Mis Tres Tesoros Más Preciados - Capítulo 47
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47: Chapter 47 Te está mirando 47: Chapter 47 Te está mirando —Así es —dijo Eliza mientras se servía un poco más de comida—.
¿Pasa algo?
—Yo también estaré yendo a esa ciudad, te llevo.
El hombre conocido por su seriedad tomó la porción que se acababa de servir de su plato y se lo comió de un bocado.
—Con esto me cobro el viaje.
Eliza se quedó estupefacta.
…
—¡Me estás diciendo que el señor Valentine nos llevará mañana!
—dijo Graciana con emoción después de que Eliza le diera la noticia.
—Había planeado viajar con ropa suelta, ¡pero supongo que tendré que ponerme algo mucho más elegante ahora!
Eliza se sentó junto a uno de los ventanales y miró furtivamente a Beau, que estaba a cierta distancia, por el rabillo del ojo.
Él estaba recostado contra la cabecera leyendo un libro.
La luz de la lámpara caía sobre su rostro, acentuando sus encantadores rasgos.
Eliza apretó los labios para no reírse.
—No exageres, Graciana —susurró.
—¡No te voy a avergonzar!
—le respondió, poniendo los ojos en blanco—.
Eliza, soy tu mejor amiga.
Esta es la primera vez que veré al señor Valentine, quiero que tenga una buena impresión de mí.
De lo contrario, podría tener la impresión de que solo conoces a gente desagradable como Madeleine y Jay.
Ante la mención de ellos, los ánimos de Eliza se bajaron inmeditamente.
Comenzó a responder de forma monótoma y después de algunas oraciones más, terminaron la conversación.
Apagó su celular y se fue a la cama.
—No te ves muy feliz —dijo Beau, dejó el libro con calma y apagó las luces.
—Sí, estoy un poco triste.
La habitación quedó sumida en la oscuridad, así que Eliza dejó prendida la lámpara de su mesita de noche.
Se sentó en la cama y miró al techo.
—Madeleine está embarazada.
—¿Algún problema con ello?
—preguntó suavemente con seriedad.
—No quiero meterme con una mujer embarazada —dijo, cerrando los ojos—.
Hoy me buscó en la tarde.
Tenías razón, piensan que pueden tratarme mal porque me creen soy débil.
Quiero volverme más fuerte para hacerles pagar por lo que me han hecho… —soltó un suspiro—, pero Madeleine está embarazada.
Hace cinco años ella misma había perdido su hijo, así que conocía muy bien lo doloroso que podía llegar a ser un suceso como ese.
Era muy cruel que la vida de un ser tan inocente fuera cortada de esa manera.
Debido a que lo había sufrido en carne propia, sus principios no podían dejarla herir a Madeleine, no cuando el bebé todavía estaba en su interior.
—¿Qué tiene que esté embarazada?
—dijo en voz baja el hombre—.
Si ellos no han tratado de ser mejores personas por su hijo… ¿por qué deberías tenerles consideración?
Es el deber de ellos protegerlo, no el tuyo.
Eliza se quedó en silencio durante bastante tiempo después de escuchar sus palabras.
Era cierto que era el deber de los padres proteger a sus hijos.
Cerró los ojos y apretó con impotencia el edredón que tenía en sus manos.
Ella misma había sido una madre imprudente.
Hace cinco años había insistido en acompañar a Jay al aeropuerto, a pesar de que sabía que en un mes nacería su bebé.
Había sido en ese viaje que había sufrido el terrible accidente de tráfico.
Los cirujanos habían estado metidos en el quirófano tratando de salvarla por un día entero, no habían podido salvar al bebé y ella había terminado olvidando todo un mes de sus memorias.
Hasta el día de hoy, recordar con claridad la desesperación e impotencia que había sentido cuando le dieron las noticias sobre su hijo.
Esa noche, ella soño con una niña igualita a ella llorando.
—¿Por qué no me protegiste, mami?
