió con un temblor. El sabor de él era salado, a hombre, a hierbas, a algo salvaje y esencial que la hizo sentir mareada.
Sus manos se movieron de sus hombros a su espalda, presionándola contra él. Lysandra sintió todo su cuerpo contra el suyo: la pared sólida de su pecho, la cintura estrecha, y más abajo… Oh, dioses. Más abajo, contra su vientre blando, sintió la evidencia dura, abultada e inconfundible de su deseo. Era enorme, una presión intimidante y excitante a la vez, confinada por la tela de sus pantalones. El solo roce hizo que un nuevo torrente de humedad caliente empapara su interior, una respuesta instintiva y vergonzosa que la hizo ruborizarse incluso en medio del éxtasis.
Rompieron el beso, jadeando, sus frentes juntas. La respiración de Julian era un soplo caliente y rápido en su piel.
“Debemos… parar”, dijo él, pero sus manos seguían acariciando su espalda, bajando hasta la curva de sus nalgas, apreciándolas a través de la seda.
“No”, imploró Lysandra, buscando sus labios de nuevo. “Todavía no. Solo… un poco más.”
Esta vez, el beso fue más lento, más profundo, más lascivo. Julian exploró su boca con su lengua, y ella respondió con una timidez inicial que pronto se convirtió en urgencia. Una de sus manos se hundió en su largo cabello, enredándose en las rastas gruesas, tirando suavemente para inclinar más su cabeza. La otra mano de él se deslizó desde su espalda baja hasta su costado, luego subió, con lentitud tortuosa, por su cintura, hasta el borde de su seno.
Lysandra contuvo la respiración. Su pecho estaba palpitando, sus pezones endurecidos y dolorosamente sensibles contra la seda de la bata. Cuando la enorme palma de Julian finalmente se posó sobre su seno, ella arqueó la espalda con un gemido ahogado. Su mano era tan grande que casi la cubría por completo. A través de la tela, pudo sentir el calor, el peso. Él la apretó suavemente, sus dedos explorando la forma, encontrando el pezón erecto y frotándolo con el pulgar en un círculo lento y deliberado.
“Julian…”, gimió ella, rompiendo el beso y enterrando su cara en su cuello. Su piel olía tan bien, sabía a sal y a hombre. Su cuerpo estaba en llamas, cada nervio al rojo vivo.
“Shhh, mi reina”, murmuró él contra su pelo, mientras su mano continuaba su exploración lenta, pasando al otro seno para darle la misma atención. “Solo esto. Solo tocar. Por ahora.”
Pero el “tocar” era agonizantemente sensual. Sus manos no solo la manoseaban; la adoraban, la mapeaban. Bajaron por su espalda de nuevo, acariciando la curva de sus nalgas, apretándolas, levantándola ligeramente para presionar esa protuberancia formidable, ese pene que ella podía sentir tan duro como el acero, contra el centro de su propio calor. Un roce, solo un roce, pero fue suficiente para hacerla ver estrellas. Frotó instintivamente contra él, buscando presión, fricción.
“Así, Lysandra”, gruñó él, sus manos agarrando sus nalgas con más fuerza, ayudándola en ese movimiento lento y furtivo. “Frótate contra mí. Siente lo que me haces sentir.”
Ella lo hizo, moviendo sus caderas en pequeños círculos, frotando su sexo a través de las capas de tela contra la tremenda dureza de él. Cada movimiento enviaba ondas de placer crudo a través de su núcleo. Podía sentir cómo la humedad se extendía, empapando su bata interior. Estaba tan excitada que le dolía.
Uno de sus manos abandonó su trasero y se deslizó por su muslo, levantando el dobladillo de su bata. La sensación del aire frío en su piel ardiente fue un contraste eléctrico. Sus dedos callosos encontraron la piel desnuda de su muslo, y ella tembló violentamente. Subieron, más arriba, pasando por la rodilla, hacia el interior del muslo, tan sensible.