Mami, te extraño mucho, ¿por qué no te fuiste conmigo?
Quiero verte, mami…
En ese momento, su corazón se rompió al ver la carita llena de lágrimas de la niña.
Comenzó a correr detrás de ella, pero cada vez que se acercaba, ella se alejaba aún más.
Al final, después de lo que parecieron años, logró atraparla y la abrazó con toda la fuerza que le quedaba.
—Todo es mi culpa.
No hice un buen trabajo protegiéndote… —dijo, llorando.
—Mami.
—Mami.
En ese momento, dos voces infantiles sonaron detrás de ella.
Eliza se dio la vuelta, todavía con la niña en brazos y se encontró con Demarion y Braint mirándola con los ojos llenos de lágrimas.
—¿Nos abandonarás?
—dijeron.
Eliza se quedó sin palabras.
Acomodó a la niña en un brazo y con su mano libre comenzó a limpiar las lágrimas de las mejillas de Braint.
—No lloren.
No los abandonaré —dijo.
—¡Te necesitamos, mami!
¡Nosotros…
Eliza se despertó de golpe y se sentó en la cama.
Poco a poco el recuerdo del sueño se desvaneció y se dio cuenta de que estaba empadada en sudor.
Se agarró el cuello y comenzó a hiperventilar.
Se demoró un buen rato en calmarse y darse cuenta de que ya no estaba en medio de la pesadilla.
Cuando lo hizo, suspiró con pesadez y volvió a recostarse en la cama; pero no pudo volver a dormir.
Revisó la hora y se dio cuenta de que ya eran las seis de la mañana.
Intentó conciliar el sueño otra vez, pero después de dar vueltas en la cama por otra media hora, finalmente se levantó.
En su camino pasó por el estudio, y a través de la puerta entrecerrada pudo ver a Beau muy concentrado en una reunión internacional.
Las voces que salían de la computadora hablaban un idioma que no podía entender.
Otra vez se había amanecido por el trabajo.
Eliza frunció los labios con preocupación.
Beau le había dicho que era más conveniente para la compañía que solo una persona se desvelará en vez de doce.
Se partó detrás de la puerta y sintió que se ruborizaba al admirarlo hablar con fluidez un idioma extranjero.
Se quedó mirándolo por unos minutos más hasta que alguien la sacó de su ensimismamiento.
—Buenos días, mami.
—Demarion apareció frente a ella con ojos soñolientos—.
¿Qué haces escondida afuera del estudio de papá?
La voz del pequeño resonó en la quietud de la mañana y, en ese mismo instante, Beau dejó de hablar adentro.
Eliza movió las manos sin saber que hacer y revisó si el hombre se había dado cuenta.
Sus miradas se cruzaron y se sintió terriblemente expuesta.
La mirada con una intensidad apubullante, parecía que pudiera leerle la mente.
Eliza entró en pánico y corrió escaleras abajo.
Demarion la vio irse con una sonrisa juguetona.
Bostezó y entró al estudio.
Sin importarle si Beau seguía en la reunión, se subió al escritorio y se sentó.
Llevaba puesto un adorable pijama de patitos amarillos y sus piernas eran tan cortas que colgaban de la mesa.
—Atrapé a mami mirándote afuera del estudio.
Ella no sabe idiomas, así que seguramente no estaba ahí por los secretos de la compañía.
Beau lo miró, impasible, mientras apagaba la computadora.
—Entonces, ¿qué estaba haciendo?
—¡Te estaba mirando a ti, papi!
—Demarion puso los ojos en blanco—.
Papi, confía en mí, mami te estaba mirando.
Por un breve momento, Demarion pudo ver como su padre se hinchaba de orgullo ante sus palabras.
—¿Y por qué me estaría mirando?
Demarion frunció el ceño mientras pensaba en la respuesta.
—Tal vez quería preguntarte cuándo estarían saliendo para Ertonphia.
Beau admitió que su hijo nunca dejaba de sorprenderlo.
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