“¿Quieres que pare?” preguntó Julian, su boca contra su oreja, su aliento caliente haciendo que se le erizara la piel.
“No”, jadeó ella. “Por favor, no pares.”
Sus dedos llegaron al borde de sus bragas, de lino fino. Rozaron el vello rizado en el monte de Venus, y Lysandra casi salta. Luego, con una lentitud exquisita, su mano se deslizó por encima de la tela, cubriendo completamente su sexo. Era tan grande que su palma cubría todo el área, sus dedos se curvaban alrededor de sus labios exteriores.
“Dioses, estás empapada”, murmuró, su voz llena de asombro y deseo. “Ya lo siento a través de la tela.”
Ella gimió, avergonzada y excitada más allá de toda razón. Presionó su sexo contra su mano, buscando más contacto. Julian respondió aplicando una presión firme y comenzó a mover su mano en un movimiento circular lento, masajeándola a través de la tela húmeda. El roce era indirecto, pero la presión era perfecta. Cada círculo enviaba un nuevo escalofrío de placer por su columna vertebral.
“Así…”, susurró él, observando su rostro contorsionado por el placer. “Deja que te toque. Déjame sentir cómo te excitas por mí.”
Sus besos se volvieron más desesperados, más sucios. Ahora eran mordiscos suaves en sus labios, su lengua jugueteando con la de ella, sus dientes tirando de su labio inferior. Mientras tanto, su mano seguía su trabajo lento y tortuoso entre sus piernas. Lysandra sentía que se acercaba a algo, un precipicio desconocido, solo por este roce, por estos besos.
Pero Julian, con un esfuerzo visible, retiró su mano y bajó el dobladillo de su bata. Rompió el beso, separándose de ella con una respiración entrecortada. Ambos estaban despeinados, con los labios hinchados y brillantes, la ropa desordenada.
“Eso es… todo por esta noche”, dijo él, su voz grave por la pasión contenida. “Más sería… más de lo que podemos arriesgar ahora.”
Lysandra se sintió vacía, frustrada, pero también comprendió la sabiduría de sus palabras. El peligro era real. Lo que habían hecho ya era una traición monumental. Si alguien los hubiera visto…
Se enderezza la bata con manos temblorosas, tratando de recuperar algo de compostura. “Tienes razón. Fue… una locura.”
Julian asintió, sus ojos todavía oscuros con deseo no consumado. “Una locura deliciosa. Pero una que debemos manejar con cuidado.” Se acercó de nuevo, pero esta vez solo para colocar un suave y casto beso en su frente. “Descansa, Lysandra. Soñaré con el sabor de tus labios.”
Antes de que ella pudiera responder, se dio la vuelta y salió de la habitación, desapareciendo en la sombra del pasillo con la misma silenciosa eficiencia con la que había entrado en su vida.
Lysandra se dejó caer en la silla más cercana, sus piernas demasiado débiles para sostenerla. Se llevó los dedos a los labios, aún hormigueantes por sus besos. Podía sentir la humedad entre sus piernas, el eco de su mano en su piel. El remordimiento asomó, pero fue rápidamente ahogado por una ola de pura excitación y anticipación.
Esto no había terminado. Solo había comenzado. Y aunque sabía que caminaba sobre el filo de una daga, por primera vez en años, se sentía verdaderamente viva. El mundo gris de la corte había explotado en colores prohibidos, y en el centro de ese nuevo y peligroso universo estaba Julian, su oscuro y magnífico secreto.
La luna, alta en el cielo, brillaba a través del vitral, iluminando la corona abandonada sobre la mesa. Un símbolo de deber, de obligación. Pero en la piel de Lysandra aún ardía la marca de los besos de Julian, un recordatorio mucho más poderoso de su humanidad, de su deseo, del camino pecaminoso y tentador que ahora había comenzado a recorrer.
